15 sep. 2005

Por un nuevo milenio

sin utopías personales
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Por
René E. Rodas

(N.del A.:Este texto fue escrito en 1999 para su publicación en una revista argentina. El tema era Las utopías del nuevo milenio)
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A finales del 2002 voy a cumplir 40 años. Habré vivido en 5 décadas, 2 siglos y 2 milenios. Siento cierta urgencia de llegar a esa cita con mi tiempo.

Si la noche de San Silvestre que vela al final del calendario no nos arrastra con su carga de catástrofes y profecías milenaristas, y si la parca avariciosa no extrae mi nombre de su oscuro sayo, quizás llegue a ese día con la frente en alto y casi en una pieza.

Debo reconocerlo: es más de lo que juzgué probable y muchísimo más de lo que tuvieron muchos hombres y mujeres de mi generación. Ellos ni siquiera supieron que la guerra civil de El Salvador terminó por la época en que habrían rondado los treinta años. Para honrarlos, pienso presentarme al comprometedor momento de la madurez con mis mejores armas. Entre ponerlas a punto y manejarlas con destreza, algo ha venido creciendo en mí, marcándome un horizonte.

Quizás eso se transforme algún día en sabiduría; ahora es experiencia. Y de armas y experiencia echaré mano para ese encuentro. Tomaré una precaución: la compañía de unos pocos amigos a quienes ofreceré un verso fresco y un vaso de vino.

Echaré de menos a una o dos personas irremediablemente. Cumpliré algunos ritos íntimos. No tendré miedo ni ilusiones: Estaré despierto. El miedo paraliza o induce a la acción irreflexiva. Las ilusiones nos separan del presente y nos someten al yugo de las falsas necesidades. No nos dejan ser.

Saludaré, desde la resignación del amor, al círculo del día como a una joya fulgurante y efímera que el árbol del tiempo dispone a mi mesa. Lo hago a diario, pues mi oficio es la belleza –que es esquiva, ya se sabe, y no siempre el antiguo conjuro del amor logra convocar su luz.

Estaré liviano, sin cargas, y en algún momento me repetiré que todo aquello carece de importancia. No tiene más sentido que la búsqueda de plenitud de un ser acaso prescindible en la incalculable plenitud de la vida.

Sopesaré con altura y verdad mis días, veré de frente al tribunal en pleno de mis recuerdos. Su veredicto podría ser implacable; lo acepto. Pero sé que el pasado, de natural irremediable, es clemente con los yerros nacidos de la imprudencia y de esas formas empecinadas de la voluntad: convicciones y creencias –que poco o nada valen – y con las acciones cometidas bajo el hechizo de un ideal. De haber faltas mayores a las que se impusiera el filo de una condena, mi cuello no temblará.

Estaré lúcido donde nadie puede sustituirme, mi propia vida. Aparte del juicio del tiempo, procuraré perdonarme en mis cortedades y excesos. Mi vida es un tumulto, pero mi espíritu se inclina por la paz.

Esta reconciliación de nada me pondrá a salvo, ni me dispondrá para entrar purificado en el Final de los Tiempos. Me ayudará a vivir ese día en todas sus consecuencias; eso será suficiente para robustecer mi espíritu.

Pensaré en lo hecho, lamentaré lo que no hice. Ese balance no se convertirá en lágrima que robe dignidad a mi vida. Espero seguir buscando la ceniza viva de un poema. Por eso, aceptaré que el mundo es bello, comprometedor y misterioso, como un hijo, un oráculo, o la mujer amada.

Brindaré, como hacía Mary Hopkins en las tabernas de Londres, “Por nuestra juventud, en que llenos de inquietud, tuvimos fe y deseos de vencer”. Brindaré por los poemas y versos que han dado luz a mis días; es de esperar una borrachera feliz. Saludaré, lleno de gratitud, a la poesía que sostiene al mundo contra la roña de la muerte y la destrucción. Tendré en mente, con Joseph Conrad, que “El hombre es un ser asombroso pero definitivamente no es una obra maestra”, y que ese hombre sufre y muere como si la vida no tuviera otra finalidad.

Montreal, Otoño y 1999