15 mar. 2006

No. 10, Año 1.

San Salvador, 15 Marzo 2006.


En este número:

Editorial
Costa Rica

1. Palabras de ultratumba

Joaquín García Monge
Carta a Modesto
“…El Repertorio ha tenido que batirse solo, sin capital. Todos los números han salido al crédito, contando apenas con la benevolencia de los impresores y unos 400 suscritores. La composición de la revista, número a número, ha sido cosa personal, de hombre con fe que ha trabajado solo todo el tiempo…”

Jorge DeBravo
Poemas
“…Me da miedo la paz, la amarga paz, densa y abominable como un crimen secreto…”
y
yy
o
2. Pienso, luego existo

Jorge DeBravo: Poeta de un tiempo terrible y maravilloso
Rodrigo Peréz-Nieves
“…un espíritu independiente y distanciado, no angustiado, pero tal vez escéptico y contestatario ante los unos y los otros. Va tomando una posición individualista que sin remedio alguno lo sitúa no sólo en lugar de crítico, sino también en la soledad…”


La nueva novela costarricense
Adriano Corrales Arias
“…la parodia, el humor y la fuerza lúdica, apoyada en un lenguaje “menos literario” y mas experimental, extraído fundamentalmente de la clase media y de los sectores populares, le aportan a la joven novela costarricense nuevos bríos…”


Una visión panorámica del cuento de las escritoras costarricenses
Willy O. Muñóz
“…A partir de la década de los 1990, hay un cambio tanto en la perspectiva como en el tono de la cuentística de las escritoras costarricenses. Las escritoras superan el tema monológico de la mujer como víctima de la opresión patriarcal…”


La última novela de Rodrigo Soto: El nudo de la realidad
Carlos Cortés
“…los personajes son ellos mismos y al mismo tiempo conforman un retrato social. Están llenos de marcas, reales y simbólicas, y de marcas de época…”


Don Juan y la sombra del despecho
Mario Roberto Morales
“…La sombra despechada habrá deambulado muerta por el mundo, víctima de sus venganzas y su egoísmo, sin haber conocido la libertad, esa condición sin la cual no puede accederse jamás a los más intensos deleites del maravilloso regalo de la existencia…”


Pura nostalgia IV
Carmen González-Huguet
“…Pero existió además otro género de cines que hay que mencionar: los cines de los pueblos. Eran quizá el único lugar de ocio para una población aferrada a una cultura agraria que se estaba desmoronando…”
y
y

3. creaCción de arte

Cuento
Rodrigo Soto
Memorias de un viaje a la muerte
“…Miré a mi alrededor: estábamos en cuclillas formando apretado círculo en torno al cuerpo ahora ensangrentado, y en cada cara se adivinaba sin dificultad el asco. …”


Poesía
Adriano Corrales Arias
El color de la pitahaya
“…un imperceptible color grana enciende tus otros labios donde bebo ávida pero suavemente la rabia contenida de estas palabras en la soledad…”


Artes Visuales
Priscilla Monge
Escultura y fotografías


o
Poesía por entregas (9/9)
René E. Rodas
El libro de la penumbra
“…¿Existe el frágil templo de un puñado de ceniza al cual ofrendar el permanente y doloroso asombro de mis ojos?…”


4. Retorno del hijo pródigo

Alfonso Kijadurías
Una enseñanza inolvidable
Crónica por entregas (4/5)
“…fui descubriendo en su aspecto, la prematura vejez de los hombres de ciencia que entregados a sus investigaciones, no se dan cuenta, sino cuando ya es demasiado tarde, que dejaron ir los mejores años de su vida…”


4. Diálogo de bípedos

Carmen Naranjo: Vale la pena vivir los sueños
Aylin Morera
“…Es una actividad cotidiana. Es poder ver lo invisible. El verdadero carácter de la gente. Es renunciar a los miedos porque los miedos limitan y para crear no hay que tener miedos…”

5. Lo que el viento se llevó

Árbol de Miradas: Luis Fernando Quirós
Jeannette Amit

Imagen en movimiento de Luis Valdivieso
Hugo Martínez

6. La P-41 de Adrián

Punto de Encuentro
Mayra Barraza
Sala Nacional de Exposiciones

l
7. Hora salvadoreña: exposiciones, conferencias, presentaciones de teatro, música y danza, cine alternativo, actualizado permanentemente.


8. Al infinito y más allá: el X Festival Internacional de Artes de Costa Rica, Capital Iberoamericana de la Cultura en este 2006 acogerá entre otros al salvadoreño Teatro Estudio; la Compañía Nacional de Danza de Costa Rica nos muestra el significado real de la palabra movimiento; calypso, salsa, boleros, swing criollo, jazz latino con sabor costarricense en Papaya Music, al rescate de la memoria musical de nuestros pueblos; y desde Barcelona, Animal sospechoso, una exquisita revista de poesía.

i
9. Color local: Concultura sigue Conproblemas: renuncia la directora de la Escuela Nacional de Danza y destituyen al Director del Zoológico Nacional. No, perdón, es al revés: renuncia el Director del Zoo después de 256 muertes de animales y despiden a la Directora de la Escuela de Danza por reunir fondos para su gestión vía medios extra-burocráticos. Lea aquí las noticias.

10. De rumores y risas
“¿A qué le gustaría que se pareciera San Salvador?”
Respuestas de los candidatos a alcalde

11. Convocatorias
Juegos Florales de El Salvador
Patas de perro
La otra orilla
Poesía de mujeres

12. Voces
y
y
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Joaquín García Monge (1881-1958)

Carta inédita a Modesto
( agosto 1944 )

Mi muy estimado Modesto:

Ahí le mando estos datos mal hilvanados. Ojalá le sirvan. Si debo completárselos en alguna forma, usted me lo dirá; estoy a sus órdenes y muy agradecido. Afmo.

J.García Monge.

Nací en Desamparados, Provincia de San José, Costa Rica, el 20 de enero de 1881. Tengo, pues 63 años largos. Fueron mis padres don Joaquín García Calderón y doña Luisa Monge Guerrero. Ella de Desamparados; él, de Cartago.

Hice mis estudios primarios en el Liceo de Costa Rica, en San José, capital de la República. Educadores suizos lo dirigían entonces, del 87 al 1894. Su Director, don Luis Schoneau, nos contaba, a los internos, por las noches, cuentos. Con sumo interés le escuchamos la historia triste de Oliverio Twist. Desde entonces, a los diez años, le cogí afición a los libros, a la literatura puesta al servicio social. Y desde entonces, no he cesado de leer y de interesarme por los desheredados del mundo.

En 1899 obtuve por suficiencia el bachillerato.

En 1900 fui maestro de escuela en el Edificio Metálico, en San José.

Don Justo A. Facio, poeta y educador, bajo el Gobierno de don Rafael Iglesias, en 1901, me propuso ir a Chile como estudiante, yo acepté. Ingresé al Instituto Pedagógico de Santiago de Chile, del 1901 al 1904 y obtuve el título de Profesor de Estado en el ramo de castellano. Fui recomendado o señalado entonces entre los que debían ir a Tolosa, en Francia, a proseguir estudios de Filología románica.

No obtuve, para eso, apoyo del Gobierno de Costa Rica y a esta tierra volví en 1904. Entonces hallé campo en el Liceo de Costa Rica como Profesor de castellano, y a los seis meses me destituyó el Gobierno de Ascensión Esquivel. Se me acusó de subversivo. Hubo entonces una protesta de estudiantes por la condena injusta del Director del Liceo, el educador chileno don Zacarías Salinas. A mí se me acusó de promotor de la rebelión de los estudiantes. En Chile, de estudiante seguí aprendiendo a protestar contra la injusticia. En Chile fortifiqué hasta la fecha el impulso contra todos los atropellos al bien, la verdad, la libertad y la justicia. Me tenían entonces por anarquista (la juventud de Chile y de nuestra América estaba por esos años bajo las influencias libertarias de Zolá y de Tolstoi) .

En 1905 el gobierno del Lic. don Cleto González Víquez -varón ejemplar- me llamó de nuevo a la enseñanza. Unos días enseñé en el Liceo Pedagogía y luego me pasaron al Colegio de Señoritas, en donde estuve unos 13 años como Profesor de Literatura y Pedagogía. Estuvo en mi destino ser profesor de niñas y hoy -ya retirado- sigo en la misma. Hallo más interesadas en Costa Rica a las mujeres por la Filosofía y las Letras que a los hombres. Tal vez sea esa la razón que las mueve -las ha movido- a buscarme en todo tiempo.

En 1915 el Sr. Ministro de Educación don Luis Felipe González, al crear la Escuela Normal, en la ciudad de Heredia, me pasó a dicha Escuela en donde trabajé dos años como Profesor de Letras y Educación y uno como Director. En ese cargo, me destituyó el Gobierno de los Tinoco. (Siempre los Gobiernos de fuerza me han perseguido).

En 1918 me fui a Nueva York, por unos meses. Llegué allá con el ánimo de sacar en la gran ciudad el Repertorio Americano. Con ese plan llegué. No se pudo, no hallé el apoyo con que soñaba. Regresé a Costa Rica a fines de 1918. De regreso me hallé con que los Tinoco estaban a punto de caer. Vino luego el Gobierno de don Francisco Aguilar y este caballero me llamó a ocupar la Secretaría de Educación. Fui Ministro, pues, unos seis meses.

En 1920 pasé a la Dirección de la Biblioteca Nacional, en donde estuve 16 años; hasta el año 1936 en que cogió mando el Sr. ( León ) Cortés Castro y me destituyó.

Como Director de la Biblioteca Nacional, introduje el sistema decimal de clasificación Melvil Dewey y alcancé a clasificar por ese sistema unos 35 mil libros.

Desde entonces vivo en mi casa y saco el Repertorio ( desde el 1° de setiembre de 1919 ). Si me invitan a una conferencia la hago y atiendo consultas de los jóvenes estudiantes. Y en paz espero los días finales.

Otros datos.

En 1909 casé con doña Celia Carrillo Castro. Tenemos un hijo, el Dr. Eugenio García Carrillo,
cardiólogo, educado en la Universidad de París.

En 1935 la Liga de las Naciones me invitó en calidad de observador. Estuve un mes en Ginebra. Otro mes en París y 15 días -tan poco- en España (invitado a ir, en Ginebra, por don Salvador de Madariaga; recibí entonces del gobierno de la República Española unas dos mil pesetas para que hiciera el viaje a España ). Muy provechoso fue para mí este corto viaje a Europa.

Pasemos ahora a las actividades editoriales que me han dado cierto nombre: Comenzaron en 1904 con la revista Vida y Verdad, llena de rebeldías. Luego: La Siembra. En 1905: La Colección Ariel ( selecciones; logró fama, sirvió, gustó ). Terminó 1916. Y en el mismo año se continuó con el nombre de El Convivio, que también logró fama en América. Publicó cincuenta tomitos y terminó en 1928 por falta de recursos. Otras publicaciones paralelas: La Obra (1918), Universo (¿1918?), Convivio de los Niños (1921-23), La Edad de Oro ( lecturas para niños ) 1925-27. Salieron seis cuadernos; murió por falta de apoyo en maestros, profesores y padres de familia. Y pasemos a Repertorio Americano. Ha durado veinticinco años. El N° 1 salió el primero de setiembre de 1919. Van publicados a la fecha: 974. Antes era un semanario. Por escasez de fondos, ahora es quincenal y a veces, mensual.

Una hábil distribución geográfica lo ha difundido por América. Los correos para el exterior se llevan 800 y más números, como distribución gratuita -entre autores, centros de cultura, canjes, etc.

El Repertorio ha tenido que batirse solo, sin capital. Todos los números han salido al crédito, contando apenas con la benevolencia de los impresores y unos 400 suscritores. La composición de la revista, número a número, ha sido cosa personal, de hombre con fe que ha trabajado solo todo el tiempo. Si de algo podría alabarme es de mi constancia. Con la misma fe y alegría con que vi salir el primer número, veré salir el próximo, el 976, el número conmemorativo de los 25 años cumplidos de trabajo.

Con el título de Ediciones del Convivio y Ediciones del Repertorio Americano he editado muchos libros, de autores costarricenses y americanos del Sur.

Y ahora terminemos con algunas noticias acerca de la producción propia. Muy escasa, muy modesta; me he inclinado más a servir a los demás.

Antes de 1900, con el seudónimo de El Lugareño publiqué en La Prensa Libre mis primeros artículos de costumbres costarricenses.

En 1900 publiqué tres novelitas: El Moto (de factura perediana). Las Hijas del Campo (inspirada en las de Zolá). Abnegación (inspirada en Tolstoi, Resurrección).

Con los años, algunas cosas más han salido. La mayoría está en el Repertorio. Recogiendo lo que no se ha coleccionado, podría componer unos dos tomos más de cosas mías. He de hacerlo antes de morir.

En 1917 publiqué otro librito: La Mala Sombra y otros sucesos ( muy estimado en el exterior ).
Y nada más por el momento.

J. García Monge

Tomado de http://www.Lospobresdelatierra.org

Jorge DeBravo (1938-1967)

Transeúntes Negros

En la sombra descienden tristezas infinitas
Transeúntes oscuros recorren la penumbra.
Manos fantasmas hieren esas vidas divinas,
tiembla la sangre en ellos acercando su llama,
y un hálito salvaje a sus almas se anuda.


Bajo su cáliz llueve y tiembla la esperanza
y en las puertas se espesa la humedad de las manos.
Dios se aleja en silencio -ebrio de fuegos vivos-
y sólo quedan huellas vellosas en el barro.


Es que en la sombra tiembla y respira la muerte
con una cercanía que casi es dolorosa.
En su humedad estrecha es más oscuro el llanto,
hierven en su vehemencia los recuerdos desnudos,
y son más espumosos los sueños de la boca.


Con el cuerpo delgado, caminan en la hierba
los traseúntes negros -el dolor en el nervio-;
Chasquean su doliente perenigraje absurdo
bordeando la tristeza viscosa del silencio.


La sombra es siempre torva para ellos, si pasan.
Buscándolos, ha tiempos maduró su tristeza...
Y han de seguir en ella de curva en curva -blandos-,
con el llanto goteándoles en dolientes preguntas,
con el amor fluyéndoles dulcemente a la tierra.



Miedo

Un miedo amado y dulce
me abre ojos absurdos en los huesos.
Con este miedo voy a la ciudad,
hurgo mi pensamiento, recorro las aceras de la angustia
y el silencio nefasto de las noches sin viento.

Con este miedo voy, llego hasta Dios,
lo pongo sobre sus ojos de aire y de nada
!Esos ojos que comienzan en ninguna pestaña
y que no finalizan en ningún sufrimiento!

Tengo miedo de ser únicamente
este nido de huesos,
palabras voluptuosas,
resquemores coléricos.
Este animal amado que me huele
a tierra funeral.

Y me da miedo
imaginar que soy un animal divino,
que tenga que aguantar un corazón eterno,
y buscar paz y paz y hallar tan solo
un trabajo sangriento.

Me dan miedo las cosas tan mojadas de vida,
la futuras rebeliones en sus fetos
y me asustan los ojos de mis antepasados
cuando chasquean en los retratos muertos.

Me da miedo la paz, la amarga paz,
densa y abominable como un crimen secreto,
la paz que deja huir asesinatos,
la paz que arraiga como musgo enfermo
sobre cohetes, cañones, muertos, fusilamientos.

Me da miedo sentir y no sentir, y ser
y no saber si el alma
es pozo de nutricios excrementos
o una llama blanquisima que inundar las nubes
y las hará brillar como tubos eléctricos.

Es este un miedo duro,
una fiel cicatriz que me empieza en la piel
y termina en mis huesos,
un miedo que camina y no se mueve,
un miedo que comienza donde no hay comienzos.



24

Yo quiero estar desnudo, Dios, mi boca
se quiere desnudar como una loca,
quitarse la palabra que le has dado.
Mi corazón, mi vida, mi costado
se quieren desnudar también de todo.
Se quieren arrancar el viejo modo
de caminar por esta tierra triste;
ser como una mujer que se desviste
a pesar del calor, del miedo y todo!

Me quiero desnudar, Señor, del miedo
de no saber por qué me duele el dedo
cuando pienso en la muerte sin motivo.
Yo quiero estar desnudo más que vivo,
desnudo de rencor, de piel, de frente,
tener un corazón desnudo y rudo.
Cuando la muerte venga de repente
hallarme más desnudo que el desnudo.

Jorge DeBravo:

Poeta de un tiempo terrible y maravilloso
Rodrigo Pérez-Nieves

Soy hombre, he nacido,/tengo piel y esperanza./Yo exijo, por lo tanto,/que me dejen usarlas./No soy dios: soy un hombre/(como decir un alga)./Pero exijo calor en mis raíces,/almuerzo en mis entrañas./No pido eternidades/llenas de estrellas blancas./Pido ternura, cena,/silencio, pan y casa... /Soy hombre, es decir,/animal con palabras./Y exijo, por lo tanto,/que me dejen usarlas./

La primera generación de poetas que lucharon por su pueblo no inventaron una retórica muy diferente, e incluso, sin mucha conciencia del límite de desbarrancarse en una caída más o menos rápida hacia un verso antipoético, que llevaba al suicidio. Sólo se salvaron los que produjeron textos verídicos, comprensibles y bellos, así de fácil. Textos que por sí solos –algo debe escapar a las manos del poeta- reflejaran una época, un momento histórico, una manera de decir y pensar las cosas de la vida que se vivía entonces.

Por todo ello, al leer a DeBravo, no sólo en el poeta que desde la turbonada que nos enfrentó, se percató de que la luz sería lo que saldría adelante en medio de aquella oscuridad.

Nada sorpresivo resulta que a la honestidad artística, a la libertad de expresión, al latido nuevo que halla esta poesía, que transita de un siglo a otro (condiciones que se asemejan a las encontradas por mi generación) se sumen otras individualidades poéticas de hoy, que de una manera veraz, comprensible y bella, aborden la literatura y que lo hagan con ciertas semejanzas formales a las nuestras y logren el estremecimiento en los lectores, por el sentido de lo que expresan y por la contundencia del lenguaje.Va siendo suyo además, un espíritu independiente y distanciado, no angustiado, pero tal vez escéptico y contestatario ante los unos y los otros. Va tomando una posición individualista que sin remedio alguno lo sitúa no sólo en lugar de crítico, sino también en la soledad.

Pero escéptico, crítico y solo, no es conjunto caracterizador para un poeta que desentendiéndose de estos adjetivos, nos muestra otros lados menos oscuros en las “fotos” que nos brinda, en su nostalgia por la muerte (La muerte está desnuda), por el héroe asesinado, por la fraternidad entre los hombres, por el amor a su pueblo: “Yo no os amo dormidos:/ yo os amo combatiendo y trabajando/ haciendo hachas deicidas/ libertando.”

………………………………………………

Son las diez de la mañana, domingo, y estoy bebiendo una taza de café recordando a mi hijo que está en Costa Rica. La habitación donde tengo el ordenador reluce con la luz solar que se traga los vidrios de la ventana. Con cada sorbo de esta bebida oscura, un poco amarga, pero sabrosa y relajante, que me levanta los ánimos para seguir viviendo, llegan imágenes y voces de cuando estábamos con mi padre discutiendo poesía. Saudades. Nos sentábamos, sobre todo los fines de semana, ya libres de la escuela y del trabajo: mi padre, mi madre, mis tres hermanos, dos hermanas –una de ellas la más pequeña del grupo, quien soportaba nuestros juegos toscos de “guiros” en sociedad patriarcal- y yo. Aunque siempre no faltaba en la mesa de madera, con su mantel de flores amarillas y rojas, algún amigo, compañero, vecino o familiar que compartiera con nosotros esos momentos. Tazas de café con leche, panes calientes llenos de fríjol volteado, voces, risas, comentarios y el Palomo corriendo bajo la mesa, entre nuestros pies.

Recuerdo. Estoy leyendo el libro “Los despiertos” de Jorge DeBravo, libro que me acompañó en los años 70 en diferentes etapas de la vida en esos años álgidos de mi país. Libro que hizo despertar ese Fénix que muchos llevamos dentro. Que nada tiene que ver con el ave de la leyenda, sino que representa una mezcla de brontosauro y dinosaurio, que de pronto, gana alas y comienza a volar sobre los pueblos desiertos por la violencia, después de cometer la violencia, con las armas de la violencia.

Jorge Delio Bravo Brenes, poeta y profeta, mejor conocido por su seudónimo Jorge DeBravo, nació un 31 de enero de 1938, en la localidad de Guayabo del pueblecito de Santa Cruz. De familia campesina muy pobre, tuvo una vida difícil, de lucha recia por la supervivencia, la superación personal y el reconocimiento como vate. Su madre, quien fue su primera maestra, le enseñó a escribir sobre hojas de plátano. De joven fue un apasionado de la lectura y, después de sus labores jornaleras, leía a toda hora cuanto caía en sus manos, por lo que los vecinos no tardaron en apodarlo “loco”. Pero qué clase de loco fue, que su vida y su obra es considerada todo un ejemplo costarricense, al punto de declarársele en el año 2000 “Benemérito de las Letras Patrias” y su retrato se incorporará a la Sala de Beneméritos de la Asamblea Legislativa. Publicó sus primeros poemas en el periódico "El Turrialbeño".

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El corazón bombea y bombea. Sudo y sonrío al recordar la influencia del poeta en mi vida. ¿Cuándo la poesía deja de ser poesía? Cuando la poesía que involucra al hombre deja de buscar la Verdad y se convierte en mercancía del aplauso; cuando una “poesía” es bienvenida como paradigma de la masa, cuando se torna complaciente y cómplice de las miserias del hombre, en ese justo momento deja de ser poesía. Lo remarcó cuando escribió:

Tengo fe en el hombre. De siglo en siglo ha venido ascendiendo por una interminable rampa de progreso. Aparentemente algunas veces ha retrocedido. Sólo se ha detenido para afirmarse.
Creo que este tiempo que habitamos es mejor que todo tiempo pasado. Y que todo tiempo futuro será mejor que el presente.

Soy poeta de la esperanza, pero no soy ciego. No creo que la fraternidad y el amor nos sean dados de regalo. No creo que los antagonismos que nos desangran desaparezcan por artes milagrosos. La perfección es el resultado de la lucha. Hay esperanzas endebles, arraigadas por el sueño. La verdadera esperanza se sostiene y nutre en las realidades diarias. Porque la realidad es amarga, mis poemas a veces gotean angustias y sangres.
No creo que haya temas vedados para la poesía. Todos los temas son buenos para ella. Tampoco creo en la limitación geográfica del poeta. El hombre actual tiene una visión amplia como nunca, del mundo entero. Por eso los poetas podemos escribir hoy sobre la guerra, aunque las guerras estén quemando carnes lejanas. Cinco mil kilómetros no pueden empañar los ojos del poeta.
El poeta debe ser libre, si no como hombre, como poeta.
Si se le mata por libre, se le hace más grande. Contra el poeta no valen cárceles ni fusilamientos. Con pólvora y sangre la poesía sabe fabricarse alas, lo mismo con amor y esperanza.
Soy poeta de un tiempo terrible y maravilloso. La humanidad va desbocada hacia el futuro. Hay un camino que desemboca en la muerte y un camino que desemboca en la fraternidad. ¡Ay del poeta que empuje a los hombres hacia el camino de la muerte! ¡Y ay del que se siente en una piedra a cantar odas abstractas, mientras los hombres van hacia la muerte!
La poesía es un arma. Yo estoy dispuesto a usarla en la lucha por la justicia, la fraternidad y el amor. Si no la usara, más me valdría suicidarme. Mi conciencia tiene siempre los ojos muy abiertos. No podría soportar los ojos de mi conciencia acusándome siempre desde el fondo de mis huesos. Además mi conciencia resume la conciencia de la humanidad. Si alguna vez me equivocara, ¡perdonadme! Siempre he querido y querré decir la verdad. No creo en la poesía por la poesía, creo en la poesía por el hombre. Detesto la poesía sin mensaje y sin contenidos humanos. La leo y no me nutre. Es como si quisiera alimentarme con piedras pulverizadas. Amo la poesía que hace sentir viva y a mi lado la sangre de mis semejantes. Pienso que la poesía abstracta es una manera de soslayar responsabilidades. Se puede escribir poesía abstracta cuando no se tenga nada que decir o se tenga miedo de decir lo que se piensa. Creo que todo poeta tiene mucho que decir a sus hermanos. Si no lo dice es un cobarde. ¡No quiero que se me llame cobarde! El poeta debe volver a dignificarse. Durante mucho tiempo fue un fabricante de suspiros. Deseo que vuelva a ser guía y conductor de pueblos.
El mundo camina hacia una era de amor y de fraternidad. La miseria desaparecerá de la faz de la tierra. La igualdad de derechos y de oportunidades se impondrá a pesar de los que luchan por esclavizarlo. ¡Venid a la lucha, hermanos! ¡Que lo que ha de ser será más pronto si nuestros brazos empujan los molinos de la historia! La canción del poeta debe alumbrar el camino de los pueblos. Y, ¡ay de los que hagan canción de sombra, porque los pueblos lo arrojarán al despeñadero de los olvidados!
He tomado partido. En la lucha que se libre entre los detentadores del poder y de la riqueza y los desposeídos, yo he tomado partido con los desposeídos. Todos los hombres somos hermanos. Amo, por eso, a todos los hombres. Comprendo, sin embargo, que a algunos habrá de obligarlos a comportarse como hermanos. Porque hay hombres que todavía no son humanos. Debemos enseñarles a serlo. Y exigirles que lo sean. Siempre la poesía ha estado unida a las luchas sociales, religiosas, políticas y económicas; el cuento sobre la poesía no comprometida, lo inventaron y mantienen los interesados en que no se comprometa.
Porque un poeta no se comprometerá con los que detentan el poder y la riqueza. El poeta se compromete con los que lo necesitan, y eso no es conveniente para muchos pontífices de nuestra época.
Mi poesía no se sujeta a ninguna norma ideológica preconcebida. Nace simplemente, dice lo que se ha de decir y nunca calcula los intereses que resultarán favorecidos o golpeados.

Así escribió Jorge DeBravo para la posteridad.

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El análisis del espacio en la poesía de Guatemala de los años 40 hasta 90 muestra un intento similar al de los poetas de Costa Rica, porque todos abandonan un espacio figurativo, aunque quedan marcas retóricas, para dejar librar su experiencia de lo que les rodea: íntimamente y personalmente.

¡Hoy he encontrado a un hombre caminando!/ Sin apoyarse en nadie, caminando/ Sin que hubiese camino, caminando/ Como si no quisiese llegar tarde, caminando/ Su mirada tenía forma de corazón/ y adentro de sus ojos se veía/ un mundo/ caminando. / Aunque parezca absurdo e increíble/ hoy he encontrado a un hombre caminando. / Sin mirar la distancia, caminando/ Sin pedir compañero, caminando/ Sin apoyarse en nadie, caminando/ Sin que hubiese camino, caminando.

Caminar, se hace camino… al igual que Machado. Esa fue la vida del poeta. Caminar, caminar… y caminar, aún sabiendo que la vida es dura, que la Verdad no está dada sin más, puesto que exige esfuerzo. La poesía puede dar esperanza y consuelo, respuesta y vías, mas no justificaciones. Lo sabía DeBravo, quién representa la contribución más importante de la Patria Grande (Centro América), por su implicación en la realidad, su anhelo de comunicar y su denuncia. Debravo ocupa no sólo en la Historia de la Literatura costarricense si no en toda la poesía centroamericana una situación privilegiada, pese al desconocimiento que de su obra existe en otros países, debido a ciertas apreciaciones extraliterarias, entre otros motivos. Beber de su poesía, nutrirse de ella, resulta fundamental si queremos comprender la esencia del acto poético amoroso, no a la mujer amada sino a ese pueblo golpeado por la indiferencia.

Él mismo se percató de que “a nueva razón –y fue nueva aquella que de pronto irrumpió en su vida adolescente- debía oponer una nueva poesía” y advierte a sus lectores que:

Dadme esa milenaria rebeldía/ con que mordéis el látigo/ como vosotros quiero/ ser un dulce potranco. / Empapado de nubes galopar/ por la carne madura de los campos/ lavado y puro, con la lluvia a cuestas/ como leche de astros. / Sentir que el corazón/ -ancho, vivo y elástico-/ es un lomo mojado de potranco. / Lamer la luna que se acuesta siempre/ en las hojas desnudas de los pastos/ y sentirse naciendo/ de un innumero parto. / Y que el agua resuene en mi garganta/ - así les suena el agua a los potrancos-/ como un chorro de lunas/ de guijarros y astros.

Su poesía es de excepción si consideramos la cantidad de los espacios que representan una inseguridad designada por el miedo, la tristeza y el ser desesperado. Las manifestaciones que la acompañan son los gritos, las quejas y la ira. Este espacio inseguro es provocado por acciones humanas derivadas de la injusticia, de la guerra, de la denuncia absurda, de la miseria y del hambre acompasadas por una intensidad del horror. Los que sobrevivimos a ese horror sabemos que ese espacio también representa el lugar de la errancia y de la búsqueda de algo que tiene que superar el espacio al que se rehúsa, por la desigualdad que engendra. El espacio también se presenta ambivalente, puesto que su doble cara muestra tanto la vida como la muerte; el espacio tiene un potencial dialéctico al evocar los polos inversos y muestra una lucha entre ambos.

Con intensidad, cada espacio hueco evoca un lugar que esconde algo que temer, algo que amenaza no sólo al poeta sino que invade todos los sentidos, sin que sea razonable, esto es probada o argumentada. También los ángulos son lugares donde se anidan el temor y la miseria. Todo lo que pueda albergar una sombra de día, es sinónimo de espacios de azor y de miseria y son favorables a una resonancia específica del sonido. Los huecos y intersticios de sombra son los espacios íntimos de la pena y del terror, mientras que la ciudad, o los espacios exteriores, evocan un bullicio, un rumor universal, una como coalición unida en contra de un ser. Es el espacio donde no se controla la violencia, y se hace pública. El olor se inmiscuye en los espacios para complementar el azor anidado en las ciudades.

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DeBravo murió trágicamente en accidente motorizado el 4 de agosto de 1967, a la edad de 29 años, y es en la literatura costarricense un vivo “Milagro Abierto”, como el título de uno de sus libros, el escrito en 1959. Su apasionada vida, su prolífica obra y su posición humana, combativa y generosa, fundieron para las letras y la historia de Centro América y el mundo, una imagen entrañable de poeta singular y de ser humano excepcional.

La nueva novela costarricense

Adriano Corrales Arias

Los orígenes

La narrativa costarricense es relativamente “nueva”. No pasa de los cien años. A finales del siglo XIX y principios del XX, por las características propias de una sociedad relativamente aislada y pobre, solamente dinamizada por el auge del café y la producción agrícola, la literatura nacional se originaba con una mezcla de periodismo, costumbrismo, critica, crónica e historiografía. Es esta una época de constitución de la identidad nacional manifiesta en una ambivalencia hacia lo extranjero: por un lado se le veía como un modelo atractivo, por otro se le percibía como una intrusión indeseable en la “familia” costarricense. Estas dos visiones de mundo van a marcar y caracterizar a nuestros primeros escritores, muchas veces reunidos en bandos alrededor de una extensa polémica sobre lo autóctono. El primer novelista, concebido como tal, va a ser Jenaro Cardona, cuyas novelas El Primo (1905) y La esfinge del sendero (1914) de ambiente citadino, oponen los valores tradicionales y patriarcales y los de las clases medias ante los nuevos ricos, así como un manifiesto anticlericalismo sobre todo en la segunda. Sin embargo en 1899 se había publicado El Problema, novela escrita por Máximo Soto Hall, guatemalteco residente en el país, la cual puede considerarse como la primera novela antiimperialista hispanoamericana. Esta temática dará otras obras como El árbol enfermo (1918) y La caída del águila (1920) de Carlos Gagini. No obstante lo anterior, muchos estudiosos ubican a la novela El Moto (1900) de Joaquín García Monge, como la primera novela costarricense por su fecha de publicación. Pero este texto, por sus características (personajes tipos, predominio de la descripción, cierta inmovilidad temporal, naturaleza como espacio pródigo e idílico) bien puede considerarse como una transición entre el cuadro de costumbres y la novela. Incluso podríamos decir que Hijas del campo, novela escrita antes de El Moto y también de García Monge, es una novela mejor ambientada, a pesar de sus fallas de composición, y puede considerársele el primer intento novelado de protesta social.

El Repertorio americano y la Generación de los 40

En todo caso es con los albores del siglo XX que nace la novela costarricense. En los años 20 y 30, y alrededor de ese monumental esfuerzo editorial que fue la revista Repertorio Americano (1919-1958), publicada y dirigida por Joaquín García Monge, aparecerán otros narradores entre los cuales destacan Carmen Lyra (seudónimo de María Isabel Carvajal) y Luis Dobles Segreda, quienes frecuentarán sobre todo el cuento, exceptuando la novela de Lyra En una silla de ruedas. No es sino a finales de los 30 e inicios de los cuarenta donde asistimos a una verdadera eclosión de la novela costarricense. Aparece, antecedida por nombres como Max Jiménez (artista integral pues además de narrador era pintor, escultor, grabador, poeta, ensayista, y hasta mecenas) con su novela El jaul (1937), y José Marín Cañas con las novelas El infierno verde (1935) y Pedro Arnàez (1938); la llamada Generación de los 40 , “presidida” por Carlos Luis Fallas con su poderosa Mamita Yunai, y en la cual “militaron” Fabián Dobles, Yolanda Oreamuno, Joaquín Gutiérrez, Adolfo Herrera García, entre otros. La temática social –exceptuando la introspección a partir del monologo interior y el análisis de la violencia doméstica de Yolanda Oreamuno en La ruta de su evasión (1949) – es el tema predominante al sentirse el mundo como ajeno, hostil, cruzado y determinado por el enfrentamiento entre las clases sociales. La obra se concibe como instrumento de cambio y la elaboración literaria, la complejidad formal o la expresión subjetiva, se pliegan a la sencillez narrativa y a la documentación de la vida cotidiana. Novelas como Juan Varela (1939) de Adolfo Herrera García, El sitio de las Abras (1950) de Fabián Dobles, o Puerto Limón (1950) de Joaquín Gutiérrez, además de la ya mencionada Mamita Yunai (1941) y Gentes y Gentecillas (1947) de Carlos Luis Fallas, son novelas que se inscriben en un neorrealismo militante con el afán de extender la critica social a amplios sectores, así como propiciar una nueva conciencia identitaria con la idea de un país nuevo que va surgiendo, tanto en el mundo narrado como en las luchas sociales de la época, las cuales, no en vano, marcarán el período posterior hasta finales de siglo, con la erección de un Estado Benefactor fortalecido por una avanzada legislación social y una institucionalidad ejemplar en América Latina. A la zaga de la aventura urbana y casi onírica, matizada por los conflictos sociales de los 70-80, hasta casi los 90 ( Luisa González, Carmen Naranjo, Alfonso Chase, Quince Duncan, José Leòn Sánchez, Gerardo Cèsar Hurtado, Hugo Rivas), aunque ya fuera del intento neorrealista por reflejar la realidad y más bien buscando interpretarla, llegamos a finales de un siglo, y un milenio, donde aparece una nueva hornada de narradores costarricenses.

Los contemporáneos

Entre estos nuevos narradores – quienes aparecen al lado de algunos que siguen publicando activamente como José León Sánchez, Carmen Naranjo o Alfonso Chase, para citar tres casos - están Rafael Ángel Herra, Virgilio “Polo” Mora Rodríguez, Rodrigo Soto, Carlos Cortés, Ana Cristina Rossi, Julieta Pinto, Fernando Durán Ayanegui, Tatiana Lobo. Pero no es sino ya entrados en los años noventa cuando, según mi criterio, vamos a encontrar a un grupo de jóvenes narradores que proponen una ruptura en la novela costarricense, ya no solo en su temática y en su enfoque, sino en cuanto a sus apuestas formales. Debo señalar acá, antes de citarlos, que obviamente antes de ellos se propusieron innovaciones formales y temáticas. Bástenos señalar la novela Manglar de Joaquín Gutiérrez Mangel publicada en 1947, donde se incorporan nuevos espacios al discurso nacional y donde se privilegia lo subjetivo aunado a un erotismo “extraño” hasta entonces en nuestra narrativa; o las novelas Memorias de un hombre palabra (1968) y Diario de una multitud (1974) de Carmen Naranjo, donde a partir de una temporalidad circular se percibe la ciudad como un espacio de crisis, de incomunicación, conformista y consumista acorde con las actitudes de la clase media.

La “nueva generación” de narradores (si así se le puede llamar, pues dentro de ella “conviven” escritores nacidos en los 30 como Tatiana Lobo, hasta jóvenes como Sergio Muñoz nacido en los 60), no solo insiste en los temas sociopolíticos, y por tanto psicológicos, sino que los lleva a dimensiones insospechadas donde la parodia, el humor y la fuerza lúdica, apoyada en un lenguaje “menos literario” y mas experimental, extraído fundamentalmente de la clase media y de los sectores populares, le aportan a la joven novela costarricense nuevos bríos y una renovación que augura un intenso porvenir. Por lo demás, se intenta con decoro “historiar” el devenir de este pequeño país desde la novela, para desentrañar, de alguna manera, la historia ocultada por la historia oficial. Tatiana Lobo, Anacristina Rossi, Fernando Contreras, Rodolfo Arias, Sergio Muñoz, Dorelia Barahona , Alexander Obando, y Mario Zaldìvar, son posiblemente los representantes más auténticos de esta nueva narrativa.

A manera de conclusiones

Como hemos visto, la novela contemporánea costarricense transita diversos caminos, múltiples visiones, espacios inéditos y variados códigos estéticos. La producción y edición novelística ha crecido y son ya bastantes los nuevos escritores que se han asumido como tales reivindicando la tarea de narrar y, por supuesto, haciendo valer el oficio.

Es lugar común escuchar a algunos escritores y críticos nacionales insistiendo en el argumento de que nuestra novelística es muy parroquial debido al lenguaje excesivamente “tico”, a la escogencia de los temas y a una ligera composición formal y conceptual. Es posible que algunos de nuestros jóvenes novelistas naveguen todavía con muchos de esos lastres, pero no hay duda de que la joven novela costarricense se abre camino cada vez con mayor audacia y rigor, tanto formal como conceptual. Lo anterior puede verificarse si subrayamos que muchos de los narradores aquí reseñados solamente han publicado una novela, caso de Sergio Muñoz y Alexander Obando; y otros de ellos han incursionado con su opera prima brillando con luz propia, caso de Mario Zaldìvar, Rodolfo Arias y Fernando Contreras.

En fin, la nueva novela costarricense está en un proceso renovador y tenaz en busca de expresar y comprender la complejidad y ambigüedad del mundo que nos ha tocado vivir, historiándolo novelescamente o deconstruyéndolo estéticamente, así como buscándose a sí misma, a sabiendas de que hay muchos sitios allende sus fronteras, a los cuales aún no llega. Yo soy de los que apuestan a que en un futuro muy cercano, estos jóvenes narradores estarán dando la campanada mucho más allá de Centroamérica.

Fragmento del texto original.

Bibliografía consultada
Rojas, Margarita y Flora Ovares. 100 años de literatura costarricense, San José: Ediciones FARBEN, 1995.
Molina, Iván y Steven Palmer. Historia de Costa Rica. Breve, actualizada y con ilustraciones, San José: Editorial de la Universidad de Costa Rica, 1997.

Una visión panorámica del

cuento de las escritoras costarricenses
Willy O. Múñoz


En el estudio que encabeza El cuento costarricense (1964), Seymour Menton considera a Ricardo Fernández Guardia, autor de Hojarasca (1894), el primer cuentista costarricense. En este estudio, Menton no menciona la producción literaria de Rafaela Contreras, la esposa de Rubén Darío (1869-1893). Ella publica sus cuentos entre 1889 y 1891, o sea que antecede a Fernández Guardia.

Los cuentos de Contreras siguen las características del modernismo, especialmente por la belleza de la lengua, la imaginería poética, el gusto por lo exótico, por el tratamiento a veces fantástico del tema, y su preferencia personal de incorporar la música como parte integral del argumento. Cabe notar que dos cuentos de Rafaela Contreras, “La canción del invierno” y “Sonata,” fueron incluidos por Afrodisio Aguado en las Obras completas de Rubén Darío. Efectivamente, el estilo de estos cuentos es similar al de Darío, lo cual constituye un testimonio de que la cuentística de Rafaela Contreras estaba a la altura de su afamado esposo.

Carmen Lyra escribe cuentos infantiles y también de tema político, solidarizándose así con los marginados de su sociedad y llevando su convicción a la práctica con su lucha política. Su identificación con los sectores marginales de su país la lleva a publicar Bananos y hombres (1931). En “Estefanía,” un cuento de realismo social, la explotación del personaje femenino no constituye una excepción sino que representa la condición de todo un grupo social, víctima de una serie de injusticias en las plantaciones de banano.

Hasta la década de los cuarenta, lo que predomina en la literatura costarricense es el costumbrismo, al que se añade una dosis de protesta social. En esa literatura, la naturaleza fue concebida como el obstáculo o el peligro para el protagonista, cuando no era el escenario de argumentos sentimentales. Yolanda Oreamuno, una mujer de exquisita sensibilidad estaba harta de la literatura folklorista, la cual ya no producían el estremecimiento estético que antes lograba, razón por la cual, decía, “Es necesario que terminemos con esa calamidad . . .”

Efectivamente, ella supera el costumbrismo endémico al cambiar el punto de vista de la narración, de lo externo, del conflicto social, a la narración de lo interno, a la psicología del personaje. Sus cuentos o son el resultado de la acertada consideración del alma humana, de su comportamiento, de sus patologías o nacen de un hecho fantástico, de lo inusitado, que surge como una concretización de lo real y lo cotidiano. En “Valle alto” (1946), por ejemplo, el propósito ya no es recrear la naturaleza realísticamente sino como una metáfora del deseo erótico del personaje femenino. De esta manera, Yolanda Oreamuno no sólo comienza la modalidad del cuento psicológico en Costa Rica, sino que también concibe al personaje femenino impulsado por deseos propios, por una dimensión erótica cuya existencia la sociedad patriarcal intentaba negar.

Carmen Naranjo inicia su narrativa creando personajes alienados, primero en la novela, específicamente en Memorias de un hombre palabra (1968) y luego en el cuento, a partir de Ondina, escrito en 1982. Los temas que aborda en esta colección de cuentos son la soledad, la fragmentación de la familia, la violencia psicológica doméstica y el hombre fracasado. Naranjo desafía la concepción patriarcal de la casa como un espacio feliz, bajo la potestad paterna, y sinécdoque de la realidad nacional. Este rechazo también puede observarse en Polvo del camino (1971), de Rima de Vallbona, una colección de cuentos que asimismo constituye un buen registro de cómo la casa se convierte en un lugar opresivo para la mujer. En “La niña sin amor,” un padre alcohólico viola a su hija y en “Con los muertos al cinto,” una niña ciega es también violada. En ambos casos, la sociedad no comprende el alcance del crimen perpetrado y se ensaña más bien con las víctimas. No sorprende entonces que, como la casa deviene un lugar opresivo para la mujer, las cuentistas costarricenses escriban cuentos en los que la protagonista recobra la posesión de la casa.

Desde 1980, las escritoras costarricenses incluyen en sus cuentos pasajes de manifiesta intención erótica como parte integral de la vida de sus personajes femeninos, como por ejemplo, en “Ondina” (1985), de Carmen Naranjo, donde un pretendiente se casa con una huérfana para así estar junto a Ondina, la hermana, que es una enana sensual con la que ya ha tenido relaciones íntimas. Se codifica también preferencias sexuales que caen fuera de la heterosexualidad. El lesbianismo encubierto está poéticamente sugerido en “Cristina” (1951), de Victoria Urbano. La misma ambigüedad se halla presente en “Cuál nombre decir” (1989), un cuento de Linda Berrón, en el que la voz narrativa, una mujer, no sabe si envidia o desea a su compañera de oficina, en cambio, Rima de Vallbona, en “Caña hueca” (1971), escribe de la soledad en la que viven las lesbianas, quienes deben ocultar su preferencia sexual de una sociedad que condena dicha actividad. Rima de Vallbona y Emilia Macaya escriben cuentos con un afán paródico. Ellas presentan un hilo argumental en situaciones contemporáneas, pero que tienen como subtexto la historia de personajes femeninos de la literatura clásica cuyas experiencias son recontextualizadas críticamente para demostrar que la condición patriarcal de antaño todavía está vigente hoy en día.

A partir de la década de los 1990, hay un cambio tanto en la perspectiva como en el tono de la cuentística de las escritoras costarricenses. Las escritoras superan el tema monológico de la mujer como víctima de la opresión patriarcal, tema que ahora sólo sirve de punto de partida para dar paso a cuentos en los que las protagonistas tratan de definir su propia identidad, basada más que todo en la diferencia corporal. Los personajes femeninos ahora son profesionales que intentan balancear su carrera y su familia, situación conflictiva que a veces hasta acarrea desarreglos fisiológicos. Esta nueva cuentística inscribe realidades exclusivamente femeninas, temas que anteriormente no habían sido representados literariamente. Carmen Naranjo se adelanta nuevamente a su tiempo y escribe “Simbiosis del encuentro” (1985), un cuento paródico del embarazo de un hombre. El tema de la gestación es un tema que antes había sido ignorado por la literatura. Myriam Bustos en “No aflojar” (1997) retoma el tema. En este cuento, una mujer en cinta decide no dar a luz y se amarra los pies para prevenir el nacimiento y de esta manera logra su objetivo. Pero, paulatinamente su cuerpo se va metamorfoseando transexualmente hasta que el hijo de sus entrañas se adueña de su cuerpo, matándola. Lo encomiable de este cuento es que el riguroso discurso científico empleado para describir la gestación y el resultado fantástico no producen una incongruencia sino que ellos convergen en una transición lógica de lo real a lo fantástico.

Paralelamente, se escribe también de la realidad del varón y se descubre que éste no es más que un ídolo de barro que disfraza su impotencia y miedo tras una máscara fanfarrona. De este corte es el cuento de Magda Zavala, “De la que amó a un toro marino” (1998). Escrito en primera persona, el cuento trata de los esfuerzos de una esposa por llegar a conocer a su marido, quien, paradójicamente se esconde tras un velo de palabras.

En “La espalda del león,” un cuento inédito de Dorelia Barahona, lo novedoso se halla en el tono del cuento, en la ira implícita contenida en la voz narrativa que parece preguntarse cómo un Don Juan contemporáneo tiene el poder de oprimir a las mujeres. El cuento presenta a un escritor, un simbólico depositario de la cultura, quien aparenta tener confianza en sí mismo. Sin embargo, tras de esta fachada de autosuficiencia se oculta un hombre que sufre los primeros vestigios de impotencia sexual, atrapado entre la necesidad que tiene de las mujeres y el odio y miedo que siente por ellas. El cuento mismo desenmascara inteligente y meticulosamente la misoginia de este personaje. Desprovisto de su piel de león, lo que queda es un hombre de cartón, un ser acomplejado por la sexualidad de la mujer.

La cuentística de las escritoras costarricenses no sólo constituye un pilar importante de ese país, sino que en varias instancias algunas escritoras han estado a la vanguardia literaria, como los casos ya mencionados de Rafaela Contreras de Darío, Carmen Lyra, Yolanda Oreamuno y Carmen Naranjo, renovadoras de la literatura de su tiempo, precursoras de los escritores varones mismos. No es una equivocación, entonces, afirmar que estas escritoras han cambiado el rumbo de la literatura costarricense y se les debe reconocer el sitio que se han labrado en la cultura nacional.

Kent State University

La última novela de Rodrigo Soto:

El nudo de la realidad
Carlos Cortés
y
Desde hace años he defendido la hipótesis, si puede considerarse como tal, de que las novelas de Rodrigo Soto postulan una explicación general del mundo mientras que sus cuentos y relatos breves son mundos particulares. Sus novelas, metafísicas o filosóficas como La estrategia de la araña, o paródicas y sardónicas como Mundicia, y alguna otra que leí y que no llegó a la imprenta en su forma original, son lo que en los seguros y tranquilizadores años preapocalípticos del "sartrecillo valiente" llamábamos "novelas de tesis" (o con tesis). No son novelas con moraleja incluida sino con metáfora incluida, que es el último recurso de un buen escritor: crear una imagen de su tiempo, verosímil o no, pero no un manual de instrucciones de la vida (salvo que se haga en sentido paródico o se tenga mucha confianza en la vida). Pero, como sabemos, ya no tenemos ni mucha confianza en la vida ni mucha confianza en la literatura.

A esas primeras novelas de Rodrigo yo también las podría llamar con un término que me gusta más: novelas de duda o de dudas-, de indagación o de la perplejidad antes dudaba, ahora no sé, como decía hace años una calcomanía existencial-. Pero yo siempre, como lector, me quedé con las perfectas máquinas de narrar que son sus cuentos.

El nudo, en relación con lo dicho anteriormente, es una obra de madurez. Sé que madurez es una mala palabra para cualquiera nacido antes de 1964 -Rodrigo y yo datamos de 1962- y que aún tenga próstata y quiera ejercerla.Y que es una palabra aún peor, tétrica, terrible y tenaz para Rodrigo, quien cultivó hasta hace poco, en la literatura y en la vida, el mito de PeterPan, y muchos de sus personajes son adolescentes en vías de redención hacia lo irreparable, hacia la aceptación del paso del tiempo y sus abismos. Pero lo siento: El nudo es una obra de madurez y abre un paradigma nuevo en la narrativa de su autor.

Esta es la primera obra en la que el autor logra, por un lado, darnos una imagen total del mundo fatalmente fragmentaria, por supuesto, pero que -esto tal gracias al ardid del universo narrativo- y al mismo tiempo involucrarnos en la vida personalísima de cuatro personajes cuyos trazos, hitos, desgarraduras y caídas están magistralmente hilvanados en un, porsupuesto, nudo, o, yo preferiría decir, una trama, una red, en lo que es la última analogía que nos tributa el texto y que lo clausura: "Mientras tanto, en algún resquicio del pasado, como si también estuviesen atrapados en el tiempo" continúan batallando bajo la luz del sol indiferente, para librarse del trasmallo que algún pescador del pueblo tendió entre dos árboles". Escuchemos la percusión inconfundible sigo leyendo-, "como de piedrecillas que se quiebran, de sus conchas cuando chocan entre sí". Esa percusión, ese entrechoque de sutiles maniobras de salvamento vital, es lo que conforma, ya lo habrá adivinado usted, el tejido fundamental, el nudo- de la narrativa de Rodrigo Soto. Nuestro escritor ha logrado, en palabras del escritor argentino Ricardo Piglia, hacer que la forma del relato sea justamente su contenido. Por supuesto, y esto también lo habrá adivinado usted, es parte de la estrategia del cuentista y no del novelista, pero es que Rodrigo es esencialmente un narrador. En este punto de mi exposición me detengo un momento y me pregunto: bueno, ahora, ¿debo desenredar los hilos para que ustedes, que, supongo yo, aún no han leído la obra, sepan cómo está construida y yo termine volviendo receta lo que es una lograda imbricación de fondo y forma, de tiempos verbales y de planos temporales? ¿Debo matar el deseo del lector? ¿Debo matar mi propio placer de leedor que consiste en descubrir poco a poco cómo ese dibujo se va completando conforme avanzo en la trama, en la trampa, en la niebla de palabras? Sí y no.

El nudo es una novela sobre la construcción de lo real y esta clave de lectura se nos revela desde la primera frase y no nos abandona hasta el final: "Aquí sucede solo lo que yo escribo, pero sin tu ayuda nunca llegaremos al final"; Nada sucedería. Solo tu deseo y mi palabra, o tu palabra y mi deseo, o lo que nace de su encuentro, puede dar inicio al tiempo, poner en movimiento los hilos de la trama y empujar al sol para que continúe su lento pero incontenible ascenso". Este arranque narrativo nos condensa ya desde el principio me he saltado, por supuesto, los elementos anecdóticos- todo lo que sucederá o no, por supuesto, si no se lee- pero también nos dice la concepción del relato, del tiempo narrativo y también la definición de la literatura que nos propone el texto. Como sabemos, cada novela, a diferencia del cuento, postula una teoría de la literatura. Apartir de aquí, diría Piglia, las decisiones éticas se convierten en decisiones estéticas. O al revés. El truco está, por supuesto, como cualquier truco, como cualquier artificio, en que no se note, en que no se vea, y Rodrigo se ha esforzado porque los lectores corran ansiosamente por el plano de las acciones y de los personajes sin olvidarse del todo del dibujo, porque uno y otro son lo mismo. Esto hace que El nudo no se lea como una novela, aunque lo sea, sino que se lea como un cuento, con la tensión que le ofrece la narrativa breve y sin traicionar nunca sus ambiciones de fuga, de ir más allá, que es el sino imposible de la novela. El fantasma de la forma. ¿Dónde está la fuga? ¿Dónde está la digresión? De nuevo en la trama: los personajes son ellos mismos y al mismo tiempo conforman un retrato social. Están llenos de marcas, reales y simbólicas, y de marcas de época, de una época que Rodrigo lucha por volver real y que va del colegio Los Angeles al Saint-Claire, de una taxonomía femenina –“ambos acudían atraídos por las carajillas púberes primero, por las hembrillas, las ricuras, los hembrones y las mamazotas después”- a las guitarras, motos y carros y otras encarnaciones del deseo, de Sonia de los Angeles Salas Centeno, 13-3-62 la pulsera de uno de los personajes- a Simplemente María una empleada con nombre de telenovela- de los frisbee a las pistolas automáticas. De la economía del lenguaje a la economía de las relaciones de producción: “en el lenguaje de Norma figuraban a menudo expresiones como“polo”, “maicero”, “piso-e-tierra”, “choyado”, y tantas otras que, de manera despectiva, aluden a la diferencia social. Ella podía decir que “fulano es polititico”, o bien burlarse de zutano porque “su tata es medio maicerillo”(lo diría tratando de imitar el estereotipo del cantadito campesino)”. De las espinillas en un rostro púber a las mutilaciones en la edad adulta, de la crisis existencial de la adolescencia a la crisis moral de una sociedad entera.

Creo que si esta no es la novela definitiva de una época, o, más bien, de una clase social en una época determinada y en un momento de ruptura, será al menos un texto ineludible de ese nudo crítico hito, crisis, herida, cuajo- de la sociedad costarricense.
y
Fragmento del texto original.

Don Juan y la sombra del despecho

Mario Roberto Morales

Cuando Camus defiende a don Juan en el segundo capítulo de El mito de Sísifo, está pensando sobre todo en el renacentista "Burlador" de Tirso y no tanto en el romántico "Tenorio" arrepentido de Zorrilla. La prueba está en que, al referirse al seductor, el pensador considera que "es ridículo representarlo como un iluminado en busca del amor total", pues como se sabe don Juan no cambia de mujeres porque carezca de amor, sino porque lo que lo estremece es la repetición de ese acto de entrega en el que consume su cuerpo y su alma de manera renovada cada vez que ejerce la seducción. Mucha gente sin embargo -en especial ciertas mujeres seducidas por él- piensan que don Juan sí anda en busca del "amor eterno", esa entelequia que la ilusión frustrada suele convertir en atormentadora sed de venganza y a menudo en tragedia.

El equívoco es ciertamente lamentable. "De ahí -sigue Camus- que cada una (de las ilusas seducidas) espere aportarle (al seductor) lo que nadie le ha dado nunca. Cada vez, ellas se equivocan terminantemente y sólo consiguen que acabe sintiendo la necesidad de esa repetición. 'Por fin -exclama una de ellas-, te he dado el amor'. '¿Por fin? No -dice (el seductor)-, una vez más". A don Juan, "el pesar por el deseo perdido en el goce, lugar común de la impotencia, no le pertenece. Eso está bien para Fausto, que creyó lo bastante en Dios para venderse al diablo". Esta última frase, un aforismo perfecto para describir de un trazo la esencia del maniqueísmo, constituye también una gran lección para quienes "aman demasiado"; tanto, que llegan al extremo de entregarse a la soberbia ilusión de ser imprescindibles para el "ser amado". Por eso oscilan entre el amor y el odio y van de la cursilona entrega despersonalizadora a la malignidad más baja sin hacer escalas. Ser capaz de venderse al diablo supone creer lo suficiente en Dios. En otras palabras, sólo quien aspira a la santidad puede irse derechito al infierno.

Las personas que "aman demasiado" se constituyen automáticamente en contrapartes despechadas del seductor y de la seductora, de los donjuanes y las afroditas. Para Camus, se trata de seres secos que han sustituido su vida personal por la existencia del "ser amado". Por eso dice: "Aquellos a quienes un gran amor aparta de una vida personal quizá se enriquezcan, mas con seguridad empobrecen a los elegidos por su amor. Una madre o una mujer apasionada tienen necesariamente el corazón seco, pues está apartado del mundo. Un solo sentimiento, un solo ser, un solo rostro, pero todo está devorado. Es otro amor el que estremece a don Juan, y éste es liberador. Aporta consigo todos los rostros del mundo y su estremecimiento proviene de que se sabe perecedero". Si lo supiera "eterno", huiría sanamente de él.

De aquí que don Juan se aparte de quien pretenda impedirle vivir sus amores. Al hacerlo, también deja tras de sí iras, resentimientos, frustraciones y despechos en quienes se entregaron gustosamente a su seducción con la secreta y malévola esperanza de "darle el amor" que ingenuamente supusieron que él buscaba con angustia. Es injusto, por ello, el sobrenombre de "burlador" para don Juan. Pues la única que aquí resulta "burlada" es la arrogante estupidez de quien toma como cierta la ilusión de fundir su vida con la de otra persona, sin que ésta se lo pida y mucho menos se percate de tan tremendo despropósito. Lo único que don Juan quiere es una noche de amor. O varias. O, lo que resulta devastador para la más tonta aprendiz de seducida, ninguna.
El caso es el mismo con las doñajuanas o afroditas a quienes los hombres posesivos y celosos acosan reprochándoles ser perjuras, ingratas y pérfidas, cuando lo único que hicieron fue vivir su vida a plenitud en el momento en que la compartieron con el hombre que de la nada sacó la perversa conclusión de que aquella particular mujer le pertenecía. No hay duda de que la sombra del despecho es la más temible de las sombras. Envilece al despechado y a la despechada. Los rebaja a su más oscuro nivel de mezquindad. Descubre el peor de sus rostros. Al cual se entregan sin reservas confundiéndose con su propia oscuridad. Las venganzas macabras, los crímenes pasionales abundantes en hemoglobina y entrañas que saturan los diarios y telenoticieros, tienen su origen a menudo en el desencuentro de los donjuanes y las afroditas con sus ilusas contrapartes autonegatorias. Con esas almas resecas que a su vez tienden a chuparse los corazones más saludables, si éstos lo permiten.

Por fortuna, el movimiento de la naturaleza tiende hacia la vida aunque su destino sea perecer. Esto lo saben los donjuanes y las doñajuanas. Por eso ha dicho antes el brillante filósofo del absurdo que "todo ser sano tiende a multiplicarse. Y lo mismo don Juan. Pero… los tristes tienen dos razones para estarlo, ignoran o esperan. Don Juan sabe y no espera". Por eso, la sombra del despecho lo persigue para siempre. Oscuros ejércitos de penumbras despechadas se arrancan los cabellos aullando sus más destiladas iras, incapaces de aceptar que el "ser amado" no se pliegue nunca a sus estúpidos y egoístas caprichos, que no haga jamás lo que ellas quieren que haga "por su propio bien", que no acepte languidecer de "amor eterno", sofocado en sus aburridos abrazos, sus insípidos besos y sus sosos arrebatos pasionales de ser sin vida propia.

La maligna esperanza de la sombra despechada, que consiste en la ilusión perversa de atrapar, domesticar y enjaular a don Juan y a Afrodita, es la causa de las "penas de amor", de los "amores imposibles" y de otras divisas melodramáticas propias de la frustración iracunda de quien vive de expectativas rígidas. De creer ser lo que no es y de no poder aceptar que las cosas son como son y no como quiere que sean. De no conocer sus propios límites. "Y cabalmente eso es el genio -dice Camus-: la inteligencia que conoce sus fronteras." La despechada está muy lejos de saberlo. Eso explica que se trate de una sombra que repta y que no se yergue jamás, tendida como vive para siempre bajo los talones de don Juan, quien camina orondo, feliz y optimista hacia la luz de su nueva aventura y ajeno a las doloridas contorsiones de aquélla, a sus alaridos chirriantes y a sus densas lágrimas negras.

Ambos perecerán, es cierto. Pero con una diferencia: don Juan habrá vivido prodigando vida y pagando con esplendidez el precio de ser libre. La sombra despechada habrá deambulado muerta por el mundo, víctima de sus venganzas y su egoísmo, sin haber conocido la libertad, esa condición sin la cual no puede accederse jamás a los más intensos deleites del maravilloso regalo de la existencia.

Heredia (Costa Rica) 1 de marzo del 2006.

Pura nostalgia IV

Carmen González-Huguet

Entre los cines venidos a menos y convertidos en ventas de repuestos (el destino del Terraza), iglesias evangélicas (el Plaza y el Fausto) o supermercados (ocurrió con el Ástor, situado a la entrada de Mejicanos, y con el Regis en San Jacinto), uno de los finales más lamentables fue el del París. Su ubicación aledaña al Mercado Central hizo de él, como de su vecino el México, una sala de indeleble carácter popular. No tuvo nunca la prestancia art déco del Apolo ni el poder de convocatoria del Viéytez que, situado en una zona residencial de rápido crecimiento, aglutinaba a una bola de adolescentes ávidos de diversión.

El París fue en su época un cine “normal” donde vi Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964). Cuando digo “normal” me refiero al folklore típico de los cines de entonces. No fue, al menos al principio, tan lépero como el Avenida o el Tropicana. Tampoco tuvo el caché del Caribe o el Deluxe. Pero poco a poco el París declinó hasta la decadencia absoluta. Hoy es una venta de repuestos en una zona vomitiva. En la década de los ochenta se especializó en películas de chinos. Llovían las patadas voladoras, los karatazos y los gritos de kung fu en medio de las samotanas diarias con que las honorables señoras vendedoras de hortalizas saludaban a los recién llegados y a sus progenitoras en la penumbra de aquella sala saturada de humo.

Antes de la guerra no había muchos lugares de esparcimiento en San Salvador. Tampoco existieron, ni antes ni después, sitios para pasar el rato, eso que en otros lares llaman “ocio”. Roque Dalton dijo en Las historias prohibidas del pulgarcito (San Salvador, UCA Editores, 1988. Pág. 190 y siguientes. Primera edición de 1974) refiriéndose al zoológico, uno de los escasos lugares de esparcimiento: “es uno de los paseos más concurridos de San Salvador, fundamentalmente porque para entrar en él y recorrerlo no hay que pagar un solo centavo. Los cines en cambio son carísimos, los teatros no existen y a los bares no puede uno llevar a los niños”.

¿Era cierto eso? ¿Eran caros los cines? Veamos: En 1977, justo antes de la guerra, el salario mínimo para el comercio andaba por los trescientos cincuenta colones mensuales, equivalente a unos cuarenta dólares. Quién sabe cuánto sería a precios constantes. Por la misma época, la entrada a un estreno andaba costaba dos colones con cincuenta centavos, lo cual era menos del uno por ciento del salario mínimo mensual. No me parece caro. Ignoro si la situación era distinta cuando Roque Dalton vivía en el Pulgarcito. Para un trabajador del campo cuyo salario era mucho menor, el cine probablemente era prohibitivo. Pero hay que hacer la salvedad de que las entradas a los cines populares eran mucho más baratas: podían llegar a costar veinticinco o treinta centavos, en la época en que el pasaje del bus costaba quince.

También existía la famosa “permanencia voluntaria” o los llamados “doblazos” o “tuzadas”: por el mismo precio se podía ver dos cintas que se proyectaban ininterrumpidamente durante todo el día. Teóricamente, siempre y cuando se soportara el aburrimiento, una persona podía pasarse la jornada entera en el cine. Mi maestro Francisco Andrés Escobar lo ha explicado muy bien en un artículo: “las tuzadas eran lo distintivo del América, como habían sido del Popular: uno entraba a las dos de la tarde, y salía cinco horas después, con los ojos encadejados, luego de ver tres películas por el precio de una”.

El Roxy era un cine de barrio bastante concurrido. Su ubicación sobre la veintinueve calle oriente, a inmediaciones de la colonia La Rábida y cerca de la salida a Mejicanos, lo convertía en una sala de amplia afluencia popular. También ahí eran frecuentes las tuzadas. En una de esas funciones vi 2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), en doblazo con la versión de La guerra de los mundos de la novela de H. G. Wells (Byron Haskin, 1953). También el Roxy me brindó esa obra maestra de Disney que fue Fantasía (Algar & Armstrong, 1940), y muchas otras cintas que ahora no puedo recordar. No hay cosa más azarosa que la memoria.

El Regis fue otro cine de barrio muy frecuentado por la población del sur de San Salvador. Era una sala amplia, que en sus buenos tiempos contó con un sonido excelente. Todavía recuerdo el olor de las butacas nuevas del Regis con su terciopelo episcopal que en mi memoria se mezcla con el aroma inconfundible de las palomitas de maíz, los chicles de menta y el humo de cigarrillo. Ahí disfruté Tómbola (Luis Lucía, 1962) con la inmortal Marisol.

Pero existió además otro género de cines que hay que mencionar: los cines de los pueblos. Eran quizá el único lugar de ocio para una población aferrada a una cultura agraria que se estaba desmoronando. Conocí sólo uno: el de Suchitoto. No recuerdo su nombre. Su propietario, Rutilio Melgar, era cuñado de un primo hermano de mi mamá. Era probablemente el único cine en unos treinta o cuarenta kilómetros a la redonda: un galerón alto, con techo de lámina sobre el que tamborileaba la lluvia como los frijoles en una olla de peltre. Humildísimo, sus bancas de reglas de madera eran la cosa más incómoda del mundo. Nada qué ver con las butacas o las sillas de paleta de los cines citadinos. En diciembre, cuando concurríamos a las fiestas de Santa Lucía, el cine era una parada obligatoria. A él, como a muchas otras cosas, también lo despachó la guerra. Hoy, como todo, yace en el olvido y el polvo.

De los cines de antaño sobreviven pocos, y aun estos en condiciones deplorables. Apenas el Izalco, el Metro, el Majestic, el Universal y los España, en el centro de un San Salvador asaltado por la desidia y la derrota. Del Darío y sus frases del inmortal Rubén sólo queda el recuerdo. Y una que otra historia melancólica que tejo y destejo en la memoria. Como esta columna.

Rodrigo Soto

Memorias de un viaje a la muerte

Como un mago, Jorge sacó un conejo agarrándolo de la cola. Lo lanzó sobre húmedo con una mirada de satisfacción que no podía ni quería ocultar: había sido él con su rifle de balines, quien disparó.

Rápidamente nos dispersamos: a mí me correspondía traer de la casa un cuchillo, a Esteban conseguir frascos para guardar las tripas, a Luis un cepillo para curtir el cuero, y a Adrián vigilar que nadie se acercara.

No empezamos hasta que estuvimos todos de regreso. Me correspondía iniciar la operación; tomé el cuchillo y empecé a raspar mientras en mis manos los pelos temblaban brevemente, antes de que el viento los dispersara por el matorral. Luego lo metí en la garganta y la sangre, tibia aún, manó sin contratiempos. Comencé a bajar, venciendo la resistencia de huesos y cartílagos. Miré a mi alrededor: estábamos en cuclillas formando apretado círculo en torno al cuerpo ahora ensangrentado, y en cada cara se adivinaba sin dificultad el asco. Cuando aparecía una víscera, Jorge la depositaba en el frasco respectivo.

—Hígado...—decía, y nadie dudaba de su afirmación. Era el ilustrado del grupo.

— Páncreas...—y mirábamos la densa masa de carne golpear dentro del frasco.

— Este es el estómago—dijo después, con tono enfático-: Abrámoslo.

Me pidió el cuchillo. Tenía en su mano la bolsa de piel color cobrizo, cuando le hundió el cuchillo un hedor profundo llenó la atmósfera. Sin titubear, Jorge continuó. Descubrimos la baba cafesuzca que enseguida vio la luz soportando a duras penas las náuseas, había en ella pelos de varios centímetros de largo.

— Era un ratón—determinó Jorge-. Se lo hartó ayer, la muy cabrona.

— ¡Carro!—susurró Adrián en ese momento, y todos nos agazapamos.

El auto avanzaba lentamente por la calle y se detuvo casi por completo antes de entrar en la cochera de una casa.

— Tranquilos, ya jaló—nos dijo Adrián, luego de un segundo, pero no era necesario que lo hiciera porque todos habíamos seguido su trayectoria.

Desde hacía unos meses realizábamos las operaciones en secreto. Debíamos hacerlo así después del último escándalo, la tarde cuando Luis vino a buscarnos. Traía una bolsa con un gato que se revolvía, lo había atrapado unas horas antes y no sabía qué hacer con él. Durante mucho rato discutimos cómo le daríamos muerte sin ponernos de acuerdo. El se apoderaba de nosotros cuando Luis, inesperadamente, hizo un nudo en la boca de bolsa y la lanzó al aire tan alto como pudo. Todos corrimos, pero la había lanzado suficientemente lejos como para que Esteban, el más rápido del grupo, no llegara a tiempo. El bulto golpeó sonoro contra el pavimento y el animal se revolcó con furia. Le arrebaté la bolsa a Esteban y antes de lanzarla descubrí los repentinos celajes tras los cerros.

— Ahora va hasta el Puerto— desafié, y respiré profundo. Voló una veintena de metros y se estrelló contra la calle. El animal volvió a agitarse, menos decididamente esta vez.

Uno a uno realizamos él ritual, eufóricos al ver la bolsa que giraba lenta y pesadamente antes de golpear con su sonido sordo. Adrián agarró el bulto y le dio una patada descomunal, lanzándola varios metros adelante. Una rabia, una furia como incandescente se adueñó de todos; corríamos para llegar primero adonde estaba el animal, nos arrebatábamos la bolsa y la reventábamos una y otra vez contra la calle. No nos detuvimos hasta que la bolsa misma terminó por reventarse y de ella se deslizó, sangrante, el pequeño cuerpo.

Hicimos esto a vista y paciencia de quien quisiera verlo, fue un error. A la mañana siguiente nos volvimos a reunir después de recibir severos castigos, alguien una golpiza, sermones, advertencias y amenazas. Sonreíamos entre humillados y satisfechos, solidarizándonos en nuestra desteñida culpabilidad. Desde entonces, cada vez que un animal caía nuestras manos, nos reuníamos en un lote apartado.

—Maes, que ya jaló—volvió a decir Adrián al ver que seguíamos inmóviles.

Pero no nos tranquilizamos hasta que el conductor bajó y lo vimos perderse tras la puerta.

Jorge me devolvió el cuchillo y el mango estaba húmedo con el sudor. Seguí trabajando.

***

Entre la fauna del barrio los gatos fueron siempre piezas codiciadas. Su inteligencia y agilidad, y el esfuerzo que invariablemente exigía atraparlos, les confería ese dudoso honor. Y de los gatos, el más codiciado era aquella gata gris, astuta como gavilán, que invariablemente eludía las trampas. En el último momento encontraba un camino de escape y huía dejándonos con las manos vacías. Un par de veces descubrimos su madriguera y conseguimos arrebatarle algunas crías, pero ella se las arregló para huir. Era grande y a juzgar por su fortaleza se veía que no le faltaba el alimento; jamás comía algo que no hubiera cazado, y sólo en épocas de hambruna, cuando un gran lote era urbanizado y disminuía la cantidad de ratones y de lagartijas, tomaba comida basureros.

Durante años fue una sombra que ponía manifiesto nuestra inutilidad. Podíamos cazar otros gatos, algunos tan antiguos como ella, o en los cafetales conseguir presas difíciles como zarigüeyas o pájaros bobo, pero a la hora de los recuentos, apretujados dentro de un rancho, se producía siempre el silencio vergonzoso.

— Pero Puming...—decía alguno, y no era necesario que dijera más porque todos comprendíamos.

Con el tiempo la gata se transformó en parte de nuestra mitología, y cuando alguien demostraba especial agilidad, la frase con que invariablemente se lo felicitaba era:

—¡Estás más arrecho que Puming!

Ese era el mayor elogio al que se podía aspirar. De hecho Puming era el único animal que cargaba un nombre sobre su espalda; los otros eran gatos en general, tijos en general, piapias en general. El nombre se lo puso Adrián, un par de años atrás. Acababa de eludir una emboscada; mientras la veíamos alejarse, Luis comentó que era más ágil que un puma.

—¡Puming!—saltó Adrián, como si hubiera descubierto algo fundamental-. La hijueputa se llama Puming.

—Desde entonces la llamábamos así.

Salíamos a vacaciones de fin de año, regresábamos a clases y Pumíng seguía intacta. De vez en cuándo alguien afirmaba que la había podido herir, que la había visto renqueando, que, había manchas de sangre en los matorrales por donde se alejó, pero invariablemente el tiempo lo desmentía.

Los mayores acabábamos de iniciar la secundaria cuando advertimos que la gata comenzaba a envejecer. Sus movimientos no eran tan rápidos, su agilidad había mermado. El animal tenía suficiente experiencia para saber que ahora debía ser más cautelosa que nunca; se mantenía lejos de las casas, y si se acercaba lo hacía durante la noche.

Una mañana de enero, cuando iba a iniciar el segundo año de colegio, Jorge vino a buscarme. El día estaba frío y lloviznaba. Habíamos caminado mucho cuando vimos a la gata dentro de una cochera, agazapada bajo el carro. Estábamos tan acostumbrados a que el animal huyera que ni siquiera nos molestamos en buscar los rifles. Sin embargo, pasamos casi junto a ella y no se movió. Corrí hasta mi casa pero en vez del rifle llevé un plato plástico con tanta leche como para indigestarla.

Cuando salí, Jorge seguía frente a ella. Me acerqué despacio y coloqué el plato suficientemente cerca para que lo oliera. Entonces vimos lo increíble: Puming se acercó al plato, olfateó un momento y comenzó a beber. Después se hizo a un lado, nos dirigió una mirada hosca y corrió hasta el lote más cercano.

Días después volví a encontrar a Puming en la misma cochera. Nuevamente permaneció inmóvil cuando pasé a su lado, de modo que corrí a la casa, robé un pedazo de mortadela y se lo lancé delante. El animal receló al principio pero luego se acercó. Mordió la mortadela y corrió con ella hasta el lote.

Y otra mañana fría, poco antes de iniciar clases, Jorge volvió a buscarme.

— Traé leche—me dijo de entrada, directo al grano-. Yo voy por un saco de gangoche.

— ¿Qué vamos a hacer?—pregunté, ya de a la cocina.

— Hoy la matamos.

Cuando salí, Jorge estaba frente al animal. Le pusimos el plato delante y la gata nos miró. Era evidente que había percibido cierto nerviosismo delator. Nos quedamos inmóviles y comenzamos a llamarla. La gata nos volvió a mirar y era una mirada sabia, de resignación anticipada. Puming se nos estaba entregando, y comprender que se daba cuenta de todo me produjo terror. Después bajó la cabeza, se acercó al plato y humedeció en la leche sus bigotes. Apenas comenzaba a beber cuando Jorge se lanzó sobre ella. El animal reaccionó pero el mosaico del piso la hizo resbalar. Cuando se sintió atrapada, se quedó completamente inmóvil, segura de lo que le esperaba.

Fuimos a la casa de Jorge, sacamos su rifle y caminamos hasta un lote alejado. Lanzamos la bolsa unos metros adelante. Jorge apuntó y el animal seguía quieto. Luego hizo tres únicos disparos. La bolsa permaneció inmóvil y después se comenzó a teñir de rojo, muy lentamente.

***

— Hay que cortarle la cabeza—dijo Jorge.

Tenía razón. Habíamos tratado de arrancar los huesos del cráneo para conservar la piel de la cabeza, pero el cuchillo se había mellado. Le pedí a Jorge que lo hiciera él mientras yo iba a orinar. Cuando me alejaba, Esteban pasó a mi lado, trastabillando y con el rostro lívido. Se tambaleó dos veces, estuvo a punto de caer, pero no se detuvo. A unos metros de distancia se dobló y vomitó largamente. Cuando regresé, Jorge había cortado la cabeza y todos reían de Esteban.

— Es un marica—sentenció Luis, y los demás estuvimos de acuerdo.

Sin la cabeza ni la cola, la piel nos pareció ridículamente pequeña. Imposible aceptar que la vieja y legendaria gata hubiera sido alguna vez el pellejo que teníamos delante.

— ¿Quién se la va a llevar?—preguntó Jorge cuando terminó de cepillar el dorso.

— En mi choza me matarían—balbuceé.

— Está muy hedionda— dijo Luis, justificándose.

Guardamos silencio.

— Lo que pasa—dijo Jorge, con el rostro repentinamente iluminado- es que hay que ponerla a secar.

Encontramos un árbol de ramas bajas y coincidimos en que era el lugar apropiado, recibiría suficiente sol y estaba protegida de las miradas curiosas. Luis subió al árbol y extendió la piel entre dos ramas.

Después recogimos los frascos y salimos del lote. Creo que fue Adrián quien lanzó el primero. Había un poste como a quince metros de distancia y nos desafió a que le atináramos. Los frascos volaron en esa dirección; el corazón pasaba a medio metro y se quebraba contra el pavimento, el hígado estaba a punto de acertar pero corría la misma suerte.

— Esta sí va—decía Luis, y un frasco volaba para estrella.rse finalmente contra el suelo.

— Ojo a ésta—lo seguía yo, sin mejor puntería.

Cuando acabamos con los proyectiles, nos alejamos por la dirección opuesta.

Eran los últimos días de vacaciones. De vez en cuándo pasábamos frente al árbol y mirábamos entre las ramas el cuero reseco.

La piel permaneció ahí durante meses, y se mantenía cuando llegaron las vacaciones de medio período. Para entonces era un pedazo de cuero pardo y retorcido. Los aguaceros de octubre lo derribaron, y en la tierra por fin se fue desintegrando.

Adriano Corrales Arias

El color de la pitahaya

Asombra la lujuriosa sombra veteada color violeta
casi azul del espumante cristal
contrastado contra el rojo mantel
donde la erótica tropical del aguacate
con faldas de lechuga y otras viandas envuelven
la severidad de tu rostro transparente
por donde pasan hombres mujeres niños niñas
amores odios pasiones silenciosamente
correría de deseos tensas calmas después del éxtasis
por las calles soleadas de la ciudad extranjera
con sus aceras desiertas un domingo a media tarde
avenidas partidas en dos por la luz herida e hirviente
el repiquetear de campanas lejanas
tamizado por el bramido de algún auto desdentado
un perro ladrando la desventura del tiempo que se va
mientras el desahuciado equino cruza cabizbajo la rotonda
y
Borbotean esquirlas de luz en el cóncavo cristal magenta
un silencio ambiguo acaricia el temblor de tus manos
esas mismas que horas atrás atenazaban las sábanas
en un amarre y desamarre de tus muslos bajo el agua turbulenta
abrazados furiosamente al movimiento centrífugo / centrípeto
de mi espasmódico braceo de náufrago en el encumbramiento
t
Ahora aletean suavemente alrededor del vaso y de la tarde
recogen en espiral precisa tus cabellos
bajan rítmicamente las escala de tu blusa tu falda de flores

Volteás el rostro y muchas ciudades arden dentro de tus ojos
brevemente interpuestos en la memoria de los míos
tratan de encubrir inútilmente el puente tendido
andante bbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbbb desandado
en los pliegues nocturnos del fuego sagrado de tu canto
tiempo insumiso en la península de la madrugada
con las imprecisas meditaciones de alcoba donde tu llanto
se confunde con el zumbido del aparato refrigerante
gemidos de la noche por la culpa desnuda del cristal
sin sabernos amantes derrotados por las ansias perennes
y enlutadas en el deseo del otro espejo

Tu mano derecha avanza hacia la sangre vegetal
levanta el cálizun sorbo eterno de ojos cerrados
comunión en la imagen gozosa de labios y durazno

Baja armoniosamente la bebida
hasta el rojo extendido sobre blanco donde yacen las ofrendas
un imperceptible color grana enciende tus otros labios
donde bebo ávida pero suavemente
la rabia contenida de estas palabras en la soledad
del avión al despegarmientras las luces de la ciudad
se difuminan lentamente tras el alcohol de la ventanilla

Managua, San José, octubre del 2000

Priscilla Monge

Escultura y fotografías






Sin título
Foto a color en papel metálico
127 x 101 cms.
2006





No debo sentir dolor
Escultura (Pizarra)
61x91 cms.
2006




Fear
Escultura (Técnica mixta)
27 x 15 x 6 cms.
2006



Sin título
De la serie Máscaras
Foto a color en papel metálico
101 x 63 cms.
2006