15 feb. 2006

René E. Rodas

El libro de la penumbra
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16. El animal del mundo

La leona amarilla y hastiada de la tierra comba su lomo un instante y en ese arco huraño trajinan hombres y bestias.

Una porfiada y densa nube de insectos la rodea del calor zumbante de su hambre y del reclamo percutiente de su sed.

La lumbre de la mañana arde en el magro costillar y la tierra palpita en su resignación de bronce.

Curvas madejas de vapor obstruyen el desesperado paso del aire y lo arropan en el puño abrasador del desierto.

Bajo la piedra dormita su ponzoña el escorpión. La hierba crepita, estalla, muere de aridez.

Señora de la geometría, la serpiente busca sombra para hacer una espiral de la línea de su tapiz.

La cáscara reseca de la tierra jadea su asfixia como un animal asmático. Y el ayer no la atribula y el mañana no la desvela.

Ella no conoce dioses, ni la mueve la ternura, ni la empaña el desdén. Y esa bestia desamparada y digna será tu casa.

La tierra da y recibe vida, mata y muere. Un efímero y anónimo pelo serás en su cambiante y hermosa piel.

Que la fortuna te guarde. Guárdate tú de tus semejantes y de ti mismo. Que te sea leve la carga.
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17. La canción del mal

Hijo de mujer, de hombre, que estás por nacer: ponte en guardia. Aquí se aprecia un buen combate.

Nosotros somos los señores de la luz, la fiebre enardecida del planeta y los amos de Dios —nuestro almojarife.

Somos multitud. Nada excepcional esperes de nosotros. Como el garrote vil, como el simple látigo, carecemos de artificios.

Irredentos como la verdad, somos el rostro deprecativo o deficitario o violento de la plebe. Somos lo que existe hoy.

De misterio no gozamos. ¿Qué utilidad encontraría una moneda fiduciaria, como la mentira, en rodearse de misterio?

Ah, pero tú tienes un corazón asustadizo e impetuoso como un cervatillo en primavera. Bienvenido seas.

Nosotros obramos título de propiedad sobre ese tierno manantial que canta en tu pecho. Es un derecho a perpetuidad.

Este yo plural y majestuoso que te habla tiene infinidad de miradas y de voces. Somos el rostro del instante.

Tú dispondrás de un repertorio completo. Podrás combinar unas y otras cuanto quieras. Hacer mezclas es prueba de inventiva.

Y ahora apróntate. Rompe ese sello que te retiene y súmate al siglo. Te adelantamos dos regalos.

No contraigas deudas con los hombres ni con el tiempo. Uno y otros perduran de la usura.

No contraigas deudas contigo mismo. No conocerás acreedor más infatigable.