15 sep. 2005

René E. Rodas

El libro de la penumbra
Poesía por entregas (3/9)
8
*
5. El cortejo

I

Ojos tuyos en los que camino, y me incendia su pervasivo fulgor como un desierto a mediodía.

Cabeza y cuello tuyos para apretar entre mis senos como una esfera de magia que guardara los secretos de la sal.

Manos tuyas próvidas e inclementes como una garra con la que el viento me despojara del pasado.

Palabras de tu boca que me nombran, instantes en los que tu mente me dibuja en imágenes de deseo.

Dedos tuyos penitentes para los que yo invento secretos que salen a tu encuentro como ensalmos.

Mis caricias te preparan para el zarpazo del amor como preparo las olas para mi playa.

Perfilo en mi cuerpo las horas que prefieres y te contemplo desde mi horizonte, que no has de alcanzar.

Quiero robarte del mundo, vagar sin prisa y sin rumbo en ti como por una demorada tarde.

Busco el conjuro que te haga feliz y apague tus pesadillas —por un rato al menos.

Viejas artes me asisten a destruir los relojes que te retienen fuera de este tiempo mío donde guardo tu espacio.

Ven. En ti quiero darle un instante de plenitud al mundo. Déjame dar fe de que existes entre mis brazos.


II

He aquí una ola solitaria empujada al viaje. He aquí que hoy parto de mí mismo en busca de ti.

He aquí este aliento líquido que hoy dejo correr sobre tus arenas. Desconocida me eres e inexplicable.

He aquí el yodo y la sal de mis días puestos al pie de tu playa. Tú para quien mi voz se agenció el canto.

De mí nada sabes. De mi sólo adivinas, tal vez, que vengo de lejos y estoy solo y tengo miedo.

Tarde un día, en un parto feroz, vi el rostro del sol. En ese rostro inalcanzable había el anuncio de un límite.

Mi madre y yo descubrimos el pavor del otro: la más inquietante, la más infranqueable frontera que impone el mundo.

Con el tiempo nos hicimos a la idea de vivir juntos. Aquella aventura comenzada en deseo se resignaba en amor.

Ella me dio del calcio de sus huesos. Yo la dejé alimentarse del fantasma sonriente de mis ojos.

Luego vinieron días de esplendor sin nombre en los que un niño pasea en bicicleta.

Crecí, descubrí la muerte, supe del inabarcable sabor a incendio que tiene la distancia.

Olvidé la gruta salina que fue mi casa. Pasaron los años como una aguja que zurce heridas y hoy vengo a tu orilla.

Quiero tenderme en la caleta ardiente de tu mano, entregarme a tus rocas, sucumbir al reto de remontar tus dunas.

Traigo para ti noticias del mar. Rumores que nunca has escuchado te saludan en mi canto.

Vengo a entregarte la nave cóncava de mi voz, a ofrecerte rayos líquidos de sol y peces como cuajos lunares.

Déjame desembarcar mi amor en tus arenas, beber la humedad de tus esporas y la sangre de tus líquenes.

Será todo el alimento que precisen mis dedos remorosos. Abre tu día al paso de mi cuerpo de animal desencantado.

Guardo para ese abrazo un secreto que lanza al vuelo a las mantarrayas y hace bailar a los hipocampos.

(Me cautivó tu voz en la lejanía y me prendió tu calor en la profunda amargura de mi cueva abisal.)

Épocas de aridez me hicieron soñar con el doloroso aroma de tu costado, peces transparentes anunciaban tu deseada existencia.

Un rumor de corales vivos, una marejada de crustáceos me hicieron imaginar la turgente colina por la que habría de abordarte.

El gemido de una ballena me dejó conocer tus costumbres en el amor, el canto azul de tus días.

Cardúmenes de peces extraviados me dejaron presentir los poderes de tu lengua.

Quise estropear un poco el traje de luz con que te cubres, arrugarlo, sacártelo a tirones.

Yo que vengo del mar te soñé desnuda y pobre como la lluvia.


6. Los testigos

Esto vimos: una llama perdida en busca de un gramo de calor en el centro del viento.

Eran dos sombras y se perdieron en su propia tormenta. Se disolvieron en la lluvia. Nadie vio más.

Quién lo hubiera dicho. Sombras absueltas que se entregan para hacer más densa la oscuridad.

Huellas que en el fango desaparecen, hilos de una leche que no cuaja, arpa de ceniza que sucumbe al primer tañido.

Aquí estuvieron el tiempo de una promesa. Fueron cosa de nada, y nada más habrá de saberse.

Nada fueron. A ningún lugar iban. Venían de ninguna parte. Río sin rumbo encerrado en sus aguas. Eso vimos.


7. El telar

Ahora crezco, y me sucede inventar precisos instrumentos que mañana serán mi brújula y mi perdición.

Trabajo el delicado tejido que envuelve a los sueños. Hilo de trama, hilo de urdimbre.

Fabrico placas fotosensibles para mi ojo. Y un día te veré dispersa de éxtasis, compacta en el nudo de una lágrima.

Un minucioso tambor que un tubo conecta a la caprichosa arquitectura de una oreja.

En él recogeré un día tu voz perdida en las ramas del árbol del tiempo.

Un camino de vellosidades en el que la brisa vaya de paseo con su olor a rosas.

Este dedo oponible que me separa de la naturaleza y trae el mundo al alcance de mi mano.

De él se sostendrá un día el amor para entregarme su inagotable y ansiado cuerpo.

Esta lengua que una tarde de sol conocerá el acerbo sabor de la belleza y dará formas al misterio y a la mentira.

Este pellejo de células agónicas capaz de estremecerse en la tumultuosa centella de una caricia.

El aciago relincho que pone en marcha la expedición de la duda: armas de la piara insaciable que crece en mi cabeza.

Canta la araña su canto poligonal. Yo tejo el instrumento que cantará mi paso por la sinfonía del mundo.