15 mar. 2006

Una enseñanza inolvidable

Alfonso Kijadurías
Crónica por entregas (4/5)
y
Pero yo no volví, durante la semana siguiente tomé la decisión de marcharme, siguiendo su consejo, me deshice de todo lo que, hasta entonces, había constituido mi cadena o mi condena. Vendí todo lo que pude vender, libros, cuadros joyas y muebles heredados de mi abuela, agregué al dinero obtenido la cuenta de mis ahorros, suficiente para vivir modestamente, un par de años en París, lugar utópico en ese entonces, de poetas y escritores que como yo buscaban sacudirse el polvo de la aldea, ampliar sus horizontes. Por esos días, un primo mío, Guillermo Lara Martínez, tenía una cátedra de física nuclear en el instituto de ciencias, cuyo nombre siempre olvido, le llamé por teléfono en el justo momento que se preparaba para asistir a una exhibición de Munch, un pintor del que nunca había oído hablar, y cuyo pintura, el Grito, ocuparía la portada de mi primera novela.

A nadie, ni siquiera a Fabiola, le comuniqué mi partida. En silencio abandoné la casa de mis padres, muertos hacía ya cinco años, uno tras otro, tras un dengue hemorrágico, y ahora al cuidado de la vieja servidumbre, encabezada por la anciana Genoveva.

Llegué a París al siguiente día, a las seis de la mañana. París era tal como lo había adivinado y visto a través de las páginas magistrales de Balzac, Dumas, Michelet y Cortázar, y las cartas y postales de Fabiola, por lo que nada en ella me fue totalmente ajeno.

En el aeropuerto me aguardaba mi primo Guillermo, a quien no veía desde hacía cinco largos años. A bordo del Citroen, que manejaba con una paciente alegría, fui descubriendo en su aspecto, la prematura vejez de los hombres de ciencia que entregados a sus investigaciones, no se dan cuenta, sino cuando ya es demasiado tarde, que dejaron ir los mejores años de su vida. Al escucharlo, sin embargo, su voz tenía el timbre de aquel niño precoz que me había enseñado a jugar ajedrez y montar a caballo. Hablaba un francés sin acento, al que no sin esfuerzos seguía, ya que si bien en mi casa el francés era una segunda lengua, se había dejado influenciar por ese tono, lento y adormecido, derivado, si duda, del clima inclemente de nuestros tristes trópicos. Calles, cafés, jardines, bares, prostíbulos, museos, teatros, galerías, monumentos y casas de escritores, filósofos, patriotas y hombres de ciencia, que con el correr de los días se convertirían en parte de mi vida, me los fue señalando con un dedo de profesor acostumbrado al asombro que producen los grandes y pequeños descubrimientos. Me contó que había concebido la idea de moverse a Ginebra con Crista, su novia suiza, un mes más adelante. Podía en -ese caso- quedarme con su apartamento en la callejuela Du Chat que sale de la calle Huchete y desde la que se puede ver de soslayo el Sena que baja más grisáceo que nunca.

Allí me encerré, por tres largos años a escribir, confrontando mis propios fantasmas, oteando, desde la perspectiva que da la lejanía, el borroso paisaje de la patria, sin la delirante borrachera del chauvinismo. Allí escribí con la misma intensidad que viví, sin temores, conociendo lo desconocido, confrontando mis complejos con la complejidad del mundo, las obras que de no haber seguido el consejo de mi maestro, jamás hubiese concebido. Allí tenía por fin, frente a mí, el fruto de mi desprendimiento, de la renuncia a lo más querido, renuncia, sin la cual es imposible trascenderse a uno mismo, ganar el premio o el castigo.

Con mis libros, cuyos personajes son portadores de los sufrimientos, dichas y desdichas, soledades, encuentros y desencuentros de esos años, me dispuse partir, ganado por el entusiasmo de quien, a fuerza de soplar ha encendido -por fin- una llama que sólo apagará la muerte. Tres meses antes de partir le escribí a Fabiola, dándole cuenta de mi vida, y del porqué de mi largo silencio. De inmediato contestó mi carta. En ella me daba cuenta, sin barroquismos gratuitos, de la súbita muerte de Laura Esquivel, la esposa del maestro Gamboa. Él mismo la había encontrado muerta en la bañera. Esa impresionante visión lo había sumido, desde entonces, en una crisis que nada, ningún sedante moderno tenía el poder de aliviar. Sólo el tiempo, o un milagro, había escrito Fabiola, entre paréntesis, podrá devolverle al maestro la rara lucidez que tanto prestigio le ha dado en el mundo intelectual.

Tanto me conmovió la carta de Fabiola, que luego de leerla, modifiqué mis planes. Le escribí a mi primo Guillermo, a quien había visto dos veces desde su partida a Suiza y a quien había prometido visitarlo en su casa de Ginebra, antes de mi partida, contándole lo ocurrido y por último mi decisión de retornar lo antes posible. En la misma carta, le prometía retornarle el dinero que me había prestado en ese último año, cuya cifra mi humildad y honor me prohíben revelar, en cuanto vendiera una finca de mi propiedad.