15 dic. 2005

René E. Rodas

El libro de la penumbra
Poesía por entregas (6/9)

13. La canción de Amnios

Una cuerda de embriagadora belleza era yo, doncella y juncal. Y la brisa y el sol vibraban en mí.

Una flauta de fina madera era yo. Y la belleza hacía de mí la canción que seduce al dios del tiempo.

Una promesa hecha de alertas y rumorosas colinas era yo. Y las miradas se llenaban de calor y gratitud al verme.

Y un día llegaste tú. Un impetuoso océano era tu voz. Y me hiciste parte de la fabulosa leyenda del deseo.

Era la hora de la siesta, lo recuerdo. Y me dejé raptar de tus requiebros. Y bebí de tu copa y soñé tus sueños.

Me sacudió tu peso como un campanazo de rebato. Y tu olor desesperado de varón inundó mi piel.

Mi cuerpo se dejó hechizar de la sabia rudeza de tus manos. Y desperté a tu llamado.

Me supe más viva que nunca, habitada por el relámpago y en él despierta. Y en mis entrañas ardió tu palabra.

Desde aquella tarde crece en mí la presunción de una bestia sagrada. Un delgado hilo en la inmensa rueca del tiempo.

Flagelo en que la vida desata su peste. En mí encontró una pródiga nuez en la que construir las armas de su reino.

Espiral extasiada en la expansión de su signo. Para crecer se aferra al tierno mucílago de mis paredes interiores.

Pececillo abrumado por el silencio marino que hay en mí. Bestia amada y extranjera que mi vientre acoge.

Creces incorrupto, como fuera de las horas, obstinado en tu propio provecho. Incrédulo de ti mismo como la obra ante su creador.

Que mi belleza te sea armonía, misterioso huésped. Que mi juventud te dé vigor. Que te sea plácida esta habitación.

Ah, invasor, Hoy sólo somos tú y yo. Mañana te me ha de robar el mundo y ya nadie podrá salvarte.

14. La requisitoria

Ah, pero tú me has dado un alma, insensata. Mi espíritu no encontrará la paz entre las miasmas de esta obscenidad.

Has hecho fermentar algo nocivo en mí para que mi cuerpo pida perdón y se humille y se arrastre en las sentinas de la culpa.

Me debes tantas explicaciones, obsequiosa. ¿Cómo no tuviste suficiente con los juegos repetitivos de tu desmemoria?

¿Cómo no te conformaste, como hace aquel niño inventor que ve nacer su sol por levante, con ordenar ¡Otra vez, otra vez!?

¿De qué delirio fuiste presa, licenciosa, cuando pusiste en marcha esta exaltación de la materia?

Como en trémula planta, a mi cuerpo injertaste su inubicable némesis, que está y no está en cada uno de mis poros.

Y me llena de su vértigo y me abandona al hastío de su ausencia, como si mi cuerpo fuera arcaduz de noria.

Ah, perversa. De ansias inalcanzables me agobia tu regalo. Pudre en mí sus ideales, me hunde en el infierno de sus utopías.

De esa alma brotará la nostalgia, flecha equívoca que lacera el espacio en busca de los yertos orígenes del tiempo.

De ella brotará la melancolía como una fruta mórbida que hará delicuescer el árbol de mis días.

En ella prenderá la ira. Y sólo en la ira seré uno más entre los dioses, monstruoso e implacable.

Y eso mancillará mi espíritu, gran puta. Mi espíritu, poema de mi carne, extraña excepción de tu lujuria expansiva y sin propósito.

Mi espíritu ofuscado de las miserias de este bien que lo empuja, apremiante, al nefasto reino del absoluto.

A cuestas con este sueño de eternidad, ¿cómo tendré la entereza de decir, ven, muerte, seamos la exacta unidad de la nada?

Un profundo deseo de perder el alma me asiste, de quemar tu paraíso. Si tan sólo fraguaran los huesesillos de mi mollera.