12 jun. 2010

Terraemotus: Claudia Hernández



Claudia Hernández

SAL, 1975
El bar de la calle Hudson

Claudia Hernández podría ser un fantasma, o quizás una contadora o modelo. Podría ser un personaje imaginario en alguno de los cuentos de Claudia Hernández, la escritora venezolana. Claudia Hernández es en realidad una sombra. Al recorrer el internet en su búsqueda solo encontramos sus cuentos literarios como huellas hondas en la tierra húmeda: ella camina liviano y fugaz.

Dicen que Claudia Hernández y su sombra son Licenciadas en Comunicaciones por la Universidad Tecnológica de El Salvador, y que han realizado también estudios de derecho. Dicen que en 1998 ganó el premio honorífico (4º lugar) del "Juan Rulfo" de Radio Francia Internacional, en la categoría de cuento, y en el 2004 obtuvo el prestigioso premio alemán "Anna Seghers” por obra publicada. Ha sido antologada en España, Italia, Francia, Estados Unidos y Alemania. Dicen que actualmente trabaja como catedrática de la Escuela Superior de Economía y Negocios.

Sin embargo, lo único que nos consta y de lo que podemos dar fe y testimonio apasionado es de su extraordinaria obra literaria. Aquí una pequeña prueba.MB

Afuera estaba la noche. Eva Stroud, que acababa de entrar por la puerta que da a la calle Hudson podía regresar a ella con solo retroceder sobre sus pasos. Sin embargo, decidió internarse en la oscura ausencia de cosas visibles que se extendía ante sus ojos y debajo de sus pies en lugar del bar convencional que esperaba encontrar porque estaba convencida de que, si avanzaba, algo le sería revelado. Se los había dicho a ella y a su amiga un muchacho pálido que habían conocido la tarde anterior en el tren que las había traído de regreso a la ciudad. Mientras fumaban cigarrillos, les habló él de ese bar del que no oyeron hablar mientras vivieron en esa su ciudad natal y de las sorpresas que deparaba. Les contó que había habido hombres que habían entrado y se habían encontrado consigo mismos como había habido otros que habían encontrado en él un bar con el olor a tiempo detenido de cualquier otro, habían pedido uno o dos tragos, se los habían bebido y habían regresado a sus casas sin mayor novedad. Les dijo también de uno que había sido recibido por el hocico de una bestia que le gruñó y lo devoró al instante y de otro que, al abrir la puerta, había encontrado el mar y había podido comprender que la canción que cantaba no era un rumor cualquiera, sino una historia sobre la luz y la oscuridad que lo extasió de tal manera que olvidó la lengua de los hombres y habló sólo en adelante en el idioma de la inmensidad.

Cuando el muchacho pálido entró, lo recibió en la puerta una mujer lejana que, tras susurrarle al oído "te diré porqué", le dio la respuesta a una pregunta que había él formulado en silencio antes de abrir la puerta. Al encuentro de ella salió desde lo profundo una presencia al compás de cuya voz iban dibujándose la luz de la luna creciente y las piedras de un camino serpenteante por donde la condujo hasta llegar a un día donde estaba esperándola lo que había dicho ella que no existía. Era eso una luminosidad que afirmaba serlo todo y todo cubrirlo.

Eva Stroud le dijo que no era posible que fuera lo que decía. De serlo, se habría aparecido en alguna de las muchas veces que lo invocó en los campos en los que había pasado los años anteriores. Le dijo que, para ella, en su lugar había nada. Entonces la luminosidad se absorbió a sí misma y a todo lo que la rodeaba y dijo en una lengua no audible que era la nada también.

Lo que siguió después fue un silencio que la condujo a la puerta del bar para que saliera. Ella caminó como una sombra entre las sombras por la calle Hudson hasta llegar al cruce con una avenida que la llevó hasta la casa que había alquilado con su amiga, quien, desde la cocina, le preguntó si venía del bar de la calle Hudson y se echó a reír cuando Eva le contestó que sí porque sabía —como cualquier otra persona que había nacido y vivido en esa ciudad—que no existía tal bar puesto que no había una calle Hudson en esa ciudad.