15 sep. 2008

Editorial - Muerte en Venecia















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La muerte en Venecia
(y quizás en todas partes)


"No es que tenga miedo de morir.
Pero no quiero estar ahí­ cuando eso ocurra".
Woody Allen

Nadie conoce ese país desconocido llamado la muerte, pero todos vivimos en sus fronteras. Tierra ignota o desierto, paraíso de los imprudentes que se salvaron, infierno para todos, o nada, la nada de Unamuno, la nada del Eclesiastés, región de la que precariamente nos salva o nos retiene el amor, su fraternal enemigo. Amor y muerte que también ocurren en otros tiempos del cólera en La muerte en Venecia, de ese lúcido y piadoso conocedor del espíritu humano que fue Thomas Mann. Como Ulises de vuelta a Itaca, Gustav von Aschenbach, un reconocido escritor asolado por el otoño de su vida, puede salvarse de la muerte, huir de esa cita insoslayable para los demás —a Ulises los dioses le ofrecen la inmortalidad y el Olimpo—; y, como Ulises, Aschenbach decide no salvarse, y por la misma razón: Ulises por el amor a su árido peñasco y a los suyos; Aschenbach por el amor inconfesado que siente por Tadzio, el adolescente polaco que veranea en Venecia con su familia. Cuando la familia de Tadzio hace preparativos para marcharse, Aschenbach, cuya salud ha venido deteriorándose, siente el primer ramalazo de la muerte. En este punto el recuerdo se duplica. De un lado aparece la última página de un libro de tapas blandas y páginas de papel de holanda tonsuradas a navaja; de otro, las intensas imágenes —hay un silencio ahí, un inquietante y misericordioso silencio— de la película de Luchino Visconti en las que Dirk Bogarde en el papel de Aschenbach, transformado en músico en la película, algo sólo parcialmente explicable, languidece en la playa mientras ve por última vez al objeto de su amor.

Mann se inspiró tanto en su propia vida como en algunos rasgos biográficos de Gustav Mahler y de Piotr Tchaikovsky para escribir la novela. En octubre de 1893, en San Petersburgo, Tchaikovsky bebió un vaso de agua sin hervir, mientras en la ciudad se había declarado una epidemia de cólera. Murió a las pocas semanas. La elección de Venecia como escenario para su novela expone el lado romántico de Thomas Mann —después de todo, fue el autor de Señor y perro y de Tonio Kroëger. Venecia de las máscaras, los disfraces, el carnaval —la fiesta de la carne, de los cuerpos— y Venecia del saqueo: la muerte hace su fiesta despojando a las almas de sus cuerpos con el concurso de esa silenciosa devoradora que es la peste.

Pintan bastos, entonces. Un croupier indiferente reparte sus sórdidas barajas; en una de esas manos saldrá sin remedio nuestro nombre, y habrá que honrar la apuesta. Prefigurando ese momento, se tiene la tentación de esperarlo con la resignación y la dignidad (“¡Oh muerte! Ven callada, como sueles venir en la saeta…”) de algo que de valioso debe llegar a término: que sea la nuestra, ésa a la que tenemos derecho y que por clemencia del tiempo hemos de merecer. Que no sea la que nos imponen a diario, esa que, justo antes del pistoletazo o la puñalada final, nos despoja de nuestra humanidad. De esas caras de la muerte que tan familiares nos resultan en nuestras repúblicas tratan las obras que aparecen en este número de El Ojo de Adrián.