15 sep. 2005

Saludemos la Patria


Debe de hacer unos cuarenta años que Roque Dalton escribió Poema de amor. Retrato irónico y enternecedor, crítica demoledora exaltada por un amor inmenso a los salvadoreños de su tiempo: en ese esperpento donde se confunden locura y dignidad, bajeza y dolor ilimitados, imaginación creativa e ignominia ciega, el poeta nos devuelve nuestra imagen y nos deja sentir su tristeza porque no podamos ser mejores como sociedad y como individuos, si somos tan esforzados incluso cuando nos tratan como a galeotes, o se nos discrimina como a negros en barrio de pelirrojos, o cuando echamos mano de nuestro talento para el ejercicio de la violencia en cualquiera de sus manifestaciones, modo expresivo de perpetuar una de nuestras más rancias tradiciones, única defensa conocida, recurso más expedito para fincar fama y fortuna, desahogar frustraciones ancestrales, celebrar o lamentar un gol.

En el curso de las décadas subsiguientes, especialmente en la época de la guerra, el poema se transformaría en carné de supervivencia de románticos y oportunistas, pasaporte en las aduanas de la nostalgia y el exilio, himno de congoja y orgullo en el cual contemplarnos y celebrarnos en la aceptación de lo peor de nosotros mismos, mito de consuelo (“los mejores artesanos del mundo”), verdad inapelable de la desesperanza (“los tristes más tristes del mundo”). En el poema nos reconocemos para convencernos de que existimos, nos celebramos para seguir siendo, por más imposible de creer que nuestra existencia nos resulte. El poema dejó así de ser una imagen viva con la cual discutir los términos de una identidad posible, para convertirse en máscara bajo cuya mueca atroz amparamos nuestra cultura.

Debajo de esos tumultos hay varias nociones fundacionales. Una de ella es la de patria. Suelo nutricio de sueños y crímenes, pretexto para el ejercicio de la solidaridad y el abuso, elevado nombre que a poco compromete, pero que protege el más excluyente sentido de la propiedad privada, recurso para reclamar sacrificio y conformidades ajenas, la patria es esa vaga noción que, por incluir a todos, no asume a nadie. Derecho a perpetuidad no solicitado de una ficción que afecta nuestra vida, acto de fe para justificar cuanto amenaza nuestra integridad. Suele suceder que en esa casa de locos haya transcurrido nuestra niñez y, con ello, ese objeto tramado con palabras, gana volumen, calidez, color y aroma en nuestra consciencia por voluntad de esa enamorada de sus engendros que es la memoria.

De este vínculo brota la idea de que somos diferentes de los demás y, de algún modo, mejores. Por algo nacimos y sobrevivimos aquí y no en esos países en los que todo es más fácil. Cualquier noruego despistado ya se hubiera muerto. Subyace en esta idea una vaga y nunca del todo aceptada noción de fatalismo. Lo mismo piensa, quizás, un guatemalteco o un etíope, pero mejor no molestarse en comprobarlo.

Durante décadas fuimos habitantes de una república cuyas taras de origen nos impedían ejercer de ciudadanos. Las secuelas de la guerra civil tardarán años en asentarse y producir algún resultado positivo. Mientras tanto ―y aquí todo es “para mientras”―, el tejido social que cohesiona y estabiliza a una sociedad se rompe a diario para nuestro estupor e impotencia. Los términos básicos de convivencia son violados sin más propósito que el de llegar primero no importa a dónde, ganar la próxima elección o conseguir el dinero que nos permita llegar a mañana. Cómo y a costa de quién no importa. El derecho al respeto ajeno (o al temor ajeno) es la única paz concebible y esa paz dura lo que el otro esté dispuesto a aguantar. Pero somos aguantadores, no cabe duda, y casi todos, salvo una docena o dos a diario de desafortunados, volvemos más o menos indemnes a casa. De allí en adelante es tierra de nadie, y que cada proletario le rece a su propio santo.

La burla a nuestras modestas esperanzas, el abuso de nuestro tiempo, la violación de nuestra privacidad, la manipulación de nuestras intenciones de participar constructivamente en la invención de un país soportable; la seguridad de nuestros hijos, nuestra simple vida de todos los días, están en riesgo permanente: vivimos en una sociedad en la que todo el mundo ha sido inoculado sistemáticamente con el germen de la incredulidad, de la incredulidad en los otros, en nuestro yo, en las instituciones que fueron creadas para ayudarnos a vivir. Queda, eso sí, la fe en la patria, tomamos Pílsener, comemos pupusas de Olocuilta, le vamos al salvadoreñísimo Real Madrid, nos vestimos como gringuitos de clase baja, bailamos la muy nacional bachata dominicana y nos expresamos con el mismo vocabulario que un cobrador de la Ruta 30, pues así somos los salvadoreños, el país que elevó el lumpenaje a aspiración de identidad nacional, orgullosos de hijos suyos podernos llamar.