15 feb. 2006

Rara Avis

Maricela Kauffmann

El pintor se pinta a sí mismo.
Leonardo de Vinci.

Ramiro hace arquitectura, cine, pintura; su carrera artística es joven y llena de emociones, energías y propuestas para compartir y explorar en las tendencias del arte contemporáneo. Permanente lector y asiduo perseguidor de información, estudia los catálogos de exposiciones de artistas europeos y norteamericanos. Ejercita cada día su diestra con grafito copiando con audacia sorprendente las obras de los maestros del renacimiento y la modernidad. Traslada al papel las propuestas de la vanguardia y hace y deshace con sus figuras en los bocetos.

Como pintor estructura su acción “bajo el signo del cine” como señala Hauser. “El cine le dejo a mi pintura, el movimiento y las historias que cuentan mis cuadros. El cine le dejo de todo a mi vida. Contrario al cine, donde la idea hay que elaborarla, me gusta en la pintura poder plasmar la idea y pintarla con expresión instantánea en el brochazo”; por eso Ramiro pinta con brochazos amplios, rápidos y certeros, “alla prima”.

Ramiro Lacayo Deshon (Managua 1952), entreno su ojo guiado por Carlos Martínez Rivas en las galerías del Museo del Prado y su pincel y su paleta en Managua con el pintor Julio Martínez. Emergió en las artes visuales nicaragüenses como cineasta en los años ochenta: Bananeras (1981), Del águila al dragón (1981), Viva León (1982), Mas claro no canta un gallo (1984), The centerfield (1985), El espectro de la guerra (1988).

Como pintor, participó en la exhibición “Materia Nueva” " junto a otros doce artistas en Galería Añil (2001). En Añil también presentó su primera muestra personal, “Color y Papel”. Trabajos académicos, óleos sobre tela y pinturas sobre papel. Retratos, desnudos y paisajes francos y directos. Desde entonces conocimos a Ramiro como un apasionado por el color. En su segunda muestra, reunió lo universal y místico del mundo precolombino. En el espacio de su segunda exposición personal, “Armonías caprichosas”, surgieron, entre veladuras ocres, cafés, negros y collage de bramante; guerreros, sacerdotes, príncipes y paisajes de formas elegantemente simples.

Los ciclos pictóricos de Ramiro nos iluminan, independientemente de que los aspectos de sus figuras nos desagraden o provoquen en nosotros graves y hasta bien fundamentados desacuerdos. Nos iluminan porque sus imágenes simbólicas están en sintonía con los significados y necesidades de la vida humana. Cada obra del artista es un testimonio concreto de su acción personal.

“Alla prima” es una serie de 13 pinturas de gran formato. En ellas sintetiza las tensiones del dibujo moviéndose entre lo abstracto y lo representativo, y reta a las técnicas pictóricas permitiendo que la riqueza del óleo prevalezca en su exploración. En superficies selladas con yeso, entremezcla el óleo con ceniza blanca, carbón y barro cocido. Con pinceladas ágiles y ritmos nuevos, explora las profundidades de sus temas y reta las dimensiones de la escala para dialogar con la materia e interrogar las posibilidades del material. En mi lectura, la serie puede subdivirse en tres grupos que sugieren diferentes campos de posibilidades. En todo caso es preciso que el espectador al confrontar la obra tenga una intervención activa y descodifique, conforme sus propias opciones, intereses y valores, sus significados.

Al primer grupo propuesto pertenecen “Sanguine”, “Tres figuras”, “L´enfer c´est les autres” y “Perenne ausencia de órganos en mi figura hueca”. Son ejercicios a partir de su estudio y memoria del universo cultural que encierra la Historia del Arte. “Sanguine” presenta las figuras con ambigüedad de perfiles y contornos engañosos que parecen desprenderse del fondo. La ceniza soplada sobre el lienzo húmedo le imprime suavidad a la textura. “Perenne ausencia de órganos en mi figura hueca” muestra una escena intemporal con un repertorio de cuatro cuerpos fusionados al fondo e iluminación poliangular. Recrea a Manet y Matisse con un cromatismo en consonancia con la sensibilidad contemporánea.

En “Tres figuras” el artista imprime a todo el cuadro la energía telúrica del barro. Con vigorosos toques de pincel de abundantes negros, modela la musculatura de las figuras. Dos de ellas se afirman en el espacio mientras la tercera aparece volátil, balanceándose de cabeza en el aire. La fecha célebre del centenario de Jean Paul Sartre no se le escapa a Ramiro. Invoca la luz del pensador existencialista, disidente, solitario, antigregario en la pieza que titula con la frase de Sartre “El infierno son los otros”. Las figuras, están “a puerta cerrada”, sin mostrar ningún signo de comunicación entre ellas; a pesar de la intimidad que sugiere su desnudez. Lo patético del encuadre, la pincelada irregular y la suavidad de la textura, que logra mezclando pigmentos y ceniza, hacen resonar como en Huis Clos: “L´enfer c´est les autres”.

Al segundo grupo pertenecen “Homenaje a Goya”, “Todavía escucho sus gritos en el tremor de mis dedos”, “Y no quiero estar aquí ni ahora”, “El amanecer pronto iluminará estas tierras sin nombre”, “Rojo testigo mudo de tu ira”, “Hombre sentado”. Caracteriza a estos trabajos la reflexión intimista del artista, prevalecen los valores oscuros del color y el mensaje social narrado según su temperamento: con pena, rabia, terror y disgusto, por eso sus figuras se muestran patéticas, furiosas, terribles.

“Homenaje a Goya” retoma y revitaliza el mensaje goyesco de angustia y sufrimientos humanos. La mujer se presenta silente frente a un cuerpo enmortajado e insepulto. La composición se encierra entre rejas que dejan pasar la luz grisácea que ilumina la composición. “Todavía escucho sus gritos en el tremor de mis dedos” sugiere figuras violentamente iluminadas, parecen nómadas del medio oriente en tiempos de crueldad. El movimiento que le imprime a la superficie sugiere una analogía entre cine y pintura. La inscripción en el lienzo sirve de titulo a la obra y confirma la agonía del artista. “Hombre sentado”, es un autorretrato en solitario. Con el barro ensarrado acentúa la gama de grises y con la ceniza blanca dinamiza la composición. La tierra de sombra, el pincel y la espátula profundizan en el ser consciente del artista frente al lienzo y el drama de la soledad y la incertidumbre frente al cosmos. “Rojo testigo mudo de tu ira” muestra entre contrastes de rojos una figura en rebeldía trazada en carboncillo. La ira, el grito, las lágrimas en amarillo, son observadas con estupor por un personaje menor en el primer plano.

En la pieza “Y no quiero estar aquí ni ahora”, la figura acentuada con carbón pareciera tragada por la tierra. Es un osario, estética de la descomposición en movimiento, con predominio de la luz y sus matices. De la misma manera, en “El amanecer pronto iluminará estas tierras sin nombre” la figura aparece desintegrada por el fuego que la rodea y reducida a cenizas que se escapan por las rejas. El breve espacio de azul infinito contrasta con el encierro y la descomposición interior. Los brochazos de múltiples grosores se mueven entre el ser y la nada, entre la renovación ó el hundimiento.

En el tercer grupo el artista juega con la policromía y la libertad de acción. En “Conversación”, “Personaje de sombrero” y “Zapatos” hay un clima sereno y un cierto quietismo que contrasta con las piezas del segundo grupo. Las dos figuras femeninas enfrascadas en “Conversación”, están delineadas en amarillos y azules. La monocromía del fondo le imprime profundidad a la escena y resalta la intimidad del instante. El tema de la comunicación se presenta alegre, fresco, optimista. En cambio, es mediante símbolos y con gran libertad de pincelada, que revela la posición del “Personaje de sombrero”. Lo presenta ensombrerado, de traje y corbata rojinegra. La figura, modelada en líneas blancas entrecortadas, surge de entre el cromatismo vibrante con que el artista ha saturado el plano pictórico. “Zapatos” es un retrato de las miserias y grandezas del paisaje urbano, son los restos del consumismo contemporáneo y es una sátira de la crisis social en la que transcurre nuestra propia existencia. Ramiro explora la pintura de acción con barniz que se chorrea sobre pigmentos enteros de azul. Es esta quizás la pieza que permite comprender mejor la relación de la obra y su contexto cultural con la personalidad de su autor.

“Alla prima” muestra al artista complejizando la materia de su pintura y profundizando en temas. Su búsqueda es poética y espiritual. Recurre a Sartre y a Goya, dos pensadores que han contribuído a conformar la concepción estética en América Latina. “Alla prima” es una selección equilibrada de la expresión pictórica de masas de color que se transforman en figuras. Son expresiones instantáneas de gran complejidad en el trabajo creativo.

Ramiro Lacayo reitera su admiración por los artistas alemanes de post guerra; en “Tres figuras” alude a las figuraciones presentadas al revés de Georg Baselitz y al ser y el cosmos de Anselm Kiefer en “Hombre sentado”. Como los neofigurativos transita en su pintura entre el miedo a la muerte o la libertad. Manifiesta su sensibilidad en “Conversación” donde las figuras silueteadas dialogan en sosiego. En su diálogo con la materia y de su propia experiencia como arquitecto, retoma el gusto por el informalismo y hace suya la materia ordinaria del barro para empastarla con el noble óleo. La fragmentación y ambigüedad de la figura, el turbulento pincel y la sublime oscuridad de la paleta que caracteriza a De Kooning, son referencias útiles en la apreciación de esta serie que bien comparte con la abstracción expresionista la ansiedad como signo de ambos tiempos.


Julio, 2005