18 dic. 2008

Rodrigo Rey Rosa

NOVELA
Rodrigo Rey-Rosa

GUA, 1958
De “Caballeriza”


La escritura de Rodrigo Rey Rosa alcanza aquí su más depurada y magistral concisión: todo está dicho en cada palabra, y también entre líneas, y la eficacia del relato es tanto mayor cuanto que los recursos expresivos, cuidados y contenidos al máximo, otorgan un realce a la vez casi hiperrealista y onírico a lo narrado, esa extraña pesadilla de odio, deseo y muerte en un universo de jinetes posesivos, prepotentes y aun delictivos. La impecable trayectoria narrativa de Rodrigo Rey Rosa -saludada por la más solvente crítica internacional, desde The Times Literary Supplement hasta la Quinzaine Littéraire- hace de este autor un caso ejemplar, y probablemente único, entre los escritores hispánicos de su generación, por la insólita alianza que se da en él de la violencia casi esencial de un entorno abrupto y primigenio, y un control de sus recursos aprendido de la tradición anglosajona y particularmente de Paul Bowles, que, con la precisión de un dardo, va derecho al núcleo del ser humano en un tiempo convulso y ambiguo. Tomado de Editorial Seix Barral

Estábamos en Palo Verde, una finca en las inmediaciones de Pueblo Nuevo Viñas, una zona de la bocacosta del Pacífico oriental que yo desconocía. Acabábamos de presenciar un espectáculo de caballos andaluces (como se leía en las invitaciones), y la ocasión era el cumpleaños de un patriarca local, don Guido Carrión, que celebraba su octogésimo-octavo aniversario.

En la década de 1960 mi padre, que anda hoy por los ochenta, había traído a Guatemala un semental andaluz de la cuadra de Álvaro Domecq – el Pregonero, todavía recordado en “el ambiente” como el primer pura sangre español importado a la pequeña república. Así, en el amplio círculo ecuestre guatemalteco, a mi padre lo consideraban el precursor en materia de caballos españoles, y todavía le rendían cierta pleitesía. Eran pocos los espectáculos de aquella naturaleza a los que no era invitado, aunque hacía más de veinte años que no poseía caballos de pura raza, y unos quince que no montaba. En esta ocasión, al invitado le habían advertido que se trataba de un evento en el que las esposas no serían bienvenidas, y estaba implícito que las únicas mujeres que asistirían eran las “edecanes” y alguna que otra amazona, de modo que a mí, único hijo hombre, me correspondía acompañarle.

Los caballos eran hermosos, los caballos eran muy, muy caros. El animador, que perifoneaba el evento con una ignorancia conmovedora, había cometido un desliz que provocó un rumor general: mencionó el precio de uno de los sementales, montado por una mujer, ganador reciente de un concurso internacional: cien mil dólares norteamericanos. Alguien debió de llamarle la atención, y luego, para sacar la pata, el hombre se puso a hablar de “el cariño y el amor que los caballerizos ponían en el cuidado y adiestramiento de estos maravillosos ejemplares”. Era inevitable hacer la reflexión de que probablemente el costo de mantenimiento de una sola de aquellas bestias equivaldría a lo que ganaban diez mozos en un mes (“Sin tener en cuenta la amortización de un animal así”, como alguien observó).

Los caballerizos estaban uniformados con trajes festivos, imitaciones bastardas de la indumentaria campera andaluza – con sombrero cordobés, botines jerezanos y demás – rematados con algún adorno local, como fajas típicas o borlas de Todos Santos. Los pequeños andaluces de imitación, con el físico de los campesinos de ascendencia maya, se veían aún más pequeños al lado de aquellos altos y fogosos caballos. Iban y venían y pasaban peligrosamente cerca de las patas de los potros y los sementales, por los que era evidente que sentían gran respeto y un comprensible temor. He aquí – pensé – la parte más amplia de la pirámide.

En la segunda capa de la pirámide estaban los hombres de seguridad. Muchos de ellos también hubieran podido vestir indumentaria quiché o tzutuhil sin llamar la atención, pero iban en traje de calle, tocados con el sombrero texano todavía en boga en las fincas de la región. Casi todos llevaban al hombro escopetas recortadas y, al cinto, cananas con cartuchos de varios colores. Las armas relucían y parecían relativamente nuevas, y esto contrastaba con el que algunos las llevaran colgadas con mecates de maguey.

Una capa más arriba supongo que estarían el animador, los músicos, y las edecanes – una docena de jóvenes dedicadas a recibir a los invitados y servirles las primeras copas. Algunas de ellas parecían profesionales en ciernes, otras eran más bien tímidas, y resultaban prácticamente invisibles entre el grueso de los invitados, alrededor de trescientos hombres de todas las edades y descripciones.

Me pareció ver un rasgo positivo en aquel microcosmos de la sociedad guatemalteca en el hecho de que ahí, hermanados por las inclinaciones equinas, parecía que todos olvidaban cordialmente muchas diferencias –de clase, de profesión, de ideología o superstición– que en otras circunstancias habrían impedido que gente tan dispar se congregara de manera festiva. Seguía llegando gente (para coronar la pirámide) en jeeps de lujo con choferes y guardaespaldas de traje negro, en automóviles oficiales, en uno que otro helicóptero. Reconocí a personalidades de la política (dos o tres congresistas, un viceministro, un ex alcalde), de las altas finanzas y de la prensa. Había también finqueros de cepa o por herencias cruzadas, industriales, comerciantes, vendedores de seguros, médicos, veterinarios, y algunos desocupados como yo.

La escasez de mujeres hacía pensar en una reunión de jeques árabes. Se diría que no llevar una pistola visible al cinto o bajo la axila era una falta de etiqueta –falta que parecía perdonable sólo a los muy viejos. Entre los jóvenes, muchos llevaban, además de la automática oscura y reluciente, algunas recámaras de reserva– como si esperaran que tarde o temprano se produjera un tiroteo y hubieran previsto el peligro de quedarse sin balas.

Mi padre y yo habíamos llegado a tiempo para ver el show desde el inicio. En un picadero techado, sobre unas tarimas de madera rústica, estaban el patriarca y sus íntimos sentados en sillas de plástico. Hicimos cola para subir hasta ahí. Al llegar su turno, mi padre obsequió al cumpleañero con un caballito de porcelana, proveniente de la tienda de mi madre. Después de un breve intercambio de frases corteses con el anciano y sus allegados, mi padre y yo fuimos invitados a colocarnos, de pie, en un extremo de las tarimas, a la derecha del pequeño grupo.

En el picadero, los sementales y los potros –Favorito 27, Justiciero 33, el Duro II…– hacían sus números, mientras don Casildo con su voz de trueno hablaba de futilidades, y luego se retiraban entre aplausos.

Estando tan cerca del cumpleañero mi padre y yo, no nos fue fácil escapar a la procesión de invitados que seguían acercándose al estrado para felicitarlo. Hombres vestidos con ropa de marca y ostensiblemente armados se inclinaban para darle un abrazo o un beso y un regalo caro, o significativo –como la foto de su primer garañón en el momento en que se desembarcaba (por medio de una grúa) de un carguero español en Puerto Quetzal. Después de esta breve ceremonia, y antes de ir a buscar asiento en un graderío improvisado en el picadero al aire libre junto al picadero techado, los recién llegados no podían evitar saludarnos a mi padre y a mí, lo que comenzaba a hacerse incómodo. Parecía inevitable que en una reunión como aquella nos encontráramos con gente que no queríamos ver, y menos saludar: algún crítico detestable, un abogado que te engañó, el eminente médico que, por no faltar a una partida de golf, se negó a operar a un amigo. Para mi sorpresa, durante las paradas frente al cumpleañero, era como si una amnesia momentánea nos asistiera; dábamos la mano y los buenos días a gente que temíamos o despreciábamos –o ambas cosas a la vez. Las edecanes, mientras tanto, distribuían bebidas, y los invitados intercambiaban bromas más o menos maliciosas y estúpidas.

A nuestras espaldas, detrás de una pared de bloques de menos de dos metros de altura, en un recinto cuadrangular con piso mitad de tierra, mitad de cemento, dos matarifes estaban descuartizando un cerdo sobre una mesa de hierro. Pequeños enjambres de moscas verdes y brillantes se levantaban de la mesa, sobrevolaban brevemente por encima de nuestras cabezas, y luego regresaban al lugar de la matanza para posarse sobre excrementos, entrañas y sangre coagulada. Uno de los matarifes se puso a trocear la carne, mientras el otro removía en un caldero colocado sobre brasas la piel del cerdo, para convertirla en chicharrón. Los olores que comenzaron a flotar en el aire con el vapor del caldero no tardaron en provocar una cadena de flujos y reflujos de jugos gástricos.

Mi padre aguantó con bastante estoicismo la hora larga que duró el espectáculo, que terminó con un desfile de yeguas y sus crías. El animador dejó de hablar, y un pasodoble español empezó a sonar por los altavoces. Oí a mi padre respirar con alivio. “Si no sirven el almuerzo antes de las dos, nos vamos”, me dijo al oído.

El cortejo de ancianos comenzó a moverse lentamente. Los más viejos, seguidos de cerca por sus guardaespaldas, se dirigieron con el cargamento de regalos recién recibidos hacia la casa principal de la hacienda, en lo alto de una pequeña colina a unos cien metros de los picaderos. Los demás fuimos a reunirnos con la masa de invitados bajo un extenso toldo de lona, donde las edecanes y los meseros empezaban a servir boquitas de frijoles negros, guacamol, y los chicharrones recién preparados y calientes todavía.

Seguían llegando invitados. Nosotros habíamos estacionado en una plazoleta junto a un galpón, donde se guardaban el alimento caballar y los aparejos. Ahora la plaza estaba repleta de automóviles casi todos 4x4 de lujo, varios de ellos blindados, y los guardaespaldas con trajes oscuros y anteojos de sol hormigueaban por entre los vehículos. Los invitados que llegaban tarde estacionaban a ambos lados del camino de tierra que serpenteaba colina arriba desde una cañada sembrada con bambú colombiano, a la vista de dos atalayas de cemento armado con techo de lámina y troneras negras.

A lo lejos, hacia el noroeste, se veía el cono irregular del volcán de Pacaya. Montañas de nubes resplandecientes y algodonosas cambiaban de forma en un cielo tímidamente azul. El terreno ondulante plantado de cafetales y sus árboles de sombra, con filones color limón de las siembras de bambú, se extendía hasta donde alcanzaba la vista. El paisaje era plácido, pero la desgarrada música de corridos y rancheras que había comenzado a sonar a todo volumen, combinada con el whisky que fluía en abundancia y la presencia de tantas armas, me hizo concebirlo como escenario idóneo para un crimen pasional.