15 feb. 2006

La loca de finanzas

y el crack de la piedra filosofal

Mario Roberto Morales

Hace pocos días pude ver un documental que muestra el deterioro cotidiano (una muela se le cae durante la filmación) del dibujante Arnoldo Ramírez Amaya, pero que deja fuera el muestreo de lo mejor de la obra de este artista derrotado por la drogadicción, así como la contextualización de lo poco de ella que sí muestra. Aunque se consignan sus dibujos del libro El pájaro sobreviviente (título del documental), no aparece, por ejemplo, el ciclo de El dictador y sus perros fieles, un libro de tintas publicado en México y prologado por García Márquez, que caricaturiza el militarismo rampante que dominaba la política de entonces. El realizador se centra en capturar el estado decadente en que se halla el artista y deja escapar la oportunidad de documentar la secuencia y extensión de su importante obra, lo cual habría acentuado, por contraste, la intensidad de su tragedia.

Las respuestas, en su mayoría negativas, a la insistente pregunta ("¿Sabe usted quién es Arnoldo Ramírez Amaya?") que el cineasta hace a quienes se encuentra durante el rodaje con la cámara al hombro, evidencian una vez más la ausencia de memoria y la desbordante ignorancia que caracterizan al ciudadano medio de un país que mira impasible a algunos de sus mejores artistas y escritores secarse al sol como pieles de reptil. Es el caso del dibujante Ramírez Amaya, del pintor Juan Antonio Franco y de la poetisa Isabel de los Ángeles Ruano, para sólo mencionar a dos de los que todavía viven y a uno (Franco) muerto recientemente en un asilo de ancianos.

De pronto, el cineasta cambia su pregunta a otra: "¿Qué es para usted la cultura en Guatemala?" La vaguedad de la interrogante dispara ante la cámara toda suerte de muecas por parte de la juventud liviana que se limita al hedonismo vacío de las discotecas, así como disparates que evidencian su incontenible caos mental. Pero lo que más abunda es el silencio acompañado de la disculpa sonriente y apenada. La mayoría de las chicas acuden a la coquetería para decir que no saben la respuesta, y algunos chavales responden sandeces para no quedar mal ante la novia. Pero son el silencio y la incertidumbre los que ganan la partida, desde la vaguedad de la pregunta hasta el sonrojado gesto de una curadora de arte que se tapa el rostro al decirle sonriendo al cineasta: "Ay, mejor otro día…"

Contra todos los pronósticos, Isabel de los Ángeles Ruano, con su habitual atuendo de empobrecido caballero de los años cincuenta y su eterna gorra invernal, le responde al cineasta que la respuesta depende de lo que se entienda por cultura, y que "desde un punto de vista sociológico y antropológico, es el conjunto de comportamientos que definen a un conglomerado social…" El cineasta corta la atinada declaración, esperamos que luego de haber aprehendido la respuesta a su pregunta. La "loca", "la trastornada", "la pobre" Isabel, una vez protegida de León Felipe y prologada con gran entusiasmo por él, ofrece la única respuesta coherente a una pregunta muy mal formulada, sin abandonar su lugar de trabajo: la plaza del ministerio de finanzas, en donde vende sus poemas y otros objetos poco útiles, para subsistir. A veces, dicen algunos, recuerda que hace poco le otorgaron el premio nacional de literatura, y a veces lo olvida. Se ve que la locura no implica la pérdida de la lucidez y la dignidad, al menos en el caso de esta extraordinaria poetisa.

Como es obvio, no me ocupa esta vez la película mencionada sino la alegre ignorancia e inconciencia de las juventudes y "vejentudes" que se divierten en una noche de juerga en el sitio donde fueron filmadas muchas de las respuestas a las que me he referido. Este sitio es como un food court de un centro comercial, sólo que sin centro comercial. Se trata de un conjunto de otrora apacibles calles, habilitadas ahora al estilo de algunos simulacros de pueblo viejo que se encuentran en centros comerciales de Los Ángeles y otras ciudades desangeladas del mundo, como San José de Costa Rica. El lugar se llama "Cuatro grados norte", pero el humor popular lo ha bautizado como "Cuatro gramos monte", caracterizando quizá la principal actividad recreativa que realiza la alegre juven(vejen)tud que allí se divierte noche tras noche.

A propósito, cierta burguesía empresarial está impulsando un proyecto conductista que llaman "GuateÁmala", y que consiste en echarle porras al sentimiento nacionalista para elevar la autoestima de una ciudadanía empantanada en el desempleo, la corrupción y la violencia, partiendo de que si se cambia la mentalidad se puede cambiar la actitud, y si se cambia la actitud se puede cambiar la realidad. Su "filosofía" se parece a la de la "corrección política", que afirma que cambiando el léxico se puede cambiar la mentalidad y, consecuentemente, la sociedad. El proyecto (al igual que la "corrección política") no incluye, claro está, ninguna modificación en materia económica ni social, y fue concebido por los mismos artífices de "Cuatro grados norte", luego de que algunos de ellos fueran a Estados Unidos a recibir un curso con un "motivador" conductista gringo, de esos que enseñan "liderazgo" a los administradores de cafeterías y restaurantes para que puedan despedir sin remordimientos y sintiéndose triunfadores a sus subalternos menos "asertivos", quienes, por ello, son vistos como irredentos "perdedores". Esta vez, el humor popular no fue tan benigno con el disparate, y lo bautizó como "GuateMámala". Lo cual indica que no todo está perdido en Dinamarca, aunque lo esté desde siempre en la ahora posmoderna Guatepeor.

Quizá a esa juventud a la vez atemorizada y agresiva que encuentra en las delirantes afirmaciones de Ramírez Amaya una inspiración y un modelo de conducta, le cayera bien acercarse a "la loca de finanzas", Isabel de los Ángeles Ruano, quien asumió las consecuencias de su marginación por haber nacido en un país que no le correspondía (pues Guatemala no es un lugar en el que deban nacer artistas, escritores ni intelectuales, sino sólo terratenientes, mercaderes, militares, curas, políticos y delincuentes) sin recurrir a estupefacientes, y quien, en lugar de afirmar -como lo hace Ramírez Amaya en uno de los momentos más "profundos" del "viaje" durante el cual se dejó filmar- que el "crack" es la piedra filosofal, ofrece una más que aceptable definición de cultura, a pesar de habérsele lanzado a quemarropa una pregunta cuya vaguedad puede dar pie a las más disparatadas respuestas. No es extraño, pues, que lo más iluminado de un filme que sigue en su cansado periplo a un pájaro que gusta de revolcarse en el fango y que durante el rodaje acusa un solo instante de autenticidad (cuando exclama llorando al pie de sus deteriorados murales universitarios: "¿Será que uno vive por gusto…?"), emane de la loca más sabia de la ciudad enfangada. ¿Que se trata de mera sabiduría de clochard? Tal vez, pero con una pizca de información básica que mucha falta le hace a la mayoría de los "cosmo", los "metro" y los "posmo" que aparecen en la película esforzándose por aparentar saber lo que a todas luces ignoran.

Dicho sea todo esto en elogio de la locura auténtica y genuina, y en detracción del consumo perenne de drogas como propuesta de libertad. También, en contra del altruismo bienpensante y lucrativo de quienes se preparan para hacer del Centro Histórico de la ciudad de "GuateMámala", un "Antro Histérico" que, como el "parque temático colonial" en que convirtieron a la ciudad de Antigua, no habrá de ser sino una ampliación más del siempre jacarandoso y encumbrado "Cuatro gramos monte".

GuaTeMata, 23 de enero del 2006.

También publicado en A fuego lento y La insignia.