16 mar. 2010

Terraemotus: Antonio Bonilla


ARTES VISUALES

Antonio Bonilla

SAL, 1954

En las fauces oscuras de una pesadilla colectiva brilla la espada del pintor Bonilla, implacable y certero. Su espada es su pintura: refleja, se agita, señala, apunta, se inserta, hiere, y descabeza nuestros monstruos.

Pintor autodidacta, admirador de El Bosco y Goya, dice de su obra: "yo continúo considerando mi trabajo como una metáfora de la realidad, la cual evoluciona sobre caminos de sátira, humor negro y la crítica social en una atmósfera de sueños, pesadillas y magia."

La autenticidad y fuerza de su obra fue reconocida tempranamente cuando en 1988 le fue concedido el Primer lugar, en la Bienal de Pintura Iberoamericana DOMECQ de México, D. F. Su obra pertenece a las colecciones del Museo de Arte Moderno de México, el Museo de El Barrio de New York, el Museo Marte de El Salvador entre otros.


Terremotus: Jorge Ávalos


TEATRO

Jorge Ávalos

SAL, 1964
De “La balada de Jimmy Rosa”

Jorge Ávalos, narrador, poeta y dramaturgo salvadoreño. En el 2004 recibió el Premio Centroamericano de Literatura Rogelio Sinán por su libro de cuentos “La ciudad del deseo”. Entre el 2002 y el 2009 se han estrenado seis de sus obras para teatro, incluyendo: “Ángel de la guarda” (2006), “La canción de nuestros días” y “La balada de Jimmy Rosa” (ambas en el 2009). Por la última recibió el Primer Premio Nacional de Teatro “Ovación”.

La balada de Jimmy Rosa es la historia de una joven prostituta acusada de un crimen horrendo. Construida como un drama policial, la acción toma lugar en un cuarto de interrogación de una estación de policía de Nueva York. A través de los diálogos y de la acción escénica se devela poco a poco la historia de Alba Rosa, alias “Gipsy Rose”, una inmigrante ilegal salvadoreña. La tensión dramática crece cuando una fiscal de Nueva York busca y descubre la verdad sobre Alba Rosa. La obra está integrada por seis personajes latinos. Todos son transformados por la intensa hora que viven en torno al caso de la joven salvadoreña.

Debido a que Jimmy Rosa murió después de ser abandonado, la madre es la principal sospechosa. En esta escena, la fiscal del caso, Catherine MacLaverty rompe el silencio de Alba Rosa en un intenso enfrentamiento verbal. A lo largo de la obra MacLaverty utiliza diferentes técnicas de interrogación. En este caso, antecede sus preguntas con asaltos a la dignidad de la acusada con el fin de propiciar una toma de identidad: al final, Alba Rosa asumirá por completo el rol de madre, en un primer paso antes de contar lo que llevó a la muerte de Jimmy Rosa. (Nota del autor.)



La niña de la Perla de Oriente

(Escena 16)

Catherine: Creo que sé lo que pasó. Pero tienes que ayudarme, necesito tu declaración, en firme, para atar los cabos sueltos.

Alba Rosa: …

Catherine: No tengo nada, Marlene. ¡Nada! No tengo pruebas concretas. Tengo historias, cuentos, suposiciones. ¡Nada! ¿Qué quieres para Jimmy?

Alba Rosa: …

Catherine: ¿Justicia?

Alba Rosa:

Catherine: ¿No quieres que los culpables paguen por lo que hicieron?

Alba Rosa: No.

Catherine: ¿No? ¿Qué estamos haciendo aquí, entonces? ¿Acaso fuiste tú quien mató a Jimmy?

Alba Rosa: ¡No!

Catherine: ¿Qué quieres, Marlene? ¿Qué quieres, entonces? ¿Qué quieres tú, en nombre de Jimmy?

Alba Rosa: ¡La verdad!

Catherine: ¿Cuál es la verdad?

Alba Rosa: ¡Yo no maté a mi propio hijo!

Catherine: ¡Eso no basta!

Alba Rosa: ¡Es todo lo que tengo!

Catherine: La justicia será implacable contigo si la verdad, si toda la verdad no sale a luz.

Alba Rosa: ¿Qué puedo hacer yo?

Catherine: ¿Acaso no eres su madre? ¿Quién lo dejó morir de hambre? ¿Fuiste tú?

Alba Rosa: ¡No! ¡No!

Catherine: ¡Harta de ser una puta, una esclava!

Alba Rosa: ¡No!

Catherine: ¿Esa era la salida fácil, no es así? Golpeada por la vida, sola, deprimida. ¿Quién te dio ese golpe en la espalda?

Alba Rosa: Era mi hijo…

Catherine: ¿Vendiste tu cuerpo por heroína? Las drogas estaban al alcance de tu mano. En el mismo edificio de apartamentos.

Alba Rosa: ¡No!

Catherine: ¿Qué pasó con la niña de la Perla de Oriente? ¡Mírate! ¡Eres una cualquiera! ¿Quién te ató las manos y te azotó la espalda?

Alba Rosa: ¡Yo no soy una cualquiera!

Catherine: ¿Quién dice? ¿Tú? ¿La misma perra que arrancó a su hijo de sus pechos y lo dejó morir de hambre?

Alba Rosa: ¡No!

Alba Rosa se abalanza contra Catherine, que esquiva un golpe y recibe otro antes de que Alba Rosa, rompiendo en llanto, la abrace con todas sus fuerzas. Sorprendida, Catherine mantiene sus brazos en el aire por unos segundos, y luego abraza a Alba Rosa.

Alba Rosa: ¡Oh, Jimmy!

Catherine: Eras su madre.

Alba Rosa: ¡Oh, Jimmy!

Catherine: Tú eras su madre.

El tercer hombre

(Escena 17)

Catherine, Maya y Alba Rosa; Manny, en audio

La puerta se abre. Entra Maya. Catherine conduce a Alba Rosa a la silla.

Maya: ¿Está todo bien?

Catherine y Alba Rosa se miran. Maya se sienta.

Catherine: (A Alba Rosa) Creo que sí. ¿Está todo bien?

Alba Rosa asiente con la cabeza. Catherine retoma la entrevista con Alba Rosa.

Catherine: Crecí en un suburbio de Long Island, en una casa de ladrillo y un jardín al frente. Mi padre fue policía. La primera vez que me subió al tren y me trajo con él a la ciudad yo tenía diez años. Nunca se olvida esa primera impresión de Nueva York: la línea de los rascacielos de Manhattan, el puente de Brooklyn, la Estatua de la Libertad. Recuerdo el asombro. Pero lo que llamó tu atención la primera vez viste la ciudad fue otra cosa. Algo desconocido y mágico para ti. La nieve. Blanca y pura. Mirarla no fue suficiente. Tenías que abrir la ventana. Tocar la nieve con tu propia mano, y probarla… ¿A qué sabe, Marlene? ¿A qué sabe la nieve?

Alba Rosa: A libertad.

Catherine: Y no lo olvidaste…

Alba Rosa: Se hizo agua en mi boca.

Catherine: ¿Cuándo sentiste de nuevo esa sed de libertad?

Alba Rosa: Una noche, en El Matadero. Un joven. Noté sus ojos negros cuando entró. No dejó de mirarme. Era tímido. Le tomó un rato acercarse a mí. Dijo que yo era la mujer más bella que había conocido. En su vida. Tenía 18 años. La más bella…

Catherine: Y ese elogio te conmovió…

Alba Rosa: No. Cada hombre elige a la mujer más bella. Todas somos bellas. Pero cuando estuve con él olvidé dónde estaba. Me perdí en mis propias emociones. Me dejé besar. Su boca era tan dulce. Y por un instante reconocí lo que no tenía, lo que no podía tener… el amor.

Catherine: Después de esa noche, ¿lo volviste a ver?

Alba Rosa: (Ríe) Cuando Jimmy nació. Era él: sus ojos, su boca, el color de su piel.

Suena el celular de Manny. Catherine salta.

Catherine: What the fuck! (Contesta el celular) ¿Manny? Tienes que cambiar el timbre del teléfono, ¿me oyes? Okay. Línea abierta. Altavoz. (Coloca el celular sobre la mesa y oprime un botón) Lo tengo.

No debe de haber interacción con el audio de Manny ni de lo que se escucha por medio del celular. El sonido es un trasfondo que no debe interrumpir sino acentuar el monólogo de Alba Rosa.

Manny: (En audio) Estamos en camino. A unos minutos del parque industrial.

Catherine: (A Alba Rosa) El embarazo… ¿qué pasó cuando ellos se enteraron?

Alba Rosa: Lo oculté muy bien. Dejé de comer para que no se notara demasiado. Nadie supo nada hasta el tercer mes, cuando fui llevada al hospital. No sabían qué hacer. “Gipsy Rose” agonizaba en un cuarto de El Matadero. No se desecha la buena mercancía. Así que me llevaron a la sala de urgencias. Dos diagnósticos: influenza y tres meses de embarazo. Demasiado tarde para un aborto, demasiado débil para trabajar y demasiado buena para descartar. Jimmy nació el 10 de enero. Ese mismo día comenzó a nevar.

Manny: (En audio) Parque industrial. Operativo inicia en tres, dos, uno…

Alba Rosa: Dos semanas después del parto regresé al club. Era el mismo trabajo, pero todo era distinto. Una mujer en el edificio cuidaba a Jimmy y a otros niños mientras yo estaba en El Matadero, pero cuando regresaba al apartamento él era mi libertad. Todo cambió. Noté la primavera porque Jimmy estornudaba cuando yo abría las ventanas. El polen, dijo el doctor. Y al caminar a casa las vi, a las hermosas enemigas de mi niño… las flores. Una vez vi una abeja golpear con insistencia el vidrio de la ventana. No, le dije, no podés entrar. Soy una Rosa pero Jimmy es alérgico a vos.

Manny: (En audio) Estamos dentro. Luces al fondo.

Alba Rosa: Mi felicidad no duró mucho tiempo. Contagiaba a las otras con mi actitud. O me odiaban. Una vez mordí a un cliente. Él había elegido a dos mujeres. Y yo no quería hacer lo que él quería que yo hiciera. Y de pronto me encontré ahí, desnuda, atada a los barrotes de la cama. Con un cigarro me quemó mientras la otra chica reía. Todavía escucho sus carcajadas. Me convertí en un problema. Querían separarme de Jimmy. Entregarlo en adopción. Así que empecé a trabajar más. Lo toleraba todo, por no perder a mi hijo.

Manny: (En audio. Susurros en inglés al fondo) Hay movimiento. Avanzamos.

Alba Rosa: Un día, mi día libre, tocaron la puerta del apartamento. El jefe y su guarda espalda. Los dejé entrar. Cuando cerré la puerta sentí el golpe en la cintura. Me ataron los pies y las manos. Jimmy empezó a llorar cuando grité. El guarda espalda rodeó el interior de la cuna con almohadas; la cubrió con sábanas; encendió la radio. Me arrastraron al pasillo y cerraron la puerta. Me asusté cuando ya no escuché su llanto. Llamé a Jimmy. Una puerta se abrió al fondo del pasillo, y vi a la mujer que lo cuidaba. Me vio por un momento mientras me arrastraban y cerró la puerta. Me llevaron al edificio junto a El Matadero. El mismo piso donde dormí la primera vez que llegué a Nueva York. Me castigaron. No sé por qué. Cuatro días después me llevaron de regreso al apartamento. El jefe y su guarda espalda. El otro hombre estaba ahí, esperando. Me inyectaron el brazo. China blanca, dijeron. Heroína pura. Sentí el golpe de la droga al instante. Perdí el aliento. Podía oír mi propio corazón apagarse. Me ahogaba. Me senté sobre la cama. Cuando traté de respirar, lo sentí… el olor de la muerte.

Voices: Men with guns! Keep down! Keep down!

Disparos lejanos. Luego una serie de disparos muy fuertes.

Alba Rosa: El guarda espalda quitó la sábana y las almohadas de la cuna. Y ahí estaba Jimmy, quieto. Muy quieto. Pedí un cigarrillo, no sé por qué. El tercer hombre me lo dio. Cuando levantó el encendedor agarré sus manos y empecé a llorar. Él me acarició el cuello y me acostó en la cama. Y se marcharon. Cuando la puerta se cerró apreté en mi puño el frío metal del encendedor.

Manny: (El sonido metálico de una puerta) ¡Oh, Dios!

Catherine: No hay nada más que temer, Marlene. Nada. Una unidad de policía está a punto de rescatar a un grupo de mujeres. Sabemos dónde están.

Manny: ¡Jóvenes…! ¡Niñas!

Se oyen gritos y llantos de mujeres. Es un sonido confuso. Un golpe. La comunicación se corta.

Catherine: ¿A quién estás protegiendo? ¿A quién?

Alba Rosa: ¿…?

Catherine: ¿Hay una adolescente en ese contenedor? ¿Una joven como tú, de la Perla de Oriente?

Alba Rosa: Una mujer…

Catherine: ¿Quién? ¿Es tu hermana la que está en el contenedor?

Alba Rosa: No, no está en el contenedor.

Catherine: ¿Dónde está?

Alba Rosa: Aquí.

Catherine: ¿Qué?

Alba Rosa: Estamos aquí.

Catherine: ¿Qué estás diciendo?

Alba Rosa: Ya no tengo nada más que perder, excepto mi nombre. Yo no soy una asesina.

Catherine: ¿Eso era todo lo que querías? ¿Limpiar tu nombre?

Alba Rosa: Ya tiene lo que quería. Ya sabe toda la verdad.

Catherine: Hace un momento entrevisté a un prisionero. Él asegura que en El Salvador hay redes paralelas al crimen organizado en las entrañas del sistema de justicia. ¿Es por eso que temías hablar? ¿Policías corruptos?

Alba Rosa: No. No es un policía. El hombre…

Catherine: ¿Cuál hombre? ¡Marlene, ¿cuál hombre?!

Alba Rosa: El tercer hombre. El que me dio el encendedor. El del traje negro, el que estuvo aquí y habló contigo, en secreto.

Catherine: ¡Oh, no! ¡Oh, no! ¡No! ¡No!

Catherine se cubre la boca para contener su horror y se abalanza a su silla.