7 jun. 2010

Lo que el viento se llevó: Dora Guerra

La partida de Vaquero Turcios
Dora Guerra / SAL

La poeta Dora Guerra le rinde un sentido tributo al recientemente fallecido pintor, escultor y arquitecto, Joaquín Vaquero Turcios, de origen español y salvadoreño.

El 16 de marzo pasado falleció, en Santander, España, el extraordinario pintor, escultor y arquitecto, Joaquín Vaquero Turcios, hombre universal como lo fueron los artistas del Renacimiento, hijo del también talentoso pintor español Joaquín Vaquero Palacios y de madre salvadoreña, Rosa Turcios de Vaquero.

Desde muy joven dio muestras de poseer un gran talento para las artes. A sus escasos 14 años se le encomendaron las ilustraciones de la "Revista Nacional de Arquitectura Española", cargo que desempeñó durante mucho tiempo. A los 19 años se hizo acreedor al premio internacional ENIT (Ente de Turismo de Italia).

Estando yo en París, en 1952, pasé por una de las plazas más bellas del mundo, la Plaza Vandôme, donde se halla el famoso Hotel Ritz, la boutique de Guivenchy, los grandes joyeros, como Van Kleef y Boucheron y, en medio de ella, la majestuosa columna erigida en honor de Napoleón Bonaparte, en cuyo fuste se presentan en espiral y en alto relieve sus más célebres batallas. Allí mismo se encuentra el edificio del ENIT, en cuya gran vitrina se exhibía entonces el cuadro premiado de Vaquero Turcios.

Recuerdo que le llamé inmediatamente a Roma, donde residió por mucho tiempo, para contarle mi descubrimiento y pienso que se enorgulleció de aquel honor conferido a un muchacho de menos de veinte años.

Joaquín continuó afirmándose cada vez más como pintor y luego como escultor. Su período romano consta de colecciones de pinturas en las que figuran estatuas togadas de extraordinaria belleza que dan fe de su enorme talento y creatividad, junto a muchísimas otras obras pictóricas de su mano, dispersas en colecciones particulares o en museos como el Centro Pompidou, en París, el Museo del Vaticano y muchos más en ciudades de Europa, Estados Unidos y América Latina.

Junto con su padre pintó un inmenso mural en la Central Eléctrica de Grandas de Salime, Asturias, que abarca una superficie mayor que la de la Capilla Sixtina. Otro soberbio mural suyo es el de Salzburgo, Austria, muy parecido al que pintó aquí, en San Salvador, en la Iglesia de San Benito, en gran parte deteriorado a causa de la humedad y el descuido.

Vaquero Turcios estaba dispuesto a venir a repararlo de manera gratuita y sólo pedía los billetes de avión para él y su esposa, la excelente y fina poetisa Mercedes Ibáñez Novo. Por alguna razón su modesta petición no fue escuchada.

Entre los muchos premios y reconocimientos que cosechó a lo largo de su vida podemos citar la Medalla de Oro en la Bienal de Salzburgo, en 1957; Medalla del Senado de la República Italiana, en 1959; Primer Premio de Pintura en la III Bienal de París, 1963; Premio en el Concurso de Cartones para la Real Fábrica de Tapices de Madrid, 1980. Asimismo ganó el concurso para el Pabellón de España, en la Feria de Nueva York con un enorme mural en el que Rodrigo de Triana apunta con el dedo a las tierras descubiertas en aquel glorioso momento. Ese inmenso mural proyecta gran fuerza y emoción tales que al verlo uno casi puede escuchar el grito de "¡Tierra!": ¡Nuestra América!

Otra gran obra de Vaquero Turcios fue la ilustración de La Divina Comedia, de Dante. En Roma se realizó en los años 50 una importante exposición de tres grandes artistas que ilustraron La Divina Comedia: Gustave Doré, Salvador Dalí y Vaquero Turcios. Recuerdo que esas ilustraciones las trabajó, en su mayor parte, en París, en la ciudad Universitaria, donde se hospedaba. Por las noches llegaba a mi casa, con las planchas todavía húmedas. Las extendíamos en el suelo y pasábamos horas junto con mi marido, admirándolas y comentándolas. Siempre he considerado un privilegio haber asistido a esos momentos de intensa producción. Vaquero Turcios, nacido en Madrid, en 1933, falleció a los 77 años, en plena actividad creativa, mientras trabajaba en proyectos a punto de ser realizados.

Al llorar con inmensa pena la desaparición de este extraordinario artista hispano-salvadoreño, hacemos votos porque se restaure y proteja lo que queda de ese tesoro de los murales de la Iglesia de San Benito.

Sobreviven al artista su esposa Mercedes Ibáñez Novo, y sus cuatro hijos, herederos del talento de su padre: Joaquín, arquitecto; Tomás, pintor y músico; Juan, fotógrafo y Andrés, diseñador.