15 feb. 2006

Una enseñanza inolvidable

Alfonso Kijadurías
7
Al día siguiente llamé a Fabiola por teléfono. Quedamos en vernos en la Galería El Laberinto, donde esa noche inaugurarían una muestra de pintura peruana. En cuanto la ví, le hablé de mi conversación con Federico Gamboa y de la profunda impresión que me había causado su actitud y su visión de la literatura, al grado que me sentía al borde de un abismo, al que es preciso saltar con los ojos vendados. Hablando ni siquiera reparé en las pinturas que veía de paso como un paisaje visto desde un tren en marcha.

Mis palabras dieron pie para que Fabiola colmara de elogios a quien consideraba el único de los novelistas nacionales a la altura de los grandes del momento, un escritor, dijo, que ha trascendido lo nacional y alcanzado perfiles de universalidad, gracias a que ha sabido abrirse paso en el mundo, sin complejos de ninguna clase. Viniendo aquellas palabras de una muchacha culta, educada en los mejores colegios norteamericanos y recién egresada de la universidad de Nanterre en Antropología Social, no dudé que realmente Federico Gamboa representaba uno de esos raros ejemplos, ya casi en extinción, de los grandes escritores, que han consagrado su vida a la literatura, pasando por las pruebas más difíciles, en las que no han faltado hambrunas y privaciones de todo tipo. Una duda sin embargo rondaba mi cabeza, como una mosca pertinaz. Pese a conocerlo muy poco, había algo que de Federico Gamboa no lograba cuajar en mi conciencia, una sombra que mi intuición veía, por instantes, detrás de su presencia, fruto, pensé luego, de mi provincialismo, de mi falta de mundo o de a xenofobia, propia de mi generación, recelosa de todo exotismo.

En esa suerte de meditaciones estaba, cuando ví que Fabiola, alzó una mano para saludar o hacerse visible a un grupo que charlaba en una esquina de la galería, entre los cuales, para mi sorpresa, se encontraba Federico Gamboa, que atendiendo la señal, nos invitó a sumarnos al coro de sus admiradores, a quienes, a todas luces, tenía hechizados con alguna de sus fabulosas historias.

Y hacia allí nos dirigimos, atraídos por su poderoso imán. Con una confianza de siglos, besó, en ambas mejillas, a Fabiola, luego de tenderme su mano, cuyo apretón fue mensajero de una calurosa corriente de complicidad. Me causó extrañeza no ver en el grupo a Laura su mujer, lo cual le daba a nuestro personaje un aire de total independencia, afín con el enorme sentido de humor de que hizo gala en cuanto nos tuvo entre su fiel rebaño.

Antes que llegáramos, Federico Gamboa estaba hablando de ERUNDA, su última novela, aún inédita, palabra derivada del alemán, hier un da: quien no está aquí ni allá, según sus propias palabras, tema que luego dejo atrás para hacer un comentario, en que dejó sentado sus profundos conocimientos sobre la pintura moderna, al hacer un elogio de algunos cuadros abstractos que habían atraído su atención, y sobre los cuales, había prometido a la encargada de la galería escribir un artículo de lujo.

Cómo sucede a menudo en las exposiciones, todo el mundo va a emborracharse o exponerse, muy pocos –en realidad- a ver las pinturas, que a los ojos vulgares no pasan de ser manchas o sombras de muchas sombras, pero así ha sido y será siempre, sólo Federico Gamboa, se desprendía de su criterio, tenía ojos para todo, para los cuadros y el desfile de personalidades que estudiaba con detallada fijeza de novelista. Restando seriedad a sus comentarios, dijo que el mejor cuadro de esa noche, era Fabiola. Las risas que de inmediato se alzaron, como una bandada de codornices por toda la sala, pintaron en el rostro de Fabiola ese rubor de perversa inocencia, propio de las mujeres acostumbradas a recibir elogios, y dispersó por todo el salón a la exquisita fauna de los admiradores del maestro, siempre deseosa de acabar con el vino reservado para las grandes ocasiones.

Más noche, ya con la cabeza revuelta por el vino y la atmósfera barroca de la galería, al maestro Gamboa se le ocurrió invitarnos a su casa, ya que estaba solo. Laura y sus dos hijas se habían ido a San Francisco, donde vivían sus padres, por lo que teníamos lo que quedaba de la noche para hablar hasta agotar, sino el tema, el entusiasmo alrededor del mismo tema de siempre: la literatura y la vida.

Como la galería estaba a sólo unas cuadras de su casa, no tardamos en sentir el ambiente, demasiado literario, me parecería ahora, del jardín que rodeaba la casa. Un perfume de magnolia recién abierta flotaba como un narcótico en el aire fresco de la noche, culpable, posiblemente de que Fabiola se quedara dormida en uno de los sillones de la sala, apenas cuando la conversación alcanzaba niveles inesperados. Viéndola dormida, el maestro Gamboa, dispuso para no interrumpirla, continuar la charla en su estudio, un lugar lujosamente austero, pulcro, como una celda de anacoreta, pequeña, por que las habitaciones grandes dispersan el pensamiento, mientras que las pequeñas permiten mayor concentración, dijo, mientras mudaba su traje por una camisa, un pantalón y un par de sandalias, su vieja indumentaria de trabajo, que le daba una apariencia sencilla, alejada del mundanal ruido.

Celebré su gesto de confianza, humilde, de mostrarme un lado de su persona, el menos conocido, reservado a la intimidad de su hogar, así como el privilegio de estar en aquel sagrado lugar, donde habitaban con él los fantasmagóricos personajes de ERUNDA.

-Esta es mi cárcel, dijo, creada por mi mujer, ella tiene la llave, yo soy su prisionero, por eso te aconsejo jamás casarte, eso no está bien para un escritor de grandes aspiraciones, el hogar castra, conduce al fracaso. Mírate en este espejo, si hubiera sido más inteligente o más astuto me hubiera escapado de caer en la trampa destinada a los más débiles.

-Perdone, dije, sacando palabras del cajón que sentía en ese momento por cabeza, pero yo no logro ver el fracaso por ningún lado, usted es un hombre que goza de la admiración de miles de lectores y no lectores, de gentes que lo han visto en las revistas y periódicos, además de poseer una mujer que comprende y comparte la soledad que un escritor como usted necesita para desarrollar su obra.

-Ah! muchacho, respondió el maestro, las apariencias engañan, a ese gesto de las mujeres muchos le llaman sacrificio, pero no es sino el hábito con que ocultan, sus ambiciones, su cálculo egoísta.

-Talvez, respondí, eso que usted llama ambición no sea más que el anhelo de seguridad, de velar por el futuro de los hijos, o del propio escritor, que como se sabe es el peor tesorero de sus bienes.

-Quizás tengas razón, pero, no obstante, no cambiaré de opinión al afirmar que un escritor casado, es una aberración. El arte es una exigencia continua de libertad, no libertad a medias, sino total, de lo contrario no saldrá la verdad de tu pecho, se quedará encerrada, velando el lenguaje que nace muerto por falta de aire, el aire vital, que necesita el artista para no morir, como yo, cuando apenas había comenzado. Vete, huye de aquí, rompe con todos los convencionalismos, y -sobre todo- ese estúpido localismo que te ahogará sino logras universalizarlo, y para ello hincha el pellejo, conjura los miedos y temores de la tribu, sino tu obra, que ahora promete tanto, se verá reducida al tamaño de la nación, del país que terminará, si te quedas, envenenándote, embadurnándote de su baba histórica, sus miedos ancestrales, su envidia y sus frustraciones. Abandonar el país no es cobardía, cobardía es quedarse, no probarte en otro campo de batalla, donde no eres nadie, sino el extranjero que camina en las calles con otros extranjeros, que ven con otros ojos, los de la lejanía, el lejano país que todos llevamos como una enfermedad contagiosa.

Sus palabras nuevamente tocaron fibras muy profundas, no encontré palabras para refutar su discurso, que terminó en un silencio embarazoso, interrumpido, gracias al cielo, por Fabiola, que en ese instante entró al estudio, más dormida que despierta. Ya era la media noche, afuera no se oía más que la solitaria salmodia de un grillo entre la hierba. Al día siguiente, dijo, entre bostezos, viajaría a Costa Rica con su padre, el próspero abogado y ex ministro de Justicia, Benedicto Aguirre, como invitados a la toma de posesión del nuevo gobierno.

El maestro Gamboa, nos acompañó hasta la puerta, donde nos despedimos, con la solemnidad propia de esa hora, rogándonos volver, sobre todo en los atardeceres, después de sus deberes cotidianos.