15 nov. 2005

No. 6, Año 1.




San Salvador, 15 Noviembre 2005.
En este número:

Editorial
La eterna deuda amorosa
“…los que tocan sus piezas originales bajo el barullo de la estación del tren o del autobús, los solitarios sin más, conocen de sobra el sabor a desamparo que produce el saberse separado sin remedio de los otros por un espeso muro de desdén…”

1. Palabras de ultratumba

Claudia Lars
Poemas
“…Sin cansarme persigo
la solitaria luz que adentro arde…”

¡

Salarrué
Poemas a Blwny
“Te llamé

donde nacía la fuente,

para darte el agua

en el cuenco de la mano…”

2. Pienso, luego existo

Sobre el ángel y el hombre:
Poesía y estilo de Claudia Lars

Matilde Elena López
“…Las tres estancias emergen –señores poemas en serie- relatando una historia extraña, la íntima biografía del alma del poeta. Por el más riguroso camino de perfección, trajina el ángel. Por la más desangrada entraña, padece el hombre su eclosión de rosas…”

Triángulos, cuadrángulos…
Los amores de Salarrué y Leonora Nichols

Miguel Huezo Mixco
“…Estos amantes mantuvieron por años una relación que doblaban y desdoblaban como un pañuelo, en cuatro y hasta en seis pliegues…”

Brevedad y largueza

Horacio Castellanos Moya
“…Cultores de poéticas antípodas, separados por casi un siglo, Horacio y Plinio el Joven son apenas un episodio romano de la contraposición entre brevedad y largueza…”

La feminización del otro(II parte)
Rafael Lara Martínez
“…Ritualmente, la pintura refrenda el cliché que naturaliza a la mujer e identifica lo dominado con lo femenino y lo dominante con la mirada urbana y civilizada del varón…”

Introducción a la historia del arte gay
Jorge Palomo
“…Abrir el arte a discursos reprimidos es importante para incluir las historias de las minorías, recontextualizando las obras en base a las biografías de los artistas…”

3. creaCción de arte

Poemas
Claribel Alegría
“…vuelve a mí
soy tu tierra
tu luna
tu destino.”
¡
Poemas
Miguel Huezo Mixco
“Todas las noches entregaba un cordero
de mi rebaño al lobo con que me apareaba…”
'
¡¡
Novela (extracto)
Horacio Castellanos Moya
Baile con serpientes
“…Y su cuerpo se enroscó por debajo de tal manera que circundó mi miembro, apretándolo, con movimientos envolventes, giratorios…”

¡
Poesía por entregas (5/9)
René E. Rodas
El libro de la penumbra
“…Y mi corazón también se apareja al canto de esa voz apacible y recurrente que le han heredado las mareas…”


Fotografía
Ana Urquilla y Eugenio Menjívar
Converso

¡
¡
¡
4. Retorno del hijo pródigo

Alfonso Kijadurías
Bailando vallenato con Olga Elena Mattei
“…La danza, me confesó, mientras bailábamos, era su segunda gran pasión,
aunque algunas veces ocupaba el lugar de la poesía…”

¡
Rodrigo Peréz
Yesterday
“…Pude percibir su olor, la suave textura de su piel, la verticalidad danzante de su espalda y, a media canción, su mejilla pegada a la mía…”

5. Lo que el viento se llevó


My sin is to stand (out)
Mayra Barraza
Retrospectiva 1995 -2005 de Baltasar Portillo


Eros cognoscente
René E. Rodas
José Lezama Lima
exposiciones, conferencias,
presentaciones de teatro, música y danza,
cine alternativo, constantemente actualizado.
0
7
Claribel Alegría y Horacio Castellanos Moya brillan con luz propia en la escena literaria internacional, confesión inédita de Harold Pinter - Nobel de Literatura 2005, Nicaragua rescata su tradición muralista, y enlace a un formidable texto de Miguel Huezo Mixco sobre el fatídico destino del salvadoreño: la diáspora y los desastres naturales.

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8. Color local: Matilde Elena López Premio Nacional de Cultura 2005, y presentación del libro Sagatara mío sobre el romance epistolar entre Salarrué y Leonora Nichols.

9. La P-41 de Adrián
más allá del cuerpo
Festival EsCultura 2005

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10. De rumores y risas
En la calle: Apropiaciones de espacios públicos
II Certamen nacional de video El Salvador 2006
Contra el silencio todas las voces: Video documental independiente

12. Voces

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La eterna deuda amorosa

Editorial

“De Juan Yepes Álvarez, en eterna deuda amorosa, para Teresa de Ávila”, podría decir sin mancha ni exageración una hipotética dedicatoria de El cántico espiritual y La Noche oscura. Desde aquel intenso verano de 1568 en Medina y Valladolid en el que se convertiría en Juan de la Cruz, y durante los nueve años siguientes, el fundador de los carmelitas descalzos viviría protegido y guiado por el amor de Santa Teresa. Entre diciembre de 1577 y agosto de 1578 haría Fray Juan un internado involuntario en un convento de Toledo, en una celda apenas más grande que una sepultura. Juan de la Cruz lograría escapar de allí con un puñado de papeles escondidos en el hábito maltratado y buscaría refugio en el convento de las Descalzas de Toledo, procurando de nuevo la protección de Teresa. En ese puñado de papeles llevaba la obra poética de su soledad con Dios durante los meses de prisión. Teresa no sólo amaba al teólogo, al santo vivo creador del método interior de la experiencia divina, al infatigable predicador y al poeta. Amaba sobre todo su palabra hecha poema.

En un acto de traición fraterna que el mundo agradece, Max Brod desobedeció la última voluntad de Franz Kafka. Brod amaba a su amigo, pero también amaba y creía en su obra, y no quiso responsabilizarse de destruir algo que no era suyo, ni de Kafka, sino de todos nosotros.

Las cartas entre Vincent y Théo Van Gogh dan cuenta del enorme y constante sacrificio que éste hizo para que su hermano pudiera dedicarse a pintar sin demasiados contratiempos, de sus esfuerzos por entender a un espíritu fuera de la norma y a una voluntad creativa que trazaba la ruta sin retorno de su autodestrucción.

La tempestuosa relación de Verlaine y Rimbaud. Simone de Bouvoir y Jean-Paul Sartre, amantes en libertad creativa. Osip Mandelstam no habría sobrevivido ni escrito en su exilio en los Urales sin la sabia compañía de su esposa. La fructífera amistad de Ezra Pound y T.S. Eliot, sin la cual no tendríamos La tierra baldía. El desencontrado amor de los poetas Claudia Lars y José Basileo Acuña, gracias al cual podemos leer Dos sonetos a un místico y el fruto inesperado de cuarenta años de separación: Cartas escritas cuando crece la noche. Los ejemplos pueden multiplicarse, pero no es este lugar para un catálogo; baste señalar el denominador común: el amor y la amistad sublimados a esa estrella esquiva que es el arte.

El arte exige entrega y lealtad, renuncias a personas y relaciones, a modos de vida; aceptación de la incomprensión ajena y de esa “tierna indiferencia del mundo” de la que hablaba Meursault en El extranjero. Misántropos, misóginos, delincuentes, eremitas y esquizoides, el padre McKenzie escribiendo un sermón que nadie ha de escuchar, quien pinta una obra buena y luego comprueba que nadie vino a la exposición, los que tocan sus piezas originales bajo el barullo de la estación del tren o del autobús, los solitarios sin más, conocen de sobra el sabor a desamparo que produce el saberse separado sin remedio de los otros por un espeso muro de desdén.

“Ama el arte que hay en ti y no a ti en el arte”, nos propone Stanislavski. El dios irresponsable del amor sacude en el cubilete los dados de su capricho y los arroja sobre las paginas de esta edición de El Ojo de Adrián dedicada al amor en el arte.

Claudia Lars

Poemas

Dos sonetos a un místico

I

Amor que se cruzó por mi camino
y me encontró en la sombra, abandonada.
Amor que fuera luz en la callada
y sombría espesura del destino.

Esencia de lo noble y de lo fino:
le sorprendí brillando en su mirada.
Mas no quiso hacer caso a mi llamada
y transformó lo humano en lo divino.

Yo me quedé con la esperanza rota.
¡Corazón que me sangra gota a gota
siempre que pongo mi ilusión en algo!

¿Por qué tan fuerte ante la vida fuiste?
¿Es que miedo a la vida le tuviste,
amor que no supiste lo que valgo?

II

Abrí por ti mi corazón entero
y en él pudiste ver sin velo alguno.
Lo que hacerme sentir pudo ninguno
sintió por ti mi corazón sincero.

Amor entre los grandes el primero:
amor de aquellos que entre mil hay uno.
Se te ofreció inocente y fue importuno.
Y lo calló tu voluntad de acero.

¿Por qué quieres vivir vida divina
si de la forma humana estás vestido?
¿Acaso el mismo Dios no se adivina

tras de la oscura puerta del sentido?
Si el alma entre la carne va escondida,
¿por qué este empeño en sofocar la vida?








Cartas escritas cuando crece la noche (I)

El tiempo regresó -en un instante-
a la casa donde mi juventud
quiso comerse el cielo.

Lo demás bien lo sabes...

Otros llegaron con sus palabras
y sus cuerpos,
buscándome dolorosamente
o dejando la niebla del camino
entre mis pobres manos.

Lo demás es silencio...

Hoy tengo tus poemas en mis lágrimas
y el deseado mensaje -tan tuyo-
entra en mi corazón con mil años de ausencia.

Lo demás es poseer este milagro
y sentirme a orillas del Gran Sueño
como una rosa nueva.

"Dame tu mano al fin, eternamente"




Sobre el ángel y el hombre (III)

El constructor radiante,
dueño de la virtud que aquí sostiene
la línea vacilante,
el asombrado instante
en que la forma realidad obtiene;

dibuja lo más leve,
suelta un águila blanca sobre el día,
frondas y ciervos mueve
en verde lejanía
y es piedra y flor… ¡tenaz sabiduría!

Por latidos de aroma
y por vuelos finísimos del trino
inaugurado asoma,
y en inefable idioma
nos da su pulsación y su destino.

Otros ángeles miran
la vida en plenitud diferenciada;
y al contemplar admiran
y en beatitud aspiran
la múltiple energía desatada;

pero el más refulgente
-en la idea central de lo que existe-
de sonido viviente,
de mar inteligente,
ve surgir la experiencia que persiste.

Las torres de su altura;
el agua de los lirios, hasta el fondo;
mi cuerpo –esta envoltura
de la humana criatura-
con el cual le descubro y le respondo;

brotan de su desvelo
y están en su dominio contenidos;
hijos de fuego y hielo,
por la tierra y el cielo
despertando, despiertas y dormidos.

Pregunto; ¿dónde, cuándo
su incomprensible rostro será mío?
Me voy enamorando
de lo que ando buscando
por secretos de llanto y de rocío.

Si el corazón pudiera
seguirlo –con deseo largo y fuerte-
mi sombra, tan severa,
olvido… olvido fuera
como el suave olvidarnos en la muerte.

Angel: días rectores
me dan breves atisbos en la espera;
con fríos punzadores
y ceniza de flores
ando el invierno, porque soy viajera.

Sin cansarme persigo
la solitaria luz que adentro arde
angustiada te digo:
territorio enemigo
voy a cruzar… y a veces soy cobarde.

Siento que no me dejas;
conozco tu fulgor, de ahora y antes;
si pienso que te alejas
advierto que reflejas la eternidad en luces caminantes.

Salarrué

Poemas a Blwny

Vino azul

Poemas de imágenes son,
leed y penetrad.
Mirad dentro de una imágen
otra imágen, para entender,
(mejor para comprender).
Todo es sencillo y claro
para el atento.
Las imágenes te construirán
tus propios sueños.
Corta estos poemas,
cuélalos,
disuélvelos
cátalos en taza de té
medio antigua
medio moderna.
Saben a agua
y satisfacen
cuando hay sed.
El agua embriaga como vino
cuando hay sed.
¡El vino azul del agua! . . .


Te llamé porque te amaba

Te llamédonde nacía la fuente,
para darte el agua
en el cuenco de la mano.
Porque te amaba te llamé.
Porque te amaba te dí
Porque te amaba te dije:
"Vino azul
que embriaga el alma.
Vino azul
sin fermento:
En tu garganta se enciende
y te canta la dicha de ser pura,
la dicha de ser bella,
la dulce alegría
de ser amada.
"Tú bebiste en el cuenco de mi mano
y así fuimos unidos
para la Eternidad.


Poemas de Salarrué a Leonora Nichols (Blwny) en el libro Sagatara Mío de Janet Gold publicado por el Museo de la Palabra y la Imagen. A continuación una de las 150 cartas compiladas en este libro, escritas por Leonora a Salarrué.


9 de enero de 1947
Miércoles por la noche
Sagatara—
El primer día y el atardecer han pasado en medio del gran silencio que se extiende entre nosotros—y me siento triste y con el animo por los suelos, como si los dioses, después de todo, nos hubieran engañado.
¡Dónde, oh, dónde está nuestro camino juntos Sagatara! Por Dios encuéntralo pues está en tu poder hacerlo, por mi parte estoy lista y en plena libertad para posar sobre tu mano la mía e irme contigo. Pero el camino tendrá que ser una Senda de Luz ¡de una luz exenta de sombras!
Buenas noches mi dulce amigo.
Extraño nuestros encuentros en el interior del pequeño auto—breves y veloces como siempre fueron--¡mas quizás ésta es una mejor forma para clarificar y resolver las cosas!
Tú me estás llamando, lo sé porque te escucho y percibo lágrimas en tu voz. Yo no te he fallado, mi Sagatara. Estoy aquí, a tu lado, esperando, aguardando el Plan, el Camino.
Blwny

Sobre el ángel y el hombre:

Poesía y estilo de Claudia Lars
Matilde Elena López


Estamos más estrechamente ligados a
lo invisible que a lo visible.
Novalis

Hay en tí, a causa de tus dos sangres,
unas virtudes y una profundidad
de la entraña espiritual que no tenemos
ninguna de las mujeres-poetas del Continente.
Gabriela Mistral:
Cartas a Claudia Lars

En perfectas liras, en las que se expresa la poesía de la soledad en España, se manifiesta este cantar recóndito, entrañable. Claudia Lars, como los clásicos españoles, construye su poesía sobre la lengua castellana y utiliza a cabalidad sus valores estéticos, intraducibles. Por profundas afinidades espirituales, elige la lira de San Juan de la Cruz, la más alta culminación de nuestra poesía castellana.

Sobre el ángel y el hombre es un poema en tres partes en el que la palabra poética se realiza en unidad de sentido y sonido, obvia condición de la poesía esencialmente lírica, rica. Las tres estancias emergen –señores poemas en serie- relatando una historia extraña, la íntima biografía del alma del poeta. Por el más riguroso camino de perfección, trajina el ángel. Por la más desangrada entraña, padece el hombre su eclosión de rosas. Claudia Lars asciende por la vía mística –como San Juan- a un punto de luz, radiosa revelación del Arcángel, cuando esclarecida ya la conciencia sigue el hilo luminoso. Es el cabal remate de aquel romanticismo dorado en el árbol de la vida, de su canción redonda, que evoluciona ahora al misticismo más puro. ¿No se quema en llama pasional el místico?

¿De qué nos habla Claudia Lars? Del amor, de la vida, del drama doloroso entre el ángel y el hombre. Del alma que se va limpiando como cuando amaneció en el primer día, en la luz primogénita. De la pasión oscura que a veces puede más que el sueño, de esa batalla interna por alcanzar el recto albedrío. Y recordamos de inmediato, el “Mito de la Caverna”, de Platón, por hondas vertientes: El hombre sólo ve pasar sombras de las imágenes puras, cuya luz guarda en su memoria de otras edades.

Platónica como artista, acaso también pitagórica como Fray Luis de León, por oír la música de las esferas, Claudia Lars, por tanteos hondos, llega a la vía mística que conduce a Dios. Esa búsqueda venía desde Estrellas en el pozo, pero ahora se hace tangible, reflexiva. Las estrellas son ahora puntos metafísicos, mónadas iluminadas. El diálogo entre el ángel y el hombre surgió desde el principio, ahora culmina, alcanza cumbre de luz.

En liras espirituales y sensuales canta ese encuentro, la perfecta unión y la perfecta felicidad, el goce y el dolor. Todo es exclamación pasmada, arrobo y fuego, deslumbramiento que el amor ilumina mientras en él arde. En el universo de su poesía hay una armonía autónoma que sostiene la pasión vibrante contenida en el espíritu -vaso de oro colmado de lágrimas- mientras va sonando una música, a la vez imagen, sentimiento, belleza. Esto es: forma y sentido. Y sonido, porque allí vibra el eco de la música extremada de Fray Luis de León. Merced a trabazón tan justa entre todos los componentes, merced a engranaje tan armonioso, sentimos con tal fuerza persuasiva la intensidad de cada palabra, cada verso, cada estrofa, sin perder nunca de vista su estricto conjunto. Claudia Lars alcanza el equilibrio clásico. Su poesía reposa –como la tragedia griega- sobre forma apolínea que contiene el tumultuoso ardor dionisíaco: forma y contenido. Contaminada de pasión romántica, halla la vía empinada, y asida al hilo de oro, salva el oscuro dédalo con el hilo de Ariadna. Sin que ella misma lo sepa –acaso lo intuya- en esa lucha entre el ángel y el hombre, ha ganado la batalla la diáfana armonía. Su poesía se mueve en ese símbolo que disfraza otros símbolos indecibles, acaso indescifrables.

Ella recorre el mismo camino de Goethe en busca de las formas perfectas. Ama la serena forma apolínea y en ese vaso vierte la pasión turbulenta. Sabe que la poesía se logra merced al arte: arte del poema. Se construye sobre la lengua, como sobre el mármol. Y Claudia Lars esculpe la estatua del verso en mármol de Carrara. Acierta con el equilibrio supremo entre la poesía inspirada y la poesía construida, en oposición a tantos modernos para quienes la poesía y el arte presenta una contradicción indestructible. Esta es su máxima virtud, y por ello se eleva por encima de las poetisas de América vibrantes de amor. Claudia Lars erige el poema como la más sutil arquitectura, donde cada pieza ha sido trabajada por mano artífice. En esa perfección artística, busca también la perfección espiritual: el ángel.

Sólo así pudo crear San Juan de la Cruz ese portento de La noche oscura, la más alta cumbre de la poesía española. Y Claudia busca esa pureza del verso, como quien tiene un tesoro y no quiere mostrar su hallazgo. Con voluntad de artista en busca de perfección. La asiste en su empresa noble, la gran poesía clásica española, cuyos caminos la invitó a seguir certeramente Salomón de la Selva, a quien ella reconoce como su guía conductor poético. Y la salva también de no caer en la moda romántica que se da tardía en América, su otra sangre, la irlandesa, por vena oculta. Trae la pasión celta desatada en las venas, la materia de Bretaña que dio al mundo la más extraña poesía. Y ese substrato apasionado y turbulento, a la vez se atempera en la lengua inglesa. Y son poetas ingleses sus predilectos: los prerrafaelitas que buscan la sencillez y las formas simples.

La poesía de Claudia Lars a ratos borda el misterio, porque nada explica lógicamente, porque todo está allí mágico, revestido por la claridad de esa lumbre que la baña toda en gracia pura. Hay que seguir la pista por una llama que constantemente arde, en la que se logra la unidad poética absoluta. Analizar el oculto sentido, es difícil, porque es incomunicable. Hay signos, señales, símbolos. Y aunque al cerrar el puño se nos escapa la adivinada huella, queda la ausencia, la pura poesía.



Nota del Editor: Fragmento de texto publicado en 1970.

Triángulos, cuadrángulos…



Los amores de Salarrué y Leonora Nichols
Miguel Huezo Mixco



Un mal día. Salarrué se ha vuelto tenso, arrogante y grosero con su amante, Leonora Nichols, por un comentario que ella ha hecho en público sobre sus pinturas, en el curso de una exhibición de arte en Nueva York. Se habían conocido dos o tres años antes, en esa misma ciudad, a donde Salarrué había llegado como agregado cultural del gobierno salvadoreño. Leonora proviene de una familia aristócrata y es parte de la elite artística e intelectual de la cosmopolita ciudad. Su padre ocupa una prominente posición en el mundo de la crítica del arte en los Estados Unidos. Salarrué, un artista y escritor respetado en su país, está casado, es padre de tres jovencitas y tiene unos 50 años.

Hasta ahora, se sabía muy poco o nada sobre esa exhibición de obras de Salarrué, y hasta podría ser una fecha más sino fuera porque ese día, probablemente, comenzó a agriarse el idilio de estos dos amantes. Es posible que el evento todavía no haya sido registrado por sus biógrafos. Sabíamos sobre sus exhibiciones en la Knoedler Galleries (mayo de 1947) y en la Barbizon Plaza (mayo, 1949). De acuerdo con la carta de Leonora, tuvo lugar alrededor del mes de junio de 1948. Fechas aparte, lo que nos interesa ahora es la carta. Una carta llena de reproches en la que, sin embargo, se percibe un extraño amor. Pero, ¿qué amor no es extraño?

Leonora se declara ofendida (dice que se sintió atacada como con una varilla de hierro). Líneas abajo, escribe, no obstante: “en el interior de esta corriente rota... fluye nuestro recíproco amor. ¡Este amor profundo, fuerte, imperturbable!”. Luego, vuelve a la carga y despacha dos, tres nuevas estocadas. Por ejemplo, que ella “no es una mujer de origen español educada para servir a su hombre”. Al final, de nuevo, los goterones de romanticismo: “Ven a mí, Sagatara, sin celos, sin máscaras, porque yo te amo y no dejo de quererte, y te seguiré a donde sea que tú me indiques”, escribe.

Los requiebros amorosos que mezclan ira y ternura no son nada infrecuentes en las relaciones de pareja. Pero no sólo es eso. Estos amantes mantuvieron por años una relación que doblaban y desdoblaban como un pañuelo, en cuatro y hasta en seis pliegues. Blwny y Sagatara, por una parte, eran los principales personajes de aquel amor. Blwny (“blue wine”) era el sobrenombre cariñoso de Leonora: embriagante y pletórica de luz. Sagatara era el alias de Salarrué, una especie de alter ego de su propia creación, el narrador de “O-Yarkandal”. Este era el ser al que Blwny amaba. Los otros lados de ese poliedro, por decirlo de algún modo, eran ellos mismos: Salarrué-Salvador y Leonora-Lee, a quienes responsabilizan de las cosas que salían mal.

Probablemente nunca sabremos lo que despertó la furia de Salarrué. Lo único que sí podemos saber, por ahora, es lo que Leonora escribe sobre este y otro hechos de su vida en común. Esto es posible gracias al paciente trabajo de Janet Gold, publicado bajo el título “Sagatara mío” (Museo de la palabra y la imagen, 2005). El volumen contiene una colección importante de las cartas de Leonora, además de un fajo de los poemas escritos por Salarrué para ella. Gold incluye también una carta de Zelie Lardé, la esposa de Salarrué, quien estuvo bastante enterada de las aventuras de su marido, y dio su propia lucha para preservar su relación, hasta donde sabemos con bastante éxito.

Algunos se han empeñado en presentar la historia de estos amantes con tinte idílico. Poco puede hacerse para conjurar la tendencia a la mistificación que rodea a los grandes personajes. Lo que sí es evidente, para cualquier lector atento es que aquella relación no estuvo exenta de los conflictos propios de los triángulos amorosos. Riñas, despechos, reclamos, separaciones.

Uno de los pasajes más dolorosos de esta correspondencia ocurre cuando Leonora está en Taxco, México, e invita a Salarrué para que llegue y realice allí los trámites de su divorcio, lo que, según ella, tomaría unos pocos días, al risible costo de 12 dólares de entonces. Parece ser que Salarrué al principio se entusiasmó con la idea pero, a medida que los días fueron pasando comenzó a evadir el asunto. Desencanto, dolor y cólera. Con el paso de los años la posibilidad de estar juntos se fue extinguiendo. No hubo espacio, ni tiempo. Conservaron, parece, en la distancia, con comunicaciones esporádicas pero intensas, bastante intacto su afecto. El anhelo de su reencuentro, en este mundo y en los otros mundos, parece cumplirse en este pequeño libro azul. Allí les vemos, como al final de un largo vuelo. Como dos aves posadas sobre la misma rama.

Brevedad y largueza

Horacio Castellanos Moya


A propósito de Borges, en un ensayo de 1984, incluido en el libro Por qué leer los clásicos, Italo Calvino afirmaba: «he tenido a menudo la tentación de formular una poética del escribir breve, elogiando su primacía sobre el escribir largo, contraponiendo los dos órdenes mentales que la inclinación hacia el uno o hacia el otro presupone, por temperamento, por idea de la forma, por sustancia de los contenidos». Calvino no alcanzó a escribir ese elogio de la brevedad —murió un año más tarde. Tampoco hubiera sido el primero: aunque la brevedad parece haber merecido mayor aplauso que la largueza, ambas han tenido partidarios en todas las épocas.

En su Epístola a los Pisones —un elogio, más que del escribir breve, de la mesura y el equilibrio—, Horacio recomienda: «Sé breve en tus preceptos cuando los dieres para que el entendimiento los perciba pronto y retenga fielmente tus palabras. Todo lo superfluo se va, y rebosa de la memoria como el agua de un vaso lleno». La brevedad no es posible, empero, sin la repetida corrección, sin la reescritura, sin el tachar implacable. «Vosotros, ilustres descendientes de Pompilio, condenad todo poema que no ha sido depurado por muchos días de corrección, que no ha sido pulido y repulido veinte veces», dice Horacio. Y rememora a Quintiliano, quien, «cuando le recitaban algún verso, decía: “Vamos, por Júpiter, corrige esto, y estotro, retoca esta parte”. Y si le respondían: “No puedo; no me sale mejor por mucho que hago; lo intenté varias veces”. Entonces contestaba: “Pues bórralo; vuelve al yunque esos versos que no están bien forjados”».
Pero ni la brevedad ni la corrección son suficientes; hace falta el ojo crítico y el añejamiento, la opinión de rigurosos lectores y el distanciamiento que sólo el paso del tiempo permite. «Si alguna vez llegares a componer alguna obra, sómetela al severo juicio de Mecio, al de tu padre y al mío, y luego tenla guardada nueve años. Mientras tuvieres tus pergaminos en tu escritorio podrás corregirlos a tus anchas, quitar y poner. La palabra, una vez suelta, no se la recoge». Esta sería, pues, la fórmula de la brevedad para Horacio: un mínimo de veinte correcciones, nueve años de añejamiento y la aprobación de tres lectores críticos.

Plinio el Joven piensa distinto. Su elogio de la largueza está desarrollado en carta a su amigo Cornelio Tácito. «Sucede con un buen libro lo mismo que con todas las cosas buenas en sí mismas: cuanto más largo es, mejor», dice Plinio. Las razones son varias. Primero: «no es propio del discurso sobrio y conciso, sino del majestuoso y sublime, lanzar relámpagos, tronar, conmover, derribar y destruir». Segundo: «si la fecundidad no demuestra precisión, en cambio acredita mayor amplitud de espíritu». Tercero: «callar lo que puede ser peligroso omitir, trazar ligeramente lo que debe detallarse, decir a medias solamente lo que no puede rebatirse bien, es verdadera prevaricación. Ocurre con frecuencia que la abundancia de palabras da fuerza nueva, y como peso nuevo a las ideas que expresan».

Plinio sabe que la largueza puede degenerar en desmesura, pero no le importa, por eso le pregunta a Tácito: «confieso que existe prudente medida, pero ¿crees tú que el que no la llena es más estimable que el que la traspasa?». Plinio no lo cree así; prefiere el exceso a la escasez. Aunque en carta a Luperco modere sus opiniones: «solamente pretendo demostrar que algunas veces es preciso abandonarse a la elocuencia, y no encerrar en círculo demasiado pequeño los movimientos impetuosos de un genio elevado».

Para quien la largueza es valor, la corrección tiene otro sentido, menos obsesivo, a veces contrario a la perfección literaria. Plinio el Joven lo expresa en carta a Apio: «Mucho apruebo tu cuidado por la corrección de tus escritos, pero la corrección tiene sus límites: pulir demasiado, antes es debilitar que perfeccionar una obra». Y en carta a Suetonio Tranquilo insiste: «Tu obra ha llegado al punto de perfección en que la lima no puede ya embellecerla, sino debilitarla». La demasiada corrección se convierte en traba, pues «además nos aparta de las (otras obras) que emprenderíamos». La fórmula de la largueza consistiría entonces en escribir con fuerza, amplitud y vigor; corregir estrictamente lo indispensable, sin obsesión; y dar la obra pronto al lector.

Cultores de poéticas antípodas, separados por casi un siglo, Horacio y Plinio el Joven son apenas un episodio romano de la contraposición entre brevedad y largueza. Lo paradójico es que el elogio del escribir largo proceda de cartas que, tan breves, hubieran servido de verbigracia en el elogio de Calvino.

La feminización del otro(II parte)

Espacio artístico de lo étnico
en El Salvador de los treinta

Rafael Lara Martínez


De ese vasto archivo sólo anoto la plástica. Ritualmente, la pintura refrenda el cliché que naturaliza a la mujer e identifica lo dominado con lo femenino y lo dominante con la mirada urbana y civilizada del varón. En “Paisaje” de Mejía Vides, el cuerpo desnudo de la mujer indígena fluye con la naturalidad del entorno. A la orilla del río una bañista se peina entre las rocas, imita y se diluye en el paisaje edénico. No existe diferencia alguna entre la hembra y la naturaleza tropical, confundidas en el trazo pictórico.

Una naturalización semejante sucede en Salarrué. “Trópico” establece una equivalencia entre la exhuberancia vegetal y la semidesnudez femenina. Como en su compañero de generación, el entorno adquiere un carácter erótico y sensual. El hombre se retira de la representación plástica para deleitarse en la contemplación de la naturaleza-mujer que, desinhibida, le entrega su cuerpo sin ropaje al varón civilizado. Ambos pintores presuponen un observador masculino moderno. La naturaleza inerte de lo femenino se emparienta con la pasividad vegetal que el mismo poeta le otorga a la hembra y a lo indígena en su famosa “Carta a los patriotas”: “mujer soñadora”, sin derecho a voto e “indio contemplativo”, sin derecho a Minimum Vital.

La naturalización de lo femenino la remata su carácter indo-americano. Mejía Vides reconoce que el trazo pictórico prosigue los dictados de las distinciones étnico-sociales. A la individuación del retrato urbano —“Señora Didine Poma de Rossoto”, por ejemplo— se contrapone la despersonalización genérica y la semidesnudez de la indígena, “Pancha” sin más. La distinción étnica la recorta la singularidad personal del nombre propio, para el grupo hegemónico, y su disolución en la masa del nombre común para la indígena.

Mejía Vides hace de lo indígena una mujer semidesnuda. Lo étnico equivale a lo femenino por excelencia. Se identifica con lo erótico y sensual. En el rescate del paisaje de Panchimalco abundan imágenes de mujeres con el torso desnudo. Extraña que la indígena se desvista mientras su consorte permanece oculto. Desde el silencio, esta ausencia masculina reclama su presencia como espectador ideal de la obra. Quien observa la voluptuosidad femenina indígena, por contraposición, define su hombría y su modernidad citadina.

El catálogo José Mejía Vides. Pintor de Cuzcatlán (1987) explicita esta mirada masculina única. A excepción de “Pescadores en el estero”, sólo el retrato del maestro japonés Tamiji Kitagawa y el del mismo Mejía Vides —ambos de traje— presentan figuras masculinas. Los demás cuadros son paisajes, retratos de indígenas y semidesnudos de mujeres. Al igual que la naturaleza —abierta y sin secretos— la modelo femenina posa sin recato a la vista del pintor omnisciente y del espectador urbano ladino.

Más recatado en la expresión del desnudo femenino, Valero Lecha insiste en excluir lo masculino en su figuración del indígena. Paisajismo, bodegón, retrato y vistosidad se conjugan para diluir lo nativo en la naturaleza inerte o en la fascinación femenina. Nos hallamos no sólo frente a la celebración, sino de cara al exotismo de lo propio. Como en Mejía Vides, el indigenismo de Valero Lecha exhibe una tendencia a feminizar lo indígena. El juicio estético reemplaza la diferencia idiomática que valora la crítica del arte entre las dos escuelas salvadoreñas: Artes Gráficas y Academia Valero Lecha. Frente al objeto plástico —lo indígena— ambas escuelas lo perciben desde la óptica del mismo mito occidental: la feminización del otro y su naturalización.



Sitúo la plástica en su esfera original. Pertenece a la estética (aisthesis, “percepción”). Su campo lo delimita no tanto el sentido romántico-moderno de lo bello; más bien, la estética remite a la “percepción”, a lo que un grupo social se concede como campo de visibilidad posible. La pintura regionalista representa no sólo aquello que se manifiesta en el lienzo, la indígena semidesnuda y el paisaje; el arte nos obliga también a juzgar a la persona a quien se ofrece esa visión. Si el formalismo en boga considera la arista representativa —la visión de la mujer es la mujer en pintura— la crítica antropológica, en cambio, recalca la perspectiva subjetiva: la mujer indígena en pintura es la visión que el hombre moderno erige para levantar su propia masculinidad. Lo que se percibe aclara con nitidez la “percepción” de quien la ve: un ladino o un “extranjero en su propio suelo”, decía Salarrué.

La indígena semidesnuda —como el voyeurismo— es un estética ladina. Mirar imágenes semidesnudas determina la afinidad del objeto pictórico representado, al igual que la uniformidad étnica ladina de su mirón. Esto lo confirma la novelística de Ramón González Montalvo, al igual que el reciente testimonio de Reinaldo Galindo Pohl sobre los sucesos de 1932.

Con la parte superior del cuerpo desnuda y la parte inferior cubierta con un fustán
[…] las bañistas [indígenas] se entregaban a sus quehaceres e ignoraban a los
ladinos [mirones] que correteaban por aquellos lugares.


Resta averiguar si las culturas indígenas no consideran un crimen esa “condición crónica y desorden del despertar sexual”, como resulta serlo en otras culturas. Aún ignoramos el grado de identificación o de rechazo que las culturas indígenas salvadoreñas manifiestan por la representación de su aspecto femenino al desnudo. Pero especularía que —como a los lectores de este artículo— tampoco les gustaría figurar en un exhibicionismo exagerado. Acaso al negarnos a entregar nuestra desnudez en este espacio, reparemos que más allá de todo formalismo, el arte identifica también mitos occidentales sin fundamento empírico. Tal cual lo remeda hacia mediados del siglo XX la mejor etnomusicóloga del país, María de Baratta: “la América toda […] es como una mujer tendida sobre el mar y mecida por los dos océanos”. Europa sigue afirmando su masculinidad.

Introducción a la historia del arte gay

Jorge Palomo

Abrir el arte a discursos reprimidos es importante para incluir las historias de las minorías, recontextualizando las obras en base a las biografías de los artistas. Esto brinda nuevas lecturas de viejas obras y una nueva manera de entender la identidad (basada en la orientación sexual). Al estudiar las diferentes maneras en que la sexualidad se ha entendido a través del tiempo y en diferentes culturas, llegamos a vislumbrar diferentes maneras de auto-identificación.

Grecia y Roma Antigua
Durante la época griega no existía la categoría de homosexual, ya que la palabra se inventó hasta mediados de 1800. Por ende, la categoría de heterosexual tampoco existía. Las relaciones entre hombres debe entenderse dentro de su contexto social. Para ellos el poder dentro de la relación era lo importante. El ciudadano no podía ser penetrado. La persona sin poder (esclavo, mujer o joven) podía serlo, siempre y cuando el joven no fuera a convertirse en futuro ciudadano. Las relaciones entre adolescentes y adultos enseñaban a los adolescentes a formarse y educarse. El legado del pasado ha ayudado a las minorías sexuales a descubrir su historia aun cuando no nacen dentro de su propia subcultura.



Pintor de Byrgos, Copa de Figura Roja, c. 500-475 A de C.



Copa de Warren, Período Augustino, Siglo I AD, Plata, Museo Británico, Londres.


Ganímedes
Los dioses de la mitología se comportaban como los mortales, cometían errores morales y amorosos, reflejando la vida cotidiana. Ejemplos de relaciones entre personajes del mismo sexo (dioses con mortales, o entre mortales) son: los Sátiros, Pan y Olimpo, Apolo y Jacinto, Eros, Baco, Ajax y Petrócolo, y Ganímedes. Ganímedes, un bello príncipe troyano, fue raptado (violado) por Zeus convertido en águila, y lo llevó al Olimpo para que sirviera como el portador de su copa de vino. Es el único mortal que vivió en el Olimpo, y está representado en las constelaciones como el signo de Acuario.


Miguel Ángel, Rapto de Ganímedes, 1532, dibujo para Tomasso Cavalieri, Castillo de Windsor.


El Renacimiento
Los temas del arte renacentista son paganos o religiosos, debido al redescubrimiento del arte de la Grecia Antigua, y al financiamiento de la Iglesia Católica. Florencia produce un gran número de artistas que hicieron obras con contenido gay, a menudo encontrada al borde de los cuadros.


Sandro Botticelli, Madonna del Magnificat, 1481, Galería del Uffizi.

San Sebastián
San Sebastián es el santo de los arqueros, fabricadores de alfileres, soldados y enfermedades. Vivió en el tercer Siglo AD. Fue un centurión amado por el emperador Diocleciano, quien se volvió en su contra al convertirse en cristiano. Le dispararon con flechas y sobrevivió, luego fue ahogado en el Tíber. Se le considera un icono gay pre-Stonewall, ya que muestra penetración por flechas (símbolos fálicos), y dolor y placer al mismo tiempo.


Ernesto “San” Avilés, San Sebastián, c. 1975, Temple al huevo.



Luis Lazo, San Sebastián, sin fecha.


Abstracciones y códigos
El uso de códigos secretos ha sido ocupado por artistas para comunicarse con un público selecto. Muchos de estos se han dado a conocer al público en base a investigaciones recientes. Estos artistas relatan sus experiencias personales como forasteros (diferentes por ende de ser gay) como influyentes sobre sus decisiones por hacer arte. La abstracción funciona como un lenguaje que les otorga la expresión de esa diferencia, un código, que puede ser entendido sin ser representativo.



Marsden Hartley, Retrato de un Oficial Alemán, 1914, Óleo sobre canvas, Museo Metropolitano de Nueva York.



Robert Indiana, Elegías a Hartley: de la Serie de Berlín #1, serigrafía.


Arte Pop
Dos de los más importantes artistas que influyeron a los artistas del Arte Pop son Robert Rauschemberg y Jasper Johns, quienes fueron pareja. Aunque la mayor parte de la obra de Andy Warhol enfatiza los temas de celebridad y muerte, a menudo incluía temas gay. El artista David Hockney salió del closet antes de que lo fuera popular.



Jasper Johns, Blanco con Moldes de Yeso, 1955, encáustico & collage s/ canvas con objetos. Colección de Leo Castelli.



Robert Rauschemberg, Cañón, 1959, técnica mixta, Nueva York.

Drag y Musculocas
El drag incluye varias subculturas dentro de la comunidad gay, operando por medio de disfraces y rituales codificados. El interés y cuestionamiento de estos grupos sobre los roles de género (masculinidad y feminidad) los agrupa bajo la misma categoría. El “clon” de los 70 es aquel hombre que incorpora el orgullo de ser gay confrontando los estereotipos de feminidad con el uniforme de blue jeans, botas, chumpa de cuero y bigote. En los 80 y 90, se convierte de rigor por el impacto del SIDA: para aparentar estar saludable (no infectado), o precisamente por estar infectados y debido a esteroides para combatir el desgaste muscular.



John Kirby, Dos hombres huyendo, 1987.



Tom of Finland, sin título, 1962.


El SIDA

Durante los 80, miles de personas salieron del closet debido al SIDA. Los infectados se enfrentaron a la difícil tarea decirle a sus familias que eran VIH+ y que eran gay. El estigma llevó a muchos a tomar acción, formando ACTUP y Queer Nation. La muerte de Rock Hudson cambió la reacción del mundo y le puso una cara humana al virus.


Ross Bleckner, Trofeo, 1989, óleo sobre canvas. Colección del artista.





David Wajnorawicz, Luna Mala Subiendo, 1989, Técnica Mixta.


(Nota del Editor: Este texto es una versión editada de la conferencia que dictara recientemente el Sr. Palomo en el Museo de Arte de El Salvador.)

Claribel Alegría

Poemas

Quiero ser todo en el amor

Quiero ser todo en el amor
el amante
la amada
el vértigo
la brisa
el agua que refleja
y esa nube blanca
vaporosa
indecisa
que nos cubre un instante.


Lamentación de Ariadna

No te pierdas, Teseo
vuelve a mí.
La playa está desierta
tengo los pies sangrientos
de correr en tu busca
¿será que me engañaste
dejándome dormida en esta isla?
Perdóname, Teseo
¿Recuerdas nuestro encuentro?
amor eterno me juraste
y yo te di el ovillo
y volviste a la luz
después de haber destruido
al minotauro.
¿Te secuestró algún dios
sintiéndose celoso?
No me inspiran temor
ni Poseidón
ni Zeus
es de fuego mi ira
y se alzará
desde estas aguas
hasta el cielo.
Vuelve,
vuelve, Teseo
no te pierdas
en los laberintos
de la muerte
anda suelto
el ovillo de mi amor
atrápalo, Teseo
vuelve a mí
soy tu tierra
tu luna
tu destino.
Clava en mí tus raíces.

Miguel Huezo Mixco

Poemas

El asno
Queridas damas
Hoy me vestiría con una piel de asno
sólo por oler su carne de gallina
y verlas a todas cuchicheando por la casa
Hoy mostraría a las damas
bajo la falda
mis huevos de soldado
Descubriría mi cabeza gentil
"Os saluda bellezas el viejo asno"
Juro que me pondría la piel del asno
Si el amor escurrió entre sus lagrimales preguntaría
Las amo disertaría tres rebuznos dando de coces
Ya he comido
Mirad mi hocico las plumas
Señoras
Buenas noches
Migraciones
I
Amor
Tú consumirás la nieve de mis días
Una tierra cocida en el alto verbo devolverá
a mis dientes la risa y el estruendo
Picarás con tu nariz en el disco todo negro donde
cantan
tu mañana y mi memoria
Sales de la cama humeante hirviente enamorada
De tu cabello se desatan agujas que fijan tu piel
a los ojos cerrados
a la humedad al deber
Tú has sabido revelar la redondez
de la memoria que me quema
Cuervos saliendo de aquella fosa de sangre del dolor yla rabia que no me endurecieron
II
Habito en el cerebro de un pájaro miope
mis prácticas son las de un profesor que habla en prosa
con la conciencia ligeramente intensificada
Mediante una estrategia ejemplar me ha domado
una dama furiosa y gentil
Todas las mañanas a la sombra de un limonero
me ofrece de comer en el hueco de su mano
me aproximo con avidez sereno a su regazo
mis pelos se vuelven plumas
plumas mis manos
plumas mi cabeza
y piamos
piamosa
dorando el huevo azul en nuestro nido
III
Un gorrión
incrusta sus uñas
en las suaves hojas ondulantes de la servilleta
revolotea sobre la zona verde de los vecindarios
y abre camino a los placeres
Es una de esas almas que habitarán el paraíso
cuando vengan por nosotros puñal en mano
los ángeles negros
Entonces la justicia
será una sutileza como las vértebras de un tordo
y ello explicará el anidamiento del alma
en este siniestro lugar del planeta
IV
Cisnes de Bewick
Ruiseñores rusos
Currucas zarceras
Aguiluchos laguneros
Albatros errantes
Gansos de cara negra
Chipes de Townsend
Colibríes rojizos
Pichiches
Picaflores
Antes de llegar a las franjas de abedules y marismas
en Alaska
nieblas de la Sierra de Manantlán
frondas del Bosque El Imposible
costas doradas del Cabo Hateras
las aves
cálidas impalpables pueden ser
quemadas por el viento
perderse y morir
de cansancio hambre y sed
Las luces de una ciudad pueden entorpecer con su
navegación
Aves playeras y vadeadoras
peregrinos de rapiña
aves canoras
millones de aves desorientadas mueren en todas las épocas
al chocar a gran altura con las ventanas de los jets
No volarás conmigo amor
no vendrás

La perra, el lobo
Todas las noches entregaba un cordero
de mi rebaño al lobo con que me apareaba
Olfato y piel me consta estaba flaco
Pobres borregos
mojaban de miedo sus vellones
Ladra un perro al día a la noche y su ladrido
señala mi hora
pompas de jabón que emergen de un lavaplatos
ruido de ducha manchas de aceite
venid y borrad el miserable tiempo de lo vivido
Adiós
al pasto a la lluvia
al vaivén de los murciélagos bajo las noches
inyectadas
con su leche
adiós a las delicias del tiempo y del sueño
adiós soles ociosos cuya luz me fascina
adiós máquina vibrante de su cola
Huelo mis huesos blancos mi carne rosa
con tenues gemidos a la sombra del árbol
entre el verde olor el soplo mi lobo
Toda la divina oscuridad mora en esos ojos
Espuma y chispa
Mi sangre se vistió con su hermosura
Come de esta vulva
Juega a sangrar entre las ásperas cobijas
Di que mintieron los profetas
Y cruje mi corazón como el envoltorio de un caramelo

Horacio Castellanos Moya

Baile con serpientes
Novela (extracto)

Me desvestí, completamente. Y, antes de tenderme sobre la manta, en el rincón de la cabina, busqué la botella de ron, a ver si aún quedaba un trago. Ya Beti estaba frente a mí, con la cabeza erguida, y la mirada comenzaba a extraviársele. Alcancé a meterme un trago en el momento en que ella comenzaba a deslizarse sobre mis muslos, rondaba cerca de mi miembro, y luego subía por mi pecho, lentamente, untándose a mi piel, hasta que su cabeza empezó a restregarse en mi cuello, bajo la oreja, excitadísima, mientras su bajo vientre frotaba mi pene y mis testículos.

-Qué rico… -murmuró.

Y su cuerpo se enroscó por debajo de tal manera que circundó mi miembro, apretándolo, con movimientos envolventes, giratorios, y yo apoyé mi mano izquierda sobre la cabeza de ella, para acariciarla, mientras con la derecha le sobaba esa curva con la que prensaba mi pene.

Y entonces me hice a un lado y ella quedó en el piso, su cuerpo tendido cuan largo era, y comencé a lamerla, con fruición, enterita, primero su pecho, luego el vientre, y fui bajando hasta llegar a su cola. Ella gemía, diciéndome que jamás había sentido algo así. Yo me había puesto en cuatro patas, para lamerla mejor. Y en ese momento fue cuando Carmela, con su temperamento impulsivo y su cuerpo breve y delgado, se enroscó de golpe a mi miembro colgante, como una lapa, y empezó a circular alrededor de él, sin dejar de presionarlo, engolosinándose en mi bálano, llevándome a tal grado de excitación que me hizo caer al piso, pidiéndole por favor una tregua, que me soltara un instante, porque si no me vendría en el acto. Contuve mi respiración para intentar detener los espasmos: apenas unas gotitas de semen salieron de mi pene palpitante.

Beti estaba tendida, recuperándose; Carmela se había hecho a un lado, jadeante, muchacha de emociones virulentas.

Sólo Loli permanecía inmóvil, larga y delgada como era, con su cuello erguido, y su semblante tímido, delicado. La ví a los ojos; me sostuvo la mirada. Ella era la que más me gustaba, sin ninguna duda, la que me movía algo en el plexo, de la única que hubiera podido enamorarme.

Fui hacia el bote para acabar con el poco de coca que aún quedaba: aspiré una línea y me unté el dedo para darles a ellas, las muy glotonas, que pedían más y más.

Volví a ver a Loli.

-Quiero con vos… -le dije.

Bajo la vista.

-Yo también –musitó-. Pero me gustaría que pusieras música.

Alcancé la radio.

-Tengo ganas de bailar con vos –dijo.

Le expliqué que la cabina era muy baja; yo no podría bailar, a menos que lo hiciera de rodillas.

-Salgamos… -propuso.

Salí, desnudo, ansioso, con la erección más templada. Puse el radio en el suelo de tierra y sintonicé una canción de los Beatles titulada “Dear Prudence”. El sol, aunque lateral, pegaba con rigor todavía. Ella subió por mi cuerpo hasta recostar su cabeza sobre mi hombro; su cola se enrollaba suavemente alrededor de mi pene. Apoyé mis manos sobre su espalda. Y estuve besando su cuello, tiernamente; y era como si el movimiento de mis labios se transmitiera en forma directa a mi pene, tal era nuestra compenetración. Nos desplazábamos suave, acompasada, lentamente, como protagonistas de un antiguo ritual.

-Podría enamorarme de vos, como no te imaginás… -le susurré.

-Yo también… -dijo, presionando mi pene con su piel untuosa-. Y me encantaría pasar bailando con vos toda la tarde.

La canción terminó.

Beti y Carmela se habían subido al capó del Chevrolet y comenzaron a golpetearlo con sus colas, a ritmo de aplauso.

-¡Qué lindo!... –exclamó Beti-. Yo también quiero bailar.

Carmela propuso que yo bailara una pieza con cada una de ellas; la tarde estaba preciosa, y debíamos aprovechar que el cementerio de autos era todo nuestro.

Loli me había soltado y ahora subía al capó, un poco apenada, me pareció, porque habíamos sido demasiado evidentes, y las otras dos habían notado que entre ella y yo fluía algo más que el puro deseo. Pero Beti ya venía hacia mí, para que bailáramos la canción que comenzaría en cuanto ese locutor estúpido cerrara la boca.

-Qué rico… -repitió.

Y tuve que plantar mis dos pies con solidez sobre el suelo, porque hizo una maniobra que le permitió frotar simultáneamente mi pene, mis testículos y mi ano, en una especie de carrusel lúbrico; el vértigo fue tan súbito y tremendo que tuve que apoyarme en el auto. Pero entonces empezó aquella vieja canción de Eric Clapton, “Layla”, y Beti subió a recostar su cabeza sobre mi hombro.

-¿Te gustó? –preguntó.

-Claro –le dije, mientras nos desplazábamos al ritmo agudo de Clapton-, nunca había tenido semejante sensación.

Pero había algo, una incomodidad, un distanciamiento: el hecho de que yo había optado ya por una muchacha que ahora observaba desde el capó, con un dejo de tristeza, la manera como me cebaba con su amiga. Lo que no impedía, por supuesto, que mi excitación persistiera, que mi cuerpo vibrara untado a la carnalidad de Beti.

La canción terminó.

-Es mi turno –dijo Carmela.

Pero la siguiente canción no era para bailarla de cachete pegado, sino para brincotear, o al menos eso creí yo, y lo propuse, sin ninguna gana de fastidiar a Carmela, de tal manera que empezé a moverme al ritmo de Police, cantando el estribillo que decía “Walking on the moon…”, mientras ellas se erguían frente a mí, balanceándose, tarareando, entusiasmándose cada vez más, bordeando el éxtasis, como si realmente estuviésemos caminando sobre la luna, bailando entre los cráteres, hasta que hubo un segundo en que, cuando la canción estaba a punto de finalizar, logré detectar nítidamente el ruido de un helicóptero que se acercaba rasante.

¡Y fue como un luzazo!

Les grité que entraran de inmediato al Chevrolet.

A toda prisa saqué la manta de la cabina y la coloqué sobre el techo del auto.

Y me puse a tirar frenéticamente tierra, cenizas y desperdicios sobre el capó y el baúl, a fin de camuflar ese amarillo delator.

Ellas habían entrado espantadas, a esconderse en esos meandros de la carrocería en que aún se me perdían.

Yo seguí camuflando el auto hasta que creí que el helicóptero ya casi estaba sobre mí y entonces me lancé hacia adentro, jalando la portezuela.

Me acurruqué en el centro de la cabina, a esperar lo peor; que la nave se posara sobre el Chevrolet amarillo y de inmediato empezara el ametrallamiento, los bombazos y el fuego de los lanzallamas.

Pero el helicóptero, a bajísima altura, voló en círculos alrededor de la huesera, luego se mantuvo suspendido en un par de posiciones, una vez muy cerca de nosotros, escudriñando entre aquellos centenares de autos, y en seguida alzó vuelo.

Yo permanecí paralizado varios minutos, incluso cuando el ruido de la nave se perdía en lontananza y volví a escuchar el radio que había quedado encendido. ¿Nos habrían detectado y su retirada era nada más una estratagema para que nos relajáramos y entonces sí sorprendernos contundentemente?...

Me acosté; mi corazón estaba aceleradísimo. Me urgía un trago. Busqué infructuosamente en los rincones; las reservas de alcohol habían fenecido. Pero encontré otra bolsita de coca, aunque más pequeña; el tal Raúl Pineda, después de todo, nos había sido obsequioso. Me preparé unas líneas mientras ellas salían de sus escondrijos.

-¿Qué fue eso? –preguntó Beti.

-Nos andan buscando –dije-. Quieren exterminarnos.

-Qué susto… -comentó Loli.

Localicé el carrete hecho con la carta de Aurora a don Jacinto y me receté tremenda dosis. Ellas me pidieron del polvo mágico, con vehemencia, porque el susto las había dejado apachurradas. Les di lo suficiente como para que unos minutos más tarde Beti me rogara que trajera el radio, para que continuásemos bailando, aunque yo tuviese que hacerlo de rodillas, dentro de la cabina. Y fue la gangosa y potente voz de Jim Morrison, entonando “Riders in the storm”, la que me devolvió el sosiego, la energía y luego el contento de estar con ellas, de tener a Loli a mi lado, las tres nuevamente con el brillo en sus ojos y el rictus insinuante. Yo continuaba desnudo, sentado en el piso del auto; el helicóptero se había llevado mi erección, mis ganas de bailar, y la última dosis de coca había servido más que nada para exacerbar mi sed alcohólica. Alcancé mis calzoncillos, mi camisa, mis pantalones.

-¿Qué te pasa? –inquirió Beti.

-Voy a vestirme –dije.

-¿Por qué? – me preguntó Loli, con un dejo de tristeza, como para desarmarme.

No hallé qué decirle.

-Me he quedado con las ganas –musitó, suplicante.

Le pedí que se acercara. La tomé por la cabeza, cara a cara, mi vista penetrando en sus ojos claros, insondables. Y la besé en la boca. No se lo esperaba. Se enroscó en mi cuello, en mi tronco, en un ataque de júbilo, y bajó a frotarse en mi miembro, intensa, desaforadamente. Beti y Carmela tampoco se aguantaron: fueron sobre mí, con tal decisión y voracidad, que no tuve más alternativa que dejarme caer, acostado, de espaldas, con los brazos abiertos, mientras ellas realizaban su festín de lubricidad entre mi pubis y mi entrepierna, una danza de serpientes enfebrecidas que me condujo velozmente a los espasmos, al clímax, al aullido, al esperma borboteante.

Quedé exhausto, pero mi corazón galopaba, desbocado, como si nunca fuera a cansarse de semejante velocidad. Descansé un rato, quizás hasta dormí. Luego me fui incorporando, poco a poco. Encendí un cigarrillo. Me vestí, sin que ellas pusieran reparo, porque ahora dormitaban dulcemente. Necesitaba un trago, con urgencia, aunque fuera un paquete de cervezas. Salí del auto. Dentro de poco al atardecer comenzaría a insinuarse con sus anaranjados tenues. Caminé hacia el terreno baldío para salir a la calle. Pero me entraron unas súbitas ganas de cagar. Decidí mejor enfilar hacia la barda de atrás de la huesera, de la que estábamos más cerca y colindaba con la barranca. Estaba acurrucado, distraído, disfrutando de la defecación, cuando percibí una presencia a mis espaldas. Volteé. Era Loli, quien serpenteaba tranquilamente hacia mí. Sentí vergüenza de que me viera en esas condiciones.

-Estuvo lindo –dijo.

Asentí.

Me limpié con la carta de don Jacinto. Me arreglé los pantalones y busqué un boquete en la malla de alambre. Salimos al borde de la barranca; abajo, como a treinta metros, corría el riachuelo; al otro lado, pululaban las casuchas de una zona marginal. Me senté en el mero borde, de cara al vacío, con ella a mi lado.

-¿Creés que regresará el helicóptero? –preguntó.

Probablemente. La cacería apenas había comenzado y no cejarían hasta dar con nosotros.

¿Y qué haríamos sin nos acorralaban en ese cementerio de autos?

-Intentar huir –dije.

Era como si al celaje le estuviesen dando pinceladas naranjas, rosadas. Una brisa fresca, crepuscular, pegaba en ese filo de la barranca.

-Creo que hasta el lunes en la mañana estaremos tranquilos –musité.

Lancé una piedra hacia el fondo de la barranca.

-Te quiero… -me dijo-. Quiero estar con vos, que nada nos separe…

Guardé silencio, con la vista perdida en el horizonte. Posé mi mano sobre su espalda y la acaricié, tiernamente.

-Yo también te quiero –dije por fin-, pero ahora me urge conseguir un trago.

René E. Rodas

El libro de la penumbra
Poesía por entregas (5/9)

11. Instrucciones para mirar a los muertos

Que estas palabras te sean prevención. Tu inocencia misma no será atenuante en los reinos de la muerte.

La muerte monta sus dominios en los lugares más insospechados y no admite falta de tributo.

Así los muertos están embrujados de silencio en las márgenes del tiempo.

El mundo alrededor de ellos parece fuera de lugar como una mesa a la que le sacaron la casa de encima.

O como muchedumbre de refugiados a quienes les sacaron como un tapiz bajo sus pies la ciudad que trajinaban.

Muertos son sus ojos que huelen a muerte: la luz huye de ellos horrorizada.

Muertos desde adentro, la muerte brota de ellos como una flor obscena que desdeña los mandatos del sol.

En el pervasivo horizonte de sus dominios, la muerte sólo se presiente en los inútiles arañazos del viento contra las cornisas.

Si la carreta en que viaja la muerte roza la órbita de tu estrella, sostente de frente y en pie. El dolor impotente no conoce lenitivos.
12. La canción de los augurios

I

Reconforta, en esta jornada de crepúsculo, escuchar el corazón de mi mar. Amnios canta y todo aquí marcha a su canción.

El árbol del cielo bordonea en su raíz más grave, el cometa de la miel pulsa la melodía roja y clara de la vida.

Y mi corazón también se apareja al canto de esa voz apacible y recurrente que le han heredado las mareas.

Al amparo de esa música crece mi cuerpo como una diligente playa que las olas abandonan bajo el influjo de la luna.

Amnios se retira llevándose esa música de cráneos pulidos de rodar bajo las mismas olas con las que forma mi costado.

Pronto vendrá la luna azul de las despedidas, y seré yo quien deje a Amnios. Una playa iniciará su oficio de desierto.

Las raíces del cielo me han hecho fuerte y la torre que sostiene a Amnios me ha dotado de huesos. Tengo uñas para defenderme.


II

Más allá de Amnios la tierra canta su lamento de sirena que ha extraviado el rumbo de la penumbra.

Loca, desaforada, la sirena plañe. Quiere volver a Amnios, entrar de nuevo en este jardín donde la luz crece en pétalos.

Grita sus corales agonizantes, el desconsuelo amarillo de sus bestias, percute con garras y metales.

Zumba su enorme bóveda de insectos, crepita de calor intransferible en el hambre de sus parias.

Vibra y revienta como la estriada piel de un tambor donde el frío ceba sus uñas.

Restalla en el coraje sin honor de las máquinas donde fragua el triste consuelo de sus artilugios de consumo y de muerte.

Inútiles dispendios de un viaje imposible, pues aun a ella le está vedado unir el huevo cascado del tiempo.

Depositaria y proveedora del vasto poder de la belleza, encuentra su límite en el angosto canal que conduce a Amnios.

Llave de todas las puertas, una sola ha franqueado sin retorno. Quieran tus pasos llevarte por un sendero digno.

Ana Urquilla y Eugenio Menjívar

Converso
Colaboración Fotográfica













Nota de los artistas: Converso es una colaboración fotográfica entre una pareja, una conversación íntima. Hay dos tonos en cada fotografía para diferenciar nuestras voces: elblanco y negro lo representa a él y el sepia a ella. En todas las piezas, la segunda imagen responde a laprimera.

Bailando vallenato

con Olga Elena Mattei
Alfonso Kijadurías
Yo no sabía de la existencia de Olga Elena Mattei hasta el día de la clausura del festival de poesía de Medellín, donde tuvo la absurda osadía de leer un solo poema, con el agravante de haberlo leído en inglés, en pleno año dedicado a Cervantes, el maestro de la lengua.

La poeta que la sucedió, colombiana como ella, sintiendo la indignación de la divina turba, dijo que aquello era un insulto, un atropello a la pureza del idioma, que al escribir en otro idioma se corre el riesgo de mentir y traicionar sus señas de identidad. Y que ella jamás correría ese riesgo, pese a vivir en Mayami. A mitad de su discurso fue interrumpida por la nutrida ovación de la fanaticada que vio encarnada su protesta y que además abucheó a la estrafalaria poeta, quien (yo la vi) recibió la ofensa como oír llover, al margen de los aplausos y la rechifla, mirando una nube en el cielo tormentoso del atardecer. Yo, sin embargo, que sentí por ella y en carne propia la rechifla, por nada del mundo hubiera querido estar en sus bellas zapatillas.

Durante la fiesta de clausura de la interminable maratón poética en la que participaron más de cien poetas de todo el mundo, vi —como una aparición— sentada frente a mí, nada menos que a Olga Elena Mattei quien, vaso de vino en mano, se dirigió a mi soberbia persona con esa espontaneidad de que hacía gala Fray Luis de León, para obsequiarme un libro suyo: La Gente y una plaquette de sus poemas, entrega que agradecí, sin ocultar mi turbación y mis sospechas. Debe de tratarse, pensé, recorriendo con una mirada de fotógrafo su rostro, su cuerpo, sus manos, el traje, aunque elegante, con algo que lo volvía incongruente, de una de esa señoras burguesas que cogen la pluma para escribir poemas del mismo modo que cogen sus agujas de crochet; y ella, leyendo mis pensamientos, me dijo que leyera la página 56, para que no me quedara ninguna duda; lo hice, siguiéndole la corriente, esperando encontrarme con un texto torcido y desproporcionado como el hecho que ella misma había suscitado hacía tan sólo unas horas.

El poema, escrito cuando Olga Elena Mattei era una señora de treinta y siete años, para asombro de mi propia torpeza, ganó, por su honestidad y modernidad, la modernidad de la antipoesía inaugurada por Nicanor Parra, el campo minado de mi curiosidad y me confirmó su excelencia. Estaba frente a una poeta, sin calificativos. Que los lectores opinen:

Yo soy una señora burguesa
con la barriga inflada
y escribo poesías
con dolor de garganta.

He sido
niña prodigio
muchachita insoportable
mala estudiante
reina de belleza
modelo
de esas que anuncian
sopas o telas o artículos diversos…
me metí en este lío
inevitable
de enamorarme
y sacrificar a un pobre hombre
hasta convertirlo en un marido
(sin mencionar de paso
En qué me he convertido)
Y cometí el abuso social
imperdonable
de tener cinco hijos.
he fracasado como madre
como esposa
como amante
como lectora
como filósofa.
Lo único que puedo hacer
mediocremente bien
es ser
señora burguesa y despreciable.
imperdonablemente inútil.
y eso
es precisamente lo que infla
la barriga
y me hace escribir poesías
con dolor de garganta
que me saca la rabia.
porque todos los días me acuerdo
de la guerra y el hambre
que son tan reales como las señoras
a la misma hora
en que estoy aquí sentada
como una pendeja.

Justo había dado fin a la lectura del poema, cuando Olga Elena, estalló en una vibrante carcajada que no olvido. Léelo otro día, dijo, ahora es tiempo de bailar, y señaló la pista donde tocaba la orquesta y los catires con sus catiras danzaban al ritmo irreverente del vallenato. La danza, me confesó, mientras bailábamos, era su segunda gran pasión, aunque algunas veces ocupaba el lugar de la poesía. Con la torpeza de los malos bailarines, seguí sus pasos, igual que antes había seguido sus palabras y descubrí que —pese a sus setenta y dos años—, seguía siendo una bailarina que nada tenía que envidiar a Tongolele o Isadora Duncan.
Terminada la tanda, sudando a mares, abriéndome paso entre la poetada, fui en busca de cerveza para calmar la sed, ya vengo, dije, dejándola en el sitio de su aparición. Cuando regresé con dos cervezas en la mano, Olga Elena había desaparecido.

Dos semanas después, curado del viaje, de los abusos aduanales (en el aeropuerto de Medellín me registraron tres veces), libre de las veleidades del mundo intelectual, me encontré con el libro La Gente de Olga Elena Mattei y comencé a leerlo con la avidez que acrecientan lo prohibido o lo desconocido. Sosteniendo el aliento, riéndome, al borde de las lágrimas, ante la epifanía que me deparaba su lectura, fui descubriendo a un nuevo ser, diferente a la apariencia con que Olga Elena disfraza la legión de personajes que la habitan, la poeta, la danzarina, la filósofa, la científica, la aventurera que le ha dado la vuelta al mundo, y cuyos viajes han quedado consignados en poemas escritos en Bagdad, París, Tesalia, el Cairo, New Orleans, y tanto lejano lugar donde la han llevado sus pies de aventurera.

Yesterday

Rodrigo Pérez

Yesterday, all my troubles seemed so far away
Now it looks as thought they´re here to stay
Oh I believe in yesterday…


El primer intercambio de miradas fue en Mazatenango. Ella estaba por graduarse de Maestra y no cumplía aún los dieciocho; yo estaba en plenos dieciséis y mis intereses oscilaban entre los Beatles y el poema 20 de Neruda, sin hacer demasiadas concesiones con lo de en medio.

Coincidimos en la ruleta de la vida para una excursión a las tierras altas de occidente: Quetzaltenango. Prescindo de su nombre por razones obvias; ella está casada, y uno nunca sabe, con lo celoso de nuestro cavernario país. Prefiero ir directamente a los hechos: recuerdo con exactitud sensual cuando su mano tocó mi nariz helada en la puerta del Museo, aduciendo que la tenía roja por el viento. Veinte minutos después el parque Paco Pérez nos impactó, al punto de separarnos del montón y atraernos a la claroscura caminata por las gradas del puente.

La única tragedia hasta entonces era estar asignados a buses diferentes (“las niñas del Colegio en un bus y los del Técnico en otro”). Pero eso no me detenía en mis impulsos: en las paradas que se hacían me le acercaba con cualquier pretexto. Ella me miraba a ratos como a un niño necio, especialmente cuando me ponía a hablar de música. Entonces era muy tímido y no me atrevía a plantearle las maravillas sentidas por mí desde su advenimiento a mi vida. Los largos trayectos de autobús me obligaban a reconstruirla en la ventana e imaginarla en cada árbol, casita o puente por donde la carretera nos llevaba.

En Totonicapán me pregunté cuál sería la hora correcta para declarármele y me pasó por la mente la duda de si habría o no un tiempo para nosotros. Eso mismo volví a pensar cuando regresamos a Mazatenango y con un apretón de manos ( mi timidez no permitía el beso en la mejilla) nos despedimos.

Varias noches en el internado me dormí inventando una historia de amor con ella. El hecho de disponer de poco dinero no afectó mi entusiasmo: estar a su lado cumplía con creces mis necesidades. Una noche lo decidí: el fin de semana me iba a jugar el todo por el todo. La invitaría a la única discoteca que funcionaba los fines de semana. Por mi militancia en un grupo de “estudiantes”, no era partidario de ir a discotecas. Si lo hice fue para estar con ella. No sé de dónde saqué valor para lanzarme, pero poco antes de la medianoche —cual Ceniciento— la invité a bailar. Con tal de no perder contacto, me plegué al ritmo de los Bee Gees y los Commodore, no importaba si no eran de mi agrado, lo que importaba era sentirme pegado a su piel. Pude percibir su olor, la suave textura de su piel, la verticalidad danzante de su espalda y, a media canción, su mejilla pegada a la mía. Estuve a punto de besarla; yo sé que ella lo sintió. Mas no me atreví. Me pesó demasiado el horror a las bromas de los compañeros del internado; mi pavor al rechazo.

Why she had to go
I don´t know, she wouldn´t say
I said something wrong
Now I long for yesterday

Me arrepentí de esa horchata sanguínea el resto de mi estadía en Mazatenango. Durante algunos años no volvimos a vernos más que esporádicamente. Queen murió de la mano de Fredy Mercury, los Beatles resucitaron para siempre y la música disco fue suplantada por la despreciable techno.

Inesperadamente, el lunes vino a verme a la empresa donde laboro y conversamos un rato. Yo tenía una reunión ese día y la postergué hasta donde pude: la plática era tan exuberante que no me hubiera gustado suspenderla por ningún motivo. No insinúo que el sentimiento era el mismo de antes; es más correcto hablar de una magia intacta, conservada en mi álbum espiritual de fotografías.

Cuando nos despedimos, volvimos a prometernos como siempre llamarnos la próxima semana para seguir la charla. No lo haremos, por supuesto. En mi oficina emborroné unos versos:


Llegó la noche
la luna de Xelajú brilla
Me acerco a la ventana
y observo…
Tras un cristal frío, que sólo me permite
ver
la oscuridad…
Intento vislumbrar una silueta
pero es imposible descifrar qué es…
Sigo observando…
El frío de los años
ha enmohecido mi corazón
intento mantenerlo vivo
pero se resiste a vivir…
Con un grito silencioso le pido:
que me deje sentir
!Él duda…
Recuerdos... melancolías
Saudades...
los recuerdos se entremezclan
y el frío se va tornando caliente.
Intento no llorar…
Pero las lágrimas brotan de mis ojos
Intento olvidar el pasado
y vivir el presente
vuelvo a sentir la primavera
y la oscuridad se convierte en luz
consigo verla…
La llamo, pero no me oye
el grito silencioso de mi voz
no me permite hablar…
las lágrimas marcan mi cara
la pierdo….
¿Dónde estás?

Comprobé con nostalgia que el beso en sus ojos, ese beso que no fui capaz de darle en esa discoteca, día y noche va en mí.

...Yesterday, love was such an easy game to play
Now I need a place to hide away
Oh I believe in yesterday.