15 ene. 2006

El salvoconducto

Aleyda Romero
8
Para Camila Fuentes la violencia era un monstruo multiforme, sangriento, que se podía palpar sólo a través de las páginas amarillistas de los diarios, del sensacionalismo de los noticieros.

Cuando el avión aterrizó en San Salvador, la ciudad transpiraba tranquilidad, la gente apresurada, envuelta en el torbellino de la vida. Los rostros de los encargados de revisar el equipaje eran como en otros lugares: indiferentes.

Camila esperó su turno. Observaba a su alrededor, le habían dicho que la guerra civil no había concluido, que los combates eran frecuentes; no en la ciudad, en los pueblos aledaños.

El sol tibio comenzaba a calentar la ciudad, las nubes limpias disiparon los temores de Camila. Se convenció de que todo era “exageración” de la gente, para impresionar a los extranjeros.

Salió del aeropuerto, la esperaba un conductor de la organización que la había contratado, en un cartel traía escrito su nombre: CAMILA FUENTES.

Camila comenzó una conversación intrascendente para romper hielo.

- ¿Es de aquí, de El Salvador?
- Sí, nací en San Miguel.
- ¿Tiene mucho tiempo de trabajar con la organización?
- Dos años.
- Todo se ve tan tranquilo… no parece que estuvieran en guerra.
- Esto es lo que pueden ver los que llegan, es como ver una casa desde fuera, hay que abrir la puerta, entrar y darse cuenta.
- A nosotros nos llegan pocas noticias de ustedes; nos parece que ya todo terminó.
- Será porque ya les aburrió nuestro cuento de la guerra, a veces nos parece que esto no tiene solución, hemos visto morir demasiada gente, estamos cansados…

Finalmente ambos guardan silencio. Fuera, la gente vende, son pocos los niños que piden, la mayoría trabaja.

Llegan a la Oficina. Camila intercambia algunas palabras con la encargada del proyecto; ella le explica sobre el trabajo y le da instrucciones, finalmente le entrega un sobre donde se lee: “Salvoconducto”, que la autorizaba a permanecer 15 días en Chalatenango. Después de estas formalidades, la señora Lowi llama a otro conductor.

Camila entra en otro auto. Lleva compañeros de viaje, van muy alegres, son amables. El más ocurrente de ellos se dirige a ella:

-¿Vas para Chalate?
-Sí.
-Sos valiente, quien te mira. Todos empiezan a reír.

Camila, pensativa, también sonríe. Le extraña tanto ver esa alegría, tan genuina, y sin embargo la situación no era broma, nadie se ríe de su desgracia (o tal vez sí). Recordó el humor negro de los surrealistas, la risa siempre nos ha salvado del abismo.

La plática continuaba. En ese momento llegaron a un “RETÉN”, como le llamaban sus compañeros. Unos militares detuvieron el automóvil y les pidieron sus documentos personales. A Camila la interrogaron con especial atención. Ella mostró su pasaporte, el soldado la vio con recelo, le pidió el “SALVOCONDUCTO”, lo inspeccionó y dio la orden de que siguieran, pero antes se dirigió a Camila y para recordarle: 15 días.

La llevaron directamente a la casa donde estaría hospedada. La dueña era una profesora muy sonriente, todo era tan “normal”. Antes de retirarse le dijo:

-No se preocupe, si tiene miedo puede venir a dormir en el cuarto grande con nosotras.
- Gracias, es usted muy gentil.

Observó la habitación, pocos adornos, sencilla. Trató de leer algunas líneas, pero el sueño le tomó la mano y la llevó por caminos del absurdo.

En la madrugada despertó por las explosiones, no entendía aún lo que sucedía, esas estridencias sólo las relacionaba con la algarabía de Navidad y Año Nuevo.

Ahora comprende: “Esta es la guerra”. El miedo la aprisiona, atenaza su garganta, le congela el alma, los pies, las manos. Piensa en muchas cosas, la primera es pararse, aceptar la invitación, no importa que mañana se rían de ella. Trata de levantarse, pero la fuerza extraña del miedo la sujeta, se resigna, ni siquiera puede rezar, afuera se escucha:

-Movete hacia el norte.
-Dispárenles, están avanzando por la retaguardia.
-Jódanlos.

Las voces se pierden, se diluyen en la noche profunda, los hombres afuera corren por sus vidas, sus sueños, sus ideales y Camila adentro ya sin sueño, con ideales indefinidos.

Los rafagazos de las ametralladoras inundan los rincones, al fondo se sigue escuchando las explosiones de las granadas, la oscuridad es interminable, el tiempo no avanza. Esta era la puerta de la casa que había que abrir, como dijo el conductor.

Choluteca- Honduras. 1995.