15 dic. 2005

Gilberto González y Contreras


1932: ausencia de Farabundo Martí
Rafael Lara-Martínez




Como reza uno de los versos más reconocidos de Pablo Neruda “es tan corto el amor [la memoria] y es tan largo el olvido”, el trabajo de la historia no consiste en rescatar e indagar la memoria. Su labor más amplia se resume en colectar lo que oculta el olvido. El “sweet oblivion”. La identidad salvadoreña responde a lo que se recuerda con “amor”, como al más dilatado y complejo territorio del olvido. Hay más quehacer al recobrar lo olvidado que al evocar el recuerdo.

Una de esas figuras del desdén y el exilio es el escritor salvadoreño Gilberto González y Contreras (1904-1954). Su paso de la tierra natal hacia Honduras, Cuba y México lo marcan múltiples publicaciones que anticipan temáticas en boga. En el país vecino colabora con Julieta Carrera, quien escribe un libro fulminante para la época en que la mujer no cuenta con derecho a voto y se le juzga simple “soñadora”: Sexo, feminidad y economía (1934). Carrera trata temáticas que hacen explosión treinta años después: “nueva sexualidad”, “rebelión de la juventud”, “ética sexual del capitalismo”, “desnudez y prostitución”, “mío es mi cuerpo”. En los parajes centroamericanos, el poeta errante comienza el primer poemario de protesta salvadoreño: Trinchera (1934 / 1940), que publica seis años después en Cuba.

Ese 1934 escribe artículos en la revista Bohemia de Cuba en los que prosigue la denuncia política —“La tragedia social de El Salvador”— mezclada con temáticas poco ortodoxas. Proféticamente, antepone el feminismo y la etnicidad a la cuestión de clase. En la isla, se consagra como ensayista. Exalta la gesta revolucionaria mexicana. Defiende un “americanismo esencial”, a la vez que experimenta con un hai-kú tropical. Acaso sea el primer salvadoreño en combinar temáticas radicales de avanzada revolucionaria, con un rigor técnico modernista.

En México publica uno de sus libros fundamentales: Hombres entre lava y pinos (1946). Visionario, percibe la unidad cultural del istmo. Analiza el carácter común del salvadoreño y hondureño surgiendo como vástago vegetal del entorno geográfico. Su temperamento común deriva de “las impresiones psicológicas del paisaje”. Su intuición creadora predice “la expresión americana (1957)” de José Lezama Lima. La identidad continental es paradoja entre parquedad y “grito pugnal”. Lava y pinos, costa y montaña, enigma y hallazgo, son antónimos complementarios de un mismo dispositivo cultural. El “silencio que tiembla” y su abuso aullante son características ístmicas supranacionales. El escritor unifica el espíritu de los pueblos con rasgos opuestos: “alcantarillas del espíritu” y “pirotecnia verbalista”.

En cuanto al acontecimiento histórico que lo llevó al exilio —el etnocidio de 1932— González y Contreras formula, cincuenta años antes, la tesis del historiador costarricense Héctor Pérez Brignoli. Existe la posibilidad de dos rebeliones paralelas: una revolución urbana o “complot” comunista fallido, luego de la captura de F. Martí y otros, y una revuelta indígena en el Occidente. El silencio del ensayista sobre Martí parece sintomático de toda una generación. Hacia 1950, la sociedad salvadoreña aún no inventa la figura heroica de Farabundo Martí. Con el salvadoreño errante se acuerdan un escritor salido de las filas martinistas —Francisco Machón Vilanova, Ola roja (1948)— y un moderado —Cristóbal Humberto Ibarra Tembladerales (1957). Mientras estos últimos creen que “los levantamientos de occidente estaban dirigidos por propagandistas extranjeros [rusos]”, González y Contreras mantiene la índole étnica y autónoma de los Izalco. Como fuere, tres escritores de las décadas de los cuarenta y cincuenta niegan el liderazgo de Martí. Nos informan que su figura gloriosa actual es de invención reciente, posterior a esas décadas.

He aquí transcritas sus palabras:

Madura ya la conciencia de las masas, en 1932, hubo un triple levantamiento: de los indios en defensa de los terrenos comunales —de que estaban siendo expropiados— y por el mejoramiento de su estándar de vida: de algunos elementos laboristas, y de la fracción comunista, con núcleos exclusivos en la capital de la República. La rebelión fue debelada con el ímpetu más salvaje y las mayores expresiones de barbarie, alcanzando cifras que los propios datos oficiales hacen ascender a 18 000 muertos pero que observadores saxoamericanos aseguran que fueron 23 000. De esa fecha trágica, hasta su caída en 1944, Maximiliano Hernández Martínez desarrolló una política de violencia represiva, creó la banca salvadoreña y la puso en manos de banqueros nazis, convirtiéndola en el instrumento de cambio de los marcos aski para Centroamérica, y fortaleció la industria cafetalera, para colocarla bajo la dirigencia de los grandes productores italo-fascistas” (González y Contreras, 1946: 19. Con orgullo nacionalista, la tesis sobre el fascismo la confirma el italiano Mario Appelius, Le terre che tremano, Milano: Edizione Alpes, 1930).


Para González y Contreras, el niño Sergio Jacinto de León era una figura ejemplar de 1932 más significativa que Farabundo Martí.