15 ene. 2006

No. 8, Año 1.

San Salvador, 15 Enero 2005.


















En este número:

Editorial
Honduras
“…un puñado de símbolos patrios, sonados desastres ecológicos y sociales, y exóticos lugares turísticos, definen el perfil público de esta nación vecina…”

1. Palabras de ultratumba

Froylán Turcios

“…Nos lanzamos a la pelea precipitados únicamente por nuestra sed de sangre y de lucro, por nuestra hambre de mando y de venganza…”

Clementina Suárez
“…Tú peinas y despeinas mi cabello
mientras el mar arrastra sangre y lodo…”
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2. Pienso, luego existo

Honduras, magnífica y terrible:
Apuntes para un canon de la novela nacional

Mario Gallardo
“…se estableció una tendencia a destacar aquello que nos hacía hondureños, que nos lanzaba de cabeza al interior de nuestro país con nombre de abismo, legitimando una insularidad intelectual…”

Retazos hondureños
Rodrigo Peréz-Nieves
“…La prensa centroamericana post-girondina, inspirada en un criterio convencional y estrecho, donde no se pretendía más que anestesiar, con un lenguaje circunspecto y una habilidad sofísticada, la mente de las masas populares, seguía medrando al amparo del poder…”

Los ochentas: posicionamiento universal
René Andino Soto
“…Reinaugurar la patria es, en cierto modo, reinaugurar la historia, esa que no pudo sobreponerse al ataque de los invasores y se deslizó con la frialdad de un game over…”

Pura nostalgia II
Carmen González-Huguet
“…A despecho de lo que dijo Hitchcock, que abominaba de hacer películas con perros, con niños y con Charles Laughton, el cine español de los sesenta abundó en criaturas más o menos creciditas y más o menos talentosas…”

De la identidad literaria salvadoreña como exilio
Rafael Lara-Martínez
“…. Identidad no significa identificar características particulares a lo salvadoreño. Identidad tampoco remite a elementos únicos, propios a “lo nuestro”. En cambio, se halla en juego lo plural…”


Políticas culturales e interculturalidad
Mario Roberto Morales
“…la educación bilingüe intercultural y las políticas culturales para un país en el que conviven, articulándose, múltiples diferencias y énfasis culturales, vienen ocupando en estos días a buena cantidad de indígenas y ladinos…”


3. creaCción de arte

Poemas
Roberto Sosa
“…Se hace tarde, cada vez más tarde.
Ni el viento pasa por aquí y hasta la Muerte es parte
del paisaje.
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Poemas
Juana Pavón
Del libro Exacta
“…el agua llegaba a mi cuello
y yo sin saber nadar
me dispuse a flotar… flotar…”


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Artes visuales
Regina Aguilar
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Cuento
Marvin Valladares Drago
“…De pronto, en su rostro anguloso se dibujó una sonrisa socarrona y tomando un marcador fino del lapicero dibujó cinco estrellitas en el espacio blanco, justo en el centro del hueso donde antes tremulaba la carne vacuna…”


Poesía por entregas (7/9)
René E. Rodas
El libro de la penumbra
“…En una flor insensata y bella estaré y seré la caricia del bosque y perfumaré el silencio y me haré fecundar del viento y los insectos…”
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4. Retorno del hijo pródigo

Aleyda Romero
El salvoconducto
“…Camila esperó su turno, observaba a su alrededor, le habían dicho que la guerra civil no había concluido que los combates eran frecuentes, no en la ciudad, pero sí en los pueblos aledaños…”
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Alfonso Kijadurías
Una enseñanza inolvidable
Crónica por entregas (2/5)
“…Al principio dudó en reconocerme, pero luego sus ojos de novelista le confirmaron la certeza de que era yo, el poeta de un solo poema, eso sí el más largo hasta entonces, en toda la historia de nuestro pequeñísimo país...”
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Horacio Castellanos Moya
La ciudad y sus hombres
“Releo a Schopenhauer en la terraza del bar Moloko, frente al río Main, en Frankfurt, ciudad en la que el filósofo vivió los últimos 27 años de su vida…”
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Mayra Barraza
Ciudad de todos
“Jueves. “Bienvenidos a la ciudad de Tegucigalpa” dice una voz metálica. Al abrir los ojos me encuentro con un paisaje arrugado en montañas y salpicado de casas…”


5. Lo que el viento se llevó

Curahuara de Carangas
Mayra Barraza
“…Llamada la “Capilla Sixtina Andina”, durante más de dos siglos fue gradualmente cubierta en todo su interior con frescos de motivos religiosos…”

Alas de Tierra
René E. Rodas

6. Hora salvadoreña: exposiciones, conferencias, presentaciones de teatro, música y danza, cine alternativo, actualizado permanentemente.
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7. Al infinito y más allá: la obra de Horacio Castellanos Moya entre los mejores libros del año en El Cultural; todo sobre literatura hondureña gracias a Helen Umaña y un número especial de la revista Mesoamérica; Salman Rushdie cuestiona el multiculturalismo en La Nación; y enlaces a la obra de Jorge Restrepo, pintor colombiano residente en Honduras.
Último informe sobre desarrollo local del PNUD: el impacto de las migraciones en El Salvador, “expertos” en El Faro opinan sobre las artes en el 2005, Rafael Menjívar Ochoa presenta nuevo libro sobre la guerra salvadoreña, y una refrescante entrevista con la poeta Silvia Elena Regalado gracias a CoLatino.
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9. La P-41 de Adrián
Exposición Internacional de Grabado

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10. De rumores y risas

10 deseos para el 2006

11. Convocatorias
JUANNIO 2006
V Bienal de Artes Visuales del Istmo Centroamericano
Workshop con Thomas Lehmen
2da Muestra Centroamericana de Arte Emergente
VIII Premio Río Manzanares de Novela



12. Voces

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Honduras

Mirando hacia el noroeste una nubecilla blanca en el horizonte contrasta con el cielo azul que flota sobre serranías lejanas. “Honduras” dice la flecha que apunta en aquella dirección y la nubecilla comienza rápidamente a cambiar de forma. No se entiende que es. No se reconoce su forma. Parece… ¿un signo de interrogación?

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112,090 kilómetros de tierra más un puñado de símbolos patrios, sonados desastres ecológicos y sociales, y exóticos lugares turísticos, definen el perfil público de esta nación vecina. La verdad es que casi nada sabemos de Honduras. Casi nada de su literatura contemporánea.

Recordábamos a los poetas Travieso y Clementina Suárez, a ella más por haber acompañado en corazón y alma al pintor José Mejía Vides y por convertirla Roque Dalton en un personaje inolvidable de una novela. Recordábamos a Froylán Turcios, sobre todo por su famosa foto con el estado mayor del general Augusto César Sandino. Recordábamos también la guerrita de juguete con muertos de verdad que hubo entre los gobiernos de El Salvador y de Honduras en 1969: suspendían el servicio eléctrico temprano en la noche y los hombres de cada casa salían a patrullar las calles de la ciudad. Recordábamos que, en el periodo de las guerras civiles en Centro América, Honduras había sido prácticamente ocupada por el ejército estadounidense con el fin de apoyar a las fuerzas de extrema derecha de la región, fueran éstas gubernamentales (Guatemala, El Salvador) o de oposición (Nicaragua). De allí que en varios medios de prensa latinoamericanos al país vecino se le conociera como el portaviones terrestre USS Honduras. Recordábamos bananeras más grandes que un mar, viajes raudos sin apenas tiempo ni permiso para leer un periódico o comprar un libro “y no te acerqués a la UNAH porque estás frito”. Pensamos en nuestros campesinos, que huían de los combates en el norte y encontraban refugio en Honduras y, alguna vez, también la muerte emboscada del otro lado del río. El país vecino. Vaya paradoja. De su literatura sabíamos casi nada.

Hicimos cuentas personales. Sumando experiencias de éste y de aquél, le hemos dado la vuelta al mundo varias veces. (No faltó el sarcástico que levantara la letanía de pero “Nunca fui a Granada”, es decir, nunca fui a Honduras.) Hay quien es capaz de recitar sin tapujos capítulos completos de Faulkner, cosa dificilísima de hacer con esa prosa cerrada del Sur, tiradas completas en ruso de Aliosha Karamázov (no queda más remedio que creerle), largas digresiones de Proust en A la búsqueda del tiempo perdido, repetir línea por línea la ceremonia del té de la despedida Mishima, recitar con acento de la Sorbona ‘Crónica’ de Saint-John Perse, cantarse todas las canciones de Vinicius de Moraes, recitar en griego los mejores poemas de Ovidio o de Kavafis, reconocer la particular tonalidad de piel en un Boticelli entre veinte cuadros de época, describir con los ojos cerrados las cinco salas orientales del Louvre o transcribir la fórmula egipcia de la tinta que se guarda celosamente en un museo de Amsterdam. Pero, para nuestra vergüenza colectiva, ninguno de los encargados de la edición fue capaz de decir sin tropiezos dos versos de un poeta hondureño.


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El cielo cambia de color, se ensombrece. La pequeña nubecilla comienza a girar lentamente sobre su vórtice. Lentamente, lentamente, coge velocidad. Comienza a soplar el viento. Refresca. Sopla más fuerte aún, hojas vuelan con fuerza, levanta bocanadas de polvo por doquier. Aquella nube se ha convertido en un inmenso huracán. “Honduras” dice el rótulo que ahora vuelca dando giros contra todo lo que se encuentra en el camino.

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Estábamos ante el café de nuestra ignorancia con un manojo de textos interminables caídos en nuestra pantalla con la contundencia de un yunque y el mensaje implícito de “Fíjate bien en lo que pides, porque puede concedérsete”.

Una convocatoria lanzada un poco al aire, respaldada por unos cuantos generosos contactos de última hora, y la sorpresa se instaló en nuestra mesa de trabajo y en nuestras terminales electrónicas. No fue un mensaje de ultratumba, ni una botella sideral que viniera de vuelta de Marte o Venus con la noticia de que venusianas y marcianos gozaban de buena salud creativa y jugaban a su modo a derrotar a la muerte, a la indiferencia y a la estolidez reinante en la galaxia. Era algo más simple y mucho más conmovedor: nuestro vecino, al que hace tanto tiempo no saludábamos, respondía a nuestro llamado de inmediato y con ímpetu, como si nos hubiera estado esperando quién sabe hace cuanto tiempo. Y luego dicen algunos que ya no hay nada de qué asombrarse.

La “Patria Grande”, no esta tan lejos después de todo.

Froylán Turcios

Digámoslo en voz muy alta: hemos profanado, sistemáticamente, los grandes términos simbólicos: Libertad, Derecho, Justicia, Patriotismo, Heroísmo. Al triunfar en cada inicua revuelta nos llamamos redentores, reivindicadores, héroes, patriotas esclarecidos, cuando, en verdad, no somos más que asesinos vulgares, que pateamos el cuerpo y el honor de nuestro hermano con la primitiva saña de las fieras de las cavernas. Nos lanzamos a la pelea precipitados únicamente por nuestra sed de sangre y de lucro, por nuestra hambre de mando y de venganza; por retener al conciudadano sujeto del pescuezo como a un perro feroz; por acaparar los fondos públicos; por saciar nuestro rencor con el enemigo indefenso. (...) Nos precipitamos ciegamente en la matanza amontonando terribles cargos contra los que llamamos déspotas, y al derribarlos hacemos cosas peores que las que ellos hicieron. Vociferamos como verdaderos energúmenos contra los que mataron la libertad de imprenta, la libertad de reunión, la libertad de elecciones; contra los nepotismos, contra los latrocinios, contra los violadores de las leyes; y ya en la Presidencia amordazamos desvergonzadamente la prensa libre, imponemos candidaturas, elevamos a los primeros cargos a nuestros familiares más íntimos y arremetemos iracundos contra todas las libertades, disponiendo a nuestro antojo de la hacienda pública. Esto lo han hecho, lo hacen y lo harán todos los jefes revolucionarios que han escalado y escalarán el poder, en un grado mayor o menor, con mayor o menor cinismo.

De El discurso de Patricio, capítulo X de la novela La cacería del hermano, publicado originalmente en la revista Ariel, en Junio de 1925.
Aquí tomado de Honduras Literaria.
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Carta de Sandino a Froylán Turcios
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El Chipotón, 10 de Junio de 1928.
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Grande estimado maestro y amigo:
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Con profunda sorpresa leí en Ariel del 1° de Mayo último, sus palabras editoriales, relativas al peligro en que se halla la integridad territorial de Honduras, en lo que respecta a la cuestión de límites con Guatemala. Tanto sus palabras, como las que reproduce del editorial de El Cronista de esa ciudad, hicieron que sintiera por un momento helada mi sangre. Pronto comprendí que personajes de la política imperialista yanqui, son los atizadores de esta hoguera centroamericana.
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En estos instantes me preocupan más las graves dificultades entre ustedes, los dirigentes de Centro América, o sea la Patria Grande, que la causa que yo mismo estoy defendiendo con mis pocos centenares de bravos; porque me convenzo que con nuestra firmeza de ánimo y el terror que hemos logrado sembrar en el corazón de los piratas, nuestro final será evidente, mientras tanto que ustedes están rodeados de patricidas que siempre andan al olfato de las causas grandes, para dejar en ellas la semilla de la traición.
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En nombre de Nicaragua, de Honduras, de Guatemala y en nombre de Dios, querido amigo mío, yo le suplico a usted y a todos los hombres de entendimiento y claro patriotismo de América Central, traten de evitar por todos los medios posibles, el acaloramiento de ánimos y la ruptura de nosotros mismos. Ustedes están en la obligación de hacer comprender al pueblo de América Latina, que entre nosotros no deben existir fronteras y que todos estamos en el deber preciso de preocuparnos por la suerte de cada uno de los pueblos de la América Hispana, porque todos estamos corriendo la misma suerte ante la política colonizadora y absorbente de los imperialistas yanquis. Las bestias rubias están colocadas en uno de los extremos de la América Latina y desde allí observan ávidas nuestros movimientos políticos y económicos: ellos conocen nuestra ligereza de carácter y procuran mantener latente entre uno y otro país nuestros graves problemas sin resolver. Por ejemplo, la cuestión de límites entre Guatemala y Honduras, entre Honduras y Nicaragua: el asunto canalero entre Nicaragua y Costa Rica, la cuestión del Golfo de Fonseca entre El Salvador, Honduras y Nicaragua; la cuestión de Tacna y Arica entre Perú y Chile. Y así por el estilo, hay un encadenamiento de importantes asuntos en resolución entre nosotros. Los yanquis nos tienen bien estudiados y se aprovechan de nuestro estado de cultura y de la ligereza de nuestros caracteres para hacemos peligrar siempre que a los intereses de ellos conviene.
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Tomando como se debe, por lema las frases anteriores, los yankees sólo pueden venir a nuestra América Latina como huéspedes; pero nunca como amos y señores, como pretenden hacerlo. No será extraño que a mí y a mi Ejército se nos encuentre en cualquier país de la América Latina donde el invasor asesino fije sus plantas en actitud de conquista.
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Sandino es indohispano y no tiene fronteras en la América Latina. Sin más que recomendarle por ahora, querido maestro, le envío mi corazón, con el cual le hablo en esta carta.
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Patria y libertad.
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Augusto C. Sandino
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Carta de Froylán Turcios a Sandino
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Tegucigalpa, 28 de diciembre de 1928.

Sr. Gral. A. C. Sandino.
Donde esté.
Mi querido amigo:
Ya tarde recibí ayer su carta del 18 del presente, y después de leer repetidas veces la parte que se refiere al punto grave que sintetiza la lucha libertaria, he quedado completamente convencido de que la Fatalidad se cierne sobre nuestra causa, y que sobre la nueva ideología conque Ud. me la presenta, camina a rápidas jornadas a su Seguro Fracaso.

Yo di a esta campaña magnífica, mis mejores fuerzas, y estaba resuelto a ofrendarle mi sangre. Por la guerra de independencia, que Ud. encabeza, no hay sacrificio que no hiciera. Pero veo que ya no estamos de acuerdo en la finalidad de la lucha, que ya no atiende a mis observaciones, de conservarse en el plano único de la soberanía, en su acción contra el pirata, y que pretende ahora buscar medios para cambiar un régimen político interior, empleando para ello la guerra civil "y por este camino no puedo seguirle".

Si Ud. persiste en el plan que hoy me ratifica, nos separaremos como dos hermanos que no pudieron entenderse.

En mi carta del 18 del actual, que debe estar en sus manos a estas horas, le expresé claramente mi opinión, con vista de la última suya.

Yo estoy y estaré con Ud. en cuerpo y alma, en el épico esfuerzo para arrojar al yankee, invasor y conquistador de Nicaragua, "pero nunca para efectuar luchas fratricidas, aunque éstas tuvieran por base las más justas razones".

Tenga Ud. la certeza -y no olvide mis palabras- de que el yankee no saldrá jamás de ese país, por resolución del Gobno. del imperialismo del Norte y de los gobiernos traidores de Nicaragua. Sólo puede salir a balazos, por la perseverancia sobrehumana de Sandino, y esta empresa de titanes fue la que Dios le encomendó. Y no otra. Planear proyectos de orden regional, con la base fantástica de la salida de los piratas, es construir castillos en el aire y empequeñecer su epopeya legendaria. Su nombre es bendecido y admirado en todos los ámbitos del mundo, porque sostiene una guerra semejante a la de Bolívar y Washington; porque siendo el brillante paladín de la libertad, es símbolo de la Raza...

Pero veo que me equivoqué lamentablemente al pensar que Ud. me atendería; que nada conseguiré con escribirle sobre esto, páginas y páginas. Ud. tiene tomada su resolución y mi voz será inútil. Su MAESTRO, como Ud. me llama, no tiene ya influencia alguna sobre su alma.

Le ruego, únicamente, que me envíe la forma en que daré a conocer a la América mi separación de Ud., pues yo no me perdonaría nunca, que en mi explicación hubiese una sola palabra que no le fuera grata.

Estaba resuelto a no salir del país, mientras le fuera a Ud. útil; pero comprendo que de nada le servirá mi presencia aquí, y que más bien soy un obstáculo para sus planes.

Un intenso saludo para la Legión Sagrada

Patria y Libertad

Froylán Turcios
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Clementina Suárez


Lamentos en el espacio

Afuera ruge el viento. Tu cabeza está en mis piernas.
La noche se entretiene en ronda de fantasmas.
Aguas desbarrancadas cortan narcisos y nieblas,
para adornar la tumba de tanto pájaro muerto.

Tú peinas y despeinas mi cabello
mientras el mar arrastra sangre y lodo.

La sombra parece que esculpiera cadáveres.
¿Quién llora y se desespera en el aire?
Amor. Tú estás dormido,
- sin darte prisa por salir de la noche -
mientras yo atajo lamentos
de madres y de niños.



El regalo

Quisiera regalarte un pedazo de mi falda,
hoy florecida como la primavera.

Un relámpago de color que detuviera tus ojos en mi talle
- brazo de mar de olas inasibles -

la ebriedad de mis pies frutales
con sus pasos sin tiempo.

La raíz de mi tobillo con su
eterno verdor,

el testimonio de una mirada que te dejara en el espejo
como arquetipo de lo eterno.

La voluble belleza de mi rostro, tan cerca de morir a cada instante
a fuerza de vivir apresurada.

La sombra de mi errante cuerpo
detenida en la propia esquina de tu casa.

El abejeante sueño de mis pupilas
cuando resbalan hasta tu frente.

La hermosura de mi cara
en una doncellez de celajes.

La ribera de mi aniñada voz con tu sombra de increíble tamaño,
y el ileso lenguaje que no maltrata la palabra.

Mi alborozo de niña que vive el desabrigo
para que tú la cubras con la armadura de tu pecho.

O con la mano aérea del que va de viaje
porque su sangre submarina jamás se detiene.

La fiebre de mis noches con duendes y fantasmas
y la virginal lluvia del río más oculto.

Que a nivel del aire, de la tierra y el fuego,
el vientre como abanico despliega.

La espalda donde bordas tus manos
hinchadas de oleaje, de nubes y de dicha.

La pasión con que desgarras
en el lecho del mismo torrente inabarcable

como si el mismo corazón se te hiciera líquido
y escapara de tu boca como un mar sediento.

El manojo de mis pies
despiertos andando sobre el césped.

Como si trémulos esperaran la inexpresada cita
donde sólo por el silencio quedaron las cadenas rotas.

Y en tus dedos apresado el apremio de la vida
que en libertad dejó tu sangre,

aunque con su cascada, con su racha,
los árboles del deshielo, algo de ti mismo destrozaran.

La cabellera que brota del aire
en líquidas miniaturas irrompibles

para que tus manos indemnes hagan nido
como en el sexo mismo de una rosa estremecida.

La entraña donde te sumerges como buscando estrellas enterradas
o el sabor a polvo que hará fértiles nuestros huesos.

La boca que te muerde
como si paladeara ríos de aromas;

o hincándote los dientes
matizara la vida con la muerte.

El tálamo en que mides mi cintura
en suave supervivencia intransitiva,

en viaje por la espuma difundido
o por la sangre encendida humanizado

el mundo en que vivo
estremecida de gestaciones inagotables.

El minuto que me unge de auroras
o de iridiscencias indescriptibles.

Como si a ritmo de tu efluvio soberano
salvaras el instante de miel inadvertida;

O dejaras en el mágico horizonte de luces apagadas
el tiempo desmedido y remedido.

En que apresados quedaran los sentidos
y al fin ya sin idioma, desnudos totalmente.

Como si ensayando el vuelo se quemaran las alas
o por tener cicatrices se extenuaran los brazos.

La piel que me viste, me contiene y resuma,
la que ata y desata mis ramajes.

La que te abre la blanca residencia de mi cuerpo
y te entrega su más íntimo secreto.

Mi vena, llaga viva, casi quemadura,
huella del fuego que me devora.

El nombre con que te llamo
para que seas el bienvenido.

El rostro que nace con la aurora
y se custodia de ángeles en la noche.

El pecho con que suspiro, el latido,
el tic-tac entrañable que ilumina tu llegada.

La sábana que te envuelve en tus horas de vigilia
y te deja cautivo en él, duerme, sueño del amor.

Árbol de mi esqueleto
hasta con sus mínimas bisagras.

El recinto sombrío
de mis fémures extendidos.

La morada de mi cráneo, desgarrado lamento,
pequeña molécula de carne jamás humillada.

El orgullo sostenido de mis hueso
sal que hasta con las uñas me aferro.

Mi canto perenne y obstinado
que en morada de lucha y esperanza defiendo.

La intemporal casa
que mi polvo amoroso te va ofreciendo.

El nivel del quebranto
o la herida que conmigo pudo haber terminado.

El llanto que me ha lavado
y que este pequeño cuerpo ha trascendido.

Mi sombra tendida
a merced de tu recuerdo.

La aguja imantada
con su impensable polen y sus rojas brasas.

Mi gris existencia
con su primera mortaja

Mi muerte
con su pequeña eternidad.

Honduras, magnífica y terrible:

Apuntes para un canon
de la novela nacional

Mario Gallardo
“Todo escritor deberá desde el inicio ser fiel a sus posibilidades y tratar de afinarlas; tener el mayor respeto al lenguaje, mantenerlo vivo, renovarlo si es posible; no hacer concesiones a nadie, y menos al poder o a la moda, y plantearse en su tarea los retos más audaces que le sea posible concebir”.
Sergio Pitol, Soñar la realidad.

La idea del canon -o “catálogo de libros preceptivo”- ya existía en la antigüedad, pero cogió nuevos aires entre la comunidad literaria a mediados de la década de los 90, impulsada por la publicación del libro de Harold Bloom: El canon occidental (1994). En este libro, el polémico crítico estadounidense propone su lista de libros canónicos: aquellas creaciones cuya lectura es imprescindible para conformar el imaginario estético de la humanidad.

La escogencia de Bloom provocó grandes discusiones: algunos criticaron que haya colocado a Shakespeare en el centro de su canon, mientras que otros se sintieron aludidos cuando les echó en cara su sometimiento al “fragmentarismo” de las teorías literarias de moda -que destacan apenas una punta del iceberg significativo de una obra- abandonando la lectura humanística planteada desde una perspectiva integral. Para mayor escándalo, les señaló que “los profesores universitarios y sus aliados en el mundo periodístico se ha apartado ampliamente de la percepción de la lectura seria”. “Es decir”, añadió, “se han olvidado de que su función es reverenciar a Shakespeare, Proust, Cervantes y Borges”.

Este concepto -desarrollado por el profesor de Yale al contestar la interrogante: ¿Quiénes son los grandes escritores occidentales?- ha sido asumido como punto de partida en este trabajo para precisar las obras fundamentales que definen el canon novelístico hondureño.

Tal empeño lleva implícito un componente controversial, en vista de lo antojadizo que para algunos pueda resultar cualquier selección, sin embargo, el intelectual palestino Edward Said -en su libro Cultura e Imperialismo (1993)- esbozó algunos parámetros para evaluar la obra literaria y establecer juicios de valor más allá del plano meramente subjetivo, que sirven de base a esta reflexión.

Said definió seis elementos: "mundanidad” (es decir, trascendencia del texto a su referencia real), “amateurismo” (opuesto un profesionalismo o especialismo reductor o embotado), “laicidad” (una ética ilustrada), “afiliación” (a una tradición literaria), “rigor crítico” (frente a los nacionalismos fundados en el odio y la exclusión), y “resistencia” (frente a las presiones políticas o las modas)".

Cualquier análisis que tome éstos parámetros como punto de partida debe ir aparejado a una relectura prolija y sistemática de la producción novelística nacional. Este “repaso” es ineludible, y nos ha mostrado, en primera instancia, la absoluta falta de validez del tópico tan citado cuando se habla de la narrativa hondureña: “Honduras, novela sin novelistas”.

No obstante esta frase –aunque grosera- aludiría a la estética que, salvo significativas excepciones, ha imperado en el quehacer narrativo nacional, donde la calidad literaria se ha visto supeditada, generalmente, a un criterio mimético, autóctono y regional. Desde sus inicios, la narrativa, y más específicamente la novela nacional, ha estado signada por la intención de reproducir aquello que nos diferenciaba, que nos separaba: de Centro América, del resto del continente, del mundo, en una suerte de obtuso chovinismo.

De tal suerte se estableció una tendencia a destacar aquello que nos hacía hondureños, que nos lanzaba de cabeza al interior de nuestro país con nombre de abismo, legitimando una insularidad intelectual de la cual no nos hemos podido sustraer desde 1821.

A partir de 1950, la aparición de Prisión Verde impuso un realismo social que también levantó barreras que nos aislaron. La obra más conocida de Ramón Amaya Amador prefiguró una variante de dicha estética narrativa anclada en lo nacional, en los denominados “problemas importantes” de la sociedad que era urgente resolver. Este realismo a ultranza también impuso un criterio duradero y engañoso: La novela debía ser ante todo, además de inconfundiblemente nuestra, "importante y seria", un instrumento que fuera útil en forma directa para el progreso social. En la década de los 80 la nota predominante fue la denuncia y la utilización de formatos fuertemente politizados, estableciendo criterios que valoraban, por sobre otros elementos, la llamada “identidad nacional” de las obras publicadas. Este empobrecedor criterio mimético -y además mimético de lo comprobablemente nuestro: pobreza, corrupción, raza, paisaje, dependencia, doctrina de la seguridad nacional, represión, desaparecidos, etc.- se transformó en la vara de medir de la calidad literaria, oponiendo trabas al surgimiento de una novelística vigorosa, imaginativa e independiente basada en el respeto absoluto a la libertad del creador. Sin embargo, y este es el objetivo central de estos apuntes, otros escritores optaron por emprender búsquedas más originales y significativas; sin evadir la presencia avasallante del contexto local, orientaron su talento e imaginación, aunado a una sabia utilización de formatos provenientes del “boom”, pero asumidos con criterio, inteligencia y propiedad, a la construcción de una auténtica voz narrativa que les permitiera cartografiar su aldea con precisión tal que la volvieron universal.

Estos autores descubrieron que esta manera de hacer literatura era la forma más contundente de rebatir el romanticismo costumbrista, cargado de la fuerte coloración social que había imperado hasta entonces, anulando para siempre el cliché que contraponía lo vital que debía ser lo nuestro, a lo intelectual, lo estetizante, lo tabú, que debía ser lo extranjero.

Estas obras, que constituyen un auténtico punto de partida para establecer un canon de la novela nacional, reflejan y cuestionan el imaginario colectivo del ser hondureño y, a través de productos estéticamente válidos, son respuesta contundente al tópico citado al inicio de estas reflexiones.

Gestadas a través de la diaria experiencia de sufrir una realidad desgarrada, violenta y contradictoria, filtrada por el tamiz de la observación detenida y el análisis esclarecedor, estas novelas de Julio Escoto, Marcos Carías, Galel Cárdenas, Roberto Quesada y Roberto Castillo son auténticos murales polifónicos cuya lectura recrea una y otra vez a esa Honduras “magnífica y terrible”, como la definiera con sentida precisión el poeta Jorge Federico Travieso.

El hecho, paradójico para aquellos que abogan por la novela vista como espejo de la realidad, es que estas narraciones -que rastrean la ruta hacia ese aleph donde confluyen las experiencias personales y el ser colectivo del hondureño a través de los senderos aparentemente contradictorios de la imaginación- lograron “captar” la esencia de esa identidad que otras intentaron “reproducir” sin éxito.

San Pedro Sula, agosto de 2002.

Fragmento de texto publicado en

Retazos hondureños

Rodrigo Peréz-Nieves
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Al comenzar el siglo XX, Honduras era un país agrario con medio millón de habitantes. En Febrero de 1903, asumía la presidencia con respaldo popular el General Manuel Bonilla, quién, siguiendo el ejemplo de los sátrapas, derogó, por séptima vez en la historia del país, la Constitución del Estado. Ese año, las relaciones con Guatemala se enrarecen y desembocan en una guerra que termina con el Pacto Barblhead. Ese mismo año también, el Rey de España dictó el laudo de límites con Nicaragua que llevó a la revisión de las tres líneas fronterizas. A causa del laudo, en 1907 estalla la guerra con Nicaragua que provoca la caída de Bonilla quien es derrocado por los liberales con el respaldo del presidente de Nicaragua José Santos Zelaya.

La prensa centroamericana post-girondina, inspirada en un criterio convencional y estrecho, donde no se pretendía más que anestesiar, con un lenguaje circunspecto y una habilidad sofísticada, la mente de las masas populares, seguía medrando al amparo del poder. El sopor que reinaba en las esferas sociales se reflejaba en los folletinistas, quienes faltos de acción y volición, rodeaban (todavía se acostumbra) al “tata” presidente de cada república, derramando sobre el pueblo sus ideas enervantes. No existía la prensa de oposición y de combate, estaba emparedada entre la sotana y la gorra militar.

El Dr. Lorenzo Montúfar se convirtió en el primer panfletista centroamericano de cuerpo entero que lanzaba sus vibrantes anatemas al grupo clerical que le respondía (como siempre) con sermones y excomuniones.

Fue un ilustre hondureño que se llamó Álvaro Contreras (suegro de Rubén Darío) quién fundó el primer periódico, dándole nueva savia en las venas empobrecidas de la vieja ciudad colonial, “Suprimid el genio de Morazán y habréis aniquilado el alma de la historia en Centroamérica”. Sin la acción del héroe desaparece el drama de nuestra vida nacional. El patíbulo del General Morazán es para él una luminosa transfiguración; es “la esplendente nube en que puso firme el pie para remontarse al cielo”. (Fragmentos del Discurso de Álvaro Contreras, pronunciado en San Salvador, el 15 de marzo de 1882, al colocar la estatua de bronce de Morazán en esa ciudad).

En El Pueblo, de La Ceiba, bisemanario que redactaba don Francisco Mejía; en la mayoría de publicaciones de ese período predominó el editorial doctrinario, generalmente de política local, como el de El Estado, el Diario de Honduras o El Tiempo, letras añejas que rememoran mejores épocas. El Tiempo, diario del recordado don Froylán Turcios, fue de los primeros que dedicó una edición a uno de esos tempestuosos escritores, José Antonio Domínguez, poeta ilustre que tenía para su época el romanticismo de sus experiencias literarias clásicas y modernistas. Lamentablemente se llevó consigo un mundo de ideas y sensaciones que no quiso, o no pudo expresar, así como el homenaje al poeta Salomón Ibarra Mayorga quién nació en la floreciente ciudad de Chinandega, el 8 de septiembre de 1887.

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Tegucigalpa. Hacia finales del siglo XIX destacó la labor realizada por el presidente Marco Aurelio Soto (1876-1883) con su Secretario de Estado, el ideólogo de la Reforma Liberal, Ramón Rosa. Bajo el mandato de Soto la capital de Honduras pasó de Comayagua a Tegucigalpa ya que esta comunidad se encontraba más cerca las minas; una de sus principales ciudades mineras fue la ciudad Santa Lucía, ubicada al este de Tegucigalpa hasta la actualidad muchas personas visitan este pequeño pueblo para observar lo que fue uno de los principales centros mineros de Honduras. Las malas lenguas cuentan que Marco Aurelio Soto tenía una amante en Tegucigalpa y fue un motivo más del traslado de la capital.

El comercio extranjero que en su mayoría invadió las principales ciudades se aprestaba a preparase por la llegada de la Semana Mayor. Los habitantes de las ciudades lucían en esa temporada sus mejores galas. Las casas se blanqueaban, salpicando las aceras de lluvias lechosas, confundiendo las acres emanaciones con el perfume imborrable de las Flores de coyol que empezaban a llegar a los mercados procedentes del área rural. Daban inicio las lentas y solemnes procesiones con el sonido que llegaba desde el campanario de la iglesia San Francisco de Asís, templo que data de 1732.

Entre flores de palmeras; altares pobres y deslucidos bajo la lluvia de las Flores de coyol, matracas que con su canto cuál cigarras, hacían recordar por extraña evocación la niñez lejana, ángeles rosados y resplandecientes en andas, sermones gangosos sobre muchedumbre de rodillas; la Virgen con los siete puñales; el Cristo exangüe y sangriento, descendiendo de la cruz o amortajado en la vitrina que servía de ataúd.

Viernes Santo, silencio de agonía, de reflexión. La Gloria del Sábado y la procesión triunfante del Domingo de Pascua acompañada de una multitud risueña.

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Parece que rondara un alma en pena...
Ahora son los grillos... no, no escuches,
Es el búho que llama desde lejos (...)
Abre ahora los ojos, ya es muy tarde,
Ya los primeros rayos en tu alcoba
Se han deslizado tan furtivamente
Que ni siquiera los sintió la sombra.
(Ib: 34)

Jorge Federico Travieso forjó uno de los mundos más delicados y consistentes que encontramos en la poesía hondureña y el cual se compiló con el nombre de La espera infinita. Dentro de los ciento cuatro poemas del libro, sólo encontramos tres o cuatro de tipo social. "Antaño era dulce" (el anciano que, en medio de su pobreza, maldice al capital); "Viejo criado de la casa" (deplora la vida de humillación del antiguo servidor familiar) y "La moral" (cuestiona a los pseudomoralistas, catones antojadizos de la conducta ajena, esquivos de sus propias faltas).

Posteriormente variantes del regionalismo se siguieron manifestando más acá de la segunda mitad del siglo XX. La razón la da Manuel Salinas Paguada cuando habla de la narrativa criollista determinada por el carácter agrario y feudal de la economía, que determina la máxima concentración de la población campesina en las zonas rurales donde impera una oligarquía terrateniente en posesión de las tierras cultivables.

Estos pueblos pobres observaron con desconfianza el comercio del banano que se hacía fluir a Norteamérica. Nuevos almacenes y edificios a costa del descuaje de bosques enteros. El dólar, omnipotente y sonoro, lo allanó todo, lo arrolló todo. Los mostradores de tiendas y cantinas rebosantes de parroquianos, era la apoteosis de Plutón, la gloria del metal maldito, el triunfo del capitalista sobre el trabajo sudoroso y jadeante del catracho… inicio de la toma de conciencia.

A lo largo de esos años, los compradores estadounidenses de bananas pasaron a ser cultivadores, mediante concesiones del gobierno, lo que les permitió hacer inversiones en la agricultura y convertirse en propietarios de la tierra. Normalmente los agricultores llevaban la fruta a las playas donde eran cargadas en lanchones y de ahí a los barcos estadounidenses que los transportaban a los puertos de EEUU.
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A pesar de la bonanza, los fines de semana en Tegucigalpa se convertían en un abúlico y somnoliento pasar y mirar. En la mañana las campanas llamando a misa con su lúgubre tan, tan, tan. Una que otra devota asmática acompañada de los más pequeños de la familia se apresuraba a llegar a las gradas de Catedral. A su paso se cruzaban con los gomosos locales que flirteaban en la puerta del templo, haciendo muecas y “pidiendo” un trago para la “goma”.

Daban ganas de marcharse de esa fúnebre desolación de las calles. Los almacenes cerrados herméticamente, la vida comercial se estancaba. No quedaba más remedio que meterse a las cantinas a tomar cerveza o copas de güisqui tradicional. La juventud citadina con lo mejor de su guardarropa se paseaban en el Parque Morazán, fumando y haciendo la corte a las muchachas al son de los instrumentos de la Banda Marcial. A pesar de su ligero toque de modernismo, Tegucigalpa era una población a la antigua, melancólica y bostezante, sin tráfico ni vida.

En el rastro o matadero de bovinos construido al poniente de la población, junto a la orilla del Río Grande, se observaban hambrientas y soleadas a las víctimas que esperaban su turno atadas a postes. Mientras los verdugos, generalmente “engomados”, afilaban sus instrumentos. Se hacía el sacrificio de las pobres reses, ni más ni menos como en la época cuaternaria… tiempos aquellos.

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Las veladas líricas literarias que se llevaban a cabo durante los juegos florales, se plasman en El Estado y el Diario de Honduras: “La velada verificase en el Salón de retratos, florido de bellas mujeres, constelado de focos eléctricos, resplandecientes de tremoles, de la plata y el oro de los muebles. Dióse en él cita lo mas selecto de nuestra sociedad…”

Se recuerda a Fausta Herrera, Rómulo Durón, Céleo Dávila, Rubén Bermúdez, Antonio Ochoa, Jerónimo Reyna, y muchos mas que hicieron brillar las letras hondureñas, sin encharcar la prosa ni deshonrar la rima.

“Maldita sea! ¿Por qué no opté yo el grado de general, en vez de ese título comprometedor para ser ‘general’ no se necesita saber nada, ni siquiera haber peleado....” Extracto del cuento “Doctor General” escrito por Juan Pablo Wainwright, conocido dirigente popular fusilado en Guatemala por órdenes del dictador Jorge Ubico.

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¡Silénciese el ave! no (sic) charlen los vientos,/ acalle la fuente su límpida estrofa:/ para esas dos almas, quietud y respeto,/ que se están amando cual no se aman otras.// -El nixtamalero/ del amanecido/ chulito lucero/ yabía encendido./ Vos por la ladera/ veniyas bajando/choyuda jalando,/ la chele ternera,/ a la ternerita/ jayada entre unas/ borroñosas tunas/ una mañanita. Jorge Federico Zepeda (1883-1932)




Fuentes consultadas:
Molina, Juan Ramón. Prosas. Ediciones del gobierno de Guatemala. Colección los clásicos del istmo. 1947.
www.exordio.com/1939-1945/ paises/Latinoamerica/honduras.htm
www.ccj.org.ni/press/libros/lg/CorteMga/cm_cap1.htm
www.hondurasliteraria.org/

Los ochentas: posicionamiento universal

René Andino Soto
“… es un deber hermanos
destrozar esta vergüenza que nos dieron por patria
y construirla de nuevo…”
Alexis Ramírez

De un pequeño recorrido por las ediciones de la Revista Tragaluz de los años ochentas emerge un perfil, una línea de pensamiento, que ha llamado mi atención. Me refiero al tema sensible de la identidad nacional.

Es claro que la identidad persiste y se modifica gracias a la voluntad social, lo que la vuelve inmensa a una escala muy cercana de la cultura. Lo que debo señalar, sin embargo, es el modo particular de entender la identidad que se hizo visible en parte de la creación artística del momento.

Me interesó un ensayo de Helen Umaña titulado: “La literatura: un camino hacia la identidad nacional”. Es ahí donde encontré la cita de Alexis Ramírez, en medio de otras que escribieran José Luís Quezada, José Adán Castelar, Galél Cárdenas o Juan Ramón Saravia. Esta identidad es una necesidad en el ambiente intelectual hondureño, directa o indirectamente visible, según transcurre Tragaluz.

Ahora bien, ¿Qué implica la identidad para una sociedad perturbada hasta la negación de su necesaria autodeterminación histórica? (pensemos en el país sin revoluciones en el núcleo de América). Como tributo al pensamiento progresista que pudo acudir al ámbito cultural hondureño, se debe pensar menos en esa identidad nacional –definida por una necesidad metafórica de reinauguración de la patria- y más en esa totalidad llamada cultura, universalidad.

La imagen fatalista que puede explicar el fenómeno de lo universal en Honduras parte de una realidad que primero ha sido centroamericana. Por un lado está la influencia norteamericana, tomando un control del Supernintendo. Por el otro, con otra habilidad, la influencia revolucionaria tímida y sutil de la URSS. Así es como se interpreta el ascenso centroamericano en la carrera del posicionamiento universal.

El artista del teatro Rubén Ribera Castillo mencionaba que “tenemos que abordar el problema con una visión que abarque el plano sociopolítico y cultural centroamericano…”. Siguiendo la idea del videojuego, lo que vemos ahora como realidad centroamericana parte de esa fórmula de “los malos contra los buenos”, donde los buenos son, de modo no irónico, los vencidos.

En este análisis tomamos en cuenta lo que resulta “verdad en apariencia”. Podemos intuir que para la generación de los ochentas la primera aproximación con la universalidad estaba intrínsicamente ligada a los movimientos sociales centroamericanos (Nicaragua, El Salvador y Guatemala). Reinaugurar la patria es, en cierto modo, reinaugurar la historia, esa que no pudo sobreponerse al ataque de los invasores y se deslizó con la frialdad de un game over. Reinaugurar la patria es la tarea de la literatura hondureña; es la búsqueda de la identidad nacional de que habla Helen Umaña. La patria hondureña de los ochentas no es Honduras, es la suma de las revoluciones en gestación por Centroamérica, que a su vez representa a las revoluciones que explotaron tanto en el resto de América Latina. El ser universal hondureño (escritor, pintor, sociólogo, dirigente estudiantil, dirigente sindical, etc.) se acercó a la idea universal a través de la experiencia centroamericana, la verdadera identidad voluntaria y firme cuyo común denominador resultó ser jugar con el control izquierdo de la máquina de videojuegos.

Tomado con permiso del autor del
Semanario virtual Boletines Lacrimógena No. 9.

Pura nostalgia II

Carmen González-Huguet

Siempre detesté los alacranes y nunca supe por qué hasta hace poco, cuando tuve la oportunidad de volver a ver aquella película titulada Marcelino, pan y vino donde Pablito Calvo encarnaba a un niño que moría víctima de la picadura de una de esas sabandijas. Imposible no llorar, sobre todo a los diez años, por la muerte de esa criatura encantadora que platicaba como la cosa más natural del mundo con el Cristo del desván, al que alimentaba a escondidas de los frailes.

Pablito Calvo fue de seguro el primero, pero ciertamente no el último de una serie de niños prodigio que nos regaló el cine español y que se engalanó con la voz privilegiada de Joselito, la belleza rubísima de Marisol, inmortal no obstante la mano homicida de Pepa Flores que reniega de aquella época infortunada de su vida, y la voz maravillosa de una Rocío Durcal pre Juan Gabriel y demás desgracias.

Me he venido a enterar, tarde, como siempre, porque hace rato que he optado por vivir en este mundo lo menos posible, de la muerte de Pablito Calvo. Ocurrió en Madrid, en febrero de 2000, a causa de un derrame cerebral. Y me he sentido como si se me hubiera muerto un pariente lejano o un amigo de la infancia.

Seleccionado a los siete años para encarnar el personaje de Marcelino, Pablito Calvo alcanzó una notoriedad extraordinaria gracias a esa, su primera película, a la que siguieron dos más bajo la dirección de Ladislao Vajda, y otras cinco a cargo de distintas casas productoras y diferente éxito de taquilla. Su destino también fue diverso del de otros niños prodigio: estudió Ingeniería Industrial y se dedicó al negocio inmobiliario.

El final de su carrera cinematográfica, empero, fue muy semejante al de los demás niños actores: no pudo superar la barrera de la adolescencia y tampoco el cambio de gusto del público, azotado por el cinismo rampante de una época bastante desencantada. El fin de los sesenta, entre la guerra de Vietnam, Watergate y demás naufragios, ciertamente no dejó espacio para la ingenuidad de historias como la de Marcelino.

También es cierto que las cosas eran mucho menos dulces e inocentes de lo que suponíamos, por supuesto. La historia de Marisol-Pepa Flores apunta a ello, hoy irreconciliada con su etapa de actriz infantil. Recuerdo aún sin embargo a la niña rubia de ojos de zafiro y voz angelical que cantaba “La vida es una tómbola, tom, tom, tómbola”, mientras tocaba la batería al lado de la orquesta de Augusto Algueró. Éste que fue, entre otras cosas, compositor de la música de la Penélope de Joan Manuel Serrat.

Por cierto dicen las malas lenguas que Pepa Flores, que no Marisol, en esa época andaba que se subía por las paredes por Serrat, aunque al parecer el Nano se hacía el de los panes. Quién sabe. En historias de amor a veces ni los propios interesados saben en realidad qué sucede. Como sea, Augusto Algueró era un señor que sabía su negocio, y su negocio era la música. Compuso un par de los exitazos de ese excelente cantante que fue Nino Bravo (Te quiero, te quiero y Noelia), además de la inefable Chica ye-yé que encaramara a lo alto del hit parade juvenil de los sesenta la gran actriz que sigue siendo Concha Velasco.

Nacido en Barcelona en 1934, Algueró intervino en la banda sonora de muchas películas, como El ruiseñor de las cumbres del mencionado Joselito, y varias otras de Marisol, entre ellas Cabriola. Hace pocos años Algueró compuso la de esa obra maestra del humor negro y la mala leche en clave española que es Torrente, el brazo tonto de la ley.

A despecho de lo que dijo Hitchcock, que abominaba de hacer películas con perros, con niños y con Charles Laughton, el cine español de los sesenta abundó en criaturas más o menos creciditas y más o menos talentosas. De ellos, le fue peor que a todos a Joselito, un ruiseñor que se bajó de las cumbres y anduvo de miliciano por África antes de que lo acusaran de narco.

Rocío Durcal —que empezó ya mayorcita, a los quince, como Ana Belén— logró cruzar la barrera de la adolescencia sin mayores problemas. Los varones lo tenían peor. Es claro que a veces la biología trabaja en contra, la maldita. Una excepción a esta regla ha sido el dueño de una técnica vocal impecable, enorme encanto e irremediables dientes de roedor entusiasta que es Luis Miguel.

A Rocío Durcal y a Ana Belén, sobre todo a esta última, les fue mucho mejor. Las dos edificaron sólidas carreras discográficas y siguen, para bien y para mal, todavía dando guerra y con cuerda para rato.

De esa época si no más dichosa, al menos más ingenua, me dice mi amigo Ricardo Bada que si no he visto la clásica ¡Bienvenido, Mr. Marshall! de Luis García Berlanga. Confieso con dolor y con pudor que no. Hay que ver lo avaros que son los rentavideos de nuestros pagos en películas inteligentes. Con la cantidad de bodrios descerebrados que todos los años nos asesta Hollywood y la madre que lo parió, a la hora de escoger hay que conformarse con el Terminator y el Depredador de turno.

Ricardo me dice que muchos en España no soportaban esas películas dulzonas en medio de un franquismo tan recalcitrante como obtuso. No sé. No conocí ese contexto. Mi padre me llevaba a ver las susodichas cintas quizá porque añoraba un castellano pronunciado con todas las “ces” y las “zetas” como en su tierra, y no el español de Canarias que hablamos en El Salvador con un irremediable cantadito de perdularios. Quién sabe. A lo mejor era sencillamente que los domingos por la tarde no había absolutamente nada más qué hacer que ir al cine. San Salvador era entonces como hoy sigue siendo Tegucigalpa: una aldea fea, triste e irresoluta en la que nunca pasa nada bueno. Y eso no tiene remedio. Qué vaina.









De la identidad literaria salvadoreña como exilio


Rafael Lara-Martínez

[Hay que] oírse a sí mismo desde el otro […]
estaba yo aquí, extranjero [exiliado] en mi propio suelo.
Salarrué


Por la buena voluntad de una amiga, llegó a mis manos la tarjeta que aparece a continuación.


Tarjeta de Roque Dalton, cortesía de AMD



Memoria (“te recuerdo mucho”) y escritura (“escribe”) se hallan íntimamente ligadas. La capacidad de rememorar se vuelca en el trazado de una marca. El recuerdo nos obliga a dejar inscritas evocaciones de acontecimientos. De tiempos compartidos, ahora revocados. La escritura es “deuda” y “recuerdo”. Imperativo que el presente contrae con un pretérito desterrado. La letra sella lazos de unión simbólicos. Al tiempo que vincula a los amantes en lo imaginario, paradójicamente, reconoce la fatal separación. La presencia del rasgo escrito remite a la ausencia de la amada. “Tu rostro débil – mi memoria – vacía de ti”.

Este primer enlace recuerdo-escritura estipula problemáticas de índole personal. Instituye móviles que motivan la inscripción de la letra. Separación de los amantes. Una segunda correlación —leyenda del nombre propio y domicilio— establece coordenadas sociales. No se trata exclusivamente del uso poco convencional que la persona-poética, Roque Dalton, hace de su nombre de pila. Superpuesto al de la firma oficial. Encima de su nueva dirección en La Habana se halla una tachadura: El Salvador (lease tachado). Dalton deslinda un cuadro conceptual: recuerdo-escritura-ausencia-rasgadura.

La letra consigna una repetición. Es recuerdo de la ausencia. Reitera con obstinación el tachón-vacío que a su trabajo le compete colmar. El escrito sustituye la cosa tachada. La palabra es relevo del mundo. Tentativa de recuperar un domicilio. Desde el exilio, inventa “residencias en la tierra” imaginarias para sí y los suyos. El tachón —la rotura con respecto a la “tierra de infancia”— se denomina exilio-nación.

Esta necesidad por exiliarse se halla presente en muchos de nuestros clásicos. El epígrafe inicial de Salarrué insiste en lo mismo. En eco vecino, “desterrado en mi patria, sin salir de ella”. La literatura se levanta sobre el sitio de la “Madre-Patria” ausente. “Las voces del terruño” se hacen tanto más audibles —chocan en reiterado rumor— cuanto que su cántico pregona la carencia. De la ruina y despojos del recuerdo nace la belleza del poema. “El texto nace de la relación entre partida y deuda” hacia lo difunto, lejano y expatriado. La escritura de “la nación es un luto”. La constancia de un fallecimiento: “patria dispersa, caes […] patria mía no existes”.

Llamamos “identidad literaria salvadoreña” al nombre borroso. A la tachadura que los escritores realizan para forjarse identidades singulares como personas-poéticas. Para elaborar un canon artístico propio a la nación. En cuadrivio he aquí un breve esbozo del exilio-nación.

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La dualidad Carmen Branon-Claudia Lars (1899-1974) identifica el duplo oral-escritura a la oposición madre-padre. La dicotomía madre-oralidad/padre-escritura corresponde a la dinámica de lo propio y lo ajeno. La captura del cuerpo materno —“tierra de infancia”— presupone que la poeta reconoce la vitalidad del legado literario del padre, norteamericano de origen irlandés. El terruño salvadoreño —cuerpo de la madre— emerge al aceptar modelos de escritura poética que provienen del legado masculino. La herencia foránea paterna hace que la madre sea patria. Brannon-Lars genera una dialéctica según la cual “lo nuestro”, “lo propio” —oralidad del terruño materno— encuentra “la huella de su voz” en el cristal de lo ajeno.

Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979) distingue la patria del territorio nacional. Señala cómo, siendo un concepto de orden espiritual, la primera ofrece contenidos que el poeta lleva consigo al exilio: “la patria peregrina va conmigo”. Oswaldo Escobar Velado (1919-1961) establece la diferencia entre territorio y patria. Agradece en los exilios la fortuna de recopilar los “nombre elementales” que fundan la patria. Junto a Miguel Ángel Espino (1902-1967), Gilberto González y Contreras (1904-1954) inicia una “poesía y estética de la ausencia”. En él también, la lejanía se convierte en “escuela” de nacionalismo y en la única manera de recobrar valores patrios.

***

Actualmente —al hablar de migraciones, diásporas y exilios— se olvida que la identidad literaria nacional la explican los mismos términos. Lo nuevo no afecta tanto al hecho de salir del terruño, de pensarlo desde la lejanía. Lo más reciente es que la experiencia que tocaba a “la gran minoría” de literatos, ahora la vive el grueso de la población. La primicia es que la poesía se torna remesa.


La dinámica entre lo propio y lo ajeno —lo nuestro - lo vuestro— inventa el canon nacional. Identidad no significa identificar características particulares a lo salvadoreño. Identidad tampoco remite a elementos únicos, propios a “lo nuestro”. En cambio, se halla en juego lo plural. Si el Uno-Yo no existe sin el Otro-Tú, “lo nuestro” no se presenta sin lo foráneo. Más que definir esencias de un patrimonio, la verdadera identidad retraza dinámicas entre lo propio-nuestro y lo ajeno-vuestro. Declama la paradoja: lo nuestro es lo vuestro.

Políticas culturales e interculturalidad

Mario Roberto Morales

Los contenidos curriculares de la educación bilingüe intercultural y las políticas culturales para un país en el que conviven, articulándose, múltiples diferencias y énfasis culturales, vienen ocupando en estos días a buena cantidad de indígenas y ladinos. Desconozco el curso seguido por las discusiones colectivas al respecto, y desconozco asimismo los resultados que esos trabajos hayan ido arrojando a la fecha. Confío en que la adopción del criterio de la interculturalidad por encima del de la multiculturalidad, que se observa a simple vista en el discurso de quienes se ocupan de estas cosas, esté prevaleciendo en la discusión y formulación de contenidos curriculares y políticas culturales.

El multiculturalismo no es un criterio operativo útil para pensar y solucionar las conflictivas relaciones interétnicas guatemaltecas, porque se basa en la magnificación de las diferencias culturales a fin de que las minorías étnicas disputen cuotas de poder segmentado y aislado, a un sujeto racial y culturalmente dominante para quien el mestizaje es una anomalía en la sociedad homogénea que domina. Es el caso de Estados Unidos. Pero en sociedades en las que el mestizaje no es un fenómeno adyacente y secundario, sino que constituye el elemento central que dinamiza las relaciones interculturales e interétnicas (de suyo conflictivas), el criterio para elaborar políticas culturales y contenidos curriculares de educación bilingüe debe ser el de la interculturalidad, porque, como su nombre lo indica, ésta es una categoría que expresa un perenne movimiento relacional entre etnias y culturas, por medio del cual éstas entran en relación otorgándose sentido mutuamente, ya sea por aceptación o rechazo, por inclusión o exclusión. En tal sentido, es imposible imaginar una Guatemala sin indígenas o sin ladinos. Y mucho más aventurado resulta tratar de impulsar políticas tendentes a magnificar las diferencias por encima de sus articulaciones mestizas, con el fin de que el país se torne completamente indígena (o maya ) o completamente ladino. Por todo, el mestizaje es el vértice en el cual debemos ubicar nuestro punto de vista analítico a la hora de pensar el país y sus políticas culturales y contenidos curriculares educativos.

Ya se sabe que cuando hablamos de mestizaje no estamos hablando de la mezcla feliz y del sujeto mestizo homogeneizado y sin diferencias conflictivas. Estamos hablando de un mestizaje precisamente intercultural, en el que las diferencias existen y deben ser respetadas, y a las que se les deben otorgar derechos culturales para su libre ejercicio, tanto en su diferencia como en la articulación mestizada de sus diferencias. Esto nos lleva a que el mestizaje intercultural debe ser otro de los criterios para elaborar políticas culturales y contenidos curriculares. Estas deben arrancar del criterio de que aquí todos somos mestizos, los indígenas y los ladinos, y que nuestros mestizajes acusan diferencias entre sí, énfasis diversos que están determinados por la clase, el sexo y la etnia del individuo en el que la articulación de las diferencias se opera.

Otro criterio fundamental que debe estar en la base de estas elaboraciones es el de la erradicación de nociones esencialistas acerca de la etnia, la cultura y la identidad, que postulan pueblos escogidos y destinos manifiestos que llevan a nefastas prácticas fundamentalistas de intolerancia y violencia interétnica.

Finalmente, el criterio que debe guiar la operatividad de las políticas culturales y de los contenidos curriculares es el de la negociación interétnica. Una negociación en la que necesariamente la ladinidad debe ceder espacio hegemónico a los indígenas con el fin de democratizar el país étnica y culturalmente, y lograr así unas relaciones interétnicas armónicas en las que las diferencias no se borran, sino conviven sin discriminaciones.


EEUU, enero del 2005.

Publicado en La insignia y A fuego lento.

Roberto Sosa

Recuerdos Número 1-2

A Roberto Armijo y Alfonso Quijada Urías

Mi primer recuerdo
parte de un farol a oscuras y se detiene
frente a un grifo público goteando hacia el interior de una calleja muerta.

Mi segundo recuerdo
lo desborda un muerto,
una procesión de muertos violentamente muertos.



La eternidad y un día

A Francisco Salvador

Se hace tarde, cada vez más tarde.
Ni el viento pasa por aquí y hasta la Muerte es parte del paisaje.

Bajo su estrella fija Tegucigalpa es una ratonera.

Matar podría ahora y en la hora en que ruedan sin amor las palabras.

Solo el dolor llamea
en este instante que dura ya la eternidad
y un día.

¿Qué hacer?
¿Qué hacer?

Alguien que siente y sabe de qué habla
exclama, por mejor decir, musita - hagamos algo pronto,
hermanos mios, por favor muy pronto.

De "El llanto de las cosas"



Los claustros

Nuestros cazadores
—casi nuestros amigos—
nos han enseñado, sin equivocarse jamás,
los diferentes ritmos
que conducen al miedo.

Nos han amaestrado con sutileza.

Hablamos,
leemos y escribimos sobre la claridad.

Admiramos sus sombras
que aparecen de pronto.

Oímos
los sonidos de los cuernos
mezclados
con los ruidos suplicantes del océano.

Sin embargo
sabemos que somos los animales
con guirnaldas de horror en el cuerpo;
los cercenados a sangre fría; los que se han dormido
en un museo de cera
vigilado
por maniquíes de metal violento.



Enlaces
http://www.andes.missouri.edu/andes/cronicas/ewh_sosa.html

Juana Pavón

Diluvio

Después
de haber yo muerto
abrí mis ojos incorporándome
salté de la cama
dirigiéndome al baño
me aseé
como nunca lo había hecho en mi vida
reflejé mi cuerpo al espejo
y me despedí de mí misma
comencé a recordar
a los seres que más amo
de repente
un diluvio saltó de mis ojos
borbotones de agua
incontenibles
el baño
el lavabo
el inodoro
rebasaron
quise dejar de llorar
pero esas tormentas oculares
no se detenían
incontenibles
no cesaban de brotar
se inundó el barrio todo
casas totalmente cubiertas
ahogó a toda una ciudad
yo muerta aún
paralizada de pánico
veía aterrorizada
la muerte de muchos conocidos
el agua llegaba a mi cuello
y yo sin saber nadar
me dispuse a flotar… flotar
volví a mi cama
me tendí en ella
y me dije:
es la hora de mi entierro
volví a llorar
a reír/llorar
y aún espero
que alguien venga
por mi cadáver
a sembrar mi cuerpo
para comenzar otra fiesta de locura



Tegucigalpa

Tegucigalpa de barro y humo
fauna humana enloquecida
Tegucigalpa sin canteras
de misteriosas canteras
y de balcones sin flores
puentes de ida y vuelta
al más allá de lo inevitable
con sus remedos de ríos
que apenas ruedan al mar
Tegucigalpa marginada y rota
Tegucigalpa de privilegios
contraste de mis contrastes
depósito de miseria y lágrimas
arrastrando mi tristeza
es esas calles ya conocidas
mil y mil veces recorridas
capital de la ignominia
de la estúpida política
capital de mis enredos
del amor y el desamor
Tegucigalpa conmigo
Tegucigalpa contigo
ciudad mía pero ajena
ciudad de nadie pero amada
dejaste cicatrices
en un cuerpo otrora hermoso
otrora limpio
ahora viejo
cuando te adopté conmigo
fue tu prioridad
atrapar mis pies vagabundos
cortar mis alas
y transformar mi vivir intenso
en esta loca sedentaria
sola solita sola
pero no cortaste mis manos
para escribirte
para cantarte
Tegucigalpa de noche y día
cómo me dueles toda
mi canto
eterno lamento
por esas horas
sola y perdida
¡ay! Tegucigalpa de mis amores
de mis sueños
de mis ideales y penas
de los estancos unidos
de la siempre ciudad mía
Tegucigalpa
implacable conmigo
sin respetar ni perdonar mi juventud
envejeces pero aquí conmigo
aquí loca y leal
cloaca testigo de mis tragedias
así sucia o limpia
bonita o fea
grande o pequeña
me iluminas
aunque hagas tristes mis días
y yo aquí amándote
odiándote
emborrachándome
pelear con todos
vivir aquí me obliga a algo
a vociferar llorando
a amar odiando
a subsistir
¡ay! Tegucigalpa de mis amores



Del libro Exacta

Regina Aguilar

Video stills











Enlaces:
7ª Bienal de la Habana
http://www.universes-in-universe.de/car/habana/bien7/casona/e-aguilar.htm

Marvin Valladares Drago

El hueso

Manuel chupó vorazmente el hueso de res aplanado que instantes atrás había despojado de su oscura carnosidad, lo saboreó por todos los extremos posibles y luego trató infructuosamente de extraerle la pulpa porosa de su interior a base de ruidosas succiones. Finalmente engulló el resto de la sopa de frijoles inclinando el plato sopero sobre sus grasosos labios, bebiendo directamente del borde de la fuente. Del otro extremo de la mesa, su mujer le lanzó una mirada fulminante, cargada de algo más letal que el mismísimo odio. Sin darse por aludido Manuel volvió al hueso achatado y estuvo apreciándolo desde todos los ángulos posibles, como si se tratase de un objeto de preciado valor o la pieza faltante de un rompecabezas familiar. De pronto, en su rostro anguloso se dibujó una sonrisa socarrona y tomando un marcador fino del lapicero dibujó cinco estrellitas en el espacio blanco, justo en el centro del hueso donde antes tremulaba la carne vacuna. Los dos espacios oscuros y simétricos en los extremos de la osamenta hacían perfecto juego con el centro blanquecino y la bandera patria se percibía claramente en el cuerpo óseo.
y
- ¡Pero si serás pendejo! gritó su mujer arrebatándole el emblema óseo de entre las manos al marido, - No ves que las franjas van al revés y además son azules.
y
-¡RAMBO, SAM! grito descompuesta la dama, lanzando el hueso al aire; de inmediato aparecieron dos enormes perros doberman que un santiamén descuartizaron entre sus afilados colmillos el hueso patrio de Manuel.



Algo tan simple


Los dos guardias de seguridad subieron con dificultad el último tramo de la cuesta. La faena diaria había sido realmente agotadora, “no crean; estar parado todo el santo día aguantando el peso de una escopeta de doble caño no es comida de trompudo, y con el sol inclemente rechinándoles los ojos y tostándoles la piel, si no fuera por las preciosas damas entrando y saliendo del edificio; quien sabe hermano”.

Ernesto la vio primero, tirada al borde de la cuneta, semejando una serpiente enrollada aguardando su momento, pero no se interesó en ella y hasta la pisoteo con desdén. Don Santos, sin embargo, que venía un poco retrasado se agachó a recogerla. Una vez que hubo alcanzado a su compañero de turno los dos continuaron a paso redoblado el camino hacia la estación. Dentro del bus Ernesto quedó viendo con extrañeza a su colega y fue directo al grano.

-Oiga Compa, para que anda recogiendo basura de la calle-.

Don Santos vio de reojo a su compañero, más bien sorprendido de que hubiera reparado en semejante detalle, siendo que Ernesto iba delante de él dándole la espalda, sin embargo con su habitual humildad le respondió.

-No crea Neto, a veces uno se complica en casa por no contar con algo tan simple como esto, cosas así lo pueden sacar a uno de un gran apuro, créalo Neto- Habiendo dicho esto introdujo la mano en la mochila y comprobó satisfecho que la llevaba consigo.

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Al día siguiente la noticia se regó como pólvora dentro de las oficinas de la compañía y en todos los pasillos no se hacia más que lamentar la infausta noticia: Don Santos se había ahorcado la noche anterior, se había colgado de una viga dentro de su casa, pobre Don Santos tan bueno que era, quien lo diría.

Ernesto estaba desconsolado y no hacía más que repetir lo mismo a cada instante:

- De haber sabido le hubiera quitado la maldita cuerda, yo lo vi. les juro, yo lo reparé cuando la recogió de la calle, me salvé de puro milagro, no era para mi: yo la ví primero.



René E. Rodas

El libro de la penumbra
Poesía por entregas (7/9)
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15. Los psalmos

I

Un venado que camina por el bosque será mi espíritu, un ave pescadora que reposa sobre las aguas.

Fiera acechante entre el alto cañaveral de los pantanos, mi espíritu aguardará la cercanía de la noche para ir tras la presa.

Y de la noche y la presa hará suceso, y presa y noche serán uno en él y a la mañana los habré olvidado.

Una sabandija que se nutre de fango será mi espíritu y de humus y estiércol haré casa y provecho.

Una enorme y frágil ballena azul será mi espíritu y la criatura menuda del mar entrará en mis mandíbulas y en mí será grande.

Y mi espíritu no conocerá el hastío, ni estará saciado, y bendecirá el hambre y navegará en la paz de su presencia.

En una araña, una mosca, estará, y en su tela atrapará al mundo y perseguirá la pestilencia de la carne muerta.

Con el pájaro que liba y el néctar será uno y será pulgón de pluma, de rosal, parásito y garañón de una manada salvaje.

Salmón urgido por sus ovas será mi espíritu, y dejaré la mar y remontaré los ríos y conoceré la dicha de parir en agonía.

Animal silvestre que muere será y aceptará la ley del rapaz, de la hiena y del buitre que le picará los ojos, los oídos, para certificar que he muerto.

Y a la quietud del bosque mi espíritu liberará su carroña, y se dispersará en la nada, y hormigas y escarabajos me cuartearán en anónimo calcio.

II

Una humilde gramínea será mi espíritu, y hablaré el idioma de la luz y daré su bálsamo a la noche.

Un túrgido fruto será mi espíritu y dejaré que el tiempo decida mi vocación de bocado o de semilla.

Una rama joven y altiva seré y en mi cantarán los pájaros. Y cuando venga el rayo, el incendio, seré fuego, ceniza.

En una flor insensata y bella estaré y seré la caricia del bosque y perfumaré el silencio y me haré fecundar del viento y los insectos.

En una vara de bambú se extenderá mi espíritu y conmigo jugará la brisa y daré refugio a los tigres y silbaré como flauta.

Yo seré una remecida alga en la que el mar se solace, y tendré un rebaño de peces y nada me faltará.

Seré una caña de maíz y tendré talle y nombre de gitano y un corazón granuloso y sangriento como piedra de sacrificio.

Andaré por los desiertos como planta vagabunda y comeré del aire y arderé de calor y seré el cactus donde alucinan los siete vientos.

Creceré a la sombra de un gran árbol y treparé por su tronco y robaré su savia y le diré, tengo que matarte y morir, hermano.

Y habitaré como junco al amparo de un río y seré espiga de grano y me secaré como rastrojo y veré mi muerte repetida más allá del horizonte.

Bellota, helecho, hongo de ensueño y de ponzoña, henequén, planta trepadora seré, y me besará la lluvia y abrazaré a la tierra.

III

Mi espíritu será la sal del mundo y se disolverá en el agua y entonces seré estero, albufera, océano.

Y la sal se recogerá al sol y corroeré la carne, me perderé en la lengua de los ganados y reventaré una herida.

Disperso estaré en el polvo, las arenas, y seré la sequedad del desierto, lecho del mar, sendero de hormigas.

Agonizante estrella que agota su carburante será mi espíritu, y seré enana blanca que al universo asusta con fábulas oscuras.

Vivo estaré en metales alcalinos y tendré para siempre el rostro hexagonal del cuarzo. Y en cada cosa encontraré mi fin.

Seré la pétrea casa de la noche y me dejaré devorar por el orín, el óxido, las aguas enriquecidas.

Seré la piedra oferente de la torrentera y por ella pasaré hecho agua que sobresaltada busca el mar.

Y seré agua, agua corriente, multiforme, humilde y desbocada agua, y no tendré rencor, ni elegidos, ni recuerdos.

Bajaré, ardiente lava, por los flancos de un volcán y destruiré las siembras y pariré islas y ofuscaré los cielos.

Seré cruda roca en el pecho de un acantilado y me dejaré derruir, paciente, por la lluvia, el rayo, la borrasca.

Indiferente al paso del tiempo, resignado a devenir guijarro, astillas, arena, no tendré miedo, ni frío, ni sed, ni deseos.

Y en mi espíritu girará la rueda de la vida con su rumor de cascabillo molido. Y donde ella circule estaré yo.

El salvoconducto

Aleyda Romero
8
Para Camila Fuentes la violencia era un monstruo multiforme, sangriento, que se podía palpar sólo a través de las páginas amarillistas de los diarios, del sensacionalismo de los noticieros.

Cuando el avión aterrizó en San Salvador, la ciudad transpiraba tranquilidad, la gente apresurada, envuelta en el torbellino de la vida. Los rostros de los encargados de revisar el equipaje eran como en otros lugares: indiferentes.

Camila esperó su turno. Observaba a su alrededor, le habían dicho que la guerra civil no había concluido, que los combates eran frecuentes; no en la ciudad, en los pueblos aledaños.

El sol tibio comenzaba a calentar la ciudad, las nubes limpias disiparon los temores de Camila. Se convenció de que todo era “exageración” de la gente, para impresionar a los extranjeros.

Salió del aeropuerto, la esperaba un conductor de la organización que la había contratado, en un cartel traía escrito su nombre: CAMILA FUENTES.

Camila comenzó una conversación intrascendente para romper hielo.

- ¿Es de aquí, de El Salvador?
- Sí, nací en San Miguel.
- ¿Tiene mucho tiempo de trabajar con la organización?
- Dos años.
- Todo se ve tan tranquilo… no parece que estuvieran en guerra.
- Esto es lo que pueden ver los que llegan, es como ver una casa desde fuera, hay que abrir la puerta, entrar y darse cuenta.
- A nosotros nos llegan pocas noticias de ustedes; nos parece que ya todo terminó.
- Será porque ya les aburrió nuestro cuento de la guerra, a veces nos parece que esto no tiene solución, hemos visto morir demasiada gente, estamos cansados…

Finalmente ambos guardan silencio. Fuera, la gente vende, son pocos los niños que piden, la mayoría trabaja.

Llegan a la Oficina. Camila intercambia algunas palabras con la encargada del proyecto; ella le explica sobre el trabajo y le da instrucciones, finalmente le entrega un sobre donde se lee: “Salvoconducto”, que la autorizaba a permanecer 15 días en Chalatenango. Después de estas formalidades, la señora Lowi llama a otro conductor.

Camila entra en otro auto. Lleva compañeros de viaje, van muy alegres, son amables. El más ocurrente de ellos se dirige a ella:

-¿Vas para Chalate?
-Sí.
-Sos valiente, quien te mira. Todos empiezan a reír.

Camila, pensativa, también sonríe. Le extraña tanto ver esa alegría, tan genuina, y sin embargo la situación no era broma, nadie se ríe de su desgracia (o tal vez sí). Recordó el humor negro de los surrealistas, la risa siempre nos ha salvado del abismo.

La plática continuaba. En ese momento llegaron a un “RETÉN”, como le llamaban sus compañeros. Unos militares detuvieron el automóvil y les pidieron sus documentos personales. A Camila la interrogaron con especial atención. Ella mostró su pasaporte, el soldado la vio con recelo, le pidió el “SALVOCONDUCTO”, lo inspeccionó y dio la orden de que siguieran, pero antes se dirigió a Camila y para recordarle: 15 días.

La llevaron directamente a la casa donde estaría hospedada. La dueña era una profesora muy sonriente, todo era tan “normal”. Antes de retirarse le dijo:

-No se preocupe, si tiene miedo puede venir a dormir en el cuarto grande con nosotras.
- Gracias, es usted muy gentil.

Observó la habitación, pocos adornos, sencilla. Trató de leer algunas líneas, pero el sueño le tomó la mano y la llevó por caminos del absurdo.

En la madrugada despertó por las explosiones, no entendía aún lo que sucedía, esas estridencias sólo las relacionaba con la algarabía de Navidad y Año Nuevo.

Ahora comprende: “Esta es la guerra”. El miedo la aprisiona, atenaza su garganta, le congela el alma, los pies, las manos. Piensa en muchas cosas, la primera es pararse, aceptar la invitación, no importa que mañana se rían de ella. Trata de levantarse, pero la fuerza extraña del miedo la sujeta, se resigna, ni siquiera puede rezar, afuera se escucha:

-Movete hacia el norte.
-Dispárenles, están avanzando por la retaguardia.
-Jódanlos.

Las voces se pierden, se diluyen en la noche profunda, los hombres afuera corren por sus vidas, sus sueños, sus ideales y Camila adentro ya sin sueño, con ideales indefinidos.

Los rafagazos de las ametralladoras inundan los rincones, al fondo se sigue escuchando las explosiones de las granadas, la oscuridad es interminable, el tiempo no avanza. Esta era la puerta de la casa que había que abrir, como dijo el conductor.

Choluteca- Honduras. 1995.