15 oct. 2005

El doctor Waldo Chávez Velasco que conocí

Por
César Martínez-Estrada

En 1987, yo recién había abandonado los “hábitos sacerdotales” y adquirí sin dificultad los “hábitos laicos” de una sociedad que me tendió las manos para vomitarme luego en una cárcel. Allí amanecí un día, entre borrachos, truhanes y vendedores de falsos billetes de lotería. Estos datos poco importan, siempre que no sirvan para ilustrar una época en la que desarrollé la costumbre de vagar por los recovecos del centro de san salvador (perdonen que escriba el nombre de mi capital con minúsculas; si alguien me lo pide, yo explicaría mis motivos) con energía. Una vez entrada la noche, cuando la ciudad comenzaba a llenarse de miserables, yo salía en busca de un beso.

Aquél beso siempre me supo bien. Era un beso a la Libertad, el más bello don, el único por el cual valía la pena morir o matar. En mis estudios de filosofía había aprendido mucho sobre Ella y había incluso escrito algunos ensayos que me valieron los apodos de “Filósofo”, “Antropólogo”, “Sofista” o “Diógenes”. Pero en mi nueva condición me faltaba mucho por conocer; sin embargo, estaba muy dispuesto a aprender y eso incluyó algunas noches de cárcel. Descubrí en el parque San José un viejo libro que adquirí por algo menos que un colón; el único que podía obtener a tal precio. Fábrica de Sueños, obra teatral de un dramaturgo salvadoreño adolescente Waldo Chávez Velasco. Metí el minúsculo libro en el bolsillo de mi pantalón, protegiéndolo de la lluvia, y fui en busca de cervezas.

(Estos párrafos son más o menos parte de unas páginas que vengo escribiendo desde hace tiempo. Narran mis encuentros con personajes de la vida cultural y política salvadoreña. Retomo los que describen mi encuentro con Chávez Velasco y los transcribo con pequeñas correcciones, a unas semanas de su muerte y luego de haber leído dos artículos firmados por Giovanni Galeas y Lafitte Fernández, que hacen mención a las experiencias entre ellos y mi personaje.)

Es necesario explicar que considero a Waldo (ahora puedo llamarlo “Waldo”, Robespierre, Sadam Hussein, Rasputín, Terminator o Satanás, como le apodábamos a sus espaldas sus empleados) uno de mis maestros. Supongo que él me llegó a considerar su alumno algún momento. No es cierto que fuera mi maestro ni yo su alumno. Alguna vez me dio consejo literario y me reveló trucos periodísticos. Adivino que por su desconfianza natural, su olfato de sabueso entrenado por la CIA, ese pulso para detectar a los comunistas, enemigo a muerte de los revolucionarios criollos, nunca me tomó en cuenta para llevar a cabo sus planes patrióticos con los que neutralizaba las ideas desestabilizadoras contra el Estado de Derecho. Planes que paría a las 6 de la mañana, sentado frente a una Olivetti en su escritorio de Casa Presidencial (mismo que yo abría por las noches, después de emborrachar a algún guardia, para buscar documentos comprometedores que jamás encontré, y en donde yo le hacía el amor a Ivania, una vecina del cuartel el Zapote a quien Eugenio Martínez Orantes le escribía poemas cursis con rosas pintadas).

Estuve cerca de Waldo. No del escritor, un personaje inventado en sus últimos años para limpiar su historia, sino de otro que trataré de explicar más adelante. El nuevo Waldo, creado después de la guerra que él mismo había alimentado, asistía a eventos culturales, conciertos de la orquesta sinfónica, funciones teatrales y participaba en debates entre intelectuales. Incluso se atrevía a publicar libros para labrar su mito. Al mismo tiempo, mantenía una oficina en la colonia Escalón, subsidiada por los gobiernos de derecha. Recibía información que utilizaba para mantener a raya a ex-comandantes guerrilleros metidos a la política. Sé que invitaba a jóvenes escritores a cenar a su casa y que hablaban de literatura, artes plásticas, el clima, etc. Me invitó en una ocasión pero no asistí, porque yo sabía que no era sólo una comida, sino un diagnóstico de mi personalidad. Era su trabajo: descubrir las inclinaciones políticas y conocer a sus comensales para luego vigilarlos, acecharlos y finalmente, reclutarlos. Hubiera significado sentarme con mi verdugo. No podía arriesgarme, sobre todo porque él sospechaba -sin razón- que durante un tiempo yo tramé en su contra. Años después lo encontré con su mujer en la Galería Espacio. Fue muy amable conmigo y una vez más insistió en que debíamos reunirnos en el rancho de playa que tenía un amigo suyo. Yo no tenía empleo y se ofreció a interceder para conseguirme una plaza en un ministerio. Parecía inofensivo, débil, a punto de llorar. Sentí pena. Presentí su muerte.

Estuve cerca de Waldo. Es cierto. Pero del verdadero Waldo que él trató de ocultar, del que traicionó a Roque Dalton ante el gobierno de los estados unidos, que diseñó la muerte moral de Monseñor Romero, de duarte y la de d´abuisson; que insistió, en plena ofensiva guerrillera de 1989, a través de la cadena nacional de radio y televisión, en el asesinato de los padres jesuitas y que controlaba la inteligencia militar y hasta al presidente cristiani y a su secuaz mauricio sandoval con toda su red de espionaje. Un Waldo oscuro, manipulador, desconfiado, sagaz, hábil en política, sin amigos, muy solitario. Y por ello sé que es uno de los personajes más tristes de esta historia. Hoy me he atrevido a hablar sobre él. Siento alguna tristeza, no por su desaparecimiento, sino por los miles de muertos que dejó una época que él instigó. Este fue el Waldo que yo conocí. El otro, el escritor que en su vejez hizo las paces con Álvaro Menén Desleal, fue un personaje fracasado; trató de sincerarse y justificar sus actos pretendiendo que creyéramos que había hecho lo correcto, impulsado por sentimientos patrióticos, pero no lo logró. Cierta vez, en su oficina de la Escalón (pocos muebles, unas litografías muy feas sobre la pared, una secretaria igualmente fea y muchos papeles, tres guardias de seguridad y un gran vacío), le inquirí sin ambigüedades:

– Doctor, Dalton habla sobre usted en Pobrecito poeta que era yo. Dice cosas que no le han de ser muy gratas ¿Cree que fue justo al escribir todo aquello?
– Por supuesto. Todo lo que ha dicho sobre mí es verdad.

Por la verdad me he atrevido a escribir. Estoy casi seguro de que al doctor Waldo Chávez Velasco de los últimos días no le hubiera importado este artículo, excepto por el mal uso de los paréntesis y por la falta de revisión del mismo.

P.D.:
Luego escribir esta crónica he subido a mi biblioteca en busca de su último libro de poemas de la guerra. No lo encontré. Con tanta mudanza, no logro recordar en donde lo he puesto. Hallé, en cambio, algunas obras de teatro firmadas con una dedicatoria realmente sin significado: “para el poeta y periodista César Gabriel Martínez Estrada, con admiración y afecto”, del autor Waldo Chávez Velasco.