15 nov. 2005

Bailando vallenato

con Olga Elena Mattei
Alfonso Kijadurías
Yo no sabía de la existencia de Olga Elena Mattei hasta el día de la clausura del festival de poesía de Medellín, donde tuvo la absurda osadía de leer un solo poema, con el agravante de haberlo leído en inglés, en pleno año dedicado a Cervantes, el maestro de la lengua.

La poeta que la sucedió, colombiana como ella, sintiendo la indignación de la divina turba, dijo que aquello era un insulto, un atropello a la pureza del idioma, que al escribir en otro idioma se corre el riesgo de mentir y traicionar sus señas de identidad. Y que ella jamás correría ese riesgo, pese a vivir en Mayami. A mitad de su discurso fue interrumpida por la nutrida ovación de la fanaticada que vio encarnada su protesta y que además abucheó a la estrafalaria poeta, quien (yo la vi) recibió la ofensa como oír llover, al margen de los aplausos y la rechifla, mirando una nube en el cielo tormentoso del atardecer. Yo, sin embargo, que sentí por ella y en carne propia la rechifla, por nada del mundo hubiera querido estar en sus bellas zapatillas.

Durante la fiesta de clausura de la interminable maratón poética en la que participaron más de cien poetas de todo el mundo, vi —como una aparición— sentada frente a mí, nada menos que a Olga Elena Mattei quien, vaso de vino en mano, se dirigió a mi soberbia persona con esa espontaneidad de que hacía gala Fray Luis de León, para obsequiarme un libro suyo: La Gente y una plaquette de sus poemas, entrega que agradecí, sin ocultar mi turbación y mis sospechas. Debe de tratarse, pensé, recorriendo con una mirada de fotógrafo su rostro, su cuerpo, sus manos, el traje, aunque elegante, con algo que lo volvía incongruente, de una de esa señoras burguesas que cogen la pluma para escribir poemas del mismo modo que cogen sus agujas de crochet; y ella, leyendo mis pensamientos, me dijo que leyera la página 56, para que no me quedara ninguna duda; lo hice, siguiéndole la corriente, esperando encontrarme con un texto torcido y desproporcionado como el hecho que ella misma había suscitado hacía tan sólo unas horas.

El poema, escrito cuando Olga Elena Mattei era una señora de treinta y siete años, para asombro de mi propia torpeza, ganó, por su honestidad y modernidad, la modernidad de la antipoesía inaugurada por Nicanor Parra, el campo minado de mi curiosidad y me confirmó su excelencia. Estaba frente a una poeta, sin calificativos. Que los lectores opinen:

Yo soy una señora burguesa
con la barriga inflada
y escribo poesías
con dolor de garganta.

He sido
niña prodigio
muchachita insoportable
mala estudiante
reina de belleza
modelo
de esas que anuncian
sopas o telas o artículos diversos…
me metí en este lío
inevitable
de enamorarme
y sacrificar a un pobre hombre
hasta convertirlo en un marido
(sin mencionar de paso
En qué me he convertido)
Y cometí el abuso social
imperdonable
de tener cinco hijos.
he fracasado como madre
como esposa
como amante
como lectora
como filósofa.
Lo único que puedo hacer
mediocremente bien
es ser
señora burguesa y despreciable.
imperdonablemente inútil.
y eso
es precisamente lo que infla
la barriga
y me hace escribir poesías
con dolor de garganta
que me saca la rabia.
porque todos los días me acuerdo
de la guerra y el hambre
que son tan reales como las señoras
a la misma hora
en que estoy aquí sentada
como una pendeja.

Justo había dado fin a la lectura del poema, cuando Olga Elena, estalló en una vibrante carcajada que no olvido. Léelo otro día, dijo, ahora es tiempo de bailar, y señaló la pista donde tocaba la orquesta y los catires con sus catiras danzaban al ritmo irreverente del vallenato. La danza, me confesó, mientras bailábamos, era su segunda gran pasión, aunque algunas veces ocupaba el lugar de la poesía. Con la torpeza de los malos bailarines, seguí sus pasos, igual que antes había seguido sus palabras y descubrí que —pese a sus setenta y dos años—, seguía siendo una bailarina que nada tenía que envidiar a Tongolele o Isadora Duncan.
Terminada la tanda, sudando a mares, abriéndome paso entre la poetada, fui en busca de cerveza para calmar la sed, ya vengo, dije, dejándola en el sitio de su aparición. Cuando regresé con dos cervezas en la mano, Olga Elena había desaparecido.

Dos semanas después, curado del viaje, de los abusos aduanales (en el aeropuerto de Medellín me registraron tres veces), libre de las veleidades del mundo intelectual, me encontré con el libro La Gente de Olga Elena Mattei y comencé a leerlo con la avidez que acrecientan lo prohibido o lo desconocido. Sosteniendo el aliento, riéndome, al borde de las lágrimas, ante la epifanía que me deparaba su lectura, fui descubriendo a un nuevo ser, diferente a la apariencia con que Olga Elena disfraza la legión de personajes que la habitan, la poeta, la danzarina, la filósofa, la científica, la aventurera que le ha dado la vuelta al mundo, y cuyos viajes han quedado consignados en poemas escritos en Bagdad, París, Tesalia, el Cairo, New Orleans, y tanto lejano lugar donde la han llevado sus pies de aventurera.