12 jul. 2009

Pienso, luego existo: René E. Rodas

“Comarcas”, de Miguel Huezo Mixco:

un puerto a la deriva

René E. Rodas
SAL

“La única dicha comparable a escribir poesía es leer la poesía que uno ama”, opina el autor de este ensayo, René E. Rodas, poeta, escritor y periodista, autor de poemarios como “Civilvs I Imperator”, “Balada de Lisa Island” y “El museo de la nada”. Este ensayo busca un acercamiento a “Comarcas”, poemario de Miguel Huezo Mixco, a través de los símbolos vitales claves de este que es uno de los textos fundamentales de la poesía salvadoreña de la post guerra. “Comarcas” es un libro que, sin proponérselo como tesis de trabajo, sino como una consecuencia de su propia dinámica interna, nos deja la reflexión de que la vida se enriquece con la lectura y da sentido a la experiencia. CM

“Mas mis dioses son flacos y dudé”

Antonio Cisneros

En cada verso de “Comarcas” habita una nochedumbre. Las innumerables noches que vivió el poeta —tantas como las que habrá invocado al desorden o al sosiego— para escribirlos; más numerosas aún son las que vivieron sus personajes para completar el espíritu que anima el poema. Los personajes que dan voz y fiebre a sus versos son seres marginales e indómitos, deliciosamente condenados al fracaso, como casi todas las personas que al final de cuentas valen la pena: aquellos que no pertenecen a la detestable casta de los señores del éxito, según éste se define con los patrones al uso.

“Comarcas” es un puerto, lugar de paso por excelencia, donde transitan personajes de la mitología clásica, de la mitología urbana, de las mitologías secretas del viaje y la intimidad y de aquellas literaturas que comparten un barco, símbolo atávico de la aventura. Luciano Pozo González, el gran Chano Pozo, conguero abakuá oficia en el introito de esta alta ceremonia pagana y nos arrastra en los arcanos menores de las calles 111 y 112 para dejarnos con la zozobra de su inexplicada muerte.

Como en todo puerto que merezca ese nombre, no importa si se trata de Hamburgo o de Haifa, de Barcelona o de Mazatlán, en “Comarcas” prevalece una atmósfera caliente y húmeda en la que el roce de los cuerpos (La universalidad del roce, de que nos hablara el viejo hechicero José Lezama Lima), el intercambio de voces de mesa a mesa, de barca a barca, las órdenes de amarre, los personajes que salen de la página a tomarse una copa con nosotros en la barra, crean una deliciosa promiscuidad que nos lleva de la vivencia a la experiencia. La mano secreta de un sucesivo capitán, gaviero, músico, lector, Odiseo, Teseo, Aquiles, la mano, en fin, de un hombre que trechea su propia soledad:

Soy un hombre con el techo roto

bajo los rayos del porvenir que ruge

La partida

nos conduce en este viaje por las estaciones que su puerto a la deriva frecuenta. Y en esas estaciones encontramos calideces de mares velados por las brumas del estío, calideces de bares velados por el humo de los cigarrillos y por los caldos aguardentosos derramados sobre mesas de madera cruda, y algo que puede ser un gospel, o la voz de Billie Holiday, o la John Lee Hooker, o la de Toña la Negra, suena como telón de fondo y un hombre y una mujer corean la estrofa, mocosos y abrazados, aceptando el pasajero consuelo de estar juntos, lamentando no estar con quien cada uno de ellos quisiera.

El oraje de la vida arrastra a los litorales de Comarcas todos los tesoros incomparables de nuestra cultura. Algunos son regalos envenenados, pero regalos al fin: el conquistador, el mastín carnicero, el torvo violador de indias; pero otros regalos poseen una riqueza incalculable, y gracias a ellos nuestra alma mestiza puede reclamar como suyo el mundo. La mano paciente que gobierna “Comarcas” los recoge y con ellas amplía el horizonte que le ha tocado: las cosas son de quien cuida de ellas, de quien las aprecia y hace de ellas provecho.

Espadas, cuerpos trémulos y hambreados traídos a fuerzas, libros, melodías, animales inverosímiles, aventureros sin más patria que el riesgo ni más límite que la cercanía de la muerte:

y otra vez la verdad será una flor extraña

como la mirada de un ciego

Cielo de Ática

La sencillez aparente de los versos de Comarcas nace de ese rigor que no da paso a nada que no contenga la necesidad absoluta de estar allí. Es un libro “shipshape”: cada cosa ocupa su lugar exacto, para que cuando sea urgente echársela al hombro no se vaya la mano al vacío. La limpidez machadiana del verso se ve matizada por dos elementos extraordinarios: el tono de español mestizo de todo el poema (caribeño, podría uno atreverse a sugerir, pero hay en él tonos mediterráneos y del gran Atlántico que no se pueden soslayar); y por esa sensualidad resignada que nace de la experiencia y que en “Comarcas” da tono y perspectiva a la voz del poeta, como si nos dijera que éste no es el mejor mundo posible, pero es el más bello de todos los que hemos tenido, porque es un producto que nuestra imaginación ha creado a través de siglos de encontronazos y abrazos.

La frase limpia, sobria y sin adornos de Comarcas, nos recuerda lo mejor de la poesía moderna estadunidense; al Wallace Stevens, por ejemplo, que escribió:

IV

A man and a woman
Are one.
A man and a woman and a blackbird
Are one.

Thirteen Ways of Looking at a Blackbird

Y también:

For the listener, who listens in the snow,
And, nothing himself, beholds
Nothing that is not there and the nothing that is.

The Snow man

Y a través de esa sencillez y de esa sensualidad consigue sin presunciones ni falsos sacrificios ese acto alquímico de transubstanciar la realidad en materia poética.

Junio y 2009