15 feb. 2006

José Coronel Urtecho

Claribel Alegría

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Antes de conocerlo personalmente, lo conocí en 1949 a través del padre Ángel Martínez, sacerdote español y gran poeta que vivió muchos años en Nicaragua. Amaba Nicaragua, decía que allí él había renacido y que se sentía nicaragüense.


El Pater, como lo llamaba Coronel y a quien le escribió bellas cartas, vivía entonces en El Salvador y era muy amigo de mis padres. –Tienes que leer a Coronel Urtecho -me decía-, no sólo es un gran poeta, sino también maestro de poetas. Me facilitó algunos poemas y pasajes de prosa suyos, y yo me quedé con ganas de seguirlo leyendo. Muy poco más leí de él, apenas algunos textos que me llegaban de vez en cuando en la prestigiosa revista El Pez y la Serpiente.


Por fin un día de febrero de 1979 lo conocí personalmente en San José de Costa Rica, en casa de Sergio Ramírez. Sergio y Tulita vivían en el exilio y recibían en su casa, con la generosidad que los caracteriza, a los nicaragüenses anti-somocistas. Daban esa noche una pequeña fiesta. Yo estaba de paso por San José y me invitaron. Sergio me presentó a Coronel. Inmediatamente sentí por él una gran simpatía. Nos sentamos en un sofá, un poco alejados del bullicio, y nos quedamos allí platicando durante dos horas o más.


Su rostro era de ardilla. Llevaba boina. Tenía una barbilla huidiza y ojos pequeños y brillantes que se movían con celeridad y lo abarcaban todo.


Yo sabía que él había sido diputado de Somoza García algún tiempo atrás, pero en ese entonces vivía retirado en su hacienda de Los Chiles, junto a la frontera de Costa Rica.


Llegaban a su casa los sandinistas y guardaban armas allí, lo que implicaba un gran peligro. Algunos de sus hijos eran guerrilleros, y José Coronel, un revolucionario convencido.


Cuando se dio cuenta del error de haberle servido a Somoza, cayó en una gran depresión, se sintió, según sus palabras “moralmente aplastado”, y pasó veinte años de silencio poético. La Revolución Sandinista lo despertó de su letargo, fue uno de sus más entusiastas colaboradores, y empezó, por suerte, a escribir poesía de nuevo.


Pese a su escasa obra, José Coronel es de los escritores que más ha influido en las letras nicaragüenses. Es clásico y vanguardista. Escribió sonetos impecables, se rebeló contra Darío, tuvo un generoso magisterio oral. Fue maestro socrático de poetas de gran talla: Ernesto Cardenal, Carlos Martínez Rivas, Ernesto Mejía Sánchez, se cuentan entre sus discípulos.


Era un conversador vehemente, amante y conocedor de la idiosincrasia americana. Esa noche en casa de Sergio, hizo sin proponérselo, gala de su erudición. Inventaba palabras, era travieso en la conversación, travieso a la manera del Arcipreste de Hita, dueño de una ironía fina que se da mucho entre los nicas. Sus ojos se movían como queriendo perseguir las palabras que se le escapaban a borbotones.


Me contó de su vida recoleta. –Acostumbro asomarme a la baranda que da al río –me dijo-, para ver si llega algún visitante. A veces llegan de carne y hueso, otras veces sólo fantasmas. Entre los fantasmas, llegaba a menudo Mark Twain, entre los de carne y hueso llegaron Julio Cortázar y Eduardo Galeano, con quienes trabó una buena amistad.


Se alborozó cuando supo que yo era madre de mellizas. -Eso es muy importante-, me dijo-, yo también soy padre de mellizos, es un hecho que nos unirá para siempre. No cualquiera tiene mellizos, sobre todo idénticos, los nuestros deben conocerse, y es más, deben sacarse una foto juntos, cosa que hicimos en la primera oportunidad.


Pese a ser padre de seis hijos, a veces le molestaban los niños. Recuerdo que esa noche, en casa de Sergio, dos o tres niños empezaron a jugar y a hacer bulla frente a nosotros. Él se quitó las gafas, se les quedó mirando muy serio y les dijo con su característico ceceo: “Compañeritos, guarden su distancia”. Los niños se asustaron, salieron corriendo y no volvieron más.


En septiembre de 1979 Bud y yo viajamos a Nicaragua con la intención de entrevistar a comandantes, guerrilleros, maestros y gentes del pueblo, para escribir un libro que después se publicó en México en la editorial ERA, con el nombre de Nicaragua, la Revolución Sandinista. Estuvimos seis meses recorriendo el país y veíamos a Coronel de vez en cuando. Viajamos dos veces más a Nicaragua y en el 82 decidimos instalarnos aquí.


Don José, cada vez que venía a Managua nos llamaba por teléfono, y Bud y yo lo recogíamos en casa de Ricardo, uno de sus gemelos. Pasábamos tardes enteras conversando. Sabía mucho de literatura francesa y norteamericana. Se regodeaba recitando de memoria a Baudelaire y a Rimbaud.


De joven vivió algunos años en San Francisco, donde se empapó de la cultura de nuestros vecinos del norte. Ernesto Cardenal y él tradujeron admirablemente a muchos de los poetas norteamericanos, y él tradujo con excelencia a Ezra Pound, poeta dificílísimo de traducir. Pound conocía el español y le escribió una carta en la que elogiaba su traducción.


Entre los poetas norteamericanos que él más quería, se encontraban Emily Dickinson, Walt Whitman, Robert Frost, Edgard Lee Masters, y entre los más jóvenes, William Carlos Williams, el médico-poeta.


Pienso que fue Coronel quien trajo a Nicaragua el coloquialismo que emplean en su poesía William Carlos Williams y otros, que tanto prendió en Nicaragua.


Con todo y la sonoridad y el ritmo de sus poemas, no tenía oído para la música. Me sorprendió saber que no le gustaba la música clásica, ni el jazz, ni los boleros ni nada. Lo mismo le pasa a Cardenal.


En una de sus visitas nos trajo de regalo Paneles de Infierno, un extraordinario poema en que relata la amarga historia de Nicaragua. Más tarde también nos obsequió el poema Conversación con Carlos, donde narra el único encuentro que tuvo con Carlos Fonseca Amador, el fundador del Frente Sandinista, en 1968.


-Todo lo que digo allí es verdad –nos dijo. -Antes de darme siquiera la mano, Carlos me señaló con el índice y me dijo: "Después de Somoza usted es el culpable de la desgracia del país”. –Como ustedes comprenderán, me sentí deslumbrado por el rayo.


Era de una gran valentía José Coronel. Se arrepintió, por supuesto, de algunas cosas que hizo, lo que nos pasa a todos, pero siempre las asumió y nunca se desdijo.


Como todos los poetas, tenía sus musas a las que dedicó bellos poemas, pero su musa predilecta, la que él amó durante toda una larga vida fue doña María.


Doña María lo acompañó en San Francisco del Río y después en Los Chiles. Mientras él se escondía en su biblioteca hurgando libros y escribiendo cartas, traducciones y poemas, ella hacía trabajos de carpintería, salía a cazar, iba al pueblo en lancha a traer provisiones, se ocupaba de los niños.


En su extraordinario poema Pequeña biografía de mi mujer, nos dice el poeta:

“... Porque, ya desde entonces, nadie como ella –una muchacha de pantalones- para entenderse y darse a respetar, negociar y tratar con los contadores y capitanes de las embarcaciones y los carretoneros y camaroneros o cargadores y con los negociantes y mercaderes de las tienduchas del mercado y aun con los mismos usureros.

Y era ya, sin embargo, una alemana pelirroja con un soberbio cuerpo de colegiala atleta, ganadora del premio de natación o de carrera
Parecida a la estatua de la muchacha griega que lanza el disco o la jabalina
Con su cara pecosa de leona o gata
Y una mirada verde de reflejos dorados
Cuyo mensaje no descifraron los barbilindos extasiados ante los cromos de las barberías
Más de una vez, algunos, deslumbrados por ella en la noche de un baile o la fiesta de un club, en Granada o Managua, difícilmente la reconocerían vestida de over all, en día de trabajo, reparando un motor en el taller de Pipo o dirigiendo la construcción del Vagamundo en la playa del lago
Sólo yo la miraba exactamente como era
No todo el mundo puede, en el momento dado reconocer a su mujer y casarse con ella.”

Pienso que su pequeña biografía es de los más bellos poemas de amor.


El día de sus ochenta años, un grupo de sus admiradoras, entre las que se encontraban Clarisa Paniagua, Antonina Vivas, Daisy Zamora y otras, le fuimos a dar una serenata a casa de su hijo Ricardo. Salió doña María y nos sirvió café y quesadillas, y José Coronel la tomó de la mano y le recitó algunos párrafos de su poema.


Ya en la madrugada llevamos a don José (doña María se quedó en casa), al mercado Huembes a desayunar. Gustaba de la buena mesa y conocía a fondo la cocina nicaragüense. Desayunamos nacatamales, gallopinto, plátanos, tortillas y también pidió, cuando se dio cuenta de que cerca estaban unas pupuseras salvadoreñas, pupusas de queso. Lástima –dijo-, que no tengan aquí lorocos, porque eso las hace más sabrosas.


Comimos como unos gargantúas y rociamos la comida con café y tequila. Hizo el elogio de la tortilla, y de regreso a su casa, nos obligó a entrar. Se quitó la boina, puso a un lado el bastón, le pidió a doña María su Elogio a la cocina nicaragüense y nos leyó:

“...Pero la primogénita del maíz es la tortilla. Su forma misma es un milagro de perfección funcional lograda por una raza de artistas plásticos que a menudo necesitaba desembarazarse de recipientes para comer en el campo o de camino. La tortilla es a la vez plato, comida y cuchara. Puede comerse sola y se comen en ella o con ella las otras comidas. Por eso es la comida de todos los días, no sólo para el indio, sino para el pueblo nicaragüense en general. El pan nunca logró desalojarla de sus territorios, antes bien la vio ocupar todas las mesas que a él le correspondían por derecho y sentarse a su lado junto a la cabecera, como un conquistador a su mujer indígena. Hasta la introducción de las panaderías comerciales modernas, el pan salido de los hornos nicaragüenses, tanto caseros como artesanos, fue inmejorable, casi tan bueno como el europeo, pero sin harina de trigo producida en el país en cantidad y calidad suficientes, su consumo dependió en buena parte, como el del vino y el aceite, de los azares del comercio y no arraigó tan hondo como la tortilla en los hábitos populares (.....)


Las golosinas de maíz -las rosquillas, las viejas, los bollos- eran más populares aún para el gusto mestizo por tener el sabor de la tierra y avenirse mejor, entre otros atractivos, con el chocolate o el pinolillo. En ese campo de la merienda, aunque poniendo más substancia, dominaba también la tortilla, no sólo en forma de gallitos -cuartos o mitades de tortilla con aliños de queso, frijoles o carnes-, sino transformada por un toque de fantasía indígena o mestiza en revueltas, rellenas y yoltasca. Es significativo que la yoltasca haya cambiado su nombre nahua y la tortilla cambiado el suyo por otro castellano, de modo que ni los indios nicaragüenses sepan ya el que le daban antes de la conquista. Eso se explica, en cierto modo, porque la tortilla se convirtió en el pan del pueblo, mientras que la yoltasca –tortilla menos simple, hecha con masa de maíz tierno- siguió siendo merienda ocasional...”.

Ya para ese entonces, don José sufría de un cáncer en la nariz, que le molestaba mucho, pero doña María se fue primero. Era una inveterada fumadora y murió de cáncer en los pulmones.


Don José se quedó inconsolable y casi no salía ya de Los Chiles. Lo acompañaba una abnegada muchacha que se encargaba de todos los quehaceres. Sus hijos y Luis Rocha lo iban a ver a menudo. Yo intenté ir una o dos veces, pero él se opuso. No quería que sus amigas lo vieran en ese estado. Me conformaba con hablarle por teléfono y jamás sentí que hubiese perdido su lucidez.


Murió un 19 de marzo (día de San José) y está enterrado en Los Chiles, junto a su doña María.