15 abr. 2006

Museo y el tiempo, lo bello e indómito

Luis Fernando Quirós
A menudo me refiero al acto de crear un objeto, funcional o no, artístico o quizás de uso cotidiano, con la actitud de dotarlo de lenguaje, colmarlo de palabras y la posibilidad de ser leído dentro de un determinado espacio, que en tanto dimensión ejerce la lectura de tiempo. El artista actual juega con dicho lenguaje, espacio, tiempo, y su compresión sugiere algo así como la metáfora del escritor: “sólo a través de él -expresa Marguerite Yourcenar en “Mishima o la visión del vacío”- podemos oír sus vibraciones profundas” (las del objeto), como se advierte en el interior de nuestra caparazón la voz interior y el torrente de sangre.

Sin esta condición del lenguaje el museo sería sólo un espacio donde reina una tensa calma; el artista le confiere a ese espacio su rumor profundo desde donde comprender sus palabras y las que ponemos nosotros como lectores e intérpretes al ver correr las aguas del río del arte; aguas que se nos escapa explicar y detener para que no se vuelvan turbias.

Saussure afirmaba que la lengua se basa en la relación, las palabras se comprenden dentro de un “sistema de diferencias” donde cada componente no es nada por sí solo, sino entra en el flujo de la palabra. El contenido que asimila depende de un encadenamiento que sucede en el tiempo y no va a ser leído en sí mismo sino que en diferido al involucrarnos en la experiencia de su fluir. Sin esta perspectiva el museo sería una frase vacía, un hilamiento sin hilar, donde los objetos serían fantoches sin ánima.

Lo temporal y la quimera

En el tiempo se vive pero este se nos rebela y esconde, diría Blachot que da testimonio de su existencia en cuanto acontece en nosotros, pero fuera de sí, se escapa a explicarlo. Así es el arte, un ensayo de la temporalidad y su lenguaje; ¿fragmentación?, ¿des-membramiento? ¿Visión futura? Se trata de una concatenación de significados que aviva el concepto que hoy como nunca, no se basta a sí mismo. ¿Estaremos hablando del “ensimismamiento” que se palpa en lo que dista entre esas capas superpuestas que se transparentan para dar cabida al gesto polifónico, tan propio de la actualidad? Al tiempo del discursar con una jerga que parasita la sintaxis e infecta el sema. A veces, escribir sobre teoría o crítica de arte me parece modelar un monigote -como el que soñó el rey Nabucodonosor sobre el futuro colapso de su reino-, figura a la cual le agregamos arcilla al antojo deleitándonos con la belleza que somos capaces de hacer, pero todo es una vaga ilusión: estamos esculpiendo un ídolo incierto que si nos creemos su hacedor, esa figura al secar, al estar expuesta a la atmósfera –otro signo de lo temporal-, con un mínimo golpe se resquebraja y reduce a polvo.

El arte y la metáfora del río

El río como noción de tiempo y diferencia, cuyas aguas corren en sentido circular, siempre hacia un cauce mayor, hacia otro caudal del cual es vertiente o hacia el océano, o tal vez lo haga hacia la nube cuando roce las piedras o al friccionar con la misma atmósfera: será nube que volverá a su estado líquido, lluvia que tornará a su incesante ritmo y aunque permanezca siendo agua no será nunca la misma. Así es el arte contemporáneo, lenguaje de la relación y la diferencia –como dijera Sassure.

Algo que me encanta del arte de hoy es no sentirlo, no entenderlo, es dejarme abatir a veces por el desánimo ante la primera ojeada a un objeto inasible; pero mientras trato de abrir mi campo de reflexión, lejos del bullicio del museo, de ese rumor de palabras de incompletud, y, mientras anoto los primeros vórtices del flujo de las aguas de la interpretación y anclaje en los márgenes de una fotocopia o un brochure, lo que era antes borroso y descarnado se vuelve hiladura y lo que era diferencia es coincidencia; como distinguió el emperador Adriano de los guardianos del arte ¡lo bello de lo indómito!