15 dic. 2005

No. 7, Año 1.

San Salvador, 15 Diciembre 2005.

En este número:

Editorial
Guatemala

“…Tierra que se extiende al alzar la mirada hasta la punta del cerro distante…”

1. Palabras de ultratumba

Miguel Ángel Asturias
Leyenda del Cadejo
“…Oscurecía. Las sombras borraban su pensamiento, relación luminosa de partículas de polvo que nadan en un rayo de sol…”
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Luis Cardoza y Aragón
Palos de ciego (extracto)
“…A la deriva en un verde país de pequeños hombres de lava oscura, más oscura contra aquel verde de variadas voces, sol rechinante y espeso y dulce cielo de rabia azul metálica…”
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Augusto Monterroso
Monterroso por él mismo (excerptos)
“…Pero nunca dudo de mi emoción, de mi capacidad de vivir, de recibir de la vida lo que me ofrezca, y de responder a ello emotivamente: con tristeza, con alegría o con dolor…”
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2. Pienso, luego existo

Antigua, una ciudadela “nice”
Mario Roberto Morales
“…Esa ilusión de exclusividad ha convertido a la ciudad de Antigua en un parque “temático” en el que el tema es la Colonia hispanoamericana, y la ha vuelto inocua en cuanto a sitio para estudiar la historia de la que formó parte…”

La realidad moderna de Moisés Barrios
Emiliano Valdés
“…La ilustración del Pacífico es también un paisaje interior, un viaje hacia esa estrecha franja en la que la eternidad se une con el hombre…”

La Política Kafka:
Literatura menor e imposibilidad de escribir de otra manera

Javier Payeras
“…Litterature mineur es un término que intenta acercarse no a la literatura escrita en un idioma menor, sino literatura que minorías raciales, sexuales o de cualquier tipo hacen dentro de la tradición acordada en una lengua mayor…”

Pura nostalgia I

Carmen González-Huguet
“…Heredera directa del folletín y de la novela por entregas decimonónicos, la telenovela ha tenido una persistencia longeva en la imaginación de tres generaciones de latinoamericanos…”

Gilberto González y Contreras
1932: ausencia de Farabundo Martí
Rafael Lara-Martínez
“…La identidad salvadoreña responde a lo que se recuerda con “amor”, como al más dilatado y complejo territorio del olvido. Hay más quehacer al recobrar lo olvidado que al evocar el recuerdo…”


3. creaCción de arte
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Cuento
Rodrigo Rey Rosa
Otro zoo
“… lancé un grito—a medio camino entre el rugido y el sollozo--hacia lo alto, un sonido que brotó con todas mis fuerzas desde mis entrañas...”
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Poemas
Humberto Ak’abal
“Hablo
para taparle
la boca
al silencio.”
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Novela (extracto)
Eduardo Halfon
Esto no es una pipa

“…Acostado sobre su litera, de espaldas, las mangas de su camisa blanca arremangadas, la pierna izquierda contorsionada torpemente hacia la ventana, la boca abierta, la mirada serena y dos redondas manchas rojas sobre el corazón…”


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Poemas inéditos
Javier Payeras
Poemas de Mateo
“azul sobre azul resuello
meciendo las olas…”
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Artes visuales
Moisés Barrios
La ilustración del Pacífico
Pinturas
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Poesía por entregas (6/9)
René E. Rodas
El libro de la penumbra
“…Creces incorrupto, como fuera de las horas, obstinado en tu propio provecho. Incrédulo de ti mismo como la obra ante su creador…”


4. Retorno del hijo pródigo
Alfonso Kijadurías
Una enseñanza inolvidable
Crónica por entregas (1/5)
“…Las Tentaciones, es un libro que ha cambiado el destino de la literatura contemporánea y me atrevería a decir las vidas de quienes han accedido a su lectura, dije con el tono espumoso o exaltado que, en los seres tímidos de por sí callados, dibuja la cerveza...”

Rodrigo Peréz Nieves
El son chapín
“…Me interceptaron a dos cuadras de mi casa. Me cubrieron el rostro con una manta que olía a cigarro corriente y me arrojaron dentro de la “Suburban”...”

5. Hora salvadoreña: exposiciones, conferencias, presentaciones de teatro, música y danza, cine alternativo, constantemente actualizado.

6. Al infinito y más allá:
Nueva intervención de la artista del performance Regina Galindo en Italia y de Guatemala tambien, la editorial FyG publica Laberintos y rompecabezas del escritor Javier Mosquera; poemas en voz de Tomás Segovia Premio Juan Rulfo 2005, Sergio Pitol Premio Cervantes 2005. ¿Alguien necesita consejos para escribir? Aquí un completo índice con palabras mayores de grandes autores de todos los tiempos.
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Premios de cine y video ÍCARO y de la III Bienal Paiz; además ¿la renovación de Concultura? más un poco de sentido común gracias a Ricardo Lindo.
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8. La P-41 de Adrián
III Bienal
de Arte Paiz
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9. De rumores y risas
Nueva edición Revista Blah del periódico La (in)Mensa Gráfica

10. Convocatorias
Premio Miguel Hernández 2006
VII Premio Casa de América de Poesía Americana

11. Voces

Todos los textos han sido autorizados para su publicación por sus autores, y pueden ser citados siempre y cuando se haga referencia a la fuente. Textos de creación literaria sólo podrán ser reproducidos con la autorización expresa de sus autores.
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Guatemala

“--¿En qué país estamos, Agripina?”
Y ella se alzó de hombros.
Juan Rulfo
¿En qué país estamos?

Quién sabe.

A veces pareciera que habitamos los engañosos caminos de la memoria. Escuchamos ecos de voces pasadas en boca de máscaras brillantes y coloridas, que pronuncian nombres misteriosos, que extrañamente también son los nuestros. Pareciera que habitamos alguno de los relatos entrañables y dolorosos de Juan Rulfo, traspasados por toda nuestra desdicha y toda nuestra belleza.

Otros días en que el ánimo lúdico se encuentra revoloteando en los aires, pareciera que vivimos en la encrucijada del absurdo. Múltiples realidades yuxtapuestas que terminan por darnos risa antes de ponernos a llorar. Esta casa la construye el desparpajo de los versos de Roque Dalton, y en sus paredes retumban carcajadas con sabor amargo.

Algunos días, el país en que vivimos es este pedazo de tierra bajo los pies. Salpicado de piedritas, pequeñas hojas y alguno que otro desecho plástico. Tierra que se extiende al alzar la mirada hasta la punta del cerro distante.

Otros días, la imaginación vuela acompañada de la empatía, y en su vuelo recorre minuciosamente cada camino, cada hogar, cada montaña, cada plato vacío, hasta quedar sin aliento.


“--¿Qué país es este, Agripina?”
Y ella volvió a alzarse de hombros.
Juan Rulfo

La Audiencia de los Confines, Mesoamérica, Centroamérica, Guatemala, El Salvador, Honduras, Nicaragua, Costa Rica. Muchos nombres tienen estas montañas, casi más nombres que caminos que unan esos 533 000 kilómetros de tierra y agua. Treinta y cinco millones de corazones palpitan en este horizonte y cosechan tradiciones, historias y expresiones diferentes y comunes a la vez.

Queremos celebrar ese espejo de doble arista que refleja nuestras similitudes a la vez que se nutre de nuestras diferencias. Para ello iniciamos con este número una serie de ediciones dedicadas a nuestra región centroamericana.

En esta ocasión hemos lanzado la mano a Guatemala y nos hemos encontrado con las voces de Miguel Ángel Asturias, Luis Cardoza y Aragón y Augusto Monterroso. Nos hemos encontrado con las manos amigas de creadores contemporáneos como Rodrigo Rey Rosa, Moisés Barrios, Eduardo Halfon y Javier Payeras, entre otros. Lamentamos únicamente que nuestra convocatoria no llegara a oídos de las artistas guatemaltecas que sabemos se mantienen activas con obra de calidad, y por esas ausencias este número quedara incompleto. Sin embargo, la puerta queda abierta para que hagamos del Ojo de Adrián un espacio común y diverso a la vez, una nueva e independiente Audiencia de los Confines, donde por fin nos reconozcamos los unos en los otros.

Miguel Ángel Asturias

Leyenda del Cadejo

Y asoma por las vegas el
Cadejo, que roba mozas de
trenzas largas y hace ñudos
en las crines de los caballos

Madre Elvira de San Francisco, prelada del monasterio de Santa Catalina, sería con el tiempo la novicia que recortaba las hostias en el convento de la Concepción, doncella de loada hermosura y habla tan candorosa que la palabra parecía en sus labios flor de suavidad y de cariño.

Desde una ventana amplia y sin cristales miraba la novicia volar las hojas secas por el abraso del verano, vestirse los árboles de flores y caer las frutas maduras en las huertas vecinas al convento, por la parte derruída, donde los follajes, ocultando las paredes heridas y los abiertos techos, transformaban las celdas y los claustros en paraísos olorosos a búcaro y a rosal silvestre; enramadas de fiesta, al decir de los cronistas, donde a las monjas sustituían las palomas de patas de color de rosa, y a sus cánticos los trinos del cenzontle cimarrón.

Fuera de su ventana, en los hundidos aposentos, se unía la penumbra calientita, en la que las mariposas asedaban el polvo de sus alas, al silencio del patio turbado por el ir y venir de las lagartijas y al blando perfume de las hojas que multiplicaban el cariño de los troncos enraizados en las vetustas paredes.

Y dentro, en la dulce compañía de Dios, quitando la corteza a la fruta de los Angeles para descubrir la pulpa y la semilla que es el Cuerpo de Cristo, largo como la medula de la naranja - ¡vere tu es Deus absconditus! -, Elvira de San Francisco unía su espíritu y su carne a la casa de su infancia, de pesadas aldabas y levísimas rosas, de puertas que partían sollozos en el hilvan del viento, de muros reflejados en el agua de las pilas a manera de huelgo en vidrio limpio.

Las voces de la ciudad turbaban la paz de su ventana, melancolía de viajera que oye moverse el puerto antes de levar anclas; la risa de un hombre al concluir la carrera de un caballo o el rodar de un carro, o el llorar de un niño.

Por sus ojos pasaban el caballo, el carro, el hombre, el niño, evocados en paisajes aldeanos, bajo cielos que con su semblante plácido hechizaban la sabia mirada de las pilas sentadas al redor del agua con el aire sufrido de las sirvientas viejas.

Y el olor acompañaba a las imágenes. El cielo olía a cielo, el niño a niño, el campo a campo, el carro a heno, el caballo a rosal viejo, el hombre a santo, las pilas a sombras, las sombras a reposo dominical y el reposo del Señor a ropa limpia ...

Oscurecía. Las sombras borraban su pensamiento, relación luminosa de particulas de polvo que nadan en un rayo de sol. Las campanas acercaban a la copa vesperal los labios sin murmullo. ¿Quién habla de besos? El viento sacudía los heliotropos. ¿Heliotropos o hipocampos? Y en los chorros de flores mitigaban su deseo de Dios los colibríes. ¿Quién habla de besos? ...

Un taconeo presuroso la sobrecogió. Los flecos del eco tamborileaban en el corredor...

¿Habría oido mal? ¿No sería el señor pestañudo que pasaba los viernes a última hora por las hostias para llevarlas a nueve lugares de allí, al Valle de la Virgen, donde en una colina alzábase dichosa ermita?

Le llamaban el hombre-adormidera. El viento andaba por sus pies. Como fantasma se iba apareciendo al cesar sus pasos de cabrito: el sombrero en la mano, los botines pequeñines, algo así como dorados, envuelto en un galbán azul, y esperaba los hostearios en el umbral de la puerta.

Si que era; pero esta vez venía alarmadísimo y a las volandas, como a evitar una catástrofe.

- ¡ Niña, niña ! - entro dando voces -, le cortarán la trenza, le cortarán la trenza, le cortáran la trenza ! ...

Lívida y elástica, la novicia se puso en pie para ganar la puerta al verle entrar; más calzada de caridad con los zapatos que en vida usaba una monja paralítica, al oirle gritar sintió que le ponía los pies la monja que paso la vida inmóvil, y no pudo dar paso ...

... Un sollozo, como estrella, la titilaba en la garganta. Los pájaros tijereteaban el crepusculo entre las ruinas pardas e impedidas. Dos eucaliptos gigantes rezaban salmos penitenciales.

Atada a los pies de un cadáver, sin poder moverse, lloró desconsoladamente, tragándose las lágrimas en silencio como los enfermos a quienes se les secan y enfrían los organos por partes. Se sentía muerta, se sentía aterrada, sentía que en su tumba - el vestido de huerfana que ella llenaba de tierra con su ser - florecían rosales de palabras blancas, y poco a poco su congoja se hizo alegría de sosegado acento ... Las monjas - rosales ambulantes - cortábanse las rosas unas a otras para adornar los altares de la Virgen, y de las rosas brotaba el mes de mayo, telaraña de aromas en la que Nuestra Señora caía prisionera temblando como una mosca de luz.

Pero el sentimiento de su cuerpo florecido después de la muerte fue dicha pasajera.

Como a una cometa que de pronto le falta hilo entre las nubes, la hizo caer de cabeza, con todo y trapos al infierno, el peso de su trenza. En su trenza estaba el misterio. Suma de instantes angustiosos. Perdió el sentido en sus suspiros y hasta cerca del hervidero donde burbujearan los diablos tornó a sentirse en la tierra. Un abanico de realidades posibles se abría en torno suyo: la noche con azucares de ojaldre, los pinos olorosos a altar, el polen de la vida en el pelo del aire, gato sin forma ni color que araña las aguas de las pilas y desasosiega los papeles viejos.

La ventana y ella se llenaban de cielo ...

- ¡ Niña, Dios sabe a sus manos cuando comulgo ! · - murmuró el del gaban, alargando sobre las brasas de sus ojos la parrilla de sus pestañas.

La novicia retiró las manos de las hostias al oir la blasfemia · ¡ No, no era un sueño ! Luego palpose los brazos, los hombros, el cuello, la cara, la trenza ... Detuvo la respiración un momento, largo como un siglo al sentirse trenza. ¡ No, no era un sueño, bajo el manojo tibio de su pelo revivía dándose cuenta de sus adornos de mujer, acompañada en sus bodas diabólicas del hombre-adormidera y de una candela encendida en el extremo de la habitación, oblonga como ataúd ! ¡ La luz sostenía la imposible realidad del enamorado, que alargaba los brazos como un Cristo que en un viático se hubiese vuelto murciélago, y era su propia carne ! Cerro los ojos para huir, envuelta en su ceguera, de aquella visión de infierno, del hombre que con sólo ser hombre la acariciaba hasta donde ella era mujer - ¡ La más abominable de las concupiscencias !-; pero todo fue bajar sus redondos párpados pálidos como levantarse de sus zapatos, empapada en llanto, la monja paralítica, y más corriendo los abrió ... Rasgó la sombra, abrió los ojos, salióse de sus adentros hondos con las pupilas sin quietud, como ratones en la trampa, caótica, sorda, desemblantadas las mejillas - alfileteros de lágrimas -, sacudiéndose entre el estertor de una agonía ajena que llevaba en los pies y el chorro de carbón vivo de su trenza retorcida en invisible llama que llevaba a la espalda ...

Y no supo más de ella. Entre un cadáver y un hombre, con su sollozo de embrujada indesatable en la lengua, que sentía ponzoñosa, como su corazón, medio loca, regando las hostias, arrebatóse en busca de sus tijeras, y al encontrarlas se cortó la trenza y, libre de su hechizo, huyó en busca del refugio seguro de la madre superiora, sin sentir más sobre sus pies los de la monja ...

Pero, al caer su trenza, ya no era trenza: se movía, ondulaba sobre el colchoncito de las hostias regadas en el piso.

El hombre-adormidera buscó hacia la luz. En las pestañas temblábanle las lágrimas como las últimas llamitas en el carbón de la cerilla que se apaga. Resbalaba por el haz del muro con el resuello sepultado, sin mover las sombras, sin hacer ruido, anhelando llegar a la llama que creía su salvación. Pronto su paso mesurado se deshizo en fuga espantosa. El reptil sin cabeza dejaba la hojarasca sagrada de las hostias y enfilaba hacia él. Reptó bajo sus pies como la sangre negra de un animal muerto, y de pronto, cuando iba a tomar la luz, saltó con cascabeles de agua que fluye libre y ligera a enroscarse como látigo en la candela, que hizo llorar hasta consumirse, por el alma del que con ella se apagaba para siempre. Y así llego a la eternidad el hombre-adormidera, por quien lloran los cactus lágrimas blancas todavía.

El demonio había pasado como un soplo por la trenza que, al extinguirse la llama de la vela, cayó en piso inerte.

Y a la medianoche, convertido en un animal largo - dos veces un carnero por luna llena, del tamaño de un sauce llorón por la luna nueva -, con cascos de cabro, orejas de conejo y cara de murciélago, el hombre-adormidera arrastró al infierno la trenza negra de la novicia que con el tiempo sería madre Elvira de San Francisco - así nace el cadejo -, mientras ella soñaba entre sonrisas de ángeles, arrodillada en su celda, con la azucena y el cordero místico.

Luis Cardoza y Aragón

Del libro
Dibujos de ciego


A la deriva en un verde país de pequeños hombres de lava oscura, más oscura contra aquel verde de variadas voces, sol rechinante y espeso y dulce cielo de rabia azul metálica. Un pueblo pedernal y una tierra demasiado tristes, demasiado transidos de congoja y de color, sobre los cuales se unta la serpiente emplumada. En el universo verde, luminoso y cerúleo, el dios recién venido de la otra orilla se aclimata zahumado de copal y tiempo suspenso en apariencia: bajo el rescoldo de centurias codicia el ascua la hoguera. Ese fuego nunca extinto se animaba con el clamor que encendía tu casi adolescencia, inaudible para los demás, como los grifos de las estelas. Aquel pueblo, verde piedra muda, aquella noche hermética que al día siguiente se desborda en fanfarrias solares, pendían de tu cabello, a veces como primoroso pectoral, otras como juramento que te obligaba a rescatar la lumbre que hacíate manotear la sombra. Porque esa vida remota y naufragada era tu vida y te afirmaba perdiéndote en su laberinto, sin que lo supieras, oscura y ciertamente. Tu niñez, la vida del otro, hundida en ti, en tu largo sueño de tu larga noche de tu largo verano. Hundida y enconada, semejante a los pies de los dioses en los códices. Sientes que ese alud te sepulta como el puñetazo del sol al ciego de nación que recobra los ojos. Y, deslumbrado de tiempo, quisieras, niño nocturno, niño anciano, descargarte de esa carga, descifrar esa anudada serpiente de piedra y abrir tus ojos más allá de la noche redonda de la obsidiana. De pronto, encontraste algo de lo que te ocurría en el teatro total y fetal de Chichicastenango. Viste sus puertas que se abrían y cerraban. Y el nudo ciego era el mismo cuando deshacías lo andado, igual al que creías descifrar en tu laberinto de lava. Derribaste los ídolos, saliste del teatro fetal y desembocaste en lo único que tenía alguna significación: reducir tu pavor. En la tela en que perpetúas nuevas imágenes, vaticinando evoca tu memoria mítica. No realizabas la realidad en el sueño. Soñabas la realidad.

Lo imaginario –eso que acontece en alguna parte-, y lo real nunca se dan la espalda en la niñez recurrente, henchida de coherencia y metafísica, en que las cosas son más perentorias, inmediatas y concretas: guardan más brillo, más relieve y densidad. Una visión no sólo más potente, sino más virgen y como más acústica. Todo está escrito con tinta simpática que revelan los sentidos. Tu modelo no se halla atrás de ti, sino delante de ti. Visión que desearías libre de lo trivial y artificioso que la acechan al redimirla por ser común: palabra plena y exacta se requiere para transmitir las estructuras de la sensibilidad que no pueden darse con discurso lógico, la sustancia de los asombros, de las catástrofes microscópicas de inmensas repercusiones, de la comunicación con las cosas efímeras inmóviles en su eternidad: instantes preñados de gérmenes y ondas infatigables, por la voz sublimadora y fosforescente del recuerdo. Detalles insignificantes de la infancia que desnudan el rostro, tumultos de actos humildísimos que marcan la vida, con gratitud aparente, te asaltan con la asunción de penas y furias que íntegros los portan.

No crees que la imaginación alguna vez haya inventado algo. El espejismo de crear es recordar ahincadamente lo venidero. Pesca milagrosa en las anchas de humedad en el muro. Estás en ella, en su noche más hermosa que nunca. En su tiempo andrógino soliloquiando como cosmonauta, atrás de los objetos y las sensaciones, para rescatar, por fin, tu propio cadáver inseparable, minuciosamente soluble, en más vasta infinitud. La mente en blanco, como la página en blanco: entras en su laberinto, playas en las cuales revientan olas del mar loco. La marea te acuna, revuelca y desconcierta, hasta que tu mínimo cadáver flota mar adentro.

Augusto Monterroso

Del libro
Monterroso por él mismo

(A manera de fórceps)

Recuerdo que todavía hace pocos años, cuando algún escritor se disponía a publicar un libro de ensayos, de cuentos o de artículos, su gran preocupación era la unidad, o más bien la falta de unidad temática que pudiera criticársele a su libro (como si una conversación -un libro- tuviera que sostener durante horas el mismo tema, la misma forma o la misma intención), y entonces acudía a ese gran invento (sólo comparable en materia de alumbramientos al del fórceps) llamado prólogo, para tratar de convencer a sus posibles lectores de que él era bien portado y de que todo aquello que le ofrecía en doscientas cincuenta páginas, por muy diverso que pareciera, trataba en realidad un solo tema, el del espíritu o el de la materia, no importaba cuál, pero, eso sí, un solo tema. En vez de imitar a la naturaleza, que siente el horror vacui, eran víctimas de un horror diversitatis que los llevaba invenciblemente por el camino de las verdades que hay que sostener, de las mentiras que hay que combatir y de las actitudes o los errores del mundo que hay que condenar, ni más ni menos que como en las malas conversaciones.

1
La vida es como un árbol frondoso que con sólo ser sacudido deja caer los asuntos a montones; pero uno puede apenas recoger y convertir en arte unos cuantos, los que verdaderamente lo conmueven; y éstos son para unos cuentistas y aquéllos para otros; y gracias a eso hay tantos cuentistas en el mundo, cada uno trabajando el suyo, o los suyos; y lo bueno es que el árbol no se agota nunca; no se agotaría aunque lo sacudiéramos todos al mismo tiempo, aunque al mismo tiempo lo sacudiéramos entre todos.

58
Hasta ahora he sido incapaz de hacer de esto un verdadero diario (la parte publicable). Demasiado pudor. Demasiado orgullo. Demasiada humildad. Demasiado temor a risitas de mis amigos, de mis enemigos; a herir; a revelar cosas, mías, de otros; a hablar de lo malo que parece bueno y viceversa; de lo que me aflige; de lo que me alegra; de lo que vanamente creo saber; de lo que temo no saber; de lo que observo; de lo que quisiera no observar; de mis libros; de mis proyectos; de mis sueños; de mi angustia; de mis visiones; de mi aburrimiento; de mis entusiasmos; de mi amor; de mis odios; de mis frustraciones; de mi digestión; de mi insomnio; de mis propósitos de Año Nuevo, de Mes Nuevo, de Semana Nueva, de Día Nuevo, de cada hora y de cada minuto que comienza; de mis amistades rotas; de la muerte de mis amigos; de mis problemas sin resolver con las comas (el estilo); de mis problemas resueltos con las comas (el estilo); de la lluvia; de los árboles; de las nubes; de las moscas cuando alguna me acompaña en mi cuarto para recordarme lo que nos espera; de mis afectos; de mi miedo a escribir y a no escribir; de lo que detesto en mis amigos, que son los que importan; en los restaurantes, en las reuniones, en las cenas formales; en los actos públicos, en los políticos (de otros países); en los triunfadores; en los perdedores; en la religión; en el ateísmo; en los funcionarios; en los colegas; en los que me miran; en los que no me miran; en las premiaciones; en los homenajes; en las condecoraciones; de lo que me gusta en los animales; de los niños que vienen a mi casa conducidos por sus padres a confesarse y a pedirme perdón porque en un concurso literario de su escuela ganaron el primer premio plagiando un cuento mío y desde entonces no han podido dormir y se han enfermado de culpa y arrepentimiento como si la cosa tuviera importancia; de fotografías de mujeres desnudas que se abrazan entrando a un coche en el Bois de Boulogne en la Colección Anatole Jakovsky; de mis influencias según los críticos; de mis influencias según yo, mías, recónditas, escondidas en lo más íntimo, como tesoros secretos e incompartibles, semillas germinadoras después de dos mil años, o casi, o más, amuletos contra el mal o la negación de todo o la desesperanza; de mi perro que se pasó tres días encerrado en un pedazo de jardín haciendo el amor con la linda perrita que le trajeron y de la forma en que ambos corrieron el uno hacia el otro y empezaron a besarse en medio de gruñidos y muestras de odio que en realidad eran muestras de amor y de deseo que finalmente cumplieron hasta el hastío con la posterior partida de ella y la actitud de él durante dos días, extrañamente tranquilo, extrañamente inquieto, hasta que por las mañanas vuelve a ocuparse en perseguir sombras de mariposas sobre el pasto y bajo el fuerte sol de marzo teniendo a las mariposas en persona al alcance de la boca, de la mano o de la pata o de lo que sea, pero siempre tras las sombras, y él sabrá por qué y yo no pienso sacar de esto ninguna ridícula conclusión filosófica.

76
No quiero parecer insincero; ¿inteligencia? Con frecuencia dudo tenerla, como le sucede a toda persona más o menos inteligente. Pero nunca dudo de mi emoción, de mi capacidad de vivir, de recibir de la vida lo que me ofrezca, y de responder a ello emotivamente: con tristeza, con alegría o con dolor. Pero la literatura, como se sabe, no se hace sólo con emociones.

87
Tus paisanos nunca están dispuestos a creer en alguien a quien conocieron o conocen de todos los días. La primera lucha del escritor es contra sus paisanos; la segunda, contra sus amigos. Así que vivir en alguna otra parte es bueno, ya sea en un país mejor o peor que el de uno.

192
Sé que está en la mente de todos y que lo que voy a decir es bastante obvio y por eso he querido demorarlo un tanto; pero en fin, tengo que decirlo: el destino de quienquiera que nazca en Honduras, Uruguay o Paraguay y por cualquier circunstancia, familiar o ambiental, se le ocurra dedicar una parte de su tiempo a leer y de ahí a pensar y de ahí a escribir, está en cualquiera de las tres famosas posibilidades: destierro, encierro o entierro.

197
No me gusta trabajar; pero cuando lo hago me agrada hacerlo como los pintores. Se paran ante su tela, la miran, la miden, calculan; luego hacen unos trazos con lápiz, se asustan (creo yo) y se van a la calle o leen (son grandes lectores) y vuelven, y desde la puerta ven “aquello”, a lo que se acercan, ahora con unos pinceles y una mesita en la que han puesto muchos colores, o pocos, según; rojo, azul, verde, añil, blanco, violeta; piensan, titubean, miran su tela, se acercan a ella y ponen un color aquí y otro allá; se detienen, se hacen a un lado y miran, vacilan, piensan, y leen o se van a la calle, hasta otro rato.

Antigua, una ciudadela “nice”

Mario Roberto Morales


Quizá el rasgo más sobresaliente de la estética nice lo constituya su artificialidad. Lagos creados por medio de embalses que le dan un toque agreste a las urbanizaciones llamadas “exclusivas”, senderos para caminar o trotar llenos de piedra llevada de otras latitudes, puentes de troncos y falsos riachuelos que se pierden en el recién cortado follaje, y animales decorativos vagando por los impecables llanos de tenues colinas forjadas a fuerza de Caterpillars.

En lo referido a la decoración, lo nice puede ir desde las orquídeas raras hasta las flores de plástico, pasando por toda suerte de esculturas “étnicas” que pueden desplegar elefantes de la India, camellos del Medio Oriente, flamencos de la Florida o mujeres africanas embarazadas.

Lo nice transforma las ciudades del pasado en una especie de enormes tiendas de souvenirs ubicadas en museos para turistas despistados, de esos que esperan hallar un McDonald’s a la vuelta de donde se encuentran las “obras maestras” que los guías les invitan a contemplar con aire aburrido. Lo nice es, pues, fundamentalmente artificioso. De una artificiosidad un poco degradada por el mal gusto y la vulgaridad que brota espontánea de la ansiedad por un lucro sin más horizonte que el lucro mismo.

La actitud más nice de la gente nice es separarse de la ciudad y del común de los humanos para refugiarse en exclusivas colonias que se antojan cementerios, y lo es también alejarse de las zonas residenciales para fundar ciudadelas privadas que se hacen rodear de murallas, sabuesos y policías para evitar que quienes no pueden pagarse semejante lujo puedan siquiera asomar las narices por las cercanías. Es muy nice ser exclusivista, aunque esto no sea sino otra forma de adocenamiento.

La ilusión de exclusividad y cualquier esfuerzo por alcanzarla y vivirla es sin duda una actitud nice, es decir, artificial. En tal sentido, la mentalidad nice no respeta clases sociales porque surge de los mandatos consumistas del mercado. Tiene que ver con los sentimientos de inadecuación que por medio del despliegue de los estilos de vida artificiosos de ciertas “celebridades” (igualmente artificiales), se crea en el público receptor por medio de los mensajes emocionalmente desestabilizadores de la televisión y las revistas de modas, como los que nos hacen sentir inadecuados y feos para que consumamos medicinas y cosméticos, entre otras mercancías.

Esa ilusión de exclusividad ha convertido a la ciudad de Antigua en un parque “temático” en el que el tema es la Colonia hispanoamericana, y la ha vuelto inocua en cuanto a sitio para estudiar la historia de la que formó parte. De ser la vieja capitanía general de Centroamérica ha pasado a ser una ciudadela nice en la que la artificialidad se practica como una forma de exclusividad, el mal gusto como “cultura”, y en la que al pueblo se lo pone en escena mediante actores que fingen ostentar identidades diferenciadas en el espléndido marco de cielos profundos, volcanes azules, atardeceres explosivos, y tenue cuanto perenne bruma de marihuana.

Ciudad nice para gente nice, Antigua permanece viva en algunos de los ya escasísimos antigüeños que todavía viven allí y que no han sido infectados por el virus de la ilusión de exclusividad y la mentalidad nice, cuyo gusto estético orbita en torno a los arbustos de plástico que adornan los panteones y al simulacro de naturaleza agreste de los campos de diversiones de Orlando. Antigua se ha preservado para la posteridad pero como un cadáver maquillado, como una extraordinaria momia nice, como un desordenado museo en el que la más ruidosa actividad es la de la gente nice que llega a ensuciar su ambiente con orines alcoholizados, broncas de madrugada, autos sobre las aceras coloniales y vómitos a media plaza central, orillando con ello a los propios a largarse de allí y a vender sus propiedades a europeos y gringos “políticamente correctos”, o bien a rebelarse con una paciencia y una perseverancia que nada tienen de “nice” y sí mucho de dignidad y respeto a sí mismos.

Allí, Pedro de Alvarado, Bernal Díaz del Castillo y Tecún Umán son nombres de cócteles azucarados. Doña Beatriz La Sin Ventura y doña Leonor de Alvarado y Xicoténcatl han dejado de ser la esposa y la hija del Adelantado y se han convertido en nombres de hoteles y pensiones en los que pululan serviciales bedeles ataviados con trajes indígenas ceremoniales. Allí, el pueblo se disfraza de pueblo y sale a la calle a vender su cultura por migajas. Allí se consigue de todo. Y el ambiente es nice. ¿Qué más artificialidad se puede pedir para una persona nice?

La realidad moderna de Moisés Barrios

Emiliano Valdés


La ilustración del Pacífico
, tal el título que Moisés Barrios ha dado a su propuesta plástica más reciente, demuestran la vigencia de la pintura, y dentro de ella del paisaje, como testimonio de la existencia humana en la historia y en la imaginación. Esta serie, compuesta por óleos y acuarelas, toma prestado el nombre de la revista homónima producida a finales del siglo XIX en Guatemala.

-I-

La representación de la vida cotidiana en el Pacífico guatemalteco, motivo previamente explorado por el artista, adquiere rasgos que la sitúan como una nueva fase del paisaje, tanto en la trayectoria del artista como en el ámbito de la plástica nacional. La potencia que este trabajo aporta a la pintura contemporánea regional, resulta de una exploración reveladora de la cotidianidad y de la buena factura que caracteriza la obra de este grabador y pintor guatemalteco, además del compromiso con que se aborda el tema, en contraposición a una tradición del paisaje folclorista o tipo Inguat.

Heredero infiel del Realismo Americano de principios del siglo XX, Barrios ha experimentado un proceso paulatino de depuración de sus composiciones, hasta arribar a una serie más limpia, más poética y más pictórica. Con esta serie se despoja -después de agotarlos- de las coordenadas formales y conceptuales que definían hasta hace poco su tratamiento del paisaje y del tema del Pacífico. Series tan distantes en el calendario como cercanas en la forma y el motivo (Puerto de Iztapa), se liberan de riesgos manieristas, dando lugar a un paisaje impoluto, que adquiere su fuerza y dignidad a partir de la asunción plena de la naturaleza sobre el papel o la tela.

Las escenas de la cotidianidad, son el texto y el pretexto para el ejercicio de un oficio bien aprendido a lo largo de los años y la aplicación fluida de técnicas diversas. Es en la pintura misma en donde Barrios desarrolla las premisas conceptuales que rigen su acercamiento a la realidad.

-II-

Gracias al dominio del oficio y a la conquista de la sencillez, el retrato de la Guatemala real adquiere las proporciones de un paisaje en su expresión más alta: el de la Guatemala imaginada, que refleja tanto la historia como la espiritualidad del creador y de los fruidores. Detrás de estas escenas de aparente tranquilidad, subyace una visión crítica sobre aspectos intrínsecos de la idiosincrasia guatemalteca. En este sentido, los meta-discursos posibles son tan variados como compleja es su interrelación.

La presencia de grandes poderes y potencias colonialistas, materializadas en parte en latifundios algodoneros, compañías bananeras y en una política norteamericana intervencionista, formó a generaciones enteras con el deseo latente de “ser otro”, o cuando menos de ser “un poco más” como el Otro.

Como contrapunto, las escenas del Pacífico dan cuenta de algo más. A cien kilómetros de la Capital, la gente asimiló la presencia del Otro, lo hizo parte de su cotidianidad hasta absorberlo y diluirlo en el imaginario inconcluso de un mestizaje accidentado. A diferencia de la Ciudad CAPITAL, en donde publicaciones como “La Ilustración del Pacífico”, proclamaban por un progreso que no habría de llegar y la gente aspiraba a vivir como en Europa (o en la pequeña París), en la Costa la gente sencillamente vivía, “era lo que era” y ya.

Ahora bien, con la democratización de las aspiraciones implícitas en la pos-modernidad, el panorama de las mal llamadas culturas periféricas ha cambiado. Una primera lectura de la serie de Barrios sugiere que hoy, el Pacífico vive una suerte de ilustración extemporánea. Hablar de una Ilustración de muelles roídos por el tiempo, en una zona con infraestructura y servicios precarios propios del siglo XIX, supone una inflexión crítica de la globalización. Y en la Costa Sur de Guatemala, ese mundo de redes y desarrollo es tanto un sueño lejano, como una agridulce realidad.

Esta dicotomía se ve acentuada en un momento en que la Costa Sur (junto a otras regiones del país -aje- ) ha sido derribada, en gran medida, debido a la ausencia de una de las premisas intrínsecas del progreso: la infraestructura.

-III-

Los óleos de La ilustración están basados en fotografías. En ese sentido, Moisés Barrios es un artista moderno, como sugiere Erwin Panofsky en La perspectiva como forma simbólica. No cabe duda que la mirada a través de la perspectiva óptica de la cámara es una forma particular de entender el mundo.

Pintar a partir de fotografías fijas no es nuevo, pero si el ángulo adoptado por Barrios. Puntos de vista “inusuales” para el ojo común y para los bocetos tradicionales de un pintor, puestos al alcance del pincel y de nuestra propia mirada sobre el mundo. Así, lo desacostumbrado puede muy bien condensar todo el potencial expresivo de la pintura, de tal manera que una “mala” foto se convierte en un buen cuadro. En este sentido, Barrios retoma una tradición presente en Giorgio de Chirico, entre otros, cuyos cuadros con perspectiva matemáticamente errónea, son muy evocadores y basan su eficacia precisamente en esta distorsión.

El realismo fotográfico del nuevo trabajo, garantiza una actitud casi científica en el análisis del sujeto, a modo de estrategia discursiva paralela y contrapuesto a una acercamiento ligeramente más idealizado en experiencias anteriores. Las implicaciones de este nuevo trabajo de Barrios, sólo pueden comprenderse si se considera la concepción moderna del espacio -y del mundo-, puesta en juego a partir de la fotografía.

-IV-

La iluminación del Pacífico o la realidad afectada por el progreso. Un progreso a medias que atrapó la atención de un artista que hoy consigue un retrato meritorio de la Costa. La apuesta por el progreso del Pacífico presente en la publicación decimonónica que sugirió el título, es retratada con una nostalgia inquietante que, a pesar de la citada “génesis fotográfica” de las imágenes, no abandona del todo la superficie de los cuadros. Los restos del (falso) desarrollo -rótulos de Coca Cola, muñecos inflables, motores fuera de borda- se mezclan con la cruda realidad de la Costa y la paradoja ciertamente hermosa de su paisaje: precariedad de la infraestructura, ausencia de servicios.

En suma, una situación de atraso material, que se olvida y reaparece cada día en melancólicas escenas del pueblo tomando un baño en las aguas que arrastran con toda posibilidad de bienestar.

La Costa, en tanto contexto plástico absoluto, se manifiesta aquí como la promesa de un porvenir eternamente postergado. Estos óleos y acuarelas nos recuerdan que en cien años nada ha cambiado. Acaso porque un siglo no es mucho tiempo en los rieles sobre los que viaja la eternidad.

-V-

En una época de creciente sentido de la crisis, en la que la inseguridad e inestabilidad se reflejan tanto en la vida cotidiana como en la cultura, el trabajo de Moisés apuesta por un “poder ser nosotros mismos”, sin negar la preocupación eminentemente postmoderna por la otredad y la necesaria apertura hacia el mundo.

El artista repiensa la condición de pueblo en función de su historia. Por eso, detrás de una descripción aparentemente fútil, se produce una exploración del ser guatemalteco en la Costa. Es decir, el de un ente que vive en un lugar y en un momento concreto: el de la cotidianeidad -violentamente- pacífica. Las piezas de esta serie se comportan como condensadores de toda una realidad, como un hai-ku encarna el mundo en tres líneas.

La ilustración del Pacífico es también un paisaje interior, un viaje hacia esa estrecha franja en la que la eternidad se une con el hombre. La re-visitación de viejos temas bajo nuevas ópticas, revela la intención de reconocimiento, de volver hacia atrás con la cadencia que vuelve la espuma antes de que estalle la ola.

Moisés Barrios ilustra con rigor e imaginación un paisaje a todos, y funda un capítulo afortunado de la pintura sin adjetivos.

Octubre 2005

La Política Kafka

Literatura menor
e imposibilidad de escribir
de otra manera
Javier Payeras

(Breve reflexión sobre la escritura urbana posmoderna en Latinoamérica y su filiación con la literatura menor propuesta por Gilles Deleuze y Felix Guattari)


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Escribir o no escribir
La imposibilidad de escribir y de no escribir, de remedar un lenguaje que es apenas algo, o que lo fue o que lo será.
Escribir en las afueras de algo, en la miseria de algo, en las ruedas de algo.
Transmitir de forma exagerada esas sensibilidades extrañas, devolver, al reverso de la hoja, un insecto, verde, babeante.
Encender una máquina de guerra, sacar de la lata algunos desechos y hacer literatura con desechos; si se aprende algo al escribir es que cualquier esfuerzo es siempre menor, es tan difícil hacerlo, como dejar de hacerlo.
La literatura menor
Litterature mineur es un término que intenta acercarse no a la literatura escrita en un idioma menor, sino literatura que minorías raciales, sexuales o de cualquier tipo hacen dentro de la tradición acordada en una lengua mayor: un latinoamericano, un irlandés o un vasco o un homosexual, un adicto o un desadaptado dentro de la sana tradición y abolengo de una lengua respetable.
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El escritor menor macera una lengua históricamente impuesta, para utilizarla como una máquina de expresión de su deseo.
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Pero aparte de lo que representa el uso del idioma mayor o lengua mayor y el uso de la escritura como caballo de troya para las ideas antipopulares y anárquicas, existe en la literatura menor una actitud que busca abrir espacios.
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En la Política Kafka los espacios de convergencia con el mundo se instalan en sitios reducidos y asfixiantes; donde pugne lo individual con los triángulos de poder; donde el diálogo marque posiciones, no ejemplifique ni moralice con el discurso; donde el individuo no sea un fantasma edípico, sino salga de las zonas reconocibles dentro de las relaciones humanas; donde escribir se convierta en una propuesta política.
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Por otro lado la Literatura Menor adquiere un extraño valor colectivo.
El autor se constituye en una comunidad, en un Joseph K, que no designa a un narrador o a un personaje, sino a un dispositivo-jauría que surge de lo individual a lo colectivo.
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Así, en la L.M. se deshacen nudos sociales y suelen deformarse las relaciones con los “triángulos” de poder…
Deshacer nudos implica romper formas; las “formas” con las que habitualmente se presentan las relaciones entre seres humanos:
Gregorio Samsa termina sus días alejado de todo vínculo con su familia, con su comunidad y con el mundo, sin alcanzar a reconocer esta situación nueva, la metamorfosis, es una liberación sin salida, donde existe el sueño de escape, el sonido hipnótico que da la posibilidad al personaje de huir de su condición, un personaje que parte de su estado “normal” para visitar zonas de extrañeza que le permiten una percepción nueva de lo cotidiano.
En la Carta al padre no existe tal queja, es sólo una salida para desterritorializar al padre, para reducirlo y aplastarlo, llevarlo hasta su propio espacio de deseo.
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Se trata de una política del deseo, una manera de acercarse y abordar a la máquina-escritura desde una línea de fuga que da la posibilidad de deshacer nudos en su relación con los demás, partiendo de la impostura como una clara oposición al poder de la cultura o a la cultura en el poder.
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Pues el canón de cultura es impuesto por el ideal nacional de identidad.
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Las máquinas de expresión y desterritorialización de las literaturas menores desdeñan la Historia de la Literatura, como enunciado; su interés no es cívico, tampoco lírico; no pretenden hacer evocaciones y cantos a la raza; muy al contrario, buscan “agarrar el mundo” como definen Deleuze y Guattari ese anti-lirismo de oposición; se visibilizan en el poder subversivo de la palabra, son políticas –van en línea contraria al poder- y no ideológicas, ya que lo ideológico busca situarse dentro del canon de la cultura y, por supuesto, el poder.
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La literatura menor en la tendencia editorial urbana posmoderna
Las ciudades latinoamericanas crecen sin planeación ni control, condicionadas por el hacinamiento y las migraciones. No es de extrañarse que las literaturas urbanas posmodernas se caractericen por la desterritorialización del ideal del campo, la fascinación por el lenguaje conceptual, mediático o neológico y la deconstrucción del yo.
Difícilmente se puede rastrear en ellas, alguna nostalgia o alguna referencia autoconfesional.
Parecen, más bien, literaturas que se están escribiendo de forma acronológica.
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La filiación de estas literaturas urbanas menores, con el Kafka político de Deleuze y Guattari, es muy estrecha; editoriales independientes y grupos literarios que funcionan como máquinas de guerra, que visibilizan a través del enunciado, del manifiesto, pero sin la intención de reproducir el modelo de la vanguardia clásica, mas bien, personalizando lo que se ha identificado como “escrituras intertextuales”, que buscan abrir líneas de fuga dentro de su contexto, subvirtiéndolo.
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Este “terrorismo literario” se define por el rechazo a “representar” ese lugar común llamado Literatura Nacional ; la irreverencia ante la cultura canónica y la celebración del poder subversivo de la palabra: antidisciplinaria, anti-ideológica y anti-culturosa.
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En las líneas de fuga de estas máquinas de expresión se hallan las características que definen la Política Kafka:
La desterritorialización: funcionan contra una ontología de lo territorial, es común que las influencias más reconocibles sean los escritores esquizos, siempre en conexión con el cinismo, la desfiguración, el humor negro y el pesimismo recurrentes en los conflictos que plantean sus temáticas.
Articulación de lo individual en lo político: rechazan cualquier función puramente individual, deconstruyen el “yo” como mito, se alejan de lo sentimental y lo romántico.
El valor colectivo: toman distancia, incluso, de la concepción “confesional” de la literatura, para adentrarse en el deseo como único sentido de la existencia, en el dispositivo-personaje que reduce la vida a enunciado.
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Literaturas urbanas borderline alejadas de lo “estético” como dimensión fundamental del pensamiento post-estructuralista, adentrándose en la separación “crítica” del poder, los mitos y la ideología; rehuyen a los lugares comunes del canon, a través de un laberinto de relaciones fantasmales con el pasado; partiendo de una literatura que se escriba a sí misma, imposibilitando otra salida, que no sea, su expresión absolutamente menor, indeseable e inocentemente mal intencionada.

Guatemala noviembre 2003


Pura nostalgia I

Carmen González-Huguet


Hasta entonces sólo habíamos escuchado las famosas frases: “Torre blanca, aquí jaque mate rey dos, cambio” en la casa de la vecina de al lado, cuando dejaba entrar a todos los niños del pasaje para que viéramos cómo el sargento Chip Saunders, con la barbilla partida que le prestaba Vic Morrow, y el teniente Gil Hanley, encarnado por Rick Jason, talegueaban implacablemente a una bola de alemanes en las postrimerías de la Segunda Guerra Mundial.

Era la época cuando Ajax triclorín súper poderoso se anunciaba con un caballero de blanca armadura que, lanza en ristre, se aprestaba a atravesarnos justo antes de comenzar a ver La trampa o la inefable Las momias de Guanajuato, primera oportunidad en que Ernesto Alonso dio rienda suelta a esa tendencia oscura y macabra que tendría su momento más sonado muchos años después, en el capítulo final de El Maleficio y que con bastante antelación daría como resultado esa obra maestra del humor negro que fue Doña Macabra donde una juvenil Julissa alternaba sin desmedro con los monstruos sagrados Amparo Rivelles, Ofelia Guilmain y Carmen Montejo.

Parece mentira que aquel armatoste Sylvania que entró por la puerta del número 126 del pasaje 3 de la Colonia El Roble durara veinte años y sobreviviera a la aparición de la televisión a color, a los primeros y peores días de la guerra y al advenimiento de la época del cable. Por supuesto, nunca supo lo que era el betamax ni el vhs, ni mucho menos el dividí, similares ni conexos. Pero aún así nos dio acceso a lo mejor y lo peor de la cultura de masas que compartimos con una generación repartida por los innumerables rincones de Iberoamérica.

Antes de su llegada nos conformábamos con los viejos radios de tubos al vacío, y después con los primeros a transistores, en los que sonaban al atardecer Las rancheras que dan cólera de la Radio Cadena Sonora y las interminables radionovelas del Circuito YSR, q. e. p. d. Así conocimos a ese clásico de la literatura de masas que fue El derecho de nacer, de don Félix B. Caignet, un señor cubano con el que el propio Gabriel García Márquez platicó cuando el segundo trabajó en Prensa Latina.

Ahora, con el auxilio del Internet, versión moderna de la metáfora del El Aleph borgeano, vengo a enterarme de que Félix Benjamín Caignet nació en San Luis, Santiago de Cuba, el 31 de marzo de 1892. De origen francés y formación autodidacta, fue actor, pintor, poeta, narrador y músico. Hizo las primeras armas en el periodismo, allá por 1914, pero su éxito indiscutible fue esa obra maestra del folletín, al más puro estilo decimonónico, que tituló El derecho de nacer.

Además de esta novela, de enorme éxito radial y luego televisivo, compuso numerosas piezas de música popular, entre ellas, la canción Te odio, que se hizo famosa en las voces del trío Matamoros, así como el pregón Frutas del Caney. Pionero de la producción radial, sacó provecho de la experiencia de los cuenteros de Santiago de Cuba para escribir una serie de programas infantiles. Después dio vida a un detective chino, Chan Li Po, en el que introdujo por primera vez el rol del narrador en los radioteatros.

La primera versión de El derecho de nacer constó de 314 capítulos y se transmitió durante casi un año, entre 1948 y 1949 por la radioemisora habanera CMQ. Desde entonces, la historia fue transmitida innumerables veces por radio y televisión. En el cine las más recordadas versiones son la de Jorge Mistral, con Gloria Marín y dirigida por Zacarías Gómez Urquiza, y la de Julio Alemán, que dirigió Tito Davison en 1966, con la gran Aurora Bautista en el papel de María Elena.

Igualmente inolvidable la versión protagonizada en los años sesenta en San Salvador por un Albertico local que pasó a la eternidad con el nombre del protagonista de esa huerta de lagrimones asumida también por Enrique Lizalde en 1966, en la televisión mexicana. En ésa, María Elena fue encarnada por la actriz catalana María Rivas.

En 1982 Humberto Zurita asumió el papel de Limonta, ya adulto, en una improbable versión en la que el papel de María Elena fue desempeñado por Verónica Castro y Albertico niño por su hijo Christian. Félix B. Caignet murió en La Habana, el 25 de mayo de 1976. Tenía ochenta y cuatro años. No llegó a enterarse, por tanto, de lo que habían hecho entonces con su obra.

Heredera directa del folletín y de la novela por entregas decimonónicos, la telenovela ha tenido una persistencia longeva en la imaginación de tres generaciones de latinoamericanos. Ya lo dijo Gabriel García Márquez: “Lo malo del folletín y de la telenovela es el tratamiento literario, el melodramatismo demagógico, digamos. Pero esos autores trabajan con elementos de la vida real que son útiles para un escritor. A mí no me preocupa manejar esos elementos, siempre que pueda darles un valor literario, porque al fin y al cabo son cosas que le suceden a la gente. Estuve a punto de publicar la novela (El amor en los tiempos del cólera) como un folletín, por entregas, como se hacía antes. La telenovela influye sobre las costumbres domésticas; hay casas donde se cambia el horario de las comidas para que puedan ver la telenovela las señoras y criadas. Es la fascinación de los hechos de la vida real. Poder hacer eso, con valor y calidad literaria, sería una maravilla...”

Pago tributo, pues, con estas primeras líneas, a ese género y a la cultura de masas de la que forma parte, a los que mi generación y yo debemos bastante más que una educación sentimental y que, críticas al margen de la calidad y el estilo, siguen teniendo un arrastre poderoso, aunque ahora ya no aparezca el caballero de la brillante armadura anunciando el Ajax triclorín súper poderoso en los intermedios comerciales.

Gilberto González y Contreras


1932: ausencia de Farabundo Martí
Rafael Lara-Martínez




Como reza uno de los versos más reconocidos de Pablo Neruda “es tan corto el amor [la memoria] y es tan largo el olvido”, el trabajo de la historia no consiste en rescatar e indagar la memoria. Su labor más amplia se resume en colectar lo que oculta el olvido. El “sweet oblivion”. La identidad salvadoreña responde a lo que se recuerda con “amor”, como al más dilatado y complejo territorio del olvido. Hay más quehacer al recobrar lo olvidado que al evocar el recuerdo.

Una de esas figuras del desdén y el exilio es el escritor salvadoreño Gilberto González y Contreras (1904-1954). Su paso de la tierra natal hacia Honduras, Cuba y México lo marcan múltiples publicaciones que anticipan temáticas en boga. En el país vecino colabora con Julieta Carrera, quien escribe un libro fulminante para la época en que la mujer no cuenta con derecho a voto y se le juzga simple “soñadora”: Sexo, feminidad y economía (1934). Carrera trata temáticas que hacen explosión treinta años después: “nueva sexualidad”, “rebelión de la juventud”, “ética sexual del capitalismo”, “desnudez y prostitución”, “mío es mi cuerpo”. En los parajes centroamericanos, el poeta errante comienza el primer poemario de protesta salvadoreño: Trinchera (1934 / 1940), que publica seis años después en Cuba.

Ese 1934 escribe artículos en la revista Bohemia de Cuba en los que prosigue la denuncia política —“La tragedia social de El Salvador”— mezclada con temáticas poco ortodoxas. Proféticamente, antepone el feminismo y la etnicidad a la cuestión de clase. En la isla, se consagra como ensayista. Exalta la gesta revolucionaria mexicana. Defiende un “americanismo esencial”, a la vez que experimenta con un hai-kú tropical. Acaso sea el primer salvadoreño en combinar temáticas radicales de avanzada revolucionaria, con un rigor técnico modernista.

En México publica uno de sus libros fundamentales: Hombres entre lava y pinos (1946). Visionario, percibe la unidad cultural del istmo. Analiza el carácter común del salvadoreño y hondureño surgiendo como vástago vegetal del entorno geográfico. Su temperamento común deriva de “las impresiones psicológicas del paisaje”. Su intuición creadora predice “la expresión americana (1957)” de José Lezama Lima. La identidad continental es paradoja entre parquedad y “grito pugnal”. Lava y pinos, costa y montaña, enigma y hallazgo, son antónimos complementarios de un mismo dispositivo cultural. El “silencio que tiembla” y su abuso aullante son características ístmicas supranacionales. El escritor unifica el espíritu de los pueblos con rasgos opuestos: “alcantarillas del espíritu” y “pirotecnia verbalista”.

En cuanto al acontecimiento histórico que lo llevó al exilio —el etnocidio de 1932— González y Contreras formula, cincuenta años antes, la tesis del historiador costarricense Héctor Pérez Brignoli. Existe la posibilidad de dos rebeliones paralelas: una revolución urbana o “complot” comunista fallido, luego de la captura de F. Martí y otros, y una revuelta indígena en el Occidente. El silencio del ensayista sobre Martí parece sintomático de toda una generación. Hacia 1950, la sociedad salvadoreña aún no inventa la figura heroica de Farabundo Martí. Con el salvadoreño errante se acuerdan un escritor salido de las filas martinistas —Francisco Machón Vilanova, Ola roja (1948)— y un moderado —Cristóbal Humberto Ibarra Tembladerales (1957). Mientras estos últimos creen que “los levantamientos de occidente estaban dirigidos por propagandistas extranjeros [rusos]”, González y Contreras mantiene la índole étnica y autónoma de los Izalco. Como fuere, tres escritores de las décadas de los cuarenta y cincuenta niegan el liderazgo de Martí. Nos informan que su figura gloriosa actual es de invención reciente, posterior a esas décadas.

He aquí transcritas sus palabras:

Madura ya la conciencia de las masas, en 1932, hubo un triple levantamiento: de los indios en defensa de los terrenos comunales —de que estaban siendo expropiados— y por el mejoramiento de su estándar de vida: de algunos elementos laboristas, y de la fracción comunista, con núcleos exclusivos en la capital de la República. La rebelión fue debelada con el ímpetu más salvaje y las mayores expresiones de barbarie, alcanzando cifras que los propios datos oficiales hacen ascender a 18 000 muertos pero que observadores saxoamericanos aseguran que fueron 23 000. De esa fecha trágica, hasta su caída en 1944, Maximiliano Hernández Martínez desarrolló una política de violencia represiva, creó la banca salvadoreña y la puso en manos de banqueros nazis, convirtiéndola en el instrumento de cambio de los marcos aski para Centroamérica, y fortaleció la industria cafetalera, para colocarla bajo la dirigencia de los grandes productores italo-fascistas” (González y Contreras, 1946: 19. Con orgullo nacionalista, la tesis sobre el fascismo la confirma el italiano Mario Appelius, Le terre che tremano, Milano: Edizione Alpes, 1930).


Para González y Contreras, el niño Sergio Jacinto de León era una figura ejemplar de 1932 más significativa que Farabundo Martí.

Rodrigo Rey Rosa

Otro zoo
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Fue como si supiera exactamente adónde tenía que ir, como si se hubiera tratado de una cita. Alzó el brazo para tomarme de la mano, tiró suavemente—casi todo lo hacía con suavidad—y yo la seguí. Me condujo hasta el automóvil de su madre, que estaba ausente, y le ayudé a subir y a sentarse en la silla infantil.
--Al zoo, entonces.
--Sí—dijo--. ¡Águila! ¡León!
El zoo parecía desierto. Solo, en mitad de la calzada principal, un barrendero empujaba un bote de basura con ruedas de caucho. Ella me había soltado la mano, corría delante de mí por la ancha calzada hacia las jaulas de los felinos, y su figurita entraba y salía de las zonas de sombra bajo los jacarandás y un majestuoso matilisguate en flor.
La calzada, al principio, era recta; no había peligro de perdernos de vista. Era media mañana, una mañana medio brillante, medio nublada de finales de mayo, y el zoo—observé de nuevo—estaba vacío.
Me detuve un momento y miré a lo alto (los retazos de cielo entre las ramas recargadas de flores) y luego miré a derecha y a izquierda. Un zumbido vasto como de chicharras en el campo. Ninguna tropilla de niños de escuela, ninguna familia con bebés, ninguna pareja de amantes o enamorados.
A mi derecha, más allá de una fosa profunda, un elefante viejo se rascaba parsimoniosamente un costado con el tronco de una ceiba cuya forma sugería la pata de un ave fantástica, su cuerpo oculto tras las nubes bajas que cubrían el cielo.
Volví a mirar calzada abajo, y sentí mil punzadas de espanto en la espalda, en los brazos, en las manos. Yo estaba completamente solo en la vía de asfalto negro salpicada de flores lila y rosadas. Entrecerré los ojos (padezco miopía) pero no la veía en ninguna parte. Eché a correr hacia adelante, gritando una y otra vez su nombre. A mi izquierda, las garzas y los flamencos dormidos sobre una sola pata, los cocodrilos inmóviles y el hipopótamo permanecían indiferentes a mis llamados. Intenté gritar más alto, lancé gritos en todas direcciones; hacia la jaula de los monos, de los venados, los búhos, los quebrantahuesos y las águilas, pero nadie contestó.
A sus dos años y meses—pensé—estaba gastándome una de sus primeras bromas. Esconderse había sido, ya poco antes de que comenzara a hablar (aún hablaba sólo media lengua) uno de sus juegos favoritos. Tenía que tratarse, esta súbita desaparición, de un juego—razoné, y dejé de correr. Volví a llamarla. Ya estaba bien (amenacé a gritos), si no aparecía en ese instante, la dejaría allí. Pocos minutos más tarde comencé a rogarle que respondiera. Seguí andando. A cada paso miraba a uno y otro lado, como enloquecido, y hacía constantemente esfuerzos para no ponerme a llorar. Había llegado al límite occidental del parque, y estaba frente a la jaula de los tigres de bengala. Las cercas, comprobé con alivio, eran altas y seguras y parecían imposibles de saltar. Los grandes felinos le fascinaban, y la idea de que hubiera querido acercarse demasiado no dejaba de preocuparme. Pero no había razón para alarmarse todavía. Estaría oculta por ahí, tal vez en un sitio adonde mis gritos no llegaban con suficiente fuerza. Miré hacia atrás; a un lado de la calzada había una hilera de quioscos, varios juegos infantiles, ventas de comida, puestos de fotógrafo.
Fui hasta allí, y anduve alrededor de cada negocio, llamándola sin cesar. Tomé un sendero lateral, me dirigí hacia las espaciosas jaulas de los leones. Dos o tres machos estaban tendidos sobre la hierba, semidormidos en la luz blanca de aquella mañana que comenzaba a arder.
En el recinto vecino, formado por una depresión, dos jaguares jóvenes jugueteaban a la orilla de un estanque, con perfecta indiferencia a mis gritos de bestia humana. No se podía ir más allá, de modo que di media vuelta. Casi sin darme cuenta, sin fuerzas, caí hincado de rodillas en el cemento húmedo, y lloré, hasta recé. Pero mi llanto duró poco; me puse de pie de un salto y eché a correr hacia la entrada, sin dejar de mirar a todos lados, sin dejar de llamar su nombre una y otra vez.
Ahora tanto la calzada principal como los senderos laterales se habían llenado de gente. Bandas de niños y niñas se amontonaban ante las jaulas, los juegos mecánicos, los caballitos de fotógrafo. Madres y padres empujaban calesas o carritos, los amantes se besaban bajo los árboles o recostados en las vallas; nadie la había visto.
Llegué jadeando a la entrada, donde estaba la taquilla y el portón de rejas más allá del cual se amontonaban escolares de todas las edades, que hacían cola para comprar entradas. Abriéndome paso entre grupúsculos de niños, expliqué a gritos a los vendedores de boletos la desaparición de mi niña y pregunté si no la habían visto. Eran dos vendedores, y ambos estaban atareados dentro de sus casetas de vidrio oscuro y hormigón; las sinuosas colas de gente se prolongaban hasta perderse de vista más allá del estacionamiento de autobuses escolares.
No la habían visto, contestaron los dos, con simpatía profesional. Aseguraron que, de haber salido, sólo pudo hacerlo por una puerta, donde había un guardia a todas horas. Tal vez ella estaba allí, esperándome, pensé. Y me precipité hacia la puerta de salida. Pero allí sólo estaba un viejo guardia de uniforme color plomo y ojos nublados con cataratas. No la había visto salir, me dijo; sugirió, señalando un teléfono público, que llamara a la policía.
Una voz femenina me atendió inmediatamente, pero pasó un cuarto de hora antes de que pudiera explicar por qué llamaba. Enviarían una patrulla, me aseguró la mujer.
--Aparecerá—me dijo el viejo guardia del zoo.
Volví a recorrer el parque, por la calzada primero y luego por los senderos laterales. Ya no gritaba, pero miraba a todos lados y sin duda tenía cada vez más el aspecto de un loco. De pronto, entre un grupo de niños indios que comían algodones de colores eléctricos, su cabecita negra, redonda, apareció mágicamente, a unos diez pasos de mí. Con los ojos húmedos de felicidad, corrí para alcanzarla, pero caí de nuevo en la desesperación al ver que, aunque esa era su cabeza (y a mí me parecía única, perfecta) la niña no era ella. Este fenómeno alucinatorio ocurrió varias veces a partir de ese momento.
La luz había cambiado. El sol de mayo estaba en el cenit, y el cielo gris por encima de las copas de los árboles era como una vasta plancha caliente que quería aplastarnos. Los animales que hacía poco estaban a la vista, casi todos se habían refugiado en el fresco de sus guaridas ficticias.
No sé cuántas veces habré pasado frente a la jaula de los pizotes, de los mapaches, de los micoleones—pensando una y otra vez que estaban ahí porque un día, de pequeños, habían sido capturados por hombres, y que, como mi hija, desaparecieron de su mundo como por arte de magia.
Un agente de policía me detuvo cerca de la jaula de las águilas. Traía bajo el brazo un cartapacio, de donde sacó una libreta de apuntes y un bolígrafo. Muy serio, con un rostro sin expresión, me interrogó de manera formal. Después de tres o cuatro preguntas, yo me sentía responsable del extravío de –como él insistía en llamarla--"la menor". Tuve que mostrarle papeles. No tenía conmigo una foto de mi hija—nunca la llevé conmigo, por superstición—y esto parecía causarle desconfianza.
--Pero es una bebé—le dije--. Tiene apenas dos años.
Quería saber dónde estaba la madre.
--De viaje—dije.
--¿Por dónde?
--En España.
--¿Por qué motivo?
No contesté inmediatamente.
--¿Trabajo? ¿Placer?
Negué con la cabeza.
--Fue de peregrinación—le dije--. Es religiosa.
--Explíquese—exigió el policía.
--Es muy devota. Anda en una romería—expliqué--. Fue a visitar un sitio santo que hay en España. Compostela. Santiago de Compostela.
--Muy bien. Ya tiene algo por qué pedir—bromeó-- ¿Pero ya la puso al tanto? Tiene que avisarle pronto, hombre.
--Claro. Pero… Creí que ustedes me ayudarían a encontrarla.
--Sí, señor. Queremos ayudarle. Primero, vamos a avisar a los periódicos, si le parece. Necesitamos una foto de la niña.
Asentí.
--En casa tengo una, pero yo preferiría esperar, seguir buscando ahora mismo, mientras las huellas están frescas.
--Usted dirá. –Hizo una pausa. --Voy por los perros ¿Tiene algo que pueda darnos con el olor de la niña?
Lo tenía: un sombrerito de tela y un chupete, que guardaba en un bolsillo de mi pantalón.
--A ver—dijo, extendiendo la mano para recibirlos. Los metió en una bolsita de plástico con cremallera de presión, que guardó en el cartapacio.
--Para los perros--explicó. Cerró su libreta de apuntes. Me miró fijamente, con recelo.
--Volveré enseguida con los perros. ¿O me acompaña?—preguntó.
--Seguiré buscándola.El policía miró a su alrededor.
--Con este gentío…—dijo--. Buena suerte. A veces aparecen, sin más—hizo una pausa, sonrió como un tarugo--. En pedacitos.
--No veo el chiste—dije.Mirando al suelo, pidió disculpas rápidamente. Luego me dio su nombre (era sargento) y el número de su patrulla.
--No se apure más de la cuenta antes de tiempo, y no se aleje mucho sin notificarnos. Si la halla, nos llama.
Lo vi alejarse, a paso bastante rápido, y desapareció entre la muchedumbre cerca de las taquillas.
Una vez más, la luz cambiaba. Una brisa fresca había comenzado a soplar desde el norte, y las nubes se dispersaban para dejar visibles zonas de cielo azul. Volví a hacer la ronda de las jaulas, gritando el nombre de mi hija de vez en cuando, de manera casi maquinal. Miraba con envidia las parejas de venados, de monos, de ocelotes, de jaguares, y los ojos de sus crías me hacían pensar en los de ella. Las fieras estaban dentro, pero era yo el que iba y venía del otro lado de los barrotes, sin conciencia del tiempo.
De pronto había poca gente en el parque, y los gritos de los pájaros se oían claramente por encima de los gritos de los niños. Recostado en el tronco de una ceiba, lancé un grito—a medio camino entre el rugido y el sollozo--hacia lo alto, un sonido que brotó con todas mis fuerzas desde mis entrañas. No hice caso de las miradas de extrañeza o de espanto de los paseantes. "Al infierno con todos", pensé.
Un poco más tarde, el sargento volvió acompañado por otro policía, un hombre joven de piel clara y ojos grises, con dos pastores alemanes en una cuerda doble. Pidieron que los llevara a mi auto, para que los perros siguieran el rastro desde ahí. Los pastores subieron al auto y comenzaron a husmearlo todo: las alfombras, el volante, los asientos y los vidrios, donde la niña había dejado impresas huellas de sus manos enmeladas, y donde ahora quedaron restregones de narices mojadas y lameduras. Por fin, el joven policía sacó los perros del auto, y les dio a oler el gorrito y el chupete. Pronunció una orden de busca, y los perros, con los hocicos pegados al suelo, nos guiaron directamente a la entrada del zoo. Pasamos por el mismo torniquete por donde mi niña y yo habíamos entrado más temprano.
El parque iba quedando vacío, y las sombras se alargaban sobre la oscura calzada de hormigón. Los perros resollaban delante de nosotros, tirando de sus cuerdas con impaciencia, y miraban de vez en cuando, con una curiosa intensidad, a derecha e izquierda, donde estaban los animales enjaulados.
De pronto, ambos se detuvieron, y uno de ellos, que era completamente negro, dejó escapar una serie de aullidos extraños. El otro perro, como amilanado, se echó a los pies de su amo, en silencio, con los ojos entrecerrados y la lengua fuera. Los policías se miraban entre sí. El sargento se quitó la gorra, se rascó la nuca, y por fin habló.
--Es muy raro—me dijo--. Parece que el rastro acaba aquí. ¿Es aquí donde la vio por última vez?
Estábamos bajo la sombra del gran matilisguate, y los pétalos color rosa de sus flores recién derramadas, pisoteadas por innumerables pies, formaban una especie de alfombra sangrante sobre el hormigón. Las poderosas raíces del árbol se retorcían por la superficie del suelo, y habían resquebrajado la argamasa aquí y allá, como en las ruinas de una civilización extinta.
--Aquí mismo, no comprendo—dije, y miré a mi alrededor, al suelo y a lo alto, donde las nubes disgregadas cobraban ya los colores del atardecer--. No comprendo—repetí.
El perro negro no dejaba de describir círculos alrededor del sitio donde se perdía el rastro de la niña. El otro perro, que seguía echado, se levantó rápidamente, y, relamiéndose el hocico, gimió.
--Señor—me dijo el sargento--, por ahora, parece que no podemos hacer nada más. Lo siento. Comuníquese si surge algo. –Por primera vez, sentí que me compadecía.
--Estamos a sus órdenes—agregó.
--Voy a quedarme aquí un rato más—le dije. "Hasta que cierren, por lo menos", pensé.
Los policías se despidieron, y los vi alejarse con sus perros hacia la salida del zoo. Me senté en un banco de piedra al pie del matilisguate, frente al lugar de la inexplicable desaparición. Preguntándome a mí mismo cuánto tiempo pasaría antes de que los guardias llegaran a expulsarme (el parque estaba otra vez desierto) junté las manos detrás de la cabeza y me recosté en el frío respaldo del banco. Cerré los ojos para ver a mi hija en la imaginación. Pensé con tristeza que tal vez esa mañana, mientras corría delante de mí por la calzada, la había visto por última vez—pero me equivocaba, parcialmente.
Recordé palabras y frases que ella sabía pronunciar. Cuando abrí los ojos era casi de noche. Ya no se veía a nadie, y en una de las garitas de entrada habían encendido una luz. Las exhalaciones animales se movían con una brisa fresca en el aire. El olor áspero de los carniceros peleaba con el olor familiar de los rumiantes. De pronto se oyó el llamado de algún búho, y un poco más tarde el grito demente de un ave nocturna que yo no había oído nunca.
En el fondo occidental de la calzada algo se movió. Era el barrendero, que empujaba su carrito lentamente. Venía hacia donde yo estaba sentado, con una melena gris que le llegaba hasta los hombros, y me miraba con fijeza.
No podría describir lo que sentí en ese momento; escribo "miedo irracional" porque no encuentro términos más apropiados para hacerme comprender. Como ocurre a veces en los sueños, fui consciente de que, por más que lo intentara, no podía separar las manos, que tenía entrelazadas en la nuca, ni volver la cabeza, ni aun cerrar los ojos para dejar de ver al barrendero.
Quise gritar, y llegué a creer que, en efecto, soñaba. De mi boca, que se abrió por fin, no salió ningún sonido. Se oía el chirriar de las ruedas del carrito de basura, un carrito hechizo—un viejo barril de combustible montado en una armazón de metal, con dos chapuces de ruedas desiguales--y a cada chirrido, un escalofrío me recorría la espalda.
El barrendero vestía un sobretodo negro, desgarrado en jirones por el ruedo, y grandes botas de hule. Su pelo, muy grasiento, no parecía cabello humano, y su cara enjuta era la de un idiota. Se había detenido frente a mí y me miraba fijamente con dos ojitos negros que parecían alegres. Dijo con voz aflautada:
--Buenas, jefe.
No atiné a responder, emití un sonido incoherente. Pero superé el ataque de inmovilidad involuntaria. Me incorporé en el banco, moví la cabeza para saludar.
--Aquí—dijo el barrendero—traigo algo para usted.
De su boca, además de las palabras, brotó un olor a metal caliente. El barrendero rodeó su carrito. Con una gravedad estudiada, como de viejo mayordomo, y con una mano grande y huesuda, levantó la tapa del bote.
--Levántese—dijo (era una orden, pero la dio con suavidad)— y venga a ver.
Lo miré a los ojos. Aunque ya había anochecido pude ver que sonreía. Apartó la mirada y, antes de volver por donde había venido, me dijo:
--Yo me voy, no me haga caso.
Lo vi alejarse despacio, y desapareció en la oscuridad. Sentía mis propios latidos, demasiado fuertes, y dejé pasar varios segundos antes de ponerme de pie. Por fin me levanté, di dos o tres pasos, y miré dentro del bote.
Había un montón de paja seca y hojas muertas, envoltorios de golosinas, bolsitas de papel. Me incliné sobre el bote y aparté la basura con una mano, y entonces vi lo que había estado esperando ver, lo que no me había atrevido a esperar: la cara de mi niña. Tenía los ojos cerrados, pero los abrió.
Me parecía absurdo (y lo era) encontrarla así. Extendí los brazos para sacarla del bote, la estreché con fuerza contra mi pecho, y sentí sus bracitos que me rodeaban el cuello.
--Pero mi niña—atiné a decir por fin, relajando el abrazo y apartándola un poco de mí, para mirarla bien-- ¡qué pasó!
Me di cuenta entonces de que se había estirado varios centímetros desde la mañana, y estaba bastante más delgada. Sentí que todo había sido un sueño. La puse en el suelo, me arrodillé frente a ella. Se frotó la cara y habló.
--Vengo a despedirme—dijo--. No me volverás a ver.
Dije no con la cabeza, luego sonreí, confundido. Era imposible que en unas cuantas horas hubiera aprendido a hablar así; además, su voz no parecía natural.
--Tonterías—le dije, y quise abrazarla de nuevo, pero me rechazó.
--¡No, papá! Tienes que darte cuenta, he crecido, y puedo hablar—dijo con esa voz rara--. Sé que no es fácil pero tienes que reconocerlo, he estado en un sitio en el que tú no has estado y al que no podrás ir nunca, y dentro de poco tengo que volver allá—lanzó una mirada rápida hacia el sol poniente--. Pero no quiero que estés triste, por eso pedí venir.
Quise interrumpirla, decirle que todo eso era inaceptable, una pesadilla. La tomé de una mano.
--Óyeme por favor—me cortó--. Tenemos poco tiempo y sé que no puedo explicar lo que pasó ni lo que está pasando pero lo voy a intentar.
Hablaba muy deprisa. ("Una grabación", pensé. "¡Suena como una grabación!") --Me han llevado a un lugar extraño unos seres extraños, un lugar muy lejano con un cielo diferente sin luna ni sol. –Hizo una pausa.
--Necesitan agua, mucha agua, agua de aquí pero no de ahora y antes de que ustedes acaben con el agua vendrán para dominarlos o destruirlos pero ni tú ni mamá sufrirán si eso sucede porque si sucede será en el siglo xxx y ustedes habrán muerto mucho antes.
--Pero qué dices, qué tonterías dices, niña. Vamos, ven—intenté tomarla en brazos de nuevo.
--¡No!—gritó.
Solté su mano. Quería convencerme a mí mismo de que soñaba, y decidí dejar que siguiera hablando, mientras lograba convencerme. Ella siguió; ahora su voz parecía humana:
--Por favor, no estés triste. Ahora vivo en un lugar parecido a éste, donde nos hemos divertido tanto. Me tratan bien. Es cierto que tengo poca libertad, y eso no me gusta, pero me dan techo y comida. Hasta tengo un compañero, otro niño más o menos de mi edad. Crecemos juntos, y es posible que más tarde le dé un hijo.
--Pero niña, vámonos a casa y déjate de babosadas.
Volvió a rechazarme; esta vez se puso rígida, como si algo la asustara, y miró a su alrededor.
--Ni lo intentes—advirtió--. Me pusieron esa condición y yo acepté.
--¿Condición? ¿Qué condición?
--No intentar volver a casa. Y con esa condición me permitieron regresar a despedirme.
Sacudí la cabeza.
--Pero yo no la acepto. Tendrán que impedírmelo--dije, con la voz empañada-- ¡tendrán que venir a impedírmelo!
Intenté abrazarla de nuevo, pero me repelió con una fuerza inesperada.
--¡Por favor!—suplicó.
Me levanté, di un paso atrás, me dejé caer en la banca. "De todas formas—razoné ya sin esperanzas—tarde o temprano algo así iba a suceder. Es destino de padres perder a los hijos".
--Bueno, si me lo pides—le dije.
--Gracias—asintió con una sonrisa, y se acercó a darme un beso en la frente.
--¿Y qué voy a decirle a tu mamá?—se me ocurrió preguntar. Sentí un dolor que no era solo físico.
--Dile que estoy bien. Dile…—dudó un momento--. Dile que me llevaron los ángeles, los ángeles de Dios.
Pensé: "Nadie me creerá".
--Y ahora debes irte—dijo--. Volverán por mí.
--¿Es lo que quieres, volver a ese lugar?
--Sería inútil resistir—me aseguró.
De modo que volví a abrazarla y la besé varias veces—besé su cabecita perfecta, sus suavísimas mejillas, sus párpados, y una sola vez, su boca.
Sin llorar, y sorprendido porque me faltaba el llanto, me puse de pie. Anduve despacio por la calzada hacia la salida del zoo. Antes de salir me volví para mirar atrás por última vez, pero en la oscuridad la calzada parecía desierta. Seguí andando hacia el auto, un paso ahora, otro después--mis pies pesaban más a cada paso, como si cada instante fuera un año. Al abrir la portezuela me vi fugazmente reflejado en la ventana, y sentí un consuelo inesperado al comprobar que en el espacio de aquel día larguísimo en el zoo mi cabellera que hasta entonces, salvando algunas canas, fue negra, se había puesto casi completamente blanca. Era como la confirmación de que mi hija no me había visitado en sueños, de que su vida continuaría en otro mundo.
Ledig House, Nueva York, mayo del 2004