12 jul. 2009

Lo que el viento se llevó: Tirana memoria

Tirana memoria
Adolfo Méndez Vides / GUA


Reseña de la más reciente novela de Horacio Castellanos Moya, publicada por Tusquets España.

Horacio Castellanos Moya, Tirana Memoria, Tusquets: Barcelona, 2008. 358 págs.



Cada nueva novela del salvadoreño Horacio Castellanos Moya resulta una grata sorpresa, porque su evolución narrativa es continua, y con Tirana memoria el autor se confirma como uno de los más grandes novelistas centroamericanos del nuevo milenio. El autor dejó atrás sus pequeñas cifradas y deliciosas novelas, para ofrecernos un banquete espléndido, de narrador técnicamente maduro, aplicado, capaz de narrar con toda fluidez y desde lejos la vida, pasión y muerte de Pericles, un intelectual chero que encarna a toda una generación, la de quienes participaron en el levantamiento no violento de 1944 en contra del dictador Martínez. La novela reconstruye la vida ladina en San Salvador, y organiza la memoria a través de un contrapunto certero y disciplinado. Por un lado vamos leyendo el diario de Haydé, la esposa de Pericles, quien va escribiendo los sucesos de entonces mientras el marido sufre prisión. Uno de sus hijos, Clemente, participa del intento de golpe de Estado y es condenado a muerte, pero logra escapar. La segunda vertiente de la novela narra paralelamente las aventuras de la fuga del joven desordenado, insoportable, necio, que no se mantiene quieto y pone en riesgo la huida una y otra vez, en una hilarante secuencia. La mujer nos va contando lo que sucedió y sintió en dichos días, cómo evolucionó su conciencia social, mientras los dos condenados a muerte viven cientos de peripecias, vestidos de cura y sacristán, en trenes, escondidos y protegidos por un gringo amigo en su finca, en un cayuco tambaleante. Y al final de la primera parte el entusiasmo colectivo crece tras la victoriosa renuncia del Brujo Nazi, cuando el lector comparte momentáneamente el grato placer del resultado, y respira el júbilo dulce de los tiempos de utopía. Pero cuidado, al autor no le bastó, porque no podía quedarse así, y escribió una segunda parte desde la memoria de un nuevo espectador, un amigo pintor, a través de quien nos enteramos de lo que le sucedió a Pericles 30 años más tarde, cuando la decadencia lo golpeó con rabia, y nos lo muestra navegando y hundido en el abismal deterioro nacional, porque no hubo final feliz en la persecución de las justas colectivas sino apenas un glorioso instante, un momento de cambio, un aviso antes de deslizarnos todos por el resbaladero oscuro del presente.