15 may. 2006

Museo/Internet

Luis Fernando Quirós

Quisiera rescatar de mi última visita al museo, aquella obra de arte que no logro hoy evocar porque talvez no me ancló a sus aguas, o quizás por (in)significante -en ese momento-, resultó ser ininteligible para mi comprensión. Sucede, ir al museo es como buscar una página en la red pero que no se logra tener acceso, pues no se recuerda cómo se ingresó a esa esfera de comunicación, donde uno se (in)forma. La verdad es que nunca sospecharemos qué nos va a impactar; la única certeza es que en tanto busquemos, se encontrará. La misma pregunta que hagamos a la red o a la obra de arte, dejará pasar nuestra ojeada para llegar hasta esas estratificaciones que uno anda cavando para saber.

¡Cuánto se me parece visitar un museo de arte contemporáneo a entrar a esos amazónicos parajes que llamamos Internet! Se trata de encontrar un rizoma donde en un intrincado vórtice que se bifurca, se llega a donde quiera que nos lleve el motor de búsqueda, y de repente… se abre lo que nos desvelaba por encontrar. Así es la red, así es el museo.

Pero no todo es pura fascinación, también ante nuestra vista y paciencia aparece lo pueril o apabullante, que desde la primera ojeada nos intranquiliza. ¡Sí! Por un lado se nos administra una medicina en su justa medida y en el debido tiempo, pero por otro arremete la estocada que nos deja patidifusos. Este asunto no deja de desestabilizarnos y por lo menos a mí me mueve a anotar en los bordes de nuestra contemplación, un nombre, una dirección, una pista; ¡todo por si acaso!

En esas miradas a las salas de un museo de arte actual nos percatamos, por ejemplo, de la existencia de hordas terroristas: como bombas humanas abren el pecho para no sólo dejar ver su corazón sino que, como siendo nosotros mismos terroristas nos metiéramos dentro de su carcasa. Se repite la historia, lo que yo hago, me hace, ¡la mano que dibujo me dibuja a mí mismo! Otros enlaces quizás, aráñidos, desde el primer paso que damos hacia su territorialidad nos atrapan entre pegajosas hiladuras. Además encontramos a los herméticos, a los sinuosos y a los colapsados entre las costras de lo temporal: van y vuelven sin que suceda nada. O, quizás, no interpretados-pues como dije antes no advirtiéramos anclaje alguno-, huellan para no desvanecerse del frágil manto de la memoria. Este tema hoy día sería algo fatal: lo peor que le puede suceder a un artista o a una página de la red, es que sencillamente desaparezca sin que nadie pusiera su mirada en su presencia.

El Museo tanto como Internet, afinan la virtud del don de ubicuidad: ser y estar donde se debe; existir, estando presente dondequiera: eso mismo lo permite el arte y es paradigma de Internet. Pero además nos requiere ponernos en el crisol para dar temple a otro importante don: a nuestra capacidad humana de discernir al aguzar esa ojeada recíproca que en tanto miramos nos mira a través de un protocolo de pertinaz persistencia. Es fundamental agudizar la intuición hasta arribar a un estado de “insight”: ante tan abruptas escolleras de la red y del museo, mejor cavar túneles y volcarse a la minería para llegar a lo que pesa al costo del tiempo actual.

2006