14 sep. 2008

Pienso luego existo - Ámparo Marroquín


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Pandillas y prensa en El Salvador:

De los medios como oráculos, y de la profecía que se cumplió…
con creces (II)

Ámparo Marroquín Parducci
SAL

La ensayista y académico Amparo Marroquín – Master en Comunicación – se ha destacado por ofrecer una visión acuciosa y mordaz de los fenómenos culturales comúnmente invisibilizados por los intereses económicos mediáticos. Investigadora especializada en temas culturales, analiza en este ensayo cómo los contenidos mediáticos referentes a las pandillas reproducen valores estigmatizantes más que informativos. Este exhaustivo ensayo, aquí en segunda y última entrega, editado por razones de espacio, forma parte del libro “Violencia y Medios 3”.

3. El discurso profético: la construcción social del otro sujeto

El jefe de información de La Prensa Gráfica, Héctor Silva Ávalos, sostiene que en el país han cambiado las explicaciones oficiales sobre los fenómenos de violencia: «Antes era, ‘los salvadoreños nos matamos porque somos violentos’, pero realmente no había una explicación del fenómeno. Luego el discurso cambia y las nuevas autoridades sostienen que la culpa es de las pandillas, son las pandillas las que se están matando» (comunicación personal, marzo 7, 2006).

Frente a esto, ciertos periodistas reflexionan sobre la manera en la que abordan la información. Como menciona Silva, «hay que huir del lenguaje estatal no porque sea malo de entrada, sino porque es el lenguaje de un actor protagonista. El lenguaje de ‘sujeto, sospechoso, presunto’ es un lenguaje de institución que tiene fines represivos. Hay que huir de la unilateralidad de la versión que escuchamos».

A pesar de este desplazamiento y del esfuerzo actual de algunos periodistas por abarcar el fenómeno de manera más compleja, es posible identificar constantes estigmatizadoras que se han mantenido a lo largo de períodos significativos de tiempo en la cobertura mediática. Aunque cada uno de los medios periodísticos salvadoreños presenta abordajes particulares, me interesa retomar cuatro discursos comunes que he encontrado en sus contenidos:

a) El sujeto «maroso»

Desde la muestra de periódicos tomada, la descripción del «otro», del joven que pertenece a las pandillas, conlleva la propuesta de un cierto tipo de estética, un cierto tipo de sujeto asociado a la violencia. Tal estética no es nueva, implica una cierta performatividad en donde los pandilleros espectacularizan su gestualidad frente a los medios. El Diario de Hoy, de El Salvador, parece consciente de ello al categorizar a los agresores con «aspecto de pandillero» (EDH, 16/11/05) y afirmar que hay sujetos que tienen «aspecto de marosos» (EDH 26/11/05).

Este «aspecto» es ya parte del relato cotidiano: la presencia de tatuajes que se exhiben desde el pecho, los brazos y la cara. El torso desnudo. El pantalón flojo. El gesto amenazante que se presenta ante el lente periodístico en actitud retadora. El pelo rapado. El gorro. La ropa holgada. Estas características son identificadas con jóvenes pandilleros. Los ojos que no se ven pero que miran desde cierto lugar-otro al que no pertenecemos. Al ver una cámara, estos jóvenes «rifan su territorio».

Para completar la imagen y la estética de este sujeto, la metáfora es una de las herramientas más utilizadas por los periodistas. Este recurso del lenguaje ha sido estudiado en El Salvador por Irene Vasilachis (2004, 130-133), a través de una metodología metaepistemológica.

Vasilachis señala dos metáforas utilizadas por la prensa. La de la guerra que «tanto real, como latente, se refuerza semánticamente»: «guerra entre maras cobra más víctimas» (EDH, 15/01/03), o «se vive estado de guerra» (LPG, 10/02/03). Y la de la antropomorfización, al tratar el fenómeno de las pandillas como un organismo vivo.

Además de éstas, nos interesa destacar tres imágenes más. La metáfora de la enfermedad, la ciudad enferma y las pandillas como cáncer que carcome dicha sociedad es también muy utilizada, y en ella aparece con claridad la necesidad de «extirpar, matar, erradicar» dicho cáncer. Como se hace con una quimioterapia que matará algunas células para mantener vivo el organismo completo, según este discurso, la sociedad salvadoreña aparece urgida de una quimioterapia aplicada con mano dura y firme, que le permita sobrevivir y sobreponerse al caos. La metáfora de la basura, la cual insiste en que se debe «barrer» con los elementos que ensucian nuestra sociedad: «se acabó la fiesta, la PNC y el ejército barrerán a los pandilleros de los barrios y colonias de San Salvador» (EDH, 24/07/03). Y, finalmente, la metáfora que vuelve a los pandilleros animales: «…de hecho, el día que entramos a su guarida… estaba en plena faena financiera, es decir, empaquetaba la marihuana y la cocaína para su posterior venta» (LPG, 10/02/03).

Respecto de las fotografías, en el caso del matutino La Prensa Gráfica el tratamiento es cuidadoso, lo cual obedece al Manual para el tratamiento informativo de la violencia (http://archive.laprensa.com.sv/20060504/nacion/manual.pdf), aplicado hace ya más de un año. En el último año y medio se ha cuidado de publicar fotografías de tatuajes que se identifiquen con una u otra pandilla (no obstante, en los primeros planos lo que sí se identifica es el rostro de hombres jóvenes, generalmente con el cráneo rapado). Por un lado, porque desde ahí se podría dar la imagen de que la violencia responde, específicamente, a una «guerra entre pandillas», que es una tesis policial repetida por los medios. Por el otro, porque este «mostrar las imágenes» de los jóvenes de pandillas resulta un recurso publicitario buscado por las mismas organizaciones (en cambio, el tratamiento de mostrar a los pandilleros capturados, sin camisa, alineados como para una exhibición, se mantiene). Este punto del Manual de La Prensa Gráfica ha sido suscrito por un acuerdo mayor, firmado en noviembre de 2006, que incluye a 15 medios de comunicación del país.

b) El adjetivo del sujeto: «deportado»

La idea de que las personas deportadas de Estados Unidos pertenecen en su totalidad a las pandillas no es nueva, sino una de más difundidas. Aún cuando es posible que con las deportaciones masivas de los últimos años el número de integrantes de las «clicas» salvadoreñas que han pisado Estados Unidos haya aumentado, el porcentaje es menos significativo de lo que plantean el discurso de los políticos, el gobierno y la prensa escrita. Dos de las últimas entregas especiales de La Prensa Gráfica (en agosto y septiembre de 2006) se fundamentan en este discurso.
(http://www.laprensagrafica.com/dpt15/especiales/deportados.asp y http://www.laprensagrafica.com/especiales/2006/pandillasjuveniles/13.asp)


Quizás el ejemplo más desafortunado de este tipo de «cobertura periodística» sea el que presenta El Diario de Hoy, en la nota «Deportan a más pandilleros» (01/11/05). Ahí se explica que la deportación es una «ayuda involuntaria para que el operar de estos grupos crezca». En el cuerpo de la noticia se cita a un funcionario público que «confirmó recientemente que la administración Bush deportará en los próximos dos meses a 892 salvadoreños. Del grupo, más de 350 poseen antecedentes delictivos» [las negritas son de la autora]. Estas afirmaciones tienen un carácter informativo y se citan en boca de una fuente especializada. Lo alarmante es que en un recuadro en negritas, situado del lado derecho, se dice textualmente: «Expulsarán a 892 mareros desde Estados Unidos hacia El Salvador en los próximos dos meses». ¿Cómo surge esta sinonimia de términos empleados? Esta especie de «falacia del equívoco» (Nocetti, 1990, 43) parece provenir de una asociación automática del difundido relato: si es deportado, es pandillero.

Uno de los principales problemas sobre este tipo de asociaciones es que, al establecerse en las notas periodísticas, puede causar la falsa imagen de que las pandillas son un problema de importación y no son fruto de problemas estructurales y de deficiencias en nuestras sociedades centroamericanas. No se visibilizan, pues, las causas internas que hacen que los jóvenes ingresen a las pandillas, ni se cuestiona la responsabilidad de los Estados. En varias coberturas periodísticas, las «maras» aparecen como «el mal» que ha venido de fuera a corromper a los honrados ciudadanos, no se cuestionan la responsabilidad de las autoridades, la vinculación entre éstas, los pandilleros y el narcotráfico, ni la realidad de marginalidad que viven muchos de estos jóvenes.

c) La acción del sujeto: violencia

Otro relato en el que la prensa salvadoreña coincide es el de la violencia criminal dentro de la cual están inscritos los jóvenes de pandillas. Este es un presupuesto de la mayoría de los periódicos: «Se parte de entrada de la convicción de que las pandillas tienen mucha relación con el tema de la violencia, aunque se pretende despolitizar el término pandillas en el sentido de que no son los únicos causantes de la violencia». El discurso de los periodistas suele, además, hablar de un cambio en el nivel de violencia de estas organizaciones: «Hace seis años, la pandilla convivía con su comunidad, la pandilla no asaltaba a su comunidad, la protegía sin cobrar, porque lo otro es extorsión. Pero la pandilla sabía que este carro es del señor que vive aquí, entonces a este no se le hace nada. La comunidad los alimentaba, convivían. Hoy ya no. La pandilla tiene una connotación de crimen organizado incluso en la propia comunidad, hoy el barrio se delimita por un asunto de mercado, de tráfico de drogas» (Héctor Silva-Ávalos, comunicación personal, marzo 7, 2006).

En muchas de las notas periodísticas --de la muestra tomada para este ensayo-- puede encontrarse la afirmación de que los pandilleros son violentos. Por un lado, presentan una enorme cantidad y variedad de víctimas. Por el otro, la manera como son sustantivados los jóvenes de pandillas, los adjetivos que les adjudican y el tipo de acciones que les atribuyen, es representativa de esto. Son nombrados «malvivientes», «inadaptados sociales», «enmascarados enardecidos» y «facinerosos», adjetivos que, como hace notar el periodista colombiano Omar Rincón, se utilizan en este tipo de delitos, pero nunca para nombrar a los delincuentes de cuello blanco, a esos políticos corruptos que causan un daño terrible a las sociedades latinoamericanas.

Los fines por los cuales nuestro «sujeto maroso» ejerce la violencia se presentan difusos y ambiguos en el discurso de la prensa escrita. Tres elaboraciones destacan en los relatos de la muestra: uno, el pandillero ataca cuando se encuentra con sus contrarios, en luchas con la pandilla rival. La segunda elaboración explica que el pandillero ataca a aquellos que se oponen a las órdenes y al poder de la pandilla, a quien no quiere acatar las reglas: es por ello que se afirma que matan a una vendedora que se negó a contribuir al tráfico de drogas (EDH, 06/11/05); a simpatizantes de los partidos que se les oponen («Matan activista del partido ARENA» LPG, 22/11/05), o a comerciantes y conductores del transporte público que se niegan a pagar el impuesto.

En este tipo de noticias, actores como la policía o instituciones de control social aparecen, en todo caso, como testigos impotentes. No se les considera actores con la autoridad y capacidad de detener el poder y el accionar de las «maras», lo cual contribuye a generar la sensación de que quienes en realidad controlan el poder local en muchos territorios son los pandilleros. Si bien la policía aparece como fuente, en muchos casos se recuerda a los lectores que de los «sospechosos» no se sabe nada.

La tercera elaboración del relato criminal aparece cuando la prensa explora las causas de la violencia criminal de las pandillas. Ahí surge en algún momento la afirmación de que el pandillero ataca porque sí, por diversión. ¿Cómo saber quién será la próxima víctima? No hay, según dicho relato, quien pueda parar la omnipresencia perturbadora de este fantasma; mata por diversión, mata sin perturbarse ante el desvalimiento de la víctima.

d) ¿La naturaleza del sujeto? Culpable

Uno de los mayores problemas que exhiben las notas analizadas aquí es la manera como se denomina en ellas a los sospechosos de cometer delitos, cuando además --desde el discurso de distintas fuentes-- es probable que éstos sean jóvenes pandilleros. Ninguna de esas dos afirmaciones está precedida por una investigación policial y legal sostenible, ni hay todavía juicio que declare culpables a los «capturados». El camino seguido por la prensa parece ser, pues, el más sencillo: son culpables hasta que se demuestre lo contrario. Esta realidad del discurso periodístico se ve matizada por el acuerdo de 15 medios de comunicación del país, suscrito el 10 de octubre de 2006, en el cual los periodistas se comprometen a respetar la presunción de inocencia de los pandilleros.

Las acciones delictivas son vinculadas (atribuidas y predicadas) a miembros de pandillas. En este contexto, se borran las fronteras entre ser supuesto asesino y el asesino, o entre supuestamente pertenecer a pandillas y ser pandillero. No hay derecho a un abogado, no importa lo que se diga o lo que no se diga, el relato activa su mecanismo de poder, desde la visibilización de un crimen sin juicio declara su veredicto,
casi nunca aparecen en posición exculpatoria (Xiro, 2005, 5) ni se les permite una declaración a los medios sobre su condición.

En las notas bajo los encabezados «Caen supuestos mareros por siete homicidios» (LPG, 10/11/05) y «Muere supuesto marero cuando asaltaba a peatón» (EDH, 14/11/05) no se cuestiona que los capturados sean culpables; de lo que el titular parece tener dudas es de si son o no pandilleros. En otra noticia de La Prensa Gráfica se asegura que «dos personas más de 20 y 33 años fueron asesinadas a balazos por pandilleros desde un vehículo en marcha en Santa Ana» (LPG, 08/11/05), y más adelante se precisa que «la Policía no tiene indicios sobre los móviles del doble crimen». La pregunta es si puede confiarse en la pericia del periodista: en apariencia, es él quien ha descubierto, en una situación en donde ni la policía tiene indicios, que las personas que iban en un vehículo en marcha (y aún prófugas) son pandilleros.

En algunas notas se establecen asociaciones paradigmáticas entre los términos «mara», «supuesto pandillero» y «pandillero». Tal es el caso de una cuyo titular informa que «Maras queman autobús» (EDH, 04/11/05), pero inmediatamente después, al iniciar, el redactor ya no está seguro de que las «maras» sean realmente pandillas, por lo que habla que «dos supuestos pandilleros de la mara 18 incendiaron la noche del miércoles un microbús de la Ruta 41-F informó la policía (…) De acuerdo con testigos». Esta acotación de sospecha no impedirá que, más adelante, diga que «al llegar a la parada los pandilleros bajaron a los pasajeros».

Para un lector poco acostumbrado a revisar las implicaciones gramaticales de estos relatos, las diferencias entre ser culpable y sólo suponer la culpabilidad de un pandillero se diluyen.

Estos cuatro discursos señalados: el sujeto y su estética, el adjetivo de «deportado», las acciones siempre violentas de los sujetos y la supuesta culpabilidad de los pandilleros sospechosos son elementos comunes en el discurso de la prensa salvadoreña.

Hay, sin embargo, caminos posibles.

4. Los medios y sus posibles caminos: de profetas a mediadores

El ejercicio seguido hasta aquí no pretende hacer historia de los acontecimientos; es más bien un itinerario para reflexionar sobre la manera como nombramos los hechos antes de convertirlos en historia; desde dónde se cuentan los hechos; no sólo lo que se muestra, sino también lo que no se nombra, lo que se oculta. Se trata, al final, de
propiciar la discusión acerca de si puede haber formas de que los medios y sus periodistas pasen de profetas a mediadores de procesos sociales.

Más que presentar una serie de conclusiones y recomendaciones, quisiera dejar tres materiales o conjuntos de entregas periodísticas creados por la prensa salvadoreña que tienen la suficiente fuerza, a mi juicio, como para provocar por si mismos diversas discusiones nuevas.

El primero es el Manual para el tratamiento informativo de la violencia (http://archive.laprensa.com.sv/20060504/nacion/manual.pdf), que ofrece una serie de normas y sugerencias que bien merecen ser discutidas.

Un segundo material pasa por la campaña emprendida por La Prensa Gráfica denominada «todos contra la violencia» y que ha producido dos entregas monográficas sobre este tema que los lectores han acogido con interés (mayo 4, 2005 http://archive.laprensa.com.sv/20050504/Portada/default.asp, y mayo 4, 2006 http://archive.laprensa.com.sv/20060504/Portada/default.asp). Un día al año, la dirección editorial ha optado por utilizar al medio para hacer notar en la población que la violencia va más allá de las pandillas y que es la sociedad toda la que debe exigir soluciones a las autoridades; es por ello que ha ofrecido a sus lectores números monográficos que abordan el tema de la violencia desde distintas facetas.

El tercer material son los siguientes nueve puntos acordados por diversos medios de comunicación (prensa, radio y televisión) para el tratamiento de noticias sobre violencia. http://www.laprensagrafica.com/nacion/643298.asp

Por primera vez, dicho acuerdo hace que los medios reconozcan ante la sociedad la relevancia de crear defensorías del lector. A propósito, un blog del periodista Gabriel Trillos, jefe de redacción de La Prensa Gráfica, comenta sobre dicho acuerdo y las discusiones generadas en torno suyo (http://www.laprensagrafica.com/blogs/redaccion/dblog/articolo.asp?articolo=11).


Cada una de estas reflexiones tiene elementos positivos. La crítica de que son compromisos «evidentes» no resta validez al hecho de que la prensa nombre, reconozca y vuelva visible su compromiso ante la sociedad.