23 ene. 2011

CA-4: El estanque colmado



Lo que devuelve el reflejo en un estanque

Daniel Rodríguez Moya / ESP-NIC


El poeta español Daniel Rodríguez Moya reseña el primer libro del salvadoreño Jorge Galán para Visor, la connotada editorial española.


El estanque colmado, Jorge Galán. Colección Visor de Poesía: Madrid, 2010.



La poesía centroamericana tiene motivos para la esperanza. Jorge Galán es una de sus voces más personales y en los últimos años ha sabido dar el paso necesario para romper clichés e ideas preconcebidas sobre una literatura que va más allá de los limitados contextos históricos. Todos los prejuicios que se pudieran tener ante un joven poeta salvadoreño estallan en mil pedazos cuando se leen sus poemas. Fuera de nacionalismos poéticos excluyentes, Galán hace bueno eso de ¿por qué quedarse como heredero de una tradición cuando se pueden escoger varias? Y es por ello que sus versos beben tanto de lo mejor del 27 español, de Eliot, Whitman y, en definitiva, de una poesía reflexiva pero sin estériles preocupaciones metafísicas.


Galán recurre a una metáfora mistraliana, la del estanque colmado, para titular este libro. Sólo que sus versos no nacen de un “surtidor inerte”, como escribiera la poeta chilena. Todo lo contrario. Sus imágenes, realmente impactantes pero con sentido y huyendo de discursos fragmentarios, brotan de una fuente lírica vivísima.


Este libro, con el que el autor ha conseguido un accésit en el Premio Jaime Gil de Biedma 2010, está dividido en cinco partes de las que la primera lleva por título 'El muchacho detrás de la ventana' con un primer poema, 'Tardes sobre el asfalto', que nos zambulle instantáneamente en el tono del libro, porque aunque se trata de una obra reposada, sin estridencias. Hay un tono continuo desde el inicio, una manera de contar a partir sobre todo de una imaginería que es la que mantiene la unidad y la coherencia hasta el último verso. En este primer poema, como en todo el capítulo, es el territorio de la infancia por el que el autor transita, en un ambiente si no sonámbulo, si algo onírico. Pero no son de un sueño los elementos que se describen, como los perros aullando, los payasos y las bailarinas del circo recién llegado a la ciudad en una caravana extraña. Del mismo modo que también son muy reales los primeros recuerdos, la primera memoria a partir de la que comienza el mundo del personaje poético, del poeta. Y de esa memoria está por ejemplo el toque de queda de un país en guerra. Es curioso como para el niño que vive en este poema, así como en otros de este libro, el miedo del adulto se convierte casi en algo lúdico. Como dentro del drama de un país, El Salvador, inmerso en una guerra fratricida, el terror se transforma en un juego: “En la tarde jugábamos al fútbol o al béisbol./ Por la noche lo único que podíamos hacer era jugar al escondite, / en la penumbra, buscando en el silencio la salvación. / El cerro en esos años era un sitio de cuevas: / alguien o algo se escondía ahí. Cerca de medianoche / me levantaba y caminaba entre los cuerpos que dormían / tirados en el piso, salía hasta la sala, abría la ventana, / con sigilo, y asomaba mi único ojo con valor hacia la oscuridad...” Hay un verso en el no casualmente poema llamado 'Infancia', que resume perfectamente todo esto: “Los días de la infancia, amables a su extraña manera...”


Uno de los poemas de más bella factura de todo el libro está incluido en su segunda parte y lleva por título 'Breve canto sin música'. No hay que dejarse engañar por algún eco nerudiano que destila, porque no es más que eso, un leve eco. Lo auténtico de este poema, más allá de esa levísima pátina de los Veinte poemas de amor, es el descubrimiento que en él se hace de la verdadera condición del yo poético a partir del descubrimiento del otro verdadero para darse cuenta que son la misma cosa: “No es cierto que estés triste ni que hayas pronunciado / mi nombre impronunciable en la penumbra, no es cierto / que escribiste aquello que he callado en la noche sobre el polvo”. Ese nombre impronunciable, al que el poeta se resiste durante todo el poema y que sólo aflora al final, es nosotros. A pesar de que justo a continuación, en el siguiente poema, 'Retrato casi adolescente de tus ojos', el último verso concluya: “Tus ojos / donde no me reflejo”. Pero es que esa lucha por la búsqueda de la identidad a partir del otro es una constante en más poemas. De hecho funciona como eje del libro. Una lucha en la que también se dan juegos de espejos con sus contradicciones entre lo uno y su reflejo. “Soy un hombre pero no puedo ser ese hombre”, escribe en el poema 'El reflejo', que pertenece a la tercera parte del libro, 'Crepúsculos sin prisa', tal vez en la que el tono se vuelve más reflexivo e incluso trascendente, pero, lo decíamos al principio, sin caer en raras metafísicas.


Con 'Invierno' Galán casi concluye su relato –que finaliza con un epílogo de un único poema titulado La muchacha–. El poeta ha ido construyendo puentes a lo largo de todo el libro, caminos que llevan de la inocencia a su pérdida, del yo al otro, unos puentes de los que, toma conciencia, no permiten el regreso: “Los puentes que van de la ciudad al bosque / nunca van del bosque a la ciudad porque quien se marcha no regresa...”. Pero esos puentes permanecen, quedan “atrás como vestigios”. Porque conviene, de cualquier forma, no perderlos de vista. No derribarlos y así, como escribió otro poeta, no construir precipicios.


*Daniel Rodríguez Moya (Granada, 1976). Poeta y periodista. Licenciado en Teoría de la Literatura y Literatura Comparada por la Universidad de Granada, España. Desde 2004 dirige el Festival Internacional de Poesía de Granada. Ha publicado Oficina de sujetos perdidos (Premio Federico García Lorca de Poesía, 2001), El nuevo ahora (Editorial Cuadernos del Vigía, 2003) y Cambio de planes (VI Premio Vicente Núñez, editorial Visor, 2007). Compiló e investigó la publicado la primera antología de poesía nicaragüense del siglo XX que se edita en España: La poesía del siglo XX en Nicaragua (Editorial Visor). En 2010 recibió el Premio del Tren Antonio Machado por su obra La bestia.