15 ago. 2005

1. Pienso, luego existo: ARL

La cultura:
Entre la Gioconda y el chilate
Alvaro Rivera Larios

Si la Gioconda y el chilate son manifestaciones culturales, el término``cultura´´ remite a un conjunto de prácticas y objetos bastante heterogéneos. ¿Qué tienen en común la pintura renacentista y los nuégados? Básicamente: que no son el resultado de un proceso espontáneo, natural, en ambos interviene la acción humana y en esa medida, salvando las distancias, tanto las bellas artes como el chilate se objetivan gracias a la intencionalidad creativa del hombre.

Vivimos bajo techo, entre seres que comparten unos mismos hábitos, lenguaje, valores e instituciones. Esta esfera aunque eche raíz en la naturaleza, la modifica, la regula, la trasciende. Vivimos en una dimensión particular, creada por nosotros y que gradualmente se aleja y diferencia del automatismo biológico.

Pero no siempre hemos sido concientes de que nuestras vidas transcurren dentro de un universo simbólico. Los profetas y los filósofos, relevados del trabajo manual, han tenido el ``tiempo libre´´ para ver desde arriba la urdimbre de la acción humana y aventurar argumentos y explicaciones sobre la naturaleza de eso que llamamos cultura. Platón, por ejemplo, sabe que ésta nos moldea y sugiere la necesidad de regularla racionalmente para crear de forma deliberada, por medio de la educación, un nuevo tipo de sociedad y ciudadano.Tal vez incurra en un anacronismo si deslizo una significación actual, moderna, en la Grecia de Pericles que a lo mejor no la conocía.

Para muchos autores ``la cultura´´es un invento moderno, fabricado en la Europa del siglo XVIII. Según eso el concepto fue acuñado por entonces en medio de una compleja pugna: pensadores antiguos y medievales conocen ya que las instituciones donde se sitúa la interacción humana están condicionadas por factores geográficos. El iluminismo sistematiza dichas ideas, liberándolas de cualquier adherencia teológica. La geografía y las costumbres aparecen como un escenario inmanente, cuya dinámica despliega sus propias leyes, las cuales han de ser descifradas por el pensador y no por el sacerdote. Por otro lado, quienes lideran y difunden la nueva visión del hombre son, en gran medida, ideólogos como Diderot, Montesquieu, Voltaire, pero según se expande la influencia del iluminismo francés por otras regiones, encontrará reticencias y resistencia a sus ideas en muchas personas, en filósofos como Herder.

El iluminismo confía en la ciencia, en la igualdad natural de todos los hombres y en el avance de las sociedades hacia formas más evolucionadas (y francesas) de convivencia. Herder denuncia que los supuestos de tal cosmovisión ocultan una filosofía lineal de la historia que convierte a Francia en el ``modelo´´ al que han de acercarse todos los pueblos y por eso contrapropone un enfoque plural de la historia, donde cada cultura ha de desarrollar y cumplir sus propios rasgos. Y aquí él filosofo alemán postula el encuentro de la alta cultura de su tierra con la cultura popular, para crear un nuevo marco simbólico para los ciudadanos donde la ciencia tenga un papel, pero también la literatura, el arte en general, los mitos y las tradiciones del pueblo. El hombre no es sólo ``razón´´, en su vida juega un gran papel la ``sensibilidad´´ y el componente mítico. En suma que la cultura tal como la entendemos ahora se forjó en esa pugna entre ``cosmopolitas´´ y ``románticos´´.

Obviamente simplifico. El asunto es teórica e históricamente muy complejo, a él concurren, intentando descifrarlo, los enfoques más diversos. Una simple definición, aunque pueda servirnos de guía, es difícil que resuelva nuestras dudas.

Un acercamiento al problema ha de conjuntar la disquisición teórica, el plano histórico y la práctica. Como bien demostró Herder, tras el juego aparentemente neutral de las definiciones yace una concepción global del hombre, una filosofía. Poner sobre la mesa sus fundamentos generales y revisarlos críticamente es un paso necesario, pero no suficiente. Ha de introducirse el contexto, que en nuestro caso remite, metodológicamente, a la historia de la cultura en El Salvador (que por cierto no es una isla). Toda esta reflexión no es algo contemplativo: los iluministas y Herder polemizaban, fijando sus posiciones como un paso previo al intento de modificar la realidad y para bien o para mal lo consiguieron. Las ideas cuando prenden en las sociedades se convierten en una fuerza. En el caso de Herder, alimentaron a la estética, la antropología y el nacionalismo.

Tras el intento de esclarecer qué es la cultura subyace, muchas veces, el propósito de hacer algo con ella. Para los pensadores románticos era la tabla de salvación para no caer en una concepción utilitaria y fragmentada del hombre. Matew Arnold, en la Inglaterra victoriana, convencido del papel civilizador y estabilizador de la ciencia y las bellas artes, propuso al estado que instaurara un sistema educativo nacional, secular y obligatorio, por cuyo medio las clases bajas accederían a la comprensión y el disfrute de los bienes culturales, interiorizando valores cívicos, en una sociedad (la inglesa de aquel entonces) donde el desarrollo del capitalismo había destruido los referentes tradicionales del hombre común.

Explorar teóricamente el complejo problema de la cultura nos servirá, junto a la investigación empírica, para sugerir o evaluar políticas culturales.

Y con ésta, como dice la ranchera, me despido, no sin antes adjuntarles una pequeña bibliografía.

-Bauman, Zygmunt/La cultura como praxis/Barcelona/ Ediciones Paidós, 2002.
-Bauman, Zygmunt/Legisladores e intérpretes/ Buenos Aires/ U. Nacional de
Quilmes, 1997.
-Berlin, Isaiah/ Las raíces del romanticismo/ Madrid/ Taurus, 2000.
-Garretón, Manuel Antonio/ El espacio cultural Latinoamericano/ Santiago, Chile/
FCE, 2003.
-Huezo Mixco, Miguel/ La casa en llamas/ Ediciones Arcoiris/ S.Salvador, 1996.
-Mattelart, Armand y Neveau, Éric/ Introducción a los estudios culturales/
Barcelona/ Paidós, 2004.