15 ene. 2006

Honduras

Mirando hacia el noroeste una nubecilla blanca en el horizonte contrasta con el cielo azul que flota sobre serranías lejanas. “Honduras” dice la flecha que apunta en aquella dirección y la nubecilla comienza rápidamente a cambiar de forma. No se entiende que es. No se reconoce su forma. Parece… ¿un signo de interrogación?

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112,090 kilómetros de tierra más un puñado de símbolos patrios, sonados desastres ecológicos y sociales, y exóticos lugares turísticos, definen el perfil público de esta nación vecina. La verdad es que casi nada sabemos de Honduras. Casi nada de su literatura contemporánea.

Recordábamos a los poetas Travieso y Clementina Suárez, a ella más por haber acompañado en corazón y alma al pintor José Mejía Vides y por convertirla Roque Dalton en un personaje inolvidable de una novela. Recordábamos a Froylán Turcios, sobre todo por su famosa foto con el estado mayor del general Augusto César Sandino. Recordábamos también la guerrita de juguete con muertos de verdad que hubo entre los gobiernos de El Salvador y de Honduras en 1969: suspendían el servicio eléctrico temprano en la noche y los hombres de cada casa salían a patrullar las calles de la ciudad. Recordábamos que, en el periodo de las guerras civiles en Centro América, Honduras había sido prácticamente ocupada por el ejército estadounidense con el fin de apoyar a las fuerzas de extrema derecha de la región, fueran éstas gubernamentales (Guatemala, El Salvador) o de oposición (Nicaragua). De allí que en varios medios de prensa latinoamericanos al país vecino se le conociera como el portaviones terrestre USS Honduras. Recordábamos bananeras más grandes que un mar, viajes raudos sin apenas tiempo ni permiso para leer un periódico o comprar un libro “y no te acerqués a la UNAH porque estás frito”. Pensamos en nuestros campesinos, que huían de los combates en el norte y encontraban refugio en Honduras y, alguna vez, también la muerte emboscada del otro lado del río. El país vecino. Vaya paradoja. De su literatura sabíamos casi nada.

Hicimos cuentas personales. Sumando experiencias de éste y de aquél, le hemos dado la vuelta al mundo varias veces. (No faltó el sarcástico que levantara la letanía de pero “Nunca fui a Granada”, es decir, nunca fui a Honduras.) Hay quien es capaz de recitar sin tapujos capítulos completos de Faulkner, cosa dificilísima de hacer con esa prosa cerrada del Sur, tiradas completas en ruso de Aliosha Karamázov (no queda más remedio que creerle), largas digresiones de Proust en A la búsqueda del tiempo perdido, repetir línea por línea la ceremonia del té de la despedida Mishima, recitar con acento de la Sorbona ‘Crónica’ de Saint-John Perse, cantarse todas las canciones de Vinicius de Moraes, recitar en griego los mejores poemas de Ovidio o de Kavafis, reconocer la particular tonalidad de piel en un Boticelli entre veinte cuadros de época, describir con los ojos cerrados las cinco salas orientales del Louvre o transcribir la fórmula egipcia de la tinta que se guarda celosamente en un museo de Amsterdam. Pero, para nuestra vergüenza colectiva, ninguno de los encargados de la edición fue capaz de decir sin tropiezos dos versos de un poeta hondureño.


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El cielo cambia de color, se ensombrece. La pequeña nubecilla comienza a girar lentamente sobre su vórtice. Lentamente, lentamente, coge velocidad. Comienza a soplar el viento. Refresca. Sopla más fuerte aún, hojas vuelan con fuerza, levanta bocanadas de polvo por doquier. Aquella nube se ha convertido en un inmenso huracán. “Honduras” dice el rótulo que ahora vuelca dando giros contra todo lo que se encuentra en el camino.

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Estábamos ante el café de nuestra ignorancia con un manojo de textos interminables caídos en nuestra pantalla con la contundencia de un yunque y el mensaje implícito de “Fíjate bien en lo que pides, porque puede concedérsete”.

Una convocatoria lanzada un poco al aire, respaldada por unos cuantos generosos contactos de última hora, y la sorpresa se instaló en nuestra mesa de trabajo y en nuestras terminales electrónicas. No fue un mensaje de ultratumba, ni una botella sideral que viniera de vuelta de Marte o Venus con la noticia de que venusianas y marcianos gozaban de buena salud creativa y jugaban a su modo a derrotar a la muerte, a la indiferencia y a la estolidez reinante en la galaxia. Era algo más simple y mucho más conmovedor: nuestro vecino, al que hace tanto tiempo no saludábamos, respondía a nuestro llamado de inmediato y con ímpetu, como si nos hubiera estado esperando quién sabe hace cuanto tiempo. Y luego dicen algunos que ya no hay nada de qué asombrarse.

La “Patria Grande”, no esta tan lejos después de todo.