12 jul. 2009

Pienso, luego existo: Carmen González-Huguet

Pura nostalgia
Carmen González-Huguet
SAL

Una de las voces poéticas de mayor presencia en la literatura salvadoreña contemporánea, Carmen González Huguet es, además, especialista en Historia del Arte y una cinéfila impenitente, gusto que hoy disfruta mayoritariamente a través de esa versión degradada que es el cine a través de un aparato de DVD y un televisor. Autora de una sólida obra en poesía, ha escrito también novela y teatro. Recientemente publicó “Glosas”, una serie de sonetos en las que rinde un sentido tributo a grandes figuras de la literatura, tanto salvadoreñas como universales. RR

Entre los cines venidos a menos y convertidos en ventas de repuestos, iglesias evangélicas o supermercados, uno de los finales más lamentables fue el del París. Su ubicación aledaña al Mercado Central hizo de él una sala de indeleble carácter popular. No tuvo la prestancia art déco del Apolo ni el poder de convocatoria del Viéytez que, situado en una zona residencial de rápido crecimiento, aglutinaba a una bola de adolescentes ávidos de diversión.

El París fue en su época un cine “normal” donde vi Mary Poppins (Robert Stevenson, 1964). No fue, al menos al principio, tan lépero como el Avenida o el Tropicana. Tampoco tuvo el caché del Caribe o del Deluxe. Poco a poco el París declinó hasta la decadencia absoluta. Hoy es una venta de repuestos. En la década de los ochenta se especializó en películas de chinos. Llovían las patadas voladoras, los karatazos y los gritos de kung fu en medio de las samotanas diarias con que las honorables señoras vendedoras de hortalizas saludaban a los recién llegados y a sus progenitoras en la penumbra de aquella sala saturada de humo.

Antes de la guerra no había muchos lugares de esparcimiento en San Salvador. Roque Dalton dijo en Las historias prohibidas del Pulgarcito[1] refiriéndose al zoológico: “es uno de los paseos más concurridos de San Salvador, fundamentalmente porque para entrar en él y recorrerlo no hay que pagar un solo centavo. Los cines en cambio son carísimos, los teatros no existen y a los bares no puede uno llevar a los niños”.

¿Eran caros los cines? En 1977 el salario mínimo para el comercio andaba por los 350 colones mensuales (unos 140 dólares). Quién sabe cuánto sería ahora. La entrada a un estreno andaba por dos colones con cincuenta centavos (equivalente entonces a un dólar) lo cual era menos del uno por ciento del salario mínimo mensual. No me parece caro. Las entradas a los cines populares eran mucho más baratas: podían costar treinta centavos de colón en la época en que el pasaje del bus costaba quince.

También existía la “permanencia voluntaria” o los llamados “doblazos” o “tuzadas”: por el mismo precio se podía ver dos cintas que se proyectaban ininterrumpidamente todo el día. Teóricamente una persona podía pasarse la jornada entera en el cine. Mi maestro Francisco Andrés Escobar lo ha explicado en un artículo: “las tuzadas eran lo distintivo del América, como habían sido del Popular: uno entraba a las dos de la tarde, y salía cinco horas después, con los ojos encadejados, luego de ver tres películas por el precio de una”.

El Roxy era un cine de barrio. Su ubicación sobre la veintinueve calle oriente, en las inmediaciones de la colonia La Rábida y cerca de la salida a Mejicanos, lo convertía en una sala de amplia afluencia popular. También ahí eran frecuentes las tuzadas. En una de esas funciones vi 2001: Odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968), en doblazo con la versión de La guerra de los mundos de la novela de H. G. Wells (Byron Haskin, 1953). También el Roxy me brindó esa obra maestra de Disney que fue Fantasía (Algar & Armstrong, 1940), y muchas otras cintas que ahora no recuerdo.

El Regis fue otro cine muy frecuentado al sur de San Salvador. Era una sala amplia, que en sus buenos tiempos contó con un sonido excelente. Todavía recuerdo el olor de las butacas nuevas del Regis con su terciopelo episcopal que en mi memoria se mezcla con el aroma de las palomitas de maíz, los chicles de menta y el humo de cigarrillos. Ahí disfruté Tómbola (Luis Lucía, 1962) con la inmortal Marisol.

Existió además otro género de cines que hay que mencionar: los cines de los pueblos. Eran quizá el único lugar de ocio para una población aferrada a una cultura agraria que se estaba desmoronando. Conocí sólo uno: el de Suchitoto. No recuerdo su nombre. Su propietario, Rutilio Melgar, era cuñado de un primo hermano de mi mamá. Era probablemente el único cine en unos treinta kilómetros a la redonda: un galerón alto, con techo de lámina sobre el que tamborileaba la lluvia como los frijoles en una olla de peltre. Sus bancas de reglas de madera eran la cosa más incómoda del mundo. En diciembre, para las fiestas de Santa Lucía, el cine era una parada obligatoria. A él, como a muchas otras cosas, lo despachó la guerra.

De los cines de antaño sobreviven pocos, y aun estos en condiciones deplorables. El Izalco, el Metro, el Majestic, el Universal y los España, en el centro de un San Salvador asaltado por la desidia y la derrota. Del Darío y sus frases del inmortal Rubén sólo queda el recuerdo. Y una que otra historia melancólica que tejo y destejo en la memoria.

V

El Tropicana quedaba en la calle Concepción, casi frente al cuartel central de la Policía de Hacienda, lo cual le dio, en los años aciagos de comienzos de la guerra, un indeleble carácter tabú. A nadie en su sano juicio se le habría ocurrido irse a meter al Tropicana por temor a los “orejas” que plagaban San Salvador.

El Tropicana tuvo una marcada tendencia porno, y del porno más mugre. A principios de los ochenta su pantalla estaba poblada por el llamado cine de ficheras. Las curvas opulentas de Sasha Montenegro y Lina Santos desfilaban al son de canciones de la Sonora Santanera como Luces de Nueva York. Esa letra repelente guarda, sin embargo, una perla imprevista; eso de: “Ahí quemaron tus alas,/mariposa equivocada,/las luces de Nueva York” es una imagen poética donde las haya. La expresión mariposa equivocada, reaparece en un texto de la poeta colombiana Piedad Bonnett.

El tiro de gracia del Tropicana fue disparado por el estigma del porno y el hecho de que la calle Concepción padeciera, durante casi un año, las obras destinadas a ampliar el tramo desde el Mercado de la Tiendona hasta la Garita. En verano el Tropicana agonizaba entre el polvo y el calor. En invierno la lluvia y el lodo convertían su andén en un muladar. Por eso la oscura sala donde se proyectaban cintas tan edificantes como Bellas de noche (Miguel M. Delgado, 1974) y La vida difícil de una mujer fácil (José María Fernández Unsáin, 1979) se convirtió en una de las menos concurridas de la ciudad.

De los cines de antes de la guerra, el Central continúa hasta hoy la tradición de sala lumpen que durante años dominó al Tropicana y al Avenida. Éste, situado en el que fue, en su día, el paseo por antonomasia de San Salvador: la avenida Independencia, devino en sala de películas XXX en virtud de la degeneración de la zona.

El Central ocupaba la esquina de la primera avenida norte y la tercera calle poniente y se especializó en películas perpetradas durante la peor crisis del cine mexicano, ocurrida en el sexenio 1976 – 1982.

En El Salvador tampoco estaba la situación para pensar en cines. El 22 de enero de 1980 San Salvador fue desbordada por doscientos mil manifestantes procedentes de todos los rincones de un territorio ya agitado por los primeros espasmos de la peor sangría de nuestra historia reciente.

La decadencia de los cines no fue un hecho aislado. Formó parte del proceso de deterioro en el que cayeron todos los espacios públicos y aun la vida misma del país. Con las primeras bombas, los escaparates se cubrieron de ladrillos y las casas ocultaron sus fachadas tras una avalancha de tapias y alambres razor que nos secuestró y nos condenó al exilio interno.

Hace unos meses Francisco Andrés Escobar rememoraba en su columna de La Prensa Gráfica: “Aquella tarde, por 1965 ó 1966, la fila era extensa. Empezaba en la boletería del cine Central —entonces una de las mejores salas capitalinas— y daba vuelta a la manzana. Se estrenaba La novicia rebelde, la película de Robert Wise basada en el musical de Rodgers y Hammerstein. Cuando el filme inició con la escena memorable en la que Julie Andrews canta entre un paisaje maravilloso, el público casi quería aplaudir…”

En ese ejercicio de nostalgia, Paco se lamentaba de lo mucho que ha cambiado el gusto de la gente en estos cuarenta años. Tal se diría que ha recibido el asalto inclemente de la más devastadora vulgaridad. La vida nocturna se acabó mucho antes de que las balas indiscriminadas, los toques de queda, la quema de buses y los paros al transporte le dieran el tiro de gracia. Parece increíble que viviéramos alguna vez en una ciudad de pacíficas tertulias hasta que el café Skandia y el Bella Nápoles fueran asediados por el escrutinio paramilitar y de estos sitios comenzaran a “desaparecer” poetas y teatreros.

Asolado por terremotos y otros desastres innaturales, el país jamás logró recuperarse del drama que condujo a toda una generación a la cárcel, al exilio, al silencio y a la muerte. Hasta los parques continúan asolados por el miedo y el crimen. Y después de tanta debacle, es comprensible que los cines, como la vida, no volvieran a ser los mismos.



[1] Dalton, Roque, Las historias prohibidas del Pulgarcito, UCA Editores, San Salvador, Pág. 190 y ss; primera edición, 1974.