15 oct. 2005

Martín Callado

La poesía dice todo lo que necesita decirse
Por
Miguel Huezo Mixco

Conocí a Martín Callado ya hace varios lustros. Su amistad llegó de una manera inolvidable, un día del mes de mayo de 1975. Esa tarde, mientras Ignacio Ellacuría salía por la puerta del aula donde nos impartía su clase de Filosofía IV, Martín Callado llegó a mi pupitres, me extendió una hoja impresa y me dijo: «¿La leíste ?». Era el comunicado donde el ERP informaba sobre la muerte de Roque Dalton, bajo la acusación de ser agente de la CIA.
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Nuestra amistad nació, pues, por causa de una infamia. A partir de ese encuentro, comenzamos a vernos en los pasillos para hablar de libros y poesía. Y luego, en mi diminuto apartamento de estudiante, donde leímos, reímos y fumamos todo lo que se pueden imaginar.
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Siempre supe, a lo largo de una amistad que tiene ya treinta años (¡qué jóvenes somos aún!), que Martín deambulaba por los caminos de la poesía. Apenas ahora se ha decidido a ponerlos bajo el sol de «ciberia», al alero del Ojo de Adrián, no sin cierta resistencia, bajo la única condición de hacerlo con seudónimo.
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¿Por qué un seudónimo? En este mundo de respuestas ríspidas, en donde por abrirse el corazón uno puede ganar enconos gratuitos, a veces es preferible mantener el nombre propio lejos de los tiroteos. Siempre es una opción. Pero en este caso, el término « seudónimo » talvez no sea el más feliz. No se trata de un nombre falso, sino de un nuevo nombre. El nombre que el autor prefiere mostrar, o el nombre con el que prefiere mostrarse en un mundo, el mundo del arte y las letras, que, contrariamente a lo que podría pensarse, está lleno de tiradores ansiosos. El nombre que adopta es, ante todo, un reflejo. Tengo el privilegio de conocerlo en persona, y puedo decir que sí, que es de los que prefieren el silencio. La poesía dice todo lo que se necesita decir.
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El último de los oficiantes
Por
Martín Callado

Cuando las cenizas se acomodaban
Y las pequeñas briznas de braza
encontraban su exacta geometría
podía conversar con Francisco el Hombre
A veces pequeñas y suaves
como ingrávidas virutas grises
se posaban en mi ropa sus palabras
Otras veces
en el silencio ardiente del rescoldo
adivinaba clara su presencia
Permanecía quieto
como en silencio
Pensativo
Las pequeñas brazas rojas
entonces
casi ocultaban su alma de ceniza
Francisco el hombre
conocía el secreto de las lunaciones
Y era sencillo como el fuego de la hoguera
Sabía todas las lenguas
Y hacía milagros con sus gestos
Había padecido todas las pestes
y presenciado el desenlace de las guerras
A menudo tomaba la forma de un perro
Cuando yo lo conocí
Y por virtud de una metáfora
guardada celosamente
pude verle tal como era
De ese entonces data también
nuestra feliz y común amistad
con el señor de las cosas simples
La última vez que desapareció
nos habíamos acostumbrado a la muerte
Cuando nos despedimos
en la noche de la guerra
me mostró de nuevo su mirada limpia
Y un rastro de brazas cenicientas
se dibujó en el sendero
Desde entonces me pregunto
Si seré yo el último de los oficiantes