15 dic. 2005

La realidad moderna de Moisés Barrios

Emiliano Valdés


La ilustración del Pacífico
, tal el título que Moisés Barrios ha dado a su propuesta plástica más reciente, demuestran la vigencia de la pintura, y dentro de ella del paisaje, como testimonio de la existencia humana en la historia y en la imaginación. Esta serie, compuesta por óleos y acuarelas, toma prestado el nombre de la revista homónima producida a finales del siglo XIX en Guatemala.

-I-

La representación de la vida cotidiana en el Pacífico guatemalteco, motivo previamente explorado por el artista, adquiere rasgos que la sitúan como una nueva fase del paisaje, tanto en la trayectoria del artista como en el ámbito de la plástica nacional. La potencia que este trabajo aporta a la pintura contemporánea regional, resulta de una exploración reveladora de la cotidianidad y de la buena factura que caracteriza la obra de este grabador y pintor guatemalteco, además del compromiso con que se aborda el tema, en contraposición a una tradición del paisaje folclorista o tipo Inguat.

Heredero infiel del Realismo Americano de principios del siglo XX, Barrios ha experimentado un proceso paulatino de depuración de sus composiciones, hasta arribar a una serie más limpia, más poética y más pictórica. Con esta serie se despoja -después de agotarlos- de las coordenadas formales y conceptuales que definían hasta hace poco su tratamiento del paisaje y del tema del Pacífico. Series tan distantes en el calendario como cercanas en la forma y el motivo (Puerto de Iztapa), se liberan de riesgos manieristas, dando lugar a un paisaje impoluto, que adquiere su fuerza y dignidad a partir de la asunción plena de la naturaleza sobre el papel o la tela.

Las escenas de la cotidianidad, son el texto y el pretexto para el ejercicio de un oficio bien aprendido a lo largo de los años y la aplicación fluida de técnicas diversas. Es en la pintura misma en donde Barrios desarrolla las premisas conceptuales que rigen su acercamiento a la realidad.

-II-

Gracias al dominio del oficio y a la conquista de la sencillez, el retrato de la Guatemala real adquiere las proporciones de un paisaje en su expresión más alta: el de la Guatemala imaginada, que refleja tanto la historia como la espiritualidad del creador y de los fruidores. Detrás de estas escenas de aparente tranquilidad, subyace una visión crítica sobre aspectos intrínsecos de la idiosincrasia guatemalteca. En este sentido, los meta-discursos posibles son tan variados como compleja es su interrelación.

La presencia de grandes poderes y potencias colonialistas, materializadas en parte en latifundios algodoneros, compañías bananeras y en una política norteamericana intervencionista, formó a generaciones enteras con el deseo latente de “ser otro”, o cuando menos de ser “un poco más” como el Otro.

Como contrapunto, las escenas del Pacífico dan cuenta de algo más. A cien kilómetros de la Capital, la gente asimiló la presencia del Otro, lo hizo parte de su cotidianidad hasta absorberlo y diluirlo en el imaginario inconcluso de un mestizaje accidentado. A diferencia de la Ciudad CAPITAL, en donde publicaciones como “La Ilustración del Pacífico”, proclamaban por un progreso que no habría de llegar y la gente aspiraba a vivir como en Europa (o en la pequeña París), en la Costa la gente sencillamente vivía, “era lo que era” y ya.

Ahora bien, con la democratización de las aspiraciones implícitas en la pos-modernidad, el panorama de las mal llamadas culturas periféricas ha cambiado. Una primera lectura de la serie de Barrios sugiere que hoy, el Pacífico vive una suerte de ilustración extemporánea. Hablar de una Ilustración de muelles roídos por el tiempo, en una zona con infraestructura y servicios precarios propios del siglo XIX, supone una inflexión crítica de la globalización. Y en la Costa Sur de Guatemala, ese mundo de redes y desarrollo es tanto un sueño lejano, como una agridulce realidad.

Esta dicotomía se ve acentuada en un momento en que la Costa Sur (junto a otras regiones del país -aje- ) ha sido derribada, en gran medida, debido a la ausencia de una de las premisas intrínsecas del progreso: la infraestructura.

-III-

Los óleos de La ilustración están basados en fotografías. En ese sentido, Moisés Barrios es un artista moderno, como sugiere Erwin Panofsky en La perspectiva como forma simbólica. No cabe duda que la mirada a través de la perspectiva óptica de la cámara es una forma particular de entender el mundo.

Pintar a partir de fotografías fijas no es nuevo, pero si el ángulo adoptado por Barrios. Puntos de vista “inusuales” para el ojo común y para los bocetos tradicionales de un pintor, puestos al alcance del pincel y de nuestra propia mirada sobre el mundo. Así, lo desacostumbrado puede muy bien condensar todo el potencial expresivo de la pintura, de tal manera que una “mala” foto se convierte en un buen cuadro. En este sentido, Barrios retoma una tradición presente en Giorgio de Chirico, entre otros, cuyos cuadros con perspectiva matemáticamente errónea, son muy evocadores y basan su eficacia precisamente en esta distorsión.

El realismo fotográfico del nuevo trabajo, garantiza una actitud casi científica en el análisis del sujeto, a modo de estrategia discursiva paralela y contrapuesto a una acercamiento ligeramente más idealizado en experiencias anteriores. Las implicaciones de este nuevo trabajo de Barrios, sólo pueden comprenderse si se considera la concepción moderna del espacio -y del mundo-, puesta en juego a partir de la fotografía.

-IV-

La iluminación del Pacífico o la realidad afectada por el progreso. Un progreso a medias que atrapó la atención de un artista que hoy consigue un retrato meritorio de la Costa. La apuesta por el progreso del Pacífico presente en la publicación decimonónica que sugirió el título, es retratada con una nostalgia inquietante que, a pesar de la citada “génesis fotográfica” de las imágenes, no abandona del todo la superficie de los cuadros. Los restos del (falso) desarrollo -rótulos de Coca Cola, muñecos inflables, motores fuera de borda- se mezclan con la cruda realidad de la Costa y la paradoja ciertamente hermosa de su paisaje: precariedad de la infraestructura, ausencia de servicios.

En suma, una situación de atraso material, que se olvida y reaparece cada día en melancólicas escenas del pueblo tomando un baño en las aguas que arrastran con toda posibilidad de bienestar.

La Costa, en tanto contexto plástico absoluto, se manifiesta aquí como la promesa de un porvenir eternamente postergado. Estos óleos y acuarelas nos recuerdan que en cien años nada ha cambiado. Acaso porque un siglo no es mucho tiempo en los rieles sobre los que viaja la eternidad.

-V-

En una época de creciente sentido de la crisis, en la que la inseguridad e inestabilidad se reflejan tanto en la vida cotidiana como en la cultura, el trabajo de Moisés apuesta por un “poder ser nosotros mismos”, sin negar la preocupación eminentemente postmoderna por la otredad y la necesaria apertura hacia el mundo.

El artista repiensa la condición de pueblo en función de su historia. Por eso, detrás de una descripción aparentemente fútil, se produce una exploración del ser guatemalteco en la Costa. Es decir, el de un ente que vive en un lugar y en un momento concreto: el de la cotidianeidad -violentamente- pacífica. Las piezas de esta serie se comportan como condensadores de toda una realidad, como un hai-ku encarna el mundo en tres líneas.

La ilustración del Pacífico es también un paisaje interior, un viaje hacia esa estrecha franja en la que la eternidad se une con el hombre. La re-visitación de viejos temas bajo nuevas ópticas, revela la intención de reconocimiento, de volver hacia atrás con la cadencia que vuelve la espuma antes de que estalle la ola.

Moisés Barrios ilustra con rigor e imaginación un paisaje a todos, y funda un capítulo afortunado de la pintura sin adjetivos.

Octubre 2005