15 dic. 2005

Una enseñanza inolvidable

Crónica por entregas (1/5)
Alfonso Kijadurías
Antes de conocer al escritor Federico Gamboa, había leído uno de sus libros, Las Tentaciones, el más atrevido y totalizador, según los especialistas en el género de la novela moderna, libro difícil –por cierto- para lectores que como yo, en la época en que lo leí, carecía, y aún carezco de la erudición, casi enciclopédica que salta en cada una de sus páginas, pero aún así, saltando los escollos, lo leí presa del deslumbramiento de una de las prosas más delicadas y a la vez profundas de los últimos tiempos. Jamás me imaginé que con el correr de los años, la suerte o el destino me depararían la dicha de conocerlo y palpar en toda su persona el talento sagaz que ya había advertido en su novela.

La noche en que lo conocí, fue la misma noche en que Fabiola Aguirre, mi novia de entonces, recién venida de París, me había invitado a la fiesta de bienvenida que su prima Nefertite Aguirre, le ofrecía en su casa, aprovechando que sus padres, habían viajado a Houston, con el fin de realizar un chequeo anual. Como siempre, llegué retrasado, es decir ya cuando la fiesta estaba en su feliz apogeo, y el licor cantaba en cada uno sus proezas, los tonos altos de sus voces y carcajadas trascendían la sala donde se amotinaba una legión de nuevas y antiguas amistades, hombres y mujeres por igual, casi todos de la misma edad, ya cerca de alcanzar ese grado de madurez reflexiva que sólo se alcanza con los años o prematuramente como consecuencia de un atentado criminal, a los que se estaba expuesto en esos años de conmoción política. Entre aquel grupo, destacaba por su altura, su melena larga, su edad, ya cerca de los cincuenta, y los gestos propios que otorga el éxito, el escritor Federico Gamboa, acompañado de su mujer, blanca y compacta, como un carro lujoso recién salido al mercado.

Fue Fabiola quien respondió a la interrogante que vio dibujada en mis ojos, al confirmarme de que aquél hombre, era, en efecto, el famoso autor de Las Tentaciones, y que su presencia en la fiesta era fruto de la amistad entre Nefertite y la esposa de éste, Laura Esquivel, ex compañera suya en la Universidad de Berkeley.

Cerca de la medianoche, aprovechando que Fabiola caminaba hacia el baño, con varias copas adentro y a la altura del tono general de los invitados, me dirigí hacia al lugar donde el escritor contaba a su esposa un incidente divertido, a juzgar por sus exaltadas carcajadas, que bajaron de tono al advertir mi presencia.

-Las Tentaciones, es un libro que ha cambiado el destino de la literatura contemporánea y me atrevería a decir las vidas de quienes han accedido a su lectura, dije con el tono espumoso o exaltado que, en los seres tímidos de por sí callados, dibuja la cerveza.

-Gracias por sus palabras, dijo, sorprendido, por mi breve e inesperado cumplido, viniendo de donde vienen, continuó, puedo, sin temor a equivocarme, que procede de ese lector singular que uno imagina mientras escribe. La frase, la celebró, con una sonrisa que encontró eco en los labios, más en la línea de Modigliani que de Picasso, de Laura, su mujer.

En ese instante, como ángel del cielo, apareció Fabiola, quien, como sucede en las novelas, donde todos los hilos terminan en un solo nudo, había conocido al maestro en el apartamento de Mario Casanova, hacía año y medio en el París de la revuelta del sesenta y ocho.

–Él es Alfredo Lara, el poeta de quien hablamos aquella noche, dijo Fabiola, reflejando en sus ojos una habitación llena de libros, discos y copas siempre llenas de vino provocador y redentor.

-Ya lo decía, dijo el maestro, estrechándome la mano, la intuición es la madre del conocimiento, claro muchacho, uno de tus poemas anduvo conmigo durante semanas y meses rondando mi cabeza como una avispa africana.

-Si su intención era azorarme ya lo logró, dije entre un paréntesis de vanidad y humildad, asido a su mano que apretaba la mía con la simpatía de amigos de toda la vida.

-Daría todo, quemaría mis mejores libros, con tal de escribir ese poema, dijo, mirando a Fabiola, en cuyo rostro parecía acumularse todo el vino, el que había bebido ella y el que habíamos bebido todos nosotros, a tal grado que ya no supe si se refería al poema que yo había escrito o al poema que veía encarnado en el rostro de Fabiola. –Pero a mí, concluyó, con un aire de gravedad, los dioses no me concedieron esa gracia, la de la poesía reservada a la inmensa minoría.

-En tus libros hay poesía, salió al paso su mujer, a lo mejor intuyendo o viendo la misma nube que pasaba en mi cabeza, lejana, talvez producto de los celos, grandes maestros de la exageración.

-Pero no como la que yo quisiera, dijo, con una sonrisa de quien tiene al alcance una idea gloriosa.