15 feb. 2006

Sergio Ramírez

Del libro
Sombras nada más
u
A las ocho de la mañana se puso en movimiento el convoy, adelante el camión con los prisioneros y sus guardianes, detrás dos camiones más llenos de guerrilleros, en uno la bandera rojinegra del FSLN amarrada a un palo sin descortezar que un miliciano agitaba con ambas manos, y cerrando la marcha una camioneta pick-up, Manco-Cápac al volante, Nicodemo y la compañera Judith apretados en el asiento delantero y más guerrilleros en la tina, hacían sonar los cláxones y desde que arrimaron a Guazacate la gente corría a asomarse a los cercos de espadillo de la orilla del camino, familias enteras en las puertas de los ranchos de paja y de las casas de tablas encaladas al llegar a La Albina, salía un renco acunando un gallo entre los brazos como si fuera un niño, a su zaga una mujer de ancha rabadilla con el cucharón de cocinar en la mano, allá por Salina Quintana alzaba el brazo en saludo tembloroso una anciana enferma, con un lienzo amarrado en banda a la cabeza, cuando subían por Las Pilas, jornaleros que enarbolaban los machetes con que fajinaban en las huertas, al pasar por La Tajona, jinetes que saludaban desde los caballos con sus sombreros en alto sin abandonar el trote, allende San Cayetano, alguno que recostado a un horcón mascaba una brizna de hierba y sólo los veía alejarse en silencio, cuando dejaron atrás El Gigante entre la densa polvareda.

Y ya en las goteras de Tola se vio venir de lejos una multitud desbocada, estallaban cohetes y bombas de mecate, música revolucionaria atronaba en los parlantes de una barata que rebasada por el tropel se acercaba cargada de niños en la trompa y en los estribos la tumba del guerrillero dónde, dónde, dónde está, su madre está preguntando: algún día lo sabrá, y muy atrás una banda de chicheros que tocaba un son de toros, la música de la banda y la canción de la barata confundiéndose con las detonaciones de la pólvora y los gritos y los clamores, se habían bajado los guerrilleros de los camiones y su bandera se perdía ahora entre las otras banderas, rojo y negro por todas partes, se alzaban los fusiles al ritmo de una consigna que costaba distinguir desde el encierro de la cabina, uno tras otro los rostros se aplastaban contra la ventanilla y había puños que golpeaban la capota, uñas que arañaban en vano, una mujer de luto, seca, cetrina, había lanzado un escupitajo y la salvia resbalaba sobre el vidrio. ¡Paredón! ¡Paredón! ¡Paredón!, entendió al fin la consigna que cantaba el coro al mismo compás con que los puños pegaban sobre la capota y se alzaban los fusiles, un remolino de caras y de voces, forcejeaban ya por abrir la puerta de la cabina y él no acertó más que a replegarse en el asiento hacia el lado del chofer, que atemorizado a pesar de su uniforme verde olivo no despegaba las manos del claxon en demanda de auxilio, alguien tenía una piedra con restos de ripio y argamasa que machacaba sobre el vidrio y entonces cerró los ojos y su madre estaba arrodillada al anochecer frente al altar enflorado de ramas de sacuanjoche puestas en tarros de pintura al lado de la máquina de coser en el corredor del fondo, los brazos abiertos en súplica, en una mano las cuentas de cristal del rosario que reflejaban la luz de las veladoras oh María madre mía, firme escudo del mortal, a tu amparo me someto, no desprecies mi congoja y antes bien escucha mi ruego, y ahora de pronto se acallaba la música de los chicheros, se quedaban en silencio los parlantes y las voces alzadas iban dispersándose, todo porque Nicodemo se había subido al estribo de la barata, soplaba en el micrófono, ¡compañeros!, pero no obstante otra vez sobrevenía en rebeldía el vocerío, ¡compañeros!, ¡tengan confianza en el poder revolucionario!, ¡los esbirros serán sometidos a juicio popular sin excepciones!, lo aplaudían algunos desde atrás aunque la insolencia de la gritazón le arrebataba la voz: ¡paredón, paredón, paredón!, y él, agazapado en la cabina, apretaba los párpados y lo llamaba su madre, hacía que se arrodillara a su lado, el olor de la esperma derritiéndose en las veladoras aturdía sus narices, lo retenía ella por el brazo y más que la imagen de la Virgen de los Remedios enflorada en el altar sus ojos querían ver el maniquí decapitado de senos desnudos que recogía polvo en el rincón Madre del redentor crucificado, por los siete puñales que atraviesan tu pecho no desoigas mi súplica, a los golpes de nuevo empecinados la piedra había logrado reventar el vidrio de la ventanilla tiende sobre mí la gracia redentora de tu divino manto, y entonces se oyó una voz frágil y tan cascada: ¡comandante, que me den pasada que quiero hablar!

Una mujer enlutada de pies a cabeza, del tamaño de una niña de doce años, que calzaba zapatos de varón, flojos de tan grandes, el rostro inclinado en sesgo como un pájaro que buscara semillas, se abrió paso hasta el estribo de la barata donde Nicodemo la esperaba extendiéndole desde ya el micrófono y de alguna parte trajeron una silleta, la ayudaron entre muchos a subirse, recibió el micrófono, y antes de empezar se enjugó el sudor con el pañuelito bordado que apretaba en la mano, compañeros y compañeras, buenos días, aquí hemos llegado en comisión dolorosa las madres de Belén a contarles la forma desconsiderada en que nos dejaron huérfanas de los hijos que parimos, criaturas de quince años y menos, mujercitas de su hogar, varoncitos sin vicios que fallecieron hace hoy nueve días cuando entraron a Belén los malditos diciendo: “Aquí venimos los sandinistas, sálganse ya de sus casas los valientes que van a combatir con nosotros la dictadura”, y no eran sino guardias de Somoza disfrazados de guerrilleros, una trampa mentirosa porque llevaban los mismos pañuelos rojo con negro amarrados en el pescuezo y vociferaban sus consignas como si fueran revolucionarios, por ejemplo, “!Muera Somoza traidor y asesino!, ¡viva la patria de Augusto Sandino!”, y de esta forma las criaturas se desbocaron a la calle a recibirlos contentos, y ellos, los acabados felones, enamorándolos con su megáfono, que vinieran, había rifles en bendición, armas nuevas bien engrasadas para todos, “¿Voy mamá?”, me preguntó Juan Erlindo, el menor, todavía masticando el bocado porque estaba comiéndose su cena con Esteban Tadeo, que era el mayorcito, mis dos hijos ya matacanes, quedaron sus platos a medio acabar, uno, el Esteban Tadeo, me había aprobado tercer año de secundaria en el Instituto de Rivas el año pasado, dejó de estudiar por la penuria, pues tenía que ayudarle al papá en la poca siembra de caña, el otro, mi Juan Erlindo, en sexto grado de primaria, lo mismo, tuve que sacarlo de la escuela aunque la maestra me suplicaba que se lo mandara, ya que no era nada desganado en las lecciones, pero el papá necesitándolo en los siembros igual que al otro, y yo no les contesté a mis muchachitos si se iban o no se iban, sabiendo que nadie, ni yo, que era su madre, tendría poder de detenerlos, salieron, ya había bulla de criaturas en la calle, en la tina de una camioneta los Herodes groseros tenían aquellos rifles de estampa poderosa que repartían como si fueran juguetes, botas nuevecitas en sus empaques de plástico, puñadas de pañuelos rojo con negro, iba atardeciendo ya, y cuando vieron que todos los chavalos lucían armados ordenaron hacer un desfile, agarraron para la plaza marchando, se adelantaron unos a tocar las campanas de la iglesia y todavía más incautos se presentaron al clamoreo de los repiques, entregaron más rifles, y cuando ya los tenían a todos juntos los metieron a la casa del cabildo que está al lado de la plaza diciendo que para asunto de un mitin, para darles instrucción política, que dejaran todas las armas en la entrada, las dejaron, obedientes, pero aún así, esas armas de qué hubieran servido si no tenían municiones, una sola bala no les habían entregado, y así fueron pasando, mansos, por el portón, en la oscurana los llevaron al patio enclaustrado donde hay un pozo en abandono a causa de que se le secó el agua hace tiempo, y entonces ya rodeados de guardias empezó la balacera tenebrosa que se oyó de un confín a otro del pueblo, habrán matado no menos de treinta criaturas, comandante, no hay una lista todavía pero ustedes debían hacer esa lista y poner en ella a Juan Erlindo Morice, de trece años, y Esteban Tadeo Morice, de dieciséis, a todos los lanzaron al pozo que quedó colmado de cadáveres hasta el brocal, y después, no contentos de su iniquidad, con el mismo megáfono anduvieron gritando amenazas y burlas por las calles, “Que nadie salga de sus casas muy hijos de puta, al que se salga le quebramos el culo como a todos esos comunistas que castigó la ley, víboras es lo que han criado estas mujeres putas de Belén, alacranes colorados, pero ya los machacamos, viva Somoza, viva la Guardia Nacional”, una insolencia aquel vocabulario, hasta antier abandonaron Belén y corrimos entonces a la casa del cabildo pero ya era un imposible sacar del pozo los cadáveres, y solamente unos sacos de cal se pudieron vaciar en busca de hacer más llevadera la hedentina, gran inflazón y amasijo de pies, codos, manos, rodillas y cabezas es lo que quedó de ellos dentro del pozo seco que mejor ya mandamos a cerrar con ripios y con mezcla y encima pusimos bendición de flores frescas como por caso dalias, jalacates, pensamientos, nomeolvides, azucenas, pero falta que ni una misa se dijo porque el padre cura del pueblo de Belén ha huido a Nandaime.

De mano en mano le llevaron un vaso de agua. Dio un sorbo. Me preguntarán que cuántos eran los perros, les diré que muchos, una pandilla de asesinos de gruesa calaña acantonados en el cuartel de Rivas, de allá mismo llegaron, y me preguntarán por qué traemos noticia tan vieja, si ya se sabía en Tola ese acontecer, les diré que no es para brindarles novedades que aquí hemos venido, sino porque hay unos responsables de esa grosería que ya los tenemos sabidos, son dos los que decimos, muy feroces canallas. Su jadeo se amplifica en los altoparlantes. Se ajustó el rebozo negro mientras zumbaban las voces. Bebió otra vez. Retiraron el vaso. Se llevó una mano al cuadril. Se supo de eso dos, que de cierto anduvieron en la matanza de inocentes, porque ya cuando los muchachos iban en desfile a buscar su muerte, llegó corriendo mi vecina casa de por medio, la Teresa Cordón, “Filadelfa, acatá que en todo esto hay trampa, entre esos fingidos guerrilleros que reparten armas, Justo mi marido reconoció a Agapito Jácamo, que es guardia, su hermano Dámaso Jácamo, que también era guardia, murió en el asalto al cuartel de Rivas que hizo el padre Gaspar el año pasado, y también va allí entre los farsantes un hijo del finado Dámaso acompañando a su tío, uno que se llama Romualdo, de sobra los conoce Justo porque esos Jácamo son de por el lado de Chacalapa, donde tiene él siembros, gente de pésima levadura, peor el sobrino, que por poca que sea su edad, se pinta para las crueldades”, que corriera detrás de mis dos muchachitos porque los iban a masacrar, muy seguro, y ya corría yo por media calle, obedeciéndole, cuando en eso atronó la balacera mortal, es lo que fue, y aquí ha venido la Teresa Cordón por si la nueva autoridad popular la necesita de testiga, a ella Dios no le dio hijos pero nos ha acompañado en el sentimiento.

Un zanate voló desde la rama de un guarumo para posarse en los alambres del tendido eléctrico con gran alboroto de sus alas. Alguien iba a tirarle una piedra, pero le detuvieron la mano. La madre enlutada apretó el pañuelito contra sus labios. Ahora, óiganme bien, hemos averiguado la noticia de que en el camión de los prisioneros vieron los dos que digo, Agapito Jácamo, junto con su sobrino Romualdo Jácamo, los mandaron después de cometer su fechoría a defender a Alirio Martinico, el esbirro dueño de Santa Lorena que allí lo traen capturado también, y nosotras estamos aquí todas sin faltar ninguna en petición de justicia, tantas somos las dolientes que no ajustaba la tela en Belén para coser rebozos y vestidos de luto. Extendió la mano, señaló la mancha de rebozos negros, muy juntos, apretados, como un hueco oscuro entre las demás cabezas bajo el sol, y se calló. Nadie dijo nada. Se rascó uno la barbilla lentamente. Se quitó otro el sombrero. Se agachó una mujer de rizos entrecanos a amarrarse las correas de sus cariocas. La madre enlutada bajaba ahora de la silla con un movimiento enérgico, sin permitir que la ayudaran, y le entregaba el micrófono a Nicodemo, que de pronto se quedaba solo al lado de la barata con el micrófono en la mano mientras se hacía un solo rumor cerrado de pasos, rodeaban la cabina del camión como lo hubiera hecho una turbonada de aguas revueltas y seguían hacia la plataforma donde los prisioneros se habían pegado a las barandas para aguantar la remecida, traqueteaba el camión y parecía que iban a voltearlo, pero ya bajaban de arrastradas al guardia Agapito Jácamo, lo estaban amarrando del cuello y de las manos con una soga y detrás bajaban a su sobrino el huérfano Romualdo Jácamo. Gemía. Forcejeaban para ponerle la soga mientras caían sueltos al suelo los mangos que llevaba debajo de la camisa, y todavía se los disputaban abajo en cardumen unos niños cuando ya los arreaban a los dos jalándolos por el cabo de las sogas entre tropezones, cayó de bruces el huérfano y fue arrastrado un trecho, codos y rodillas calvados en el polvo, pero al fin lo levantaron, les abrían brecha y luego la brecha se cerraba tras ellos, maniobraba la barata buscando retroceder para sumarse a la procesión y tronaban otra vez sus parlantes los asesinos de los campesinos sabrán que algún día le llega a sus pueblos su liberación, mientras los músicos de la banda de chicheros se ponían a la cola, donde ya el acompañamiento era ralo, tocando una marcha militar. Iban a ser las nueve de la mañana.