15 dic. 2005

Augusto Monterroso

Del libro
Monterroso por él mismo

(A manera de fórceps)

Recuerdo que todavía hace pocos años, cuando algún escritor se disponía a publicar un libro de ensayos, de cuentos o de artículos, su gran preocupación era la unidad, o más bien la falta de unidad temática que pudiera criticársele a su libro (como si una conversación -un libro- tuviera que sostener durante horas el mismo tema, la misma forma o la misma intención), y entonces acudía a ese gran invento (sólo comparable en materia de alumbramientos al del fórceps) llamado prólogo, para tratar de convencer a sus posibles lectores de que él era bien portado y de que todo aquello que le ofrecía en doscientas cincuenta páginas, por muy diverso que pareciera, trataba en realidad un solo tema, el del espíritu o el de la materia, no importaba cuál, pero, eso sí, un solo tema. En vez de imitar a la naturaleza, que siente el horror vacui, eran víctimas de un horror diversitatis que los llevaba invenciblemente por el camino de las verdades que hay que sostener, de las mentiras que hay que combatir y de las actitudes o los errores del mundo que hay que condenar, ni más ni menos que como en las malas conversaciones.

1
La vida es como un árbol frondoso que con sólo ser sacudido deja caer los asuntos a montones; pero uno puede apenas recoger y convertir en arte unos cuantos, los que verdaderamente lo conmueven; y éstos son para unos cuentistas y aquéllos para otros; y gracias a eso hay tantos cuentistas en el mundo, cada uno trabajando el suyo, o los suyos; y lo bueno es que el árbol no se agota nunca; no se agotaría aunque lo sacudiéramos todos al mismo tiempo, aunque al mismo tiempo lo sacudiéramos entre todos.

58
Hasta ahora he sido incapaz de hacer de esto un verdadero diario (la parte publicable). Demasiado pudor. Demasiado orgullo. Demasiada humildad. Demasiado temor a risitas de mis amigos, de mis enemigos; a herir; a revelar cosas, mías, de otros; a hablar de lo malo que parece bueno y viceversa; de lo que me aflige; de lo que me alegra; de lo que vanamente creo saber; de lo que temo no saber; de lo que observo; de lo que quisiera no observar; de mis libros; de mis proyectos; de mis sueños; de mi angustia; de mis visiones; de mi aburrimiento; de mis entusiasmos; de mi amor; de mis odios; de mis frustraciones; de mi digestión; de mi insomnio; de mis propósitos de Año Nuevo, de Mes Nuevo, de Semana Nueva, de Día Nuevo, de cada hora y de cada minuto que comienza; de mis amistades rotas; de la muerte de mis amigos; de mis problemas sin resolver con las comas (el estilo); de mis problemas resueltos con las comas (el estilo); de la lluvia; de los árboles; de las nubes; de las moscas cuando alguna me acompaña en mi cuarto para recordarme lo que nos espera; de mis afectos; de mi miedo a escribir y a no escribir; de lo que detesto en mis amigos, que son los que importan; en los restaurantes, en las reuniones, en las cenas formales; en los actos públicos, en los políticos (de otros países); en los triunfadores; en los perdedores; en la religión; en el ateísmo; en los funcionarios; en los colegas; en los que me miran; en los que no me miran; en las premiaciones; en los homenajes; en las condecoraciones; de lo que me gusta en los animales; de los niños que vienen a mi casa conducidos por sus padres a confesarse y a pedirme perdón porque en un concurso literario de su escuela ganaron el primer premio plagiando un cuento mío y desde entonces no han podido dormir y se han enfermado de culpa y arrepentimiento como si la cosa tuviera importancia; de fotografías de mujeres desnudas que se abrazan entrando a un coche en el Bois de Boulogne en la Colección Anatole Jakovsky; de mis influencias según los críticos; de mis influencias según yo, mías, recónditas, escondidas en lo más íntimo, como tesoros secretos e incompartibles, semillas germinadoras después de dos mil años, o casi, o más, amuletos contra el mal o la negación de todo o la desesperanza; de mi perro que se pasó tres días encerrado en un pedazo de jardín haciendo el amor con la linda perrita que le trajeron y de la forma en que ambos corrieron el uno hacia el otro y empezaron a besarse en medio de gruñidos y muestras de odio que en realidad eran muestras de amor y de deseo que finalmente cumplieron hasta el hastío con la posterior partida de ella y la actitud de él durante dos días, extrañamente tranquilo, extrañamente inquieto, hasta que por las mañanas vuelve a ocuparse en perseguir sombras de mariposas sobre el pasto y bajo el fuerte sol de marzo teniendo a las mariposas en persona al alcance de la boca, de la mano o de la pata o de lo que sea, pero siempre tras las sombras, y él sabrá por qué y yo no pienso sacar de esto ninguna ridícula conclusión filosófica.

76
No quiero parecer insincero; ¿inteligencia? Con frecuencia dudo tenerla, como le sucede a toda persona más o menos inteligente. Pero nunca dudo de mi emoción, de mi capacidad de vivir, de recibir de la vida lo que me ofrezca, y de responder a ello emotivamente: con tristeza, con alegría o con dolor. Pero la literatura, como se sabe, no se hace sólo con emociones.

87
Tus paisanos nunca están dispuestos a creer en alguien a quien conocieron o conocen de todos los días. La primera lucha del escritor es contra sus paisanos; la segunda, contra sus amigos. Así que vivir en alguna otra parte es bueno, ya sea en un país mejor o peor que el de uno.

192
Sé que está en la mente de todos y que lo que voy a decir es bastante obvio y por eso he querido demorarlo un tanto; pero en fin, tengo que decirlo: el destino de quienquiera que nazca en Honduras, Uruguay o Paraguay y por cualquier circunstancia, familiar o ambiental, se le ocurra dedicar una parte de su tiempo a leer y de ahí a pensar y de ahí a escribir, está en cualquiera de las tres famosas posibilidades: destierro, encierro o entierro.

197
No me gusta trabajar; pero cuando lo hago me agrada hacerlo como los pintores. Se paran ante su tela, la miran, la miden, calculan; luego hacen unos trazos con lápiz, se asustan (creo yo) y se van a la calle o leen (son grandes lectores) y vuelven, y desde la puerta ven “aquello”, a lo que se acercan, ahora con unos pinceles y una mesita en la que han puesto muchos colores, o pocos, según; rojo, azul, verde, añil, blanco, violeta; piensan, titubean, miran su tela, se acercan a ella y ponen un color aquí y otro allá; se detienen, se hacen a un lado y miran, vacilan, piensan, y leen o se van a la calle, hasta otro rato.