15 feb. 2006

Aprendizajes del joven Darío

Miguel Huezo Mixco

La ciudad de San Salvador fue la primera escala del joven Rubén Darío en su interminable exilio por el mundo. De sus actividades en esta ciudad se han publicado libros que intentan pisar la cola del entonces "poeta niño"*. La más reciente pesquiza en torno a este periplo dariano, realizada por el investigador Carlos Cañas-Dinarte, ha dado como resultado el rescate de un manojo de poemas que no han sido recogidos en las Obras Completas del nicaragüense. Debido a que Darío, particularmente durante su juventud, escribió infatigablemente, debe haber por allí otros poemas —dispersos en diversas publicaciones y revistas, y algunos localizables quizás sólo en álbumes familiares— que han sido involuntariamente ignorados. Estos poemas, en su mayoría versos de ocasión, aunque no aportan novedades a la estética dariana, sí iluminan los primeros tramos del genial Darío y, al menos en un caso —su oda a Víctor Hugo—, podemos conocer un texto antecedente de un poema bien conocido.

Las incidencias que produjeron algunos de estos poemas comienzan con la llegada del adolescente Rubén al muelle del puerto de La Libertad, en la costa salvadoreña, en agosto de 1882. Darío se reportó cablegráficamente con el poeta Joaquín Méndez, secretario privado del presidente Rafael Zaldívar, invocando sus favores. Ambos se conocían únicamente a través de las cartas que se intercambiaban desde hacía un tiempo. Darío pedía apoyo para conseguir alojamiento, comida y empleo.

Al escribir su Autobiografía, Darío atribuyó su intempestiva salida de Nicaragua a la decisión de sus amigos de evitarle un arrebatado matrimonio con Rosario Murillo, quien sin embargo sería su amante de toda la vida. Escribe: "Un día dije a mis amigos: 'Me caso.' La carcajada fue homérica. Tenía apenas catorce años cumplidos. Como mis buenos queredores viesen una resolución definitiva en mi voluntad, me juntaron unos cuantos pesos, me arreglaron un baúl y me condujeron al puerto de Corinto, donde estaba anclado un vapor que me llevó en seguida a la República de El Salvador".

Joaquín Méndez orientó al poeta para que se trasladara a la capital y se hospedara en el Gran Hotel, propiedad del barítono italiano Egisto Petrilli, famoso por sus macarroni, su moscato espumante "y las bellas artistas que llegaban a cantar ópera", recuerda Darío. El siguiente paso fue carearse con el mandatario. "Mozo flaco y de larga cabellera, pretérita indumentaria y exhaustos bolsillos", así se describe el poeta cuando fue a presentarse a la mansión presidencial donde el dictador Rafael Zaldívar lo recibe, como parece era su estilo, de espaldas a la luz para examinar mejor a su interlocutor.

El poeta sabía dónde apuntar. Darío fue presentado en el seno de las más rancias familias de la época. Su pluma se regocijó en los álbumes y abanicos de las núbiles doncellas y honorables señoras de la sociedad capitalina y de otras ciudades de provincia.

La fórmula resultó infalible para presidentes y señoritas: amistarse con el poder, frecuentar los distinguidos círculos sociales, un poco de galanteo aquí y allá; saltar luego a la dirección de periódicos oficialistas, con el baúl siempre listo para huir por la ventana, son los aprendizajes de Darío en El Salvador, los que repite en varios momentos de su vida.

Antes de su repentina llegada, Darío ya era bien conocido en El Salvador. Uno de los «poemas recobrados» es un Romance publicado en la capital salvadoreña por el semanario El Pueblo del 18 de agosto de 1881. En ese mismo mes, Darío también publicó la desconocida primera versión de su poema A Víctor Hugo.

Al año siguiente Darío conoció a Francisco Gavidia, el sabio salvadoreño que ya experimentaba con la sonoridad del alejandrino francés. Toparse con el jovencísimo y arrojado Darío fue impresionante para Gavidia: "Talento e inspiración son cualidades que brillan en sus buenas producciones", escribió. "Añádase a este una feliz facilidad que hasta llega a perjudicarlo".

En efecto, Darío estaba presente con sus versos en cuanto acto medianamente importante ocurriera. A partir de la investigación de Cañas-Dinarte sabemos ahora que, al lado de Román Mayorga Rivas, compuso y leyó un poema de amor dialogado que fue acompañado con música de fondo interpretada por Giovanni Aberle —autor de la música del Himno Nacional de El Salvador— y Rafael Olmedo. Esa misma noche del día 15 de septiembre de 1882, en la celebración de los sesenta y un años de la independencia de España, Darío leyó en el Teatro Nacional un soneto —otro de los poemas recobrados del olvido— dedicado a Aberle, en cuyos versos finales proclama:

rr (...) La gloria del artista no es un mito,
rr Y al cruzar de la vida en el sendero,

rr Tiene sólo un ideal, ideal bendito,
rr Una patria, mi hogar, el mundo entero,
rr Y una contemplación: ¡el Infinito!

Los ímpetus de Rubén parecían no tener freno. Ahora está en Santa Tecla escribiendo una composición en el álbum de una niña acomodada, mañana pergeñando versos que serán llevados a prensa casi de inmediato. De hecho, otro de los poemas recobrados se produjo en el momento que Darío se encontraba en la redacción del periódico La palabra, y habiendo leído un conjunto de breves poemas de un grupo de vates salvadoreños, tomó papel y pluma y, en el acto, escribió una contestación versificada —titulada La de Peña—, que apareció el 1 de marzo de 1883. Pocas semanas después da a prensas, en La fortuna, su poema Roma.

Darío se entregó de lleno aparte de escribir, a la bohemia profunda. Los dineros de su poderoso protector tocaron fin cuando el poeta intentó seducir a una cantante extranjera, amante del mandatario.

Lo mismo que en El Salvador...

Su primera estancia salvadoreña se prolongó por tres años. Sin el favor presidencial, andando "a la diabla" con sus amigotes, enamorisqueado por aquí y por allá, Darío regresó a Nicaragua y reanuda sus lances con Rosario. En su autobiografía Darío se retrata en esa época al lado de ricachones, cazando cocodrilos en el lago con un winchester. Pero no todo fue placer: Darío aterrizó en medio de la guerra por la unión de las cinco repúblicas centroamericanas: "...anduve entre proclamas, discursos y fusilerías", recuerda. Su amigo, el general salvadoreño Juan J. Cañas, héroe de la guerra centroamericana contra William Walker, le empujó a marchar al Sur.

"—Vete a Chile (...) Vete a nado, aunque te ahogues en el camino", le habría dicho.

Se marchó en el año 1886. "Por fin, el vapor llega a Valparaíso", recuerda en sus memorias. "Compro un Periódico. Veo que ha muerto Vicuña Mackenna. En veinte minutos, antes de desembarcar, escribo un artículo. Desembarco. La misma cosa que en El Salvador: ¿Qué hotel? El mejor", fanfarronea.

En 1889 regresa a un San Salvador bullente de actividad intelectual. Aquella no era una ciudad adormitada: a finales del siglo XIX para un lector ávido era posible tener mensualmente sobre su mesa al menos una decena de revistas y publicaciones culturales y científicas, conectadas con los debates de mayor actualidad internacional. Prosigue su fértil trabajo lírico y sus relaciones palaciegas. Ya había publicado Azul..., piedra angular del modernismo. Darío, atolondrado, veloz, ha comido mundo, y hechiza con la sensualidad y el brillo de sus versos. Gavidia, siempre entre admirado y celoso, advierte: "Quiere hacer juicios, críticas, correspondencia, revistas teatrales, novelas, dramas, poemas, planes (...) Cuando Rubén haya 'crecido' va a cautivar al mundo". Entre tanto, aquel que pronto llegaría a ser el jefe indiscutible del movimiento modernista, se abría paso, a través de las puertas más difíciles, a plumazos.

El primero de noviembre de ese mismo año, Darío entregó a la jovencita Teresa Menéndez, hija del nuevo presidente, Gral. Francisco Menéndez, una fotografía suya (acompañado del ahora desconocido J. M. Pacheco), donde luce cerril, bigote inhiesto, con todo el talante de un gavilán pollero, apretado en un saquito; al reverso escribe un olvidado cuarteto de ocasión, en versos de catorce sílabas, que inicia exclamando:

rr ¡Princesa luminosa! Dios te brindó sus galas...

Pero la vida todavía le preparaba nuevas sorpresas al joven genio. Ese mismo año, Menéndez trajo periodistas de varias nacionalidades y le entregó al poeta la dirección del periódico oficialista La Unión, órgano de los unionistas centroamericanos que tenían su plaza fuerte en la casa de gobierno de San Salvador. Darío tenía sólo 22 años. "Se imprimía el periódico en la imprenta nacional y se me dejaba todo el producto administrativo de la empresa", recuerda. Allí reimprime Azul... El costarricense Tranquilino Chacón, describe a Darío como "un poco perezoso" en las labores de la redacción, pero advierte que cuando agarraba el lápiz "no había un renglón que no fuera filigrana literaria". Sala de redacción y bar, veladas hasta deshoras, vértigo, fue desde entonces la vida de Darío. ¿Sed de fama?, sí, pero sobre todo de vida.

Su privilegiada amistad con el presidente Menéndez no le permitió otorgarle lealtad al Gral. Carlos Ezeta, quien encabezó el cruento golpe de estado del 22 de junio de 1890 que costó la vida a su benefactor. La orden de encarcelamiento contra los amigos de Menéndez —Gavidia, Alberto Masferrer y Aberle, entre otros— les apremió a todos ellos a emigrar a Guatemala. Rubén se sumó al grupo temiendo por su propia suerte.

Darío recordó vivamente aquella huída: un tropel de jinetes acompaña la llegada de Ezeta y su Estado Mayor. "Se nota que ha bebido mucho", escribe. "Desde el caballo se dirige a mí y me dice que me entienda con no recuerdo ya quién, para asuntos de publicidad sobre el nuevo estado de cosas".

Pero el poeta ha decido largarse todo lo lejos posible. "Sentía repugnancia de adherirme al círculo de los traidores", escribirá después. Redacta a toda prisa una nota donde intenta explicarle al aprendiz de presidente que "un asunto particular de especialísima urgencia" le obligaba a irse de inmediato a Guatemala, ofreciendo volver pronto para ponerse a sus órdenes.

Deja en la revuelta ciudad a su recién adquirida esposa Rafaela Contreras, y se encamina hacia el puerto de La Libertad donde se le comunica que una orden superior le impide salir del país. Darío emprende entonces una ardua labor a través del telégrafo, adulando y requiriendo, apelando a la amistad de sus benefactores. La fórmula no falla: el buque está a punto de zarpar, pero en el último minuto un mensaje providencial le abre las puertas de su evasión.

Rubén Darío volvería a El Salvador veinticinco años más tarde. El otrora prodigioso jardinero de la floresta modernista, pasa una vez más, la última, por La Libertad camino de su Nicaragua. Ha 'crecido', y con tal velocidad que tiene apenas cuarenta y ocho años, y es casi un moribundo. Viene de la fama y sus correrías. Va a rendirse a los brazos de Rosario Murillo. La instantánea de aquel momento se trazó con el afilado estilete de Arturo Ambrogi: "Va triste. Va solo. Va desilusionado. Quien pudo verle, tendido en una ancha silla de lona, sobre cubierta, frente al mar (...) me dice que es solamente un cadáver el que algunos devotos llevan allí". Darío ni siquiera mira la tierra salvadoreña; dice Ambrogi: "pasa frente a ella en un gesto de altivo desdén".

* Los días salvadoreños de Rubén Darío (1946), de Gustavo Alemán Bolaños, Rubén Darío criollo en El Salvador (1965), de Diego Manuel Sequeira, y Rubén Darío en El Salvador (1990), reúnen preciosas informaciones de la "iniciación de un nacido aeda", como el mismo Darío se refirió a su paso por la más pequeña república centroamericana.