15 ene. 2006

De la identidad literaria salvadoreña como exilio


Rafael Lara-Martínez

[Hay que] oírse a sí mismo desde el otro […]
estaba yo aquí, extranjero [exiliado] en mi propio suelo.
Salarrué


Por la buena voluntad de una amiga, llegó a mis manos la tarjeta que aparece a continuación.


Tarjeta de Roque Dalton, cortesía de AMD



Memoria (“te recuerdo mucho”) y escritura (“escribe”) se hallan íntimamente ligadas. La capacidad de rememorar se vuelca en el trazado de una marca. El recuerdo nos obliga a dejar inscritas evocaciones de acontecimientos. De tiempos compartidos, ahora revocados. La escritura es “deuda” y “recuerdo”. Imperativo que el presente contrae con un pretérito desterrado. La letra sella lazos de unión simbólicos. Al tiempo que vincula a los amantes en lo imaginario, paradójicamente, reconoce la fatal separación. La presencia del rasgo escrito remite a la ausencia de la amada. “Tu rostro débil – mi memoria – vacía de ti”.

Este primer enlace recuerdo-escritura estipula problemáticas de índole personal. Instituye móviles que motivan la inscripción de la letra. Separación de los amantes. Una segunda correlación —leyenda del nombre propio y domicilio— establece coordenadas sociales. No se trata exclusivamente del uso poco convencional que la persona-poética, Roque Dalton, hace de su nombre de pila. Superpuesto al de la firma oficial. Encima de su nueva dirección en La Habana se halla una tachadura: El Salvador (lease tachado). Dalton deslinda un cuadro conceptual: recuerdo-escritura-ausencia-rasgadura.

La letra consigna una repetición. Es recuerdo de la ausencia. Reitera con obstinación el tachón-vacío que a su trabajo le compete colmar. El escrito sustituye la cosa tachada. La palabra es relevo del mundo. Tentativa de recuperar un domicilio. Desde el exilio, inventa “residencias en la tierra” imaginarias para sí y los suyos. El tachón —la rotura con respecto a la “tierra de infancia”— se denomina exilio-nación.

Esta necesidad por exiliarse se halla presente en muchos de nuestros clásicos. El epígrafe inicial de Salarrué insiste en lo mismo. En eco vecino, “desterrado en mi patria, sin salir de ella”. La literatura se levanta sobre el sitio de la “Madre-Patria” ausente. “Las voces del terruño” se hacen tanto más audibles —chocan en reiterado rumor— cuanto que su cántico pregona la carencia. De la ruina y despojos del recuerdo nace la belleza del poema. “El texto nace de la relación entre partida y deuda” hacia lo difunto, lejano y expatriado. La escritura de “la nación es un luto”. La constancia de un fallecimiento: “patria dispersa, caes […] patria mía no existes”.

Llamamos “identidad literaria salvadoreña” al nombre borroso. A la tachadura que los escritores realizan para forjarse identidades singulares como personas-poéticas. Para elaborar un canon artístico propio a la nación. En cuadrivio he aquí un breve esbozo del exilio-nación.

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La dualidad Carmen Branon-Claudia Lars (1899-1974) identifica el duplo oral-escritura a la oposición madre-padre. La dicotomía madre-oralidad/padre-escritura corresponde a la dinámica de lo propio y lo ajeno. La captura del cuerpo materno —“tierra de infancia”— presupone que la poeta reconoce la vitalidad del legado literario del padre, norteamericano de origen irlandés. El terruño salvadoreño —cuerpo de la madre— emerge al aceptar modelos de escritura poética que provienen del legado masculino. La herencia foránea paterna hace que la madre sea patria. Brannon-Lars genera una dialéctica según la cual “lo nuestro”, “lo propio” —oralidad del terruño materno— encuentra “la huella de su voz” en el cristal de lo ajeno.

Pedro Geoffroy Rivas (1908-1979) distingue la patria del territorio nacional. Señala cómo, siendo un concepto de orden espiritual, la primera ofrece contenidos que el poeta lleva consigo al exilio: “la patria peregrina va conmigo”. Oswaldo Escobar Velado (1919-1961) establece la diferencia entre territorio y patria. Agradece en los exilios la fortuna de recopilar los “nombre elementales” que fundan la patria. Junto a Miguel Ángel Espino (1902-1967), Gilberto González y Contreras (1904-1954) inicia una “poesía y estética de la ausencia”. En él también, la lejanía se convierte en “escuela” de nacionalismo y en la única manera de recobrar valores patrios.

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Actualmente —al hablar de migraciones, diásporas y exilios— se olvida que la identidad literaria nacional la explican los mismos términos. Lo nuevo no afecta tanto al hecho de salir del terruño, de pensarlo desde la lejanía. Lo más reciente es que la experiencia que tocaba a “la gran minoría” de literatos, ahora la vive el grueso de la población. La primicia es que la poesía se torna remesa.


La dinámica entre lo propio y lo ajeno —lo nuestro - lo vuestro— inventa el canon nacional. Identidad no significa identificar características particulares a lo salvadoreño. Identidad tampoco remite a elementos únicos, propios a “lo nuestro”. En cambio, se halla en juego lo plural. Si el Uno-Yo no existe sin el Otro-Tú, “lo nuestro” no se presenta sin lo foráneo. Más que definir esencias de un patrimonio, la verdadera identidad retraza dinámicas entre lo propio-nuestro y lo ajeno-vuestro. Declama la paradoja: lo nuestro es lo vuestro.