11 jun. 2010

Diálogo de Bípedos: Alfonso Kijadurías


Alfonso Kijadurías:

“El silencio se lo tiene uno que ganar”
Jorge Ávalos

SAL

El autor de "Los estados sobrenaturales", uno de los libros de poesía más célebres de la literatura salvadoreña, Alfonso Kijadurías, fue galardonado recientemente con el Premio Nacional de Cultura 2009.

La convocatoria, que se anunció con dos meses de retraso debido al cambio de Gobierno, fue la primera que se hizo en la rama de poesía desde 1994.

Tras ese lapso de 15 años, pocas figuras en las letras salvadoreñas generaron un apoyo tan desinteresado como "el poe", como lo llaman sus amigos.

"En este tiempo tan acentuado por el mercantilismo, la concesión de este premio es extraordinario, independientemente del nombre, porque es un honor a la poesía", recalcó Kijadurías.

Reacio a las entrevistas, el escritor afirma que este premio debe ser interpretado, ante todo, como un reconocimiento a la poesía.

"El éxito y el fracaso son las dos caras de una sola moneda", observó.

Un poeta marginal

Kijadurías, cuyo verdadero apellido es Quijada Urías, nació en Quezaltepeque, en 1940, y publicó a los 19 años sus primeros poemas en El Diario de Hoy, los cuales reflejan la notable influencia de Rubén Darío.

A lo largo de esa década, Kijadurías abandonaría la limpia dulzura de esos primeros versos y se convertiría en la voz más oscura de una nueva generación.

"Los estados sobrenaturales", una secuencia de poemas en prosa publicados en 1971, colmados de imágenes poderosas que cruzan los linderos de la razón, se convirtió en su libro más emblemático. La fama que le dio ese libro tenía una cara inesperada: la marginalización en el medio literario.

"Por mi temperamento y por mi estilo de escribir me convertí en un escritor marginado. Yo no escribo para el pueblo porque vengo del pueblo, soy del campo y lo llevo dentro", señaló, en reacción a la tendencia que se cimentó en la década de 1970, cuando se escribía una poesía política y didáctica.

Iluminado por los ensayos de Octavio Paz, "el primer intelectual latinoamericano en denunciar los crímenes de Stalin", sostuvo, Kijadurías tomó una ruta alterna y se dejó guiar por los grandes poetas surrealistas y barrocos del siglo XX: Osip Mandelstam, Saint-John Perse y José Lezama Lima, entre otros.

"La poesía", explica, "sirve para hacerte consciente, tanto de la realidad como de la irrealidad: consciente de que el espíritu está presente; la poesía sirve para despertar a quienes tienen el alma dormida; sirve para exorcizar a los demonios y para invocar fuerzas benignas".

Eso no significa que Kijadurías rechace a los compañeros de su generación o que le cierre los ojos a la realidad.

"Yo no tengo complejo de Adán", dijo, recordando con orgullo las influencias de sus amigos y de sus lecturas. "Leí La Divina comedia en la casa de Antonio García Ponce, conocí a Ítalo López Vallecillos cuando le pedí un autógrafo a la entrada de la Galería Forma, y trabajé como corrector en un periódico con José Roberto Cea".

Su principal guía intelectual en esos años fue Roberto Armijo, a quien reconoció un día parado entre las gallinas que se meneaban en un autobús.

A ese período de transformación vital y al trasfondo trágico en que desencadenó el país durante la década de 1980 le dedicó una vasta novela, todavía inédita: Cibele.

¿Qué papel juegan los premios en esa búsqueda profunda de un poeta? Kijadurías no duda en responder a esa pregunta.

"Los premios no te salvan del olvido, lo cual es el gran premio para un poeta: el silencio se lo tiene uno que ganar", concluyó.