15 oct. 2005

No. 5, Año 1

San Salvador, 15 Octubre 2005.

En este número:
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Editorial
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El hombre invisible
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"...Aterricemos finalmente en el tercer territorio -después de la guerra y el sexo- más fecundo para la fantasía del anonimato: las artes..."

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1.Palabras de ultratumba
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Lydia Nogales
Poemas de Niebla
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"...En 1947 el periódico La Tribuna publicó unos versos de una poetisa desconocida, una joven llamada Lydia Nogales. Según se dijo, padecía de tisis, y escribía sus versos melancólicos en el volcán de Santa Ana, en espera de la muerte..."
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Alvaro Menen Desleal
Teatro
Luz Negra (Fragmento)
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"...El verdugo afila una vez más – la última vez – el hacha. Yo aprieto mis dedos por el frío y porque, con esa preocupación profesional suya en los detalles, el verdugo evidencia que intuye lo que en mí es ya certeza: que el condenado es él. Que yo soy el verdugo..."
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2.Pienso, luego existo
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Martín Callado.
La poesía dice todo lo que necesita decirse
Miguel Huezo Mixco

"...Nuestra amistad nació, pues, por causa de una infamia..."

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El escritor fantasma
Jacinta Escudos

"...Cuando abrimos el libro, en la solapa donde debería estar la foto del autor, había un espacio negro y una gran X encima..."

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La palabra en la tormenta
Alvaro Rivera Larios

"...Si no es lava, es lluvia; si no es la tierra, es el cuchillo. Aquí el mundo continuamente golpea a la puerta y llama al poeta. ¿Cómo salir?..."

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La feminización del otro (I parte)
Rafael Lara Martínez

"...La feminización del otro y, a menudo, su naturalización, es uno de los fundamentos míticos de la modernidad colonial del occidente..."

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El doctor Waldo Chávez Velasco que conocí
César Martínez-Estrada

"...Descubrí en el parque San José un viejo libro que adquirí por algo menos que un colón; el único que podía obtener a tal precio. Fábrica de Sueños, obra teatral de un dramaturgo salvadoreño adolescente Waldo Chávez Velasco. Metí el minúsculo libro en el bolsillo de mi pantalón, protegiéndolo de la lluvia, y fui en busca de cervezas..."

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3.creaCción de arte
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Textos poéticos
Alfonso Kijadurìas

De un maestro poeta, breves textos en los que la línea que separa al poema y la parábola, al poema y al relato mínimo, se disuelve tras un fino velo de seda oriental.

"...He creado un mundo imaginario. Lo peor es que no puedo salir de él. De haber sabido que iba a vivir en él, lo hubiera imaginado diferente..."
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Novela (Fragmento)
Carmen González-Huguet
En busca del paraíso

De su novela inédita, ganadora del premio de novela corta en los X Juegos Florales de San Salvador, este fragmento.

"...¿Pero no era así siempre?, se preguntó de pronto. ¿Cuándo asimos la realidad de otra persona? ¿No nos llega el ser de los otros filtrado a través de múltiples, infinitas mediaciones?..."
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Poesía por entregas (4/9)
René E. Rodas
El libro de la penumbra

La soledad, la duda y el olvido aparecen en la penumbra, en esta entrega poètica de una de las voces màs acuciosas de los ùltimos tiempos.

"...Días y noches me tomó descubrir esta soledad que es la mía, pero apenas un breve instante descubrir el pavor./ Si no hay otro que pueda estar en mi total aquí, ¿cómo negar que yo soy?..."
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4. Retorno del hijo pródigo
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René E. Rodas
Un mundo en blanco y negro

"Al fin prendió la luz del portal y entreabrió la puerta con lenta desconfianza. Era una noche de esos eneros de Montreal en que el frío es un verdugo quebrantahuesos..."

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5. Lo que el viento se llevó

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Retratos fragmentados
Mayra Barraza

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ESFOTO05
Walterio Iraheta

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6. Hora salvadoreña

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Exposiciones, conferencias, presentaciones de teatro, musica y danza, cine alternativo, constantemente actualizado.

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7. Al infinito y más allá

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¿La moraleja de la historia? leala en Piel de asno de C. Ferrault,

numerosos enlaces a la noticia del momento:

el Premio Nobel de Literatura,

y sobre la última exposición del artista cubano Kcho.
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8. Color local

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Premios al cineasta Jorge Dalton,

el Museo de la Ciudad de Santa Tecla

y nueva publicación de poemas de la editora Aída Escalante.
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9. La P-41 de Adrián

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Benjamín Cañas

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10. De rumores y risas

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Golpe avisa

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11. Convocatorias

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III Bienal de Arte Paiz de El Salvador
Imagining ourselves
Me escoltan mis dos abuelos
Premio Biblioteca Breve 2006
Becas de Residencia

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12. Voces

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El hombre invisible


I
Durante todo este tiempo no he hecho otra cosa que autocensurarme
y ponerme máscaras para que usted crea que estoy autocensurándome
y poniéndome máscaras. Pero si se fija un poco verá la verdad.
Es más fácil dejar que los demás lo vean a uno
que verse uno mismo.
Le voy a sugerir a alguien que piense en esto.
Augusto Monterroso


Recuerdo la primera vez que fingí ser otra persona. Tendría unos once años cuando le escribí una carta de amor a mi madre. Intuía, con una lógica aberrante, que si lograba que mi padre tuviera celos, él dejaría de maltratarla. Juntos se acercaron a mí, ese día, y me enseñaron la carta. No dije nada; ellos tampoco. (mira al vacío) Guardamos un silencio decoroso lleno de interrogantes.

Mi segundo recuerdo es más común: alterar mi edad en el documento de identidad. Unos años más para poder bailar y beber cerveza no hacen daño a nadie. El arte de entrar a lugares prohibidos cobró un nuevo giro el día que olvidé mi carné de identidad en casa. No podíamos regresar, estabamos muy, pero muy lejos. Tomamos turnos para entrar con el carné de una amiga. Extraño fue que nadie notara la diferencia. (se rasca la cabeza)

Hablando de cervezas, las innumerables borracheras creo que no cuentan en este afán por enumerar mis alter-egos; beber hasta quedar inconsciente no clasifica en esa grandiosa mentira que es convertirse en otro. Lástima, tengo grandes historias de esos tiempos que tendré que reservar para otra ocasión. (se ríe) Pero dejemos las frivolidades de lado…

Recordemos los tiempos de la guerra, la clandestinidad, los cambios de nombres y claves secretas. Era demasiado joven, pero recuerdo haber conocido algunos comandantes y militares, amigos de amigos. Hablaban en voz baja, buscaban algo entre las sombras, salían sigilosamente. “Pelean por ustedes” recuerdo me dijo una vez el padre de mi mejor amigo. No sabía que pensar. (mirada en blanco, luego cambio repentino de humor)


II

Yo es otro.
Rimbaud


Aterricemos finalmente en el tercer territorio -después de la guerra y el sexo- más fecundo para la fantasía del anonimato: las artes.

En las artes visuales encontramos el combativo ejemplo de las estadounidenses Guerrilla Girls, quienes, desde 1985, asumieron seudónimos de importantes pintoras como Frida Kahlo. Aparecían en público con máscaras de gorilas y publicaban información que ponía en evidencia la discriminación de género en las esferas del arte. Su misión: ser la “conciencia del mundo de arte”.


En literatura hay grandes maestros de esta ficción de identidades, sobre todo en el teatro. Pero hablando de la vida de los escritores, tenemos como maestro a Fernando Pessoa y sus tres heterónimos, los poetas Alberto Caeiro, Ricardo Reis y Álvaro Campos. Bioy Casares y Jorge Luis Borges, bajo los seudónimos H. Bustos Domecq y B. Suárez Lynch, escribieron buena parte de su obra compartida en un estilo particular y reconocible, alejado cada uno del propio. Augusto Monterroso confiesa en sus memorias haber publicado en México bajo el nombre de un personaje ficticio: E.T. o Eduardo Torres. En El Salvador nos encontramos con la dulce Lydia Nogales quien fuera en realidad la voz poética femenina del escritor Raúl Contreras.

Lo que podemos observar claramente es que anonimatos intencionales, en el estricto sentido de la palabra, hay pocos. Según el Diccionario de la RAE, anónimo es dicho de un autor “cuyo nombre se desconoce” y seudónimo es el “que oculta con un nombre falso el suyo verdadero”. Bonito juego de palabras. (Ver aquí la noticia sobre el más de medio millón de salvadoreños que no existen legalmente.)

¿Qué hay detrás de un nombre? Una distancia infinita: hacia atrás todo su pasado y hacia delante el camino que éste le extiende. El nombre es el depositario de la identidad de cada persona. Y para cada quien ese nombre evocará una suma de cualidades diferente que dependerá de los atributos que le tenga asignados de antemano. Recordemos el cuadro de René Magritte titulado Esto no es una pipa en el que pinta precisamente una pipa. Hagamos la prueba: Neftalí Ricardo Reyes Basoalto. Ahora: Pablo Neruda. Y sin embargo son la misma persona. Así como este hay muchos ejemplos, Claudia Lars: Carmen Brannon, Isak Dinesen: Karen Blixen.

Olga Santeliz Iturrieta en su Diccionario de Historia de Venezuela nos relata que “también Simón Bolívar se valió de los seudónimos en los avatares de su vida pública, utilizando el de J. Trimiño para firmar las sátiras contra José Domingo Díaz, en una “Carta al redactor de la Gaceta de Caracas” publicada en el núm. 56 de la Gaceta de Bogotá el 20 de agosto de 1820. El Libertador había utilizado “Un Caraqueño” para firmar su Memoria a los ciudadanos de Nueva Granada en diciembre de 1812 y “Un Americano” para la Carta de Jamaica de 1815.”

Pero basta de lucir citas que no vienen al caso. Vamos cerrando ya este largo editorial.


III


…esta vez se desvaneció muy paulatinamente,
empezando por la punta de la cola y terminando por la sonrisa,
que permaneció flotando en el aire un rato
después de haber desaparecido el resto.
Alicia en el país de la maravillas
de Lewis Carroll


Como Cheshire, el gato sonriente de Charles Dodgson (nombre real de Lewis Carroll), queremos mostrar en este número algunos ejemplares del arte de ser otro.


Incluimos dos poemas de Lydia Nogales, el alter ego poético de Raúl Contreras con un extracto de la presentación realizada por Ricardo Lindo (quien por cierto también publicara un libro de poemas bajo el seudónimo de Jesurum) a la edición de la DPI, narrando con su familiar candor el misterio Nogales. Ahí mismo, en Palabras de Ultratumba incluimos un extracto de la magistral obra teatral de Alvaro Menén Desleal (quien en su partida de nacimiento figura en realidad como Menéndez Leal) Luz Negra, en que dos cabezas degolladas comparten un tierno diálogo.

En este número también, poemas de un maestro poeta de seudónimo Kijadurías. Breves textos, en los que la línea que separa al poema y la parábola, al poema y al relato mínimo, se disuelve tras un fino velo de seda oriental. Con muy pocos elementos, el poeta pone ante nuestros ojos mundos intensos, irónicos a veces, agobiantes otras, pero siempre de un acabado exacto y de un rigor de miniaturista. Palpita, en estos textos de Kijadurías, la conciencia de la brevedad de la vida, la ilusoria identidad del ser y esa posibilidad, siempre a la vuelta de la esquina, de ser otro, otros, sin que eso modifique ni mucho ni poco nuestro destino humano. Que disfruten.

Lydia Nogales

Poemas
La Niebla

Ángel en mí

Te estoy hablando bajo, muy bajito,
sin voz, como se le habla a los querubes.
Pero sé que me entiendes y que subes
del fondo de mi sangre hasta mi grito.

¿Grito? ¿Por qué? Si mi dolor contrito
te percibe sonriendo entre las nubes.
¡Si aquí estoy aguardando a que te incubes
en la sed de mi hondón, ángel proscrito!

Angel en mí, lejos de mí. Tan leve
Que ni a nombrarte la ilusión se atreve.
Y, sin embargo, la ilusión te nombra.

Angel en mí, lejos de mí…que existe
sin existir. Porque mi carne triste
bebió tu luz para alumbrar su sombra.


La dama gris

La Dama gris, la de las manos finas
y ojos color del tiempo, me acompaña…
En mi sed de ascensión, qué fiebre extraña,
qué cansancio de luz en mis retinas.

Aquí, soñando al pie de la montaña,
la Dama gris me envuelve en sus neblinas.
Ayer, un vuelo azul de golondrinas…
Hoy, un leve temblor de telaraña.

¿Y después?... Sólo sé que cuando el monte
se ensanche más allá del horizonte,
mi sueño inútil rodará en pedazos.

Y entonces muda, resignada, inerme,
igual que un niño triste que se duerme,
la Dama gris me tomará en su brazos…




Tomado de libro Versos del Ayer de Raúl Contreras, DPI: San Salvador, 1998. El siguiente fragmento fue tomado de la presentación escrita por Ricardo Lindo al mismo libro.

En 1947 el periódico La Tribuna publicó unos versos de una poetisa desconocida, una joven llamada Lydia Nogales. Según se dijo, padecía de tisis, y escribía sus versos melancólicos en el volcán de Santa Ana, en espera de la muerte.

Su aparición literaria y fantasmal dio origen a las más arduas controversias. Diversos escritores aplaudieron su llegada. El crítico Luis Gallegos Valdés dijo que se trataba de un infundio, una invención fabricada por sus presuntos padrinos, Hugo Lindo, Raúl Contreras y el guatemalteco Manuel José Arce y Valladares, a los cuales se sumó Alberto Guerra Trigueros. Se formaron bandos de nogalistas y antinogalistas. El debate entre quienes creían en su existencia o la negaban y entre quienes le concedían valor o no, llegó hasta la primera plana del periódico…

…Más nadie había visto a la autora de Niebla, ni el apellido Nogales perciera ser conocido de ninguno, en Santa Ana al menos. En Guatemala, adonde llegó su fama, se dijo que era nativa de Quezaltenango. Una excursión de poetas y soñadores recorrió el volcán de Santa Ana para dar con su paradero. La batida de caza fracasó.

Pocos fueron los mese de aparición de los poemas de Lydia. Una aislada y última entrega literaria fue publicada con motivo del fallecimiento de Alberto Guerra Trigueros.

Pero Lydia Nogales no existía. Finalmente se supo que su creador era Raul Contreras, quien paso a llamarla su “hija espiritual”…


Alvaro Menen Desleal

Teatro
Luz Negra
(fragmento)


PRÓLOGO

Obscuridad. O luz total.

Entra El Hombre. Le han cortado la cabeza y tiene las manos atadas a la espalda. Dice un monólogo – que podría igualmente llegar del espacio – con el tono propio de quien pronuncia una parábola. Sufre; mas, dentro del sufrimiento, se adivina un gozo que, con todo, no nos convence. Se mueve con una floja, lenta naturalidad. O permanece quieto.

Un silencio antes de comenzar.


El verdugo afila una vez más – la última vez – el hacha. Yo aprieto mis dedos por el frío y porque, con esa preocupación profesional suya en los detalles, el verdugo evidencia que intuye lo que en mí es ya certeza: que el condenado es él. Que yo soy el verdugo.

Ahora subo, paso a paso, los escalones del cadalso. Lo hago lentamente, morosamente, no sólo porque llevo atadas las manos a la espalda, sino también porque, con esta lentitud y morosidad, sufre el verdugo; es decir, mi víctima. Me detengo arriba y veo, en redondo, los ojos ávidos de la multitud. Yo puedo ver ese paisaje cara a cara; el verdugo, pese a la negra máscara que grita su identidad, sólo puede verme a mí.

Y tiembla. Estoy seguro de que tiembla. Necesita, para disimular sus estremecimientos, sujetar duro el hacha.

Cuando apoyo el mentón sobre la casta superficie de madera, el verdugo levanta el filo y lo descarga con un supremo esfuerzo, sin pausa ni tardanza. Mi cabeza rueda, y se desploma mi cuerpo; pero su esfuerzo me redime a mí, y esclaviza para siempre a mi víctima.

El verdugo mira mi sangre, y yo clavo los ojos en el cielo.


PRIMER CUADRO
(Nota del Editor:Extracto)

MOTER
(Abruptamente) ¡Shssss!

Entra el hombre que acompañaba a la muchacha. Observa a los dos; luego cubre con un pañuelo la cabeza de Moter, ocultándole la cara. Se persigna y sale por donde entró. Tiempo.

GOTER
Se ha ido.

MOTER
¡Maldición! Me ha puesto un pañuelo sobre la cabeza, y oculta mis ojos.

GOTER
¿Un pañuelo?

MOTER
Sí, el muy estúpido.

GOTER
Acostumbran cubrir los cuerpos.

MOTER
Ya lo sé; pero ¡maldita la gracia que me hace!

GOTER
¿Te molesta respirar?

MOTER
No respiro.

GOTER
Es verdad.

MOTER
Me molestan su perfume y su tejido; son ordinarios. Y me impide ver; sólo percibo el resplandor blanquecino de la luz.

GOTER
No temas; debes tener fe.

MOTER
¡Tener fe! La fe es miedo.

GOTER
Al menos, las moscas no te molestarán.

MOTER
De todas maneras, las siento arrastrarse por el pañuelo y oigo el ruido de sus alas.

GOTER
Es una ventaja. A mí se me paran en la nariz; cuando tocan mis párpados, es insoportable; pestañeo rápido para ahuyentarlas; pero ellas son inteligentes y ya descubrieron lo que soy y lo que puedo.

MOTER
Proyecta tu labio inferior y sóplalas.

GOTER
(Prueba) Es difícil.

MOTER
No tanto. Yo lo hago desde hace mucho; casi desde el principio.

GOTER
Entonces había público; estaba llena la plaza, y lo habrían notado.

MOTER
Cuando la gente se fue; cuando quedamos solos.

GOTER
Al irse la gente comenzaron a llegar las moscas, como cuervos sin esqueleto.

MOTER
La gente trajo las moscas.

GOTER
Las moscas llegaron después.

MOTER
Las trajo el pueblo. Siempre tiene moscas.

GOTER
¡Vaya manera de pensar!

MOTER
Es asqueroso… Miles de ojos se clavaron en mí, y hubieran querido quemarme vivo.

GOTER
Te odiaban.

MOTER
Tal vez… Cuando te trajeron a ti, tuve tiempo de examinar mejor las reacciones del populacho.

GOTER
¿Qué viste?

MOTER
Lo mismo. Cuando tú llegaste, los ojos también se clavaron en ti…

GOTER
¿Cómo me miraban?

MOTER
Con odio. Te miraban con odio… Cada empellón que te daban los guardias, el populacho lo celebraba con un coro de rugidos. ¡Nunca vi gente tan satisfecha!

GOTER
¡No era satisfacción!

MOTER
¡Era satisfacción! La gente estaba contenta de observarte pálido, temeroso, los ojos desencajados. Los más cercanos al patíbulo se paladeaban de gusto al verte con la boca seca por el miedo.

GOTER
Yo no tenía miedo.

MOTER
Me pareció que era miedo. Tú sabrás. La gente creyó lo mismo y por eso gozaba. El pueblo es sádico…

GOTER
No es cierto.

MOTER
No sólo es sádico: también es masoquista. (Pausa breve) Es duro a estas horas reconocer nuestra propia estupidez… ¿Lloras?

GOTER
(Se esfuerza por ocultarlo) No; no lloro.

MOTER
Nos ajusticiaron juntos porque el pueblo creyó que un idealista y un ladrón son la misma cosa y que, por tanto, merecen la misma pena. Si un guerrillero triunfa, es un héroe; si le capturan en la montaña, es un asaltante y lo ejecutan…

GOTER
No sigas.

MOTER
Quizás tengan razón. Algo más que usar nombres falsos hace iguales a un revolucionario y un ladrón vulgar. El pensamiento es un robo… Cortar cabezas es hacer justicia.

GOTER
No fue justicia.

MOTER
En todo caso, fue su justicia; así la llaman: “Justicia”, con mayúscula. ¿Leíste la hoja suelta que hicieron circular en la plaza a la hora de las ejecuciones?

GOTER
No.

MOTER
Allí lo decían… Esos papeles ensangrentados que están en el suelo, lo dicen: es la justicia la que nos cortó la cabeza…

GOTER
La justicia es ciega.

MOTER
Ni siquiera es tuerta: puso bien el filo. Y nos ataron en la Plaza para que quedara constancia en cada ojo, para que tomaran ejemplo, para enseñar que el crimen no paga, que robar se castiga con la muerte…

GOTER
Yo no robé.

MOTER
…Que pensar se castiga con la muerte.

GOTER
Eres cruel.

MOTER
Nuestra muerte fue un espectáculo. O, mejor aún, una clase, una clase para párvulos. El pueblo aprende así que es malo robar, que es malo pensar… Esa es la ejemplaridad; yo nunca pensé en la muerte al momento de delinquir. Por el contrario, sentí siempre, cuando estafaba, una especie de fruición, de placer sensual. Yo, el delincuente, sé bien lo que digo: como pena, la muerte es un mito, una estupidez. Más todavía: es una coronación. El criminal llega a la cima de su carrera cuando es condenado a muerte. Es entonces cuando su papel de villano se transforma en papel de héroe. Todos hablan de él; los periodistas lo entrevistan, y los niños juegan al condenado y al verdugo: hachas de madera cortan cabezas infantiles… Pero si yo, como criminal, sentía un placer sensual al delinquir, el juez, el verdugo y el público sienten, cuando es ejecutada la pena, un placer mayor, un placer sexual…

GOTER
(Silba una tonadilla)

MOTER
¿Porqué silbas?

GOTER
Para no oírte. ¿Acaso te molesta?

MOTER
No es que me moleste; pero no está bien.

GOTER
Vamos, el trance no es tan amargo.
(Goter silba y Moter sopla el pañuelo)

MOTER
¿Ves cómo si tienes miedo?

GOTER
¿Qué te hace creer eso?

MOTER
Porque silbas. Uno hombre silba sólo en dos circunstancias: cuando esta contento y cuando tiene miedo. Tú no estás contento.

GOTER
Podría estarlo.

MOTER
No lo estás…

GOTER
Es inútil fingir: no estoy contento. Y sé que tampoco lo estás tú.

MOTER
Podría estarlo

GOTER
No lo estás

MOTER
Y tú, ¿cómo lo sabes?

GOTER
Porque hablas. La palabra la usan los charlatanes y los profetas, los convencidos y los estafadores…

MOTER
Yo soy un estafador.

GOTER
Eres un muerto.
(Pausa)

MOTER
¿Dónde moriste, Goter?

GOTER
No sé; ¿y tú?

MOTER
Tampoco lo sé.





Martín Callado

La poesía dice todo lo que necesita decirse
Por
Miguel Huezo Mixco

Conocí a Martín Callado ya hace varios lustros. Su amistad llegó de una manera inolvidable, un día del mes de mayo de 1975. Esa tarde, mientras Ignacio Ellacuría salía por la puerta del aula donde nos impartía su clase de Filosofía IV, Martín Callado llegó a mi pupitres, me extendió una hoja impresa y me dijo: «¿La leíste ?». Era el comunicado donde el ERP informaba sobre la muerte de Roque Dalton, bajo la acusación de ser agente de la CIA.
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Nuestra amistad nació, pues, por causa de una infamia. A partir de ese encuentro, comenzamos a vernos en los pasillos para hablar de libros y poesía. Y luego, en mi diminuto apartamento de estudiante, donde leímos, reímos y fumamos todo lo que se pueden imaginar.
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Siempre supe, a lo largo de una amistad que tiene ya treinta años (¡qué jóvenes somos aún!), que Martín deambulaba por los caminos de la poesía. Apenas ahora se ha decidido a ponerlos bajo el sol de «ciberia», al alero del Ojo de Adrián, no sin cierta resistencia, bajo la única condición de hacerlo con seudónimo.
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¿Por qué un seudónimo? En este mundo de respuestas ríspidas, en donde por abrirse el corazón uno puede ganar enconos gratuitos, a veces es preferible mantener el nombre propio lejos de los tiroteos. Siempre es una opción. Pero en este caso, el término « seudónimo » talvez no sea el más feliz. No se trata de un nombre falso, sino de un nuevo nombre. El nombre que el autor prefiere mostrar, o el nombre con el que prefiere mostrarse en un mundo, el mundo del arte y las letras, que, contrariamente a lo que podría pensarse, está lleno de tiradores ansiosos. El nombre que adopta es, ante todo, un reflejo. Tengo el privilegio de conocerlo en persona, y puedo decir que sí, que es de los que prefieren el silencio. La poesía dice todo lo que se necesita decir.
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El último de los oficiantes
Por
Martín Callado

Cuando las cenizas se acomodaban
Y las pequeñas briznas de braza
encontraban su exacta geometría
podía conversar con Francisco el Hombre
A veces pequeñas y suaves
como ingrávidas virutas grises
se posaban en mi ropa sus palabras
Otras veces
en el silencio ardiente del rescoldo
adivinaba clara su presencia
Permanecía quieto
como en silencio
Pensativo
Las pequeñas brazas rojas
entonces
casi ocultaban su alma de ceniza
Francisco el hombre
conocía el secreto de las lunaciones
Y era sencillo como el fuego de la hoguera
Sabía todas las lenguas
Y hacía milagros con sus gestos
Había padecido todas las pestes
y presenciado el desenlace de las guerras
A menudo tomaba la forma de un perro
Cuando yo lo conocí
Y por virtud de una metáfora
guardada celosamente
pude verle tal como era
De ese entonces data también
nuestra feliz y común amistad
con el señor de las cosas simples
La última vez que desapareció
nos habíamos acostumbrado a la muerte
Cuando nos despedimos
en la noche de la guerra
me mostró de nuevo su mirada limpia
Y un rastro de brazas cenicientas
se dibujó en el sendero
Desde entonces me pregunto
Si seré yo el último de los oficiantes

El escritor fantasma

Por
Jacinta Escudos

Estábamos con Salvador Canjura, a inicios de este año, en la que para mí es de las mejores librerías de San José, Nueva Década, escarbando libros, cuando descubrimos la edición en Tusquets de Mason y Dixon de Thomas Pynchon. Cuando abrimos el libro, en la solapa donde debería estar la foto del autor, había un espacio negro y una gran X encima.
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No sé cómo lo ha logrado, pero Pynchon es uno de los escasos autores que no se dejan retratar, ver en público ni dar entrevistas. Hay como 3 ó 4 fotos bastante antiguas de él. También está la ya famosa versión de los Simpson. Pareciera una excentricidad de Pynchon el hacer esto. Y repito, no sé cómo se las larga, cuando las editoriales prácticamente exigen que sus autores se integren al circo de las presentaciones de libros, fotos, entrevistas de radio y T.V., giras y firmas de libros.
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Leyendo un artículo en
Radar Libros sobre Pynchon, pensé que en realidad, al final, así debería ser. Los libros deben ser capaces de salir por sí mismos, de "dar la cara" por ellos mismos, sin su autor, que debe quedar dos pasos atrás, en las sombras. Esto obliga, de algún modo, a que el autor se afane en la calidad literaria, a que el lector se enfoque en la lectura del libro y no se disperse con las inequívocas señales de algo que diga o deje de decir el autor o la editorial o la prensa. Esto por supuesto también obligaría a las editoriales a esforzarse en publicar calidad literaria y no a armar elefantes blancos de ventas, sin importar los bodrios que lance a publicación.
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Demasiado ha distorsionado el mundo actual la supuesta necesidad de que el autor participe de lo que insisto en llamar un circo. ¿Por qué hay demasiada oferta?, ¿por qué hay demasiados autores y libros publicados? Los que comienzan a escribir vienen ahora con la idea de ganar un concurso, de ver su foto en el periódico, de ser "famoso" (para lo que sirva), y pierden de vista que escribir es, más allá de eso, un proceso de profundo auto-conocimiento y de un afianzar la vida, el mundo, una búsqueda de nuestro lenguaje personal, de nuestras historias, nuestras transformaciones y evoluciones. Es lo que hemos olvidado con tanto flash.
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Bien por Pynchon, de quien deberíamos aprender a desinflarnos el ego.

La palabra en la tormenta

Por
Alvaro Rivera Larios


La literatura es una dimensión especial y los literatos una casta donde abunda la autoestima y la distancia del mundo.

Escribir es casi una religión privada que muchas veces nos priva del contacto con la vida. Persistir en nuestro amor a las palabras puede ser una forma privilegiada y aplaudida de egoísmo.

Pero a veces llega una tormenta que desordena furiosa el mundo y acaba trastocando, de un manotazo, los papeles más íntimos, el dudoso equilibrio desde el cual levantamos nuestras voces.

Es como si alguien, en plena tormenta, golpease desesperado nuestra puerta. Como si reclamase no nuestras palabras, sino nuestros cuerpos y nuestras acciones. ¡Hay que salir! -nos gritan, y en este momento haces falta.

¿Cómo salir? Un ciudadano se yergue en su estatura, se pone una capa y sale a la lluvia. Esa es la respuesta fundamental, la única válida para enfrentarse al torrente, sumándonos a los grupos que unen sus manos para salvar otras vidas.

Un poeta, un escritor, ¿cómo acuden a la llamada del mundo? Su respuesta como ciudadanos los lleva a adentrarse en la tormenta. La urgencia reclama sus manos, pero no queda claro lo que pide a sus palabras, ni la forma en que estas mostrarán su eficacia.

El ciudadano camina varios pasos adelante del poeta, al menos mientras dure la lluvia y una pausa nos permita el recogimiento interior.

Pero esa pausa en la vida se convierte para el artista en una cesura que lo desdobla (aquí, el hombre; allá, el escritor), que separa la mano del lenguaje (aquí, los actos y su eficacia; allá, las palabras y su peso inane). Ni siquiera el escritor que concede un peso a la literatura dentro de la realidad confía plenamente en sus poderes. Si ha de intervenir en la inmediatez del mundo ve con más claridad la respuesta de una mano.

Esa cesura, tantas veces lamentada como una atrofia del artista, también le permite desde la alienación del orden práctico, contemplar el curso de los hechos. Ese estar y no estar, ese ser mano y ser palabra, son el mirador del poeta, el lugar desde el cual la contemplación interviene en la forma en que interpretamos la violencia de la lluvia.

Sin las manos, el mundo nos devoraría; sin la contemplación el mundo sería ininteligible para las manos.

Si no es el hombre, es la tormenta. Lo cierto es que la brecha moderna en la que el arte, distanciado del mundo, fija sus propias leyes y prioridades, no resulta fácil de establecer en Mesoamérica. Si no es lava, es lluvia; si no es la tierra, es el cuchillo. Aquí el mundo continuamente golpea a la puerta y llama al poeta. ¿Cómo salir?

Muchos trasladan el mobiliario teórico y las armazones formales desde otras latitudes. La literatura es una forma y un deseo que no se validan en la piedra, ni en el aquí y ahora, y que por cierto no necesitan, para existir, la presencia de las manos. Creo en eso, pero sólo hasta que estalla la tormenta. Entonces me pregunto si el mobiliario y las armazones no necesitan una cláusula que los adecue a la lava.

¿Cómo salir?

La feminización del otro (I parte)

Espacio artístico de lo étnico en El Salvador de los treinta
Por
Rafael Lara Martínez


“Como al gusto siempre le concierne la forma, y jamás el contenido,
termina por inducir en el espíritu una peligrosa tendencia a desestimar la realidad”.
FS


La antropología nos enseña a entender paradojas. Un mito es porque existe un grupo que no lo reconoce como tal. La contradicción destaca que si el grupo repara en los aspectos objetivos que enturbian su creencia, el mito deja de cumplir su función encubridora; se evapora, muestra una estética que opaca la naturaleza del objeto que percibe.

En sus inicios, la antropología sólo estudia dogmas de sociedades no-europeas. Ahora sabemos que entender cómo el occidente percibe la diferencia es un rasgo determinante de lo primitivo. La modernidad se identifica por su contraposición imaginaria con lo salvaje. Sin captar la mecánica entre opuestos complementarios es imposible comprender los polos de una totalidad indisoluble. Nos concentramos en un ejemplo único: el otro en pintura. Este paradigma ilustra una dinámica de identidad entre lo propio y lo ajeno.

Inquirimos una larga dimensión en la dinámica que opone la modernidad a lo primitivo. Por siglos, la distinción social se percibe a través de un prisma que sexualiza la diferencia. La disparidad étnico-racial descubre que toda jerarquía se entiende en término de dos extremos. Lo dominante es masculino, viril; lo dominado, femenino, débil.

La interrelación género-colonia la imagina Jan von Straet (1600) al reflejar en el espacio pictórico la dualidad Europa-hombre-vestido y América-mujer-desnuda. Este simbolismo cultural funda la primera modernidad. La primera sociedad global y flujo mundial de mercancías: el imperio español.

La segunda, la modernidad en pintura, en Les demoisselles d’Avignon (1907), Picasso reitera la temática de género y asocia la desnudez femenina con lo africano. El hombre moderno se sitúa fuera del cuadro al apreciar el espectáculo que se ofrece a su mirada.

Se generan dos esferas complementarias y opuestas. El polo positivo y lustroso se llama modernidad; su contraparte negativa y oscura, colonialidad. Lo occidental moderno se completa en sus (ex)colonias. La feminización del otro y, a menudo, su naturalización, es uno de los fundamentos míticos de la modernidad colonial del occidente.

Estas imágenes europeas anticipan la formación del canon pictórico nacional de la década de los treinta. En ese momento, cuando artistas e intelectuales se interesan por representar la riqueza regional del país, su punto de mira repite el gesto ritual que sexualiza la diferencia. Lo otro se percibe como mujer; mientras lo mismo, lo dominante, cobra figura masculina. El estereotipo occidental delimita una de las aristas esenciales de la estética regionalista, su campo de visibilidad.

La percepción de lo indígena y dominado como femenino —de lo moderno como masculino— aparece en múltiples discursos de los años treinta. Citamos el periodismo cultural (Manuel Castro Ramírez y su concepto de “pueblos femeninos” como antecedente ideológico de la idea de subdesarrollo o tercer mundo), la publicidad (su afición por el semidesnudo femenino y referencias exclusivas a sus órganos genitales), la pintura (Salarrué, José Mejía Vides y Valero Lecha), la narrativa (“La honra” como paradigma del abuso sexual y la revuelta de 1932 como reclamo de justicia en materia de acoso sexual), el folclor (fomento del vestido indígena femenino) y la promoción turística (Revista El Salvador de la Junta Nacional de Turismo y su afición por la gala indígena femenina). La feminización del otro es un rasgo común de la epísteme de la época.

El doctor Waldo Chávez Velasco que conocí

Por
César Martínez-Estrada

En 1987, yo recién había abandonado los “hábitos sacerdotales” y adquirí sin dificultad los “hábitos laicos” de una sociedad que me tendió las manos para vomitarme luego en una cárcel. Allí amanecí un día, entre borrachos, truhanes y vendedores de falsos billetes de lotería. Estos datos poco importan, siempre que no sirvan para ilustrar una época en la que desarrollé la costumbre de vagar por los recovecos del centro de san salvador (perdonen que escriba el nombre de mi capital con minúsculas; si alguien me lo pide, yo explicaría mis motivos) con energía. Una vez entrada la noche, cuando la ciudad comenzaba a llenarse de miserables, yo salía en busca de un beso.

Aquél beso siempre me supo bien. Era un beso a la Libertad, el más bello don, el único por el cual valía la pena morir o matar. En mis estudios de filosofía había aprendido mucho sobre Ella y había incluso escrito algunos ensayos que me valieron los apodos de “Filósofo”, “Antropólogo”, “Sofista” o “Diógenes”. Pero en mi nueva condición me faltaba mucho por conocer; sin embargo, estaba muy dispuesto a aprender y eso incluyó algunas noches de cárcel. Descubrí en el parque San José un viejo libro que adquirí por algo menos que un colón; el único que podía obtener a tal precio. Fábrica de Sueños, obra teatral de un dramaturgo salvadoreño adolescente Waldo Chávez Velasco. Metí el minúsculo libro en el bolsillo de mi pantalón, protegiéndolo de la lluvia, y fui en busca de cervezas.

(Estos párrafos son más o menos parte de unas páginas que vengo escribiendo desde hace tiempo. Narran mis encuentros con personajes de la vida cultural y política salvadoreña. Retomo los que describen mi encuentro con Chávez Velasco y los transcribo con pequeñas correcciones, a unas semanas de su muerte y luego de haber leído dos artículos firmados por Giovanni Galeas y Lafitte Fernández, que hacen mención a las experiencias entre ellos y mi personaje.)

Es necesario explicar que considero a Waldo (ahora puedo llamarlo “Waldo”, Robespierre, Sadam Hussein, Rasputín, Terminator o Satanás, como le apodábamos a sus espaldas sus empleados) uno de mis maestros. Supongo que él me llegó a considerar su alumno algún momento. No es cierto que fuera mi maestro ni yo su alumno. Alguna vez me dio consejo literario y me reveló trucos periodísticos. Adivino que por su desconfianza natural, su olfato de sabueso entrenado por la CIA, ese pulso para detectar a los comunistas, enemigo a muerte de los revolucionarios criollos, nunca me tomó en cuenta para llevar a cabo sus planes patrióticos con los que neutralizaba las ideas desestabilizadoras contra el Estado de Derecho. Planes que paría a las 6 de la mañana, sentado frente a una Olivetti en su escritorio de Casa Presidencial (mismo que yo abría por las noches, después de emborrachar a algún guardia, para buscar documentos comprometedores que jamás encontré, y en donde yo le hacía el amor a Ivania, una vecina del cuartel el Zapote a quien Eugenio Martínez Orantes le escribía poemas cursis con rosas pintadas).

Estuve cerca de Waldo. No del escritor, un personaje inventado en sus últimos años para limpiar su historia, sino de otro que trataré de explicar más adelante. El nuevo Waldo, creado después de la guerra que él mismo había alimentado, asistía a eventos culturales, conciertos de la orquesta sinfónica, funciones teatrales y participaba en debates entre intelectuales. Incluso se atrevía a publicar libros para labrar su mito. Al mismo tiempo, mantenía una oficina en la colonia Escalón, subsidiada por los gobiernos de derecha. Recibía información que utilizaba para mantener a raya a ex-comandantes guerrilleros metidos a la política. Sé que invitaba a jóvenes escritores a cenar a su casa y que hablaban de literatura, artes plásticas, el clima, etc. Me invitó en una ocasión pero no asistí, porque yo sabía que no era sólo una comida, sino un diagnóstico de mi personalidad. Era su trabajo: descubrir las inclinaciones políticas y conocer a sus comensales para luego vigilarlos, acecharlos y finalmente, reclutarlos. Hubiera significado sentarme con mi verdugo. No podía arriesgarme, sobre todo porque él sospechaba -sin razón- que durante un tiempo yo tramé en su contra. Años después lo encontré con su mujer en la Galería Espacio. Fue muy amable conmigo y una vez más insistió en que debíamos reunirnos en el rancho de playa que tenía un amigo suyo. Yo no tenía empleo y se ofreció a interceder para conseguirme una plaza en un ministerio. Parecía inofensivo, débil, a punto de llorar. Sentí pena. Presentí su muerte.

Estuve cerca de Waldo. Es cierto. Pero del verdadero Waldo que él trató de ocultar, del que traicionó a Roque Dalton ante el gobierno de los estados unidos, que diseñó la muerte moral de Monseñor Romero, de duarte y la de d´abuisson; que insistió, en plena ofensiva guerrillera de 1989, a través de la cadena nacional de radio y televisión, en el asesinato de los padres jesuitas y que controlaba la inteligencia militar y hasta al presidente cristiani y a su secuaz mauricio sandoval con toda su red de espionaje. Un Waldo oscuro, manipulador, desconfiado, sagaz, hábil en política, sin amigos, muy solitario. Y por ello sé que es uno de los personajes más tristes de esta historia. Hoy me he atrevido a hablar sobre él. Siento alguna tristeza, no por su desaparecimiento, sino por los miles de muertos que dejó una época que él instigó. Este fue el Waldo que yo conocí. El otro, el escritor que en su vejez hizo las paces con Álvaro Menén Desleal, fue un personaje fracasado; trató de sincerarse y justificar sus actos pretendiendo que creyéramos que había hecho lo correcto, impulsado por sentimientos patrióticos, pero no lo logró. Cierta vez, en su oficina de la Escalón (pocos muebles, unas litografías muy feas sobre la pared, una secretaria igualmente fea y muchos papeles, tres guardias de seguridad y un gran vacío), le inquirí sin ambigüedades:

– Doctor, Dalton habla sobre usted en Pobrecito poeta que era yo. Dice cosas que no le han de ser muy gratas ¿Cree que fue justo al escribir todo aquello?
– Por supuesto. Todo lo que ha dicho sobre mí es verdad.

Por la verdad me he atrevido a escribir. Estoy casi seguro de que al doctor Waldo Chávez Velasco de los últimos días no le hubiera importado este artículo, excepto por el mal uso de los paréntesis y por la falta de revisión del mismo.

P.D.:
Luego escribir esta crónica he subido a mi biblioteca en busca de su último libro de poemas de la guerra. No lo encontré. Con tanta mudanza, no logro recordar en donde lo he puesto. Hallé, en cambio, algunas obras de teatro firmadas con una dedicatoria realmente sin significado: “para el poeta y periodista César Gabriel Martínez Estrada, con admiración y afecto”, del autor Waldo Chávez Velasco.

Alfonso Kijadurías

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Un mundo raro
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He creado un mundo imaginario. Lo peor es que no puedo salir de él. De haber sabido que iba a vivir en él, lo hubiera imaginado diferente. Pero es muy tarde ya, pues este mundo, sin yo quererlo, se ha materializado en otra parte. Un día, cuando quise volver al otro mundo, ya era muy tarde. Lo más absurdo es que quienes viven en él, no creen que son frutos de mi imaginación. Para convencerlos he comenzado a crear historias sobre el mundo que habité, antes de vivir, para siempre, en este, del que jamás lograré salir.
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El reencuentro
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Cuando yo me morí, también murió mi caballo, después de muertos nos volvimos a encontrar en Júpiter, jóvenes y felices.
Un día le pregunté si quería volver a la tierra.
-No, me respondió, porque allá volveríamos a ser lo que antes fuimos. Yo un viejo caballo lleno de garrapatas y vos el emperador, que el destierro volvió el más amargado de todos los hombres.
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El gran escape
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Por haber pintado a la princesa Pu Yi bañándose desnuda en el río amarillo, el emperador Ki me condenó a morir ahogado.
Un día, antes de cumplirse la condena, pedí, como gracia, pintar mi último cuadro: una ligera embarcación sobre las aguas del río amarillo.
Mañana, cuando venga a buscarme el carcelero, yo ya estaré muy lejos...
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Sueño
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Estábamos en la hacienda "La fuerza del destino", Jorge Luis, Tito y yo, cuando en eso apareció una mariposa, jamás antes vista por ojos humanos, tal era su monárquico esplendor. Detrás de ella venía Navokov, blandiendo una red, hecha a la medida de su fama de coleccionista de especies raras por no decir misteriosas.
Al cabo de unos minutos lo vimos volver lleno de ese asombro maligno de los niños traviesos, con la mariposa revoloteando en su red.
¡Por fin, gritó, he capturado a Chuang Tsu!

Carmen Gonzàlez-Huguet

De su novela inédita
En busca del paraìso
Ganadora del premio de novela corta en losX Juegos Florales de San Salvador.




Para Dina Posada
y para Florentino Fernández
por permitirme saquear sus recuerdos



Negar la sucesión temporal, negar el yo, negar el universo astronómico,
son desesperaciones aparentes y consuelos secretos.
Nuestro destino (a diferencia del infierno de Swedenborg
y del infierno de la mitología tibetana) no es espantoso por irreal;
es espantoso porque es irreversible y de hierro.
El tiempo es la sustancia de que estoy hecho.
El tiempo es un río que me arrebata, pero yo soy el río;
es un tigre que me destroza, pero yo soy el tigre;
es un fuego que me consume, pero yo soy el fuego.
El mundo, desgraciadamente, es real…

Jorge Luis Borges, Nueva refutación del tiempo.

Y vi: era un caballo verdoso,
quien lo montaba se llamaba "La Muerte",
y el Hades lo acompañaba.
Les fue dado poder sobre la cuarta parte de la tierra,
para que matasen por la espada, por el hambre,
por la muerte y por las fieras de la tierra
.
Apocalipsis 6,8

La página de pergamino tembló en sus manos y con dificultad leyó: "En el año de Nuestro Señor de mil y quinientos y..." La escritura laboriosa continuaba por farragosas líneas y se interrumpía al final. En el envés de la hoja, sin embargo, no continuaba el texto. De pronto se percató de que sus dedos se posaban sobre unas letras escritas hacía casi quinientos años por una mano a la que jamás llegaría a tocar. No había la más remota posibilidad de que pudiera asir a aquel desconocido, lejano pero real: un hombre que había caminado por la tierra, respirado el aire, percibido el mismo sol que entraba por la ventana en ese preciso instante. Sólo entonces la frontera de aquellos cinco siglos, tan elusiva, tan difícil de contener como el agua, se le volvió concreta y palpable, dura como un muro de hielo.

Cayó en la cuenta de lo irrecuperable y definitivo del pasado. Ese pasado que, como el pergamino, estaba condenado a destruirse para siempre, con el paulatino e incontenible fervor con que se escapaba la arena entre las manos, hasta que lo que una vez fue no existiese, ni pudiera volver a ser jamás; hasta que un día la gente dudara de si alguna una vez tales cosas habían sido verdaderas.

Algo o alguien, en su interior, se sublevó ante la idea. No, no podía ser posible que el pasado desapareciera sin dejar ningún rastro, hasta borrarse del todo de la memoria. Había que hacer algo. Había que intentar rescatar, de algún modo, todo eso que se desmoronaba. Había que detener la marcha de la ruina, el run run de la polilla, el insidioso paso del polvo. De algún modo, quiso atrapar la mano que había escrito aquellas letras, reconstruir la faz del hombre cuyos ojos habían visto, entre sus dedos, formarse los grafismos. Pero no hizo sino chocar contra el pergamino. Frontera y puente, muro y lazo, era lo único que aún quedaba como testimonio de la vida que alguna vez latió en las venas de la mano que había escrito las letras.

¿Pero no era así siempre?, se preguntó de pronto. ¿Cuándo asimos la realidad de otra persona? ¿No nos llega el ser de los otros filtrado a través de múltiples, infinitas mediaciones? ¿Cómo compartir verdaderamente la experiencia del otro? ¿Cómo saber con certeza quién es, cómo piensa, qué siente? ¿Qué torbellino le late debajo de la piel, qué ocultos designios teje su cabeza, qué fuerza mueve los huesos y la carne de sus manos?

Herida de frustración, se levantó de la silla, entregó los papeles a la mujer del guardapolvo blanco, tomó sus cosas y bajó la escalera en penumbras. El largo pasillo le devolvió el eco de sus pasos.

Afuera la esperaba el sol amortajado de una tarde de finales de siglo. El aire era frío y húmedo. Lentas gotas comenzaban a caer sobre el asfalto brillante. Cruzó la avenida y caminó durante varias cuadras. Las últimas ventas acababan de cerrar. El viento le azotó el rostro con las primeras gotas de la tormenta.

Se refugió bajo un portal. El aire era más cálido y los anteojos claros se le nublaron. Poco a poco recobraron la transparencia. En una esquina un par de mujeres envueltas en sus huipiles y cortes de colores vivos trataban de cruzar la calle. Una de ellas llevaba un bulto de ropa equilibrado sobre su cabeza. La otra abrazaba un gran ramo de rosas blancas. Avanzaban sin mirar al bus que venía sobre el otro carril. No lo pensó un segundo. Se lanzó hacia ellas, empujándolas. El bus le pasó a escasos centímetros de la sien izquierda. Cuando ambas se levantaron escuchó las frases airadas e inentendibles de una; pero la otra, que se había incorporado antes y había comprendido lo ocurrido, silenció sus protestas. Entonces la primera la sumergió en una mirada extraña, que para Hannah tuvo la cualidad de una corriente de agua cálida y palpable.

"Vas a encontrar lo que buscas" le dijo una voz que no supo reconocer pero que sonó, clara y audible, en su interior. ¿En qué idioma dijo esas palabras? La voz se desvaneció antes de poder identificar su naturaleza o procedencia. Dijo adiós con la mano, sin sonreír. Ellas la imitaron, y las tres desaparecieron en las primeras sombras de una ciudad que comenzaba a disolverse entre la niebla y la lluvia.




“…y un ángel bueno apareció
nítidamente dando órdenes al ángel malo, que traía una lanza de caza,
ordenándole que golpee en las casas. Y por cada golpe que recibía la casa,
salía un muerto de ella”
Albert Camus, La peste


Caminó por las calles solitarias. El agua persistente y mansa lo invadía todo y ponía grises hasta los pensamientos. Aunque era mediodía, las cosas parecían suspendidas por encima del río del tiempo, que fluía, insensible, bajo ellas. Todo flotaba en una inmensidad nebulosa donde la luz llegaba amortiguada por millares de plumas blancas.

Iba absorta. Un ángel que hubiera aparecido volando de improviso no habría interrumpido el hilo de sus ideas. Su larga cabellera oscura sujeta en una cola y su figura vestida de negro se confundían con el resto del panorama lluvioso como un ser translúcido en la calle anegada. Un amplio paraguas semejante a un gran murciélago, la ocultaba casi por completo. Sólo los ojos, intensos tras los lentes claros, tenían una luz inevitable.

Cruzó la calle húmeda y entró al viejo pasaje por el arco ruinoso. El edificio databa de mediados del siglo XIX y parecía salido de una novela por entregas, tal vez de Eugenio Sué o Ponson du Terrail. Había sobrevivido junto con su precariedad irremediable a múltiples terremotos, pero eso no ocupaba en aquel momento a Hannah, que subió a la carrera los desgastados escalones de mármol hasta la tercera planta.

Introdujo la llave, la hizo girar y el picaporte de bronce giró con un chirrido audible. Dentro del buzón, en la puerta, encontró varios sobres. Fue a dejarlos, sin abrir, sobre la lápida de granito que descansaba, con una esquina astillada, sobre la chimenea.

El mobiliario era escaso y maltrecho: el sofá ancho y cómodo con las mataduras disimuladas por una inmensa colcha a crochet y dos sillones de mimbre. En un rincón, el biombo escondía a la cocina. Una mesa redonda y tres sillas hacían las veces de comedor. En la esquina opuesta, junto a la ventana, el escritorio carcomido agonizaba debajo de la pila inacabable de papeles y libros acomodados a la buena de Dios. Los únicos objetos modernos eran la lámpara, la lupa de precisión y la computadora portátil, náufragos del más caótico desorden.

Colgó el abrigo mojado tras la puerta. Al fondo el cortinaje, que alguna vez apareció en una ópera, cerraba la entrada al dormitorio. Fue a sentarse al borde de la cama. Otra colcha tejida cubría el lecho. La luz partía del balcón, cerrado por una puerta encristalada, sobre la que se estrellaba la lluvia, dándole a la habitación una cambiante iluminación de acuario. En la pared, un gran espejo amplificaba la sensación irreal de la luz. Se quitó las botas, se puso unas sandalias viejas y fue a colocar la tetera sobre la hornilla. Luego tomó el manojo de cartas y se sentó ante el escritorio. Encendió la lámpara y comenzó a abrir los sobres.

En su mayoría eran cuentas por pagar. Suspiro profundo. Dejó por último un sobre algo abultado. Al abrirlo de inmediato notó el pasaje de avión. "A París", anotó mentalmente. La carta era fría e impersonal: "Buscamos a una persona con sus conocimientos —cuáles, se preguntó Hannah con sarcasmo— para que nos ayude a paleografiar documentos del siglo XV y XVI". —Qué documentos —volvió a interrogarse. Y sobre todo, la pregunta más importante retumbó en su mente:
— ¿Por qué yo?

Estaba demasiado lejos del pecado de la vanidad como para no pensarlo. Se consideraba una medianísima estudiante de Historia. Jamás había publicado. No había hecho más que contribuciones aisladas y menores al trabajo de otros: Nada especial. ¿Cómo un anticuario de París (porque eso decía el membrete en la esquina superior izquierda de la carta) podía estar interesado en contratar los servicios de una estudiante anónima? ¿Y qué tenía qué ver un anticuario con documentos de la época colonial?

La tetera silbaba. La retiró de la hornilla y vertió parte del agua hirviente en un vasito de sopa con fideos. Lo tapó. Midió dos cucharadas de cocoa en polvo y una cucharadita de azúcar y las echó dentro de una taza. Llenó con el resto del agua y revolvió enérgicamente. Hasta llegar a fin de mes tendría que sobrevivir con aquellas exiguas provisiones, saltándose el desayuno, o la cena. Estaba acostumbrada. Desde siempre había tenido que valerse por sí misma. De algún modo se las arregló para continuar sus estudios y obtener pequeños ingresos, además de la beca que le había permitido continuar sus estudios. Pero las cuentas eran otra cosa.

Llevó a la mesa la cocoa y la sopa y revisó de nuevo la correspondencia: el recibo de la luz, el del agua, el de la computadora... no tenía dudas, sin embargo: la computadora había sido una necesidad. No podía seguir adelante con aquella máquina de escribir de los tiempos de Cristóbal Colón. Se estremeció, de todos modos, cuando vio las cuentas. Y aún faltaba pagar el alquiler del apartamento. Por más que alargara el estipendio de la beca y el dinero de las clases, no lograría sobrevivir otro mes.

Miró el pasaje de avión y la carta... ¿Por qué su intuición le decía que había una trampa en alguna parte? Tomó los papeles y los agitó, confundida. En ese momento, algo cayó del sobre: Era un cheque por una cantidad de cinco cifras. Demasiado. Volvió a leer detenidamente la carta: "...nos interesan, sobre todo, sus conocimientos de la caligrafía de los escribanos locales del siglo XVI..."

Ese párrafo le resultaba incomprensible. Era cierto: Hannah había pasado tres semestres como ayudante de un experto en Paleografía, y durante el doble de tiempo trabajó sin paga en muchos de los documentos del archivo. ¿Pero cómo sabían tanto sobre ella en un lugar tan lejano?

La carta seguía: "Hemos tenido acceso a información suya por medio del profesor Johann B. Schmidt..." Por supuesto que conocía al profesor. Era su maestro favorito en la universidad, había trabajado varias veces con él. Era un erudito descendiente de los alemanes que se habían establecido en el país y habían hecho su fortuna con el café. Esa misma tarde, por cierto, tenía una clase con él. Pasaría a agradecerle que la hubiera recomendado para el trabajo y a pedirle más información sobre aquella propuesta. Continuó la lectura:

"Le estamos enviando un cheque para viáticos y el pasaje de avión. Necesitamos que se presente a nuestras oficinas centrales a la brevedad..." La despedida era formal. Un tanto cortante aun para una carta de aquel tipo. Hannah suspiró. Se puso a comer con apetito, animada ante la posibilidad de poder pagar las cuentas pendientes. ¡París! La perspectiva de conocer esa ciudad hizo que se olvidara de todas sus prevenciones. Sin embargo, ¿por qué sentía aún que había algo sospechoso en aquella propuesta inesperada?

"Estás neurótica", se dijo, mientras ponía la taza bajo el chorro del fregadero. La lavó maquinalmente y la colgó entre la hilera del estante. "¿Qué clima hace en París en mayo? Debe de ser precioso...". Fue a mirarse al espejo que le devolvió su imagen: un óvalo perfecto con dos ópalos grises engastados en medio de las negras pestañas. Nadie, sin embargo, parecía notarlos. A eso contribuían las gruesas gafas que ocultaban la mitad de su rostro.

Con un además repentino, Hannah deshizo la cola, y la cascada negra de su pelo cayó, liberada de su prisión. Se quitó los lentes y se enfrentó al espejo sin defensas. Pocas veces lo hacía. Estaba demasiado consciente de las esclavitudes que implica la belleza, pero por una vez estuvo a punto de sucumbir al pecado de la vanidad cuando, al observarse objetivamente, se encontró hermosa. El largo cuello blanco, los hombros, la tersura de la piel. Luego, dominada de nuevo por su lado práctico, abrió el armario y comenzó a hacer el inventario de la ropa que podía servirle para el viaje.

• •

“…Genoveses, venecianos y toda la gente que tenga perlas,
piedras preçiosas y otras cosas de valor,
todos las llevan hasta el cabo del mundo para las trocar, convertir en oro.
El oro es excelentísimo; del oro se hace tesoro, y con él,
quien lo tiene, haçe cuanto quiere en el mundo,
y llega a que echa las ánimas al Paraíso…”
Cristóbal Colón, Carta de Relación del Cuarto Viaje (1502-1504)
Isla de Jamaica, 7 de julio de 1503


Varias horas después, cambiado el cheque y pagadas las cuentas, el bus la dejó dentro del campus bajo la misma llovizna que caía desde hacía una semana. Echó a andar por el espacio desolado que la separaba del edificio de Historia. Al llegar preguntó por el profesor, pero la secretaria le dijo que había cancelado las clases de todo el mes porque se encontraba en un congreso en París. Esa noticia tuvo el efecto de confirmarle su idea de que era el profesor el ángel detrás del ofrecimiento de trabajo y al fin, confiada, desechó sus últimos temores.

Solicitó un permiso, consiguió la visa, arregló de la misma forma fluida y eficaz todos sus asuntos y confirmó la reservación en el primer vuelo disponible. La partida era al día siguiente a las cuatro de la tarde. Volvió a casa con una extraña sensación de irrealidad por el vuelco que había dado su vida.

Esa misma sensación aún la embargaba cuando abordó el avión y continuó cuando flotaba sobre el Atlántico, envuelta en el abrigo negro, y muerta de frío a ocho mil pies. No acertaba a explicarse lo que le pasaba. Tomó su cuaderno y escribió largo rato con los audífonos de su walkman en los oídos. Prefería eso a la plática insustancial de los demás, las dos películas, los ocho canales de música enlatada y las asépticas revistas que le ofrecieron, serviciales, las aeromozas. En cambio, la compañía familiar de Vivaldi y sus cuatro estaciones giraron varias veces de principio a fin y la envolvieron en sus interminables escalas.

Indiferente a sus compañeros de asiento y a la ventanilla oscura, de cristales dobles, dentro de la cual la escarcha dibujaba sutiles encajes, se aisló de todo tras la barrera invisible a través de la que la realidad se filtraba hasta sus sentidos y sólo se interrumpió para comer la cena de cartón que sirvieron a bordo y para estirar las piernas un rato. A pesar de su miedo atávico a los aviones, el cansancio la noqueó en las últimas horas del vuelo. No despertó hasta que el tren de aterrizaje tocó la pista con una breve sacudida. Mientras terminaba de despertar, las aeromozas recorrieron los pasillos y guardaron los audífonos y las mantas.

Con la mochila a cuestas, se internó por el laberinto del aeropuerto y desembocó al fin en la gran sala donde se arremolinaba la corriente imparable de la multitud más variopinta que había visto en su vida: Negros con largas túnicas multicolores, mujeres cubiertas por las humillantes abayas, que apenas les dejaban a la vista algo más que los ojos, caminaban varios pasos detrás de sus maridos; rubias de pupilas y cutis transparentes, sacerdotes budistas con el cráneo afeitado y brillante, envueltos en largos mantos de azafrán. Todos hablaban sin parar en lenguas que sonaban como cascadas cristalinas, como choques metálicos o como vainas llenas de semillas que estallaban de pronto.

Aturdida, se alejó y salió al andén donde los taxis arrancaban racimos de viajeros. Preguntó en su precario francés el precio de un viaje hasta París, y la respuesta la dejó muda. Aunque llevaba dinero suficiente, los años de penuria le habían dejado demasiadas respuestas condicionadas acerca del dinero como para permitirse lo que juzgó un despilfarro. En cambio preguntó a un empleado por el lugar donde paraban los autobuses. Este, un argelino de generoso mostacho, le señaló el lugar. Compró a la máquina el boleto y se dispuso a esperar, mientras consultaba el mapa que llevaba consigo.

No tardó ni diez minutos en llegar el autobús encristalado. Subió y se acomodó en un asiento junto a la ventana. Pronto apareció la campiña, maravillosamente verde bajo la lluvia menuda, que luego dio paso a enormes edificios metálicos y desafiantes pero demasiado fríos para su gusto. Cuando estos se perdieron entre las calles y edificios más tradicionales, se dijo que ésa sí era la ciudad más hermosa del mundo, y que por ella bien valía la pena soportar la llovizna interminable de su cielo de plomo y cualquier otra miseria que decidiera depararle.

El recorrido terminó detrás de la mole gris de la Ópera. Maravillada ante el bosque de estatuas románticas que coronaban la apoteosis gloriosa de las artes, dio la vuelta a la manzana extasiada en la contemplación de cada ninfa y cada guirnalda de rosas pétreas. Luego, consciente de la razón por la que estaba allí, buscó en el croquis la calle del anticuario, y cuando la encontró, echó a andar. Pronto cayó en la cuenta de las verdaderas dimensiones de la ciudad y de la absoluta falta de colaboración de los parisinos; pero aunque se supo librada a su suerte, no se dio por vencida.

Tardó más de dos horas en dar con la tienda que, en apariencia, no era nada fuera de lo común. Pero cuando franqueó la puerta, se topó con algo que se asemejaba peligrosamente a la cueva de Alí Babá. Una gruesa alfombra persa cubría el piso, enormes arañas colgaban del techo, y a su luz amortiguada brillaban los lomos de los libros empastados en cuero y rotulados con letras de oro. Porcelanas, bronces, mosaicos, cristales, platas y esmaltes destellaban desde mil objetos en los cuales el arte y la paciencia humanas habían dejado un esfuerzo destinado a atrapar, aunque fuera por un tiempo necesariamente finito, el sueño de la belleza.

No tardó en acercarse una mujer alta y sinuosa de largas uñas y mirada penetrante que la examinó de arriba abajo con un elocuente rechazo ante el abrigo negro que goteaba, descortés, sobre la alfombra. Sin detenerse a explicar, Hannah le tendió la carta y enseguida su rostro sufrió una completa metamorfosis. En una jerga incomprensible, la invitó a acompañarla a la segunda planta.

Subieron por la escalera doble que describía un amplio semicírculo encima del vestíbulo. Más alfombras gruesas amortiguaron los pasos sobre el mármol blanco que brillaba como un espejo. La puerta de caoba se abrió y la mujer la hizo pasar. La habitación estaba decorada con mayor esplendidez aun, pero de ella la luz parecía desterrada. Gruesos cortinajes ocres ocultaban las ventanas, y la única fuente de iluminación era la pequeña lámpara sobre un escritorio grande y sólido, tan imponente como el trono de Dios.

René E. Rodas

El libro de la penumbra
Poesía por entregas (4/9)


8. El solitario

Solo el cometa bienhechor cuya cabeza resplandeciente viene del cielo a murmurarme vida.

Sola la brisa acuática que tiene rumor de sales y en la que se esculpe mi presencia.

Sola esta acogedora penumbra, voz en sordina de la luz. Y solo el olor del mundo decantado por la piel del cielo.

Yo repto, nado, navego, vuelo y vivo hechizado en esta música coloidal. Ay, Amnios, sólo la soledad es con todos.

Días y noches me tomó descubrir esta soledad que es la mía, pero apenas un breve instante descubrir el pavor.

Si no hay otro que pueda estar en mi total aquí, ¿cómo negar que yo soy?


9. La incertidumbre

En esta mansión de las transformaciones se escucharon noticias inquietantes del río y la montaña.

Se habla de una masa gigantesca que eleva al firmamento sus flancos de piedra y tierra.

Es más grande que esta líquida patria, y una jornada de sol y de sombra no basta para recorrerla.

Qué desmesurada eres, pequeña madre. ¿Cómo pudiste hacer esa enormidad con tus manitas de alondra?

Dicen que el río es un cauce de aguas azules y espuma blanca y que en él se dejan pulir los guijarros conmovidos.

Está rodeado de amplias galerías selvosas de cuya orilla los árboles tiran raíces para aferrarse al pez esquivo de la vida.

¿Piensas que padeceré de tanta sed que llegará un día en que agote el rito sagrado de beber?

Pequeña madre de sueños ciclópeos, ¿de dónde te vino la idea de hacer la planta bruja del muérdago?

Dicen que en verano el ocaso alcanza el tono bermellón del cinabrio. ¿Cómo tolerarán mis ojos tanta hermosura?

Bastaría, una mañana, descubrir una mantis religiosa prendida al tallo de una hoja para saber que nada te satisface.

Han dicho que de fuego y oscuridad hiciste al tigre, el más bello rostro de la muerte. ¿Podré tocarlo con mi mano?

¿Dejaste en los campos la genista para que a cada paso me encontrara con la amistad amarilla de tus ojos?

Oigo historias de infinidad de piedras, de cúmulos nubosos, que no conocen oficio ni final.

Más voraz que la memoria es el olvido incesante de tu propia creación, madre.

Y creas sin propósito y eres todas las cosas en distancia e indiferencia.

«Hágase la luz» dijiste un día como sólo puede decir una divinidad que es macho y hembra a un tiempo.

De saber que todo hiciste con palabras se entiende que no hablabas en serio. Pero se habla del cielo.

Se dice que en el cielo hay estrellas que porfiadas se alejan unas de otras en manadas de galaxias.

Y entre el cielo y la tierra crece la hierba, vuela el vencejo, salta el sapo y un caballo muere de muermo.

Aturde tu poder, madre. El movimiento es tu ley y la separación tu estado de gracia.

Desamparada viaja la luz como un potro salvaje, su corazón siempre a punto de estallido. ¿A dónde iremos a parar?

¿Cómo puedo aspirar a la perfección, pequeña madre, si tú no tienes sentido de medida?


10. Manual del olvido

Hijo mío, deja tu alma a resguardo en los depósitos de los puertos. Que tu espíritu repose en la garúa del amanecer.

Abandona tu casa y ve en busca de ese lugar desde el que la oscuridad te llama.

Sopla de tus uñas todo rastro del presente. Que no sean tu corazón ni tu miedo obstáculos entre este baldío y tu partida.

Apaga cuanto quema. Apaga tu nombre y tu procedencia. Apaga el aroma tutelar de la infancia.

En pequeñas cajas, en frascos, reparte tu lengua, sus palabras, y abandónalas en cualquier esquina. No vuelvas la mirada.

En canales de turbio torrente arroja paisajes, voces, costumbres. No aguardes a que se pierdan en su cauce.

Desnúdate de cara al sol, cierra los ojos y no los abras hasta bien entrada la noche.

Sepárate de ti entonces y de rastrojos y desechos constrúyete un mínimo esqueleto del cual echar mano ante la llama.

Toma una cosa cualquiera y dale el lugar de tu mano. Con ella toma otra y otra y hazte piernas, cabeza, ojos.

No necesitarás más. Evita el capricho de darte un corazón. Es una pieza inútil y te será lastre.

Boca no precisarás. Puedes alimentarte por los poros. Que tu mano perciba el color, los sonidos.

Que tus pies aprendan a conocer el sabor y la textura de la tierra. Desconfía de la brisa, del silencio.

Ni el sol ni las estrellas te darán de su luz a partir de entonces, y así habrán de pasar los años.

Si alguna vez, caminando por un parque, ves a un niño que corre hacia una parvada de palomas.

Si su carrera hace estallar un petardo de alas, y en ti no brilla la alegría ni quema la nostalgia.

Entonces, sábete a salvo de ese animal tormentoso que es la memoria.

Un mundo en blanco y negro

Por
René E. Rodas

Al fin prendió la luz del portal y entreabrió la puerta con lenta desconfianza. Era una noche de esos eneros de Montreal en que el frío es un verdugo quebrantahuesos. Me reconoció como si nos hubiéramos visto media hora antes. Dejó la puerta abierta y caminó hasta el fondo de su apartamento. Desde allá me invitó a entrar. Teníamos doce años de no vernos; yo ignoraba que él estuviera enojado conmigo.

“Vine a ver tus cuadros”, dije. Me señaló un sillón. “¿Órden cronológico?”, propuso y trajo el primer portafolios. Se convirtió en manos que traían y llevaban portafolios, llenaban de vino mi copa, servían galletas. Le agradecía con una frase argentina que él detesta: “Sos una verdadera madre”.

Nueve horas después, sentí la cabeza sonora de fierros, cuerpos, raíces, caras, vasijas, maderos y voces que poblaban un universo en blanco y negro, desconocido y doloroso. Un mundo formidable, atroz, que ardía mis dedos. De los engendros que admiten el sueño y la memoria, a la derrota concreta y mal sentada que viaja a nuestro lado en el autobús.

Necesité comprobar que el mundo que invadió mi noche no había acabado con Montreal, que la calle De Lanaudière, sus cedros y arces hirsutos, continuaba en su sitio, cubierta de dos palmos de nieve.

En 1997 yo viviría en esa calle, hermosa en verano y otoño, a escasos cien metros del apartamento del pintor. Pero él se había mudado a Toronto.

Cada vez que oigo una sirena de bomberos, siento el pavor de que el mundo de Edgardo Valencia, al que todos tenemos derecho y pertenecemos, se convierta para siempre en irremediable ceniza.

Quizás alguno de ustedes lo recuerde; si esa persona puede rescatar la obra de Edgardo de tanto olvido, nos haría un gran favor.

Retratos fragmentados

Mayra Barraza
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Cual gigante dando grandes pasos con aplomo, Ricardo Clement viene desde hace algunos años en una carrera por capturar el color y la luz en los rostros de las personas que le rodean.
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Parece perseguir el tiempo mismo. Y como el tiempo es fugaz, y lo único que queda de él es su huella en nuestra memoria, sus retratos son recuerdos dispares de sus personajes. “Fragmentos” titula él su nueva serie de pinturas.

A simple vista el retrato de un hombre de perfil. Un retrato sobre 9 pequeños y cuadrados bastidores con tela. Cada cuadrado contiene un fragmento de la imagen, cada fragmento desde diferentes puntos de vista.
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Clement sabe que la vida es fugaz. Sabe que las personas son más que la suma de sus partes. Se sitúa entre la tela en blanco y la persona que retrata y se lanza como un malabarista a dejar huella de su tiempo.
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ESFOTO05

Fotografía actual
de El Salvador
Walter Iraheta

No se puede negar que el desarrollo de la fotografía a nivel internacional ha sido contundente en los últimos años. Sin embargo, parece que El Salvador es indiferente a este suceso.

Durante años, la fotografía en El Salvador ha tenido un crecimiento más bien irregular. Si bien existen varios profesionales que trabajan en este lenguaje técnico desde una perspectiva comercial o periodística, es realmente poco lo que se produce fuera de esos circuitos. Hasta la fecha, en el país no existe un evento formal que reconozca el valor artístico de la fotografía; y aunque recientemente se han comenzado a observar algunas exhibiciones, éstas sólo son esfuerzos aislados que no representan la totalidad de la producción fotográfica nacional.

Sin duda, la fotografía ha llegado para quedarse y para ser el medio de expresión idóneo de una generación post moderna que adopta espacios y se reinventa a sí misma hasta encontrarse reflejada en su arte
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S. Stivella
G. Echeverría

F. García

A. López


Edgar Romero