16 ene. 2011

PIENSO, LUEGO EXISTO: Tania Pleitéz Vela







Pájaros funerarios

Tania Pleitéz Vela

SAL/ESP


El pájaro, animal de los árboles y de las alturas de las montañas, sabio habitante de los cielos; sus alas los convierten en los usurpadores del azul y en los agitadores del blanco de las nubes. Quizás el habitante de la naturaleza más admirado por el género humano. En efecto, en casi todas las culturas, el pájaro simboliza el espíritu y la libertad. Sin embargo, algunos autores le han otorgado un significado más lánguido que vibrante.


En este ensayo realizaré una comparación de la simbología del pájaro presente en dos poemas: “Único poema” de la uruguaya María Eugenia Vaz Ferrerira (1875-1924) y “El cuervo” de Edgar Allan Poe (1809-1849). Tanto Vaz Ferreira como Poe utilizaron este símbolo para recrear una criatura funeraria: la encarnación o el testigo de la más profunda soledad. Me parece que Poe es un autor más que conocido, por lo que sólo me detendré brevemente a explicar quién era Vaz Ferreira, poeta y pianista prácticamente desconocida, aunque su hermano, Carlos Vaz Ferreira, filósofo y escritor, sí goza de amplio reconocimiento en las letras uruguayas.


A principios del siglo pasado, brotó la voz singular de María Eugenia Vaz Ferreira, la cual, como dije, ha sido prácticamente pasada por alto. En los manuales de historia de la literatura hispanoamericana se menciona su obra de forma escueta y, los que le han dedicado al menos un párrafo, ha sido únicamente para referirse a su libro póstumo, La isla de los cánticos (1925). Este libro está marcado por un pesimismo inquietante y una profunda angustia existencial ya que la mayoría de los poemas que contiene fueron escritos hacia el final de su vida, cuando la autora se encontraba prácticamente encerrada, en un estado de salud y soledad lamentables. Sin duda, son estos sus mejores poemas a pesar de que los atraviesa un naufragio existencial, doloroso y derrotado. No obstante, el camino hasta ahí se había venido gestando desde años anteriores. En sus poemas publicados en revistas de la época (a partir de 1895) y/o incluidos en el manuscrito de Fuego y mármol (1913), aparece primero un sujeto poético neorromántico, sostenido en la tradición literaria de Heine y luego, cada vez más, en la de Edgar Allan Poe. La influencia de este último se percibe en la utilización de una escenografía e imaginería que en ocasiones llegan a alcanzar matices oscuros muy personales y en donde se percibe una aspiración de Más Allá, al mismo tiempo que la poeta habla de sus ansias, unas ansias que representan aspectos extremos y trágicos del sentimiento amoroso, siempre enunciados desde las entrañas de la noche, el dolor, el terror y la muerte. Todo lo anterior desemboca en su poesía última: una escritura afligida pero condensada, que expresa la solitaria perplejidad de un ser que poco a poco va perdiendo la esperanza y la razón. Esta última fase queda nítidamente reflejada en uno de sus mejores trabajos, “Único poema”, incluido en La isla de los cánticos.


En “Único poema”, Vaz Ferreira nos presenta una fantasía onírica en la que un pájaro deja caer una queja angustiosa sobre un espacio marino desolado:



Mar sin nombre y sin orillas,

soñé con un mar inmenso,

que era infinito y arcano

como el espacio y los tiempos.


  1. Daba máquina a sus olas,

vieja madre de la vida,

la muerte, y ellas cesaban

a la vez que renacían.


Cuánto nacer y morir

10 dentro de la muerte inmortal!

Jugando a cunas y tumbas

estaba la Soledad…


De pronto un pájaro errante

cruzó la extensión marina;

15 “Chojé… Chojé…” repitiendo

su quejosa mancha iba.


Sepultóse en lontananza

goteando “Chojé… Chojé…”

Desperté y sobre las olas

20 me eché a volar otra vez.



Como vemos, el poema avanza paulatinamente mediante una estructura bipolar y reiterativa, un movimiento expresivo que recuerda al ir y venir de las olas: el movimiento es prolongado por el suave equilibrio rítmico, el encabalgamiento y los gerundios. Asimismo, la reiteración de los sustantivos, las contraposiciones y la fusión de la vigilia y el sueño intensifican la atmósfera poética, cuyo núcleo viene a ser el renacer constante de la soledad en un tiempo y espacio infinitos; en definitiva, el misterio de la muerte y la vida. Cuando en la cuarta estrofa el pájaro errante interrumpe el silencio, la vastedad del espacio marino contrasta con el reducido tamaño del pájaro, el cual lamenta su pequeñez, es decir, su insignificancia, por medio del grito áspero: “Chojé”, el cual es descrito como una “quejosa mancha” por medio de una sinestesia. Frente al enigma de lo incognoscible, el pájaro lanza su canto onomatopéyico: está condenado a cruzar la tremenda soledad que emerge del paisaje marino, hasta perderse en el espacio. La poeta se desdobla bajo forma de pájaro errante y su ansia de libertad culmina en su vuelo hacia la nada, porque ese ser, con su “vista de pájaro”, ha presenciado el sentido absurdo, la fragilidad, de la existencia humana.


El paisaje ideado, ese “mar sin nombre y sin orillas”, infinito y secreto, es una masa de agua regida por la muerte: “Daba máquina a sus olas, / vieja madre de la vida, / la muerte”. Es decir, si el océano ha sido consensualmente la fuente de la vida, el origen de las especies, en este horizonte perturbador, la muerte es la que origina el movimiento del mar, es decir, la muerte se convierte en la “madre de la vida”. Ese ciclo, morir y renacer en el paisaje desolado, adquiere connotaciones aún más dramáticas cuando la poeta afirma que la Soledad juega “a cunas y tumbas”, es decir, subraya que su fatal caricia es eterna e indiscriminada, desde el principio de la vida hasta en la muerte misma. El canto del pájaro viene a romper momentáneamente la armonía de ese paisaje casi lunar, sólo para quedar sepultado en la lontananza. Ese sujeto hecho pájaro es dueño de una voluntad apegada al destierro, al aislamiento, la cual se manifiesta en los dos últimos versos: “Desperté y sobre las olas / me eché a volar otra vez”. En otras palabras, se empieza otra vez el ciclo: esa individualidad, ya en la vigilia, reinicia el vuelo, se tira de nuevo a la nada, se aferra a la soledad y al eterno lamento. No existe un límite entre lo onírico y lo real; se trata de una vivencia infinita en un único y monótono horizonte. Y la realidad ha sido trasformada, alterada, ha pasado a convertirse en una percepción propia y singular –espejo del mar interior– para dar cabida a ese grito de dolor destinado a la muerte. O, quizás, también, para dar cabida a un grito que anhela espiritualmente el Más Allá.


Por otra parte, en “El cuervo” (publicado en 1845) Poe nos describe la desesperanza y la tristeza de un hombre que sufre la muerte de su amada, Leonora. La atmósfera es escalofriante; se trata de una “lúgubre media noche” durante la cual un hombre lee un libro de ciencia, cuando de pronto escucha un “crujir triste, vago”. El hombre escruta “aquella negrura”, sondeando la quietud, “soñando sueños que ningún mortal / se haya atrevido a soñar”. Cuando finalmente abre la puerta, un cuervo entra a su habitación; “¡Dime cuál es tu nombre en la ribera de la Noche Plutónica!” –dice el hombre–, a lo que el cuervo contesta: “Nunca más”. El ave de ébano, impávido, se posa sobre un busto de Palas:



Nada más dijo entonces;

no movió ni una pluma.

Y entonces yo me dije, apenas murmurando:

“Otros amigos se han ido antes;

mañana también él me dejará,

como me abandonaron mis esperanzas”.

Y entonces dijo el pájaro: “Nunca más”.



El hombre se siente sobrecogido por la carga melancólica de las palabras del cuervo (“Nunca, nunca más”), las cuales gotean y rompen el silencio de la noche. Hundido en su asiento, intenta descifrar las palabras de ese “torvo, desgarbado, hórrido, flaco y ominoso pájaro de antaño”. Hasta que, poseído por la desesperación y la incertidumbre, le pregunta: “‘dime, en verdad te lo imploro, / ¿hay, dime, hay bálsamo en Galaad? / ¡Dime, dime te lo imploro!’ / Y el cuervo dijo: ‘Nunca más’”. Luego, le pide: “‘Deja mi soledad intacta. / Abandona el busto del dintel de mi puerta. / Aparta tu pico de mi corazón / y tu figura del dintel de mi puerta.’ / Y el cuervo dijo: ‘Nunca más’”. El dramático poema termina con la siguiente estrofa:



Y el cuervo nunca emprendió el vuelo.

Aún sigue posado, aún sigue posado

en el pálido busto de Palas

en el dintel de la puerta de mi cuarto.

Y sus ojos tienen la apariencia

de los de un demonio que está soñando.

Y la luz de la lámpara que sobre él se derrama

tiende en el suelo su sombra. Y mi alma,

del fondo de esa sombra que flota sobre el suelo,

no podrá liberarse. ¡Nunca más!



El célebre poema de Poe sin duda refleja la inevitable pérdida de la felicidad, la impotencia ante el luto, la realización de que no existe un bálsamo que cure las profundas heridas del alma. El cuervo simboliza la presencia constante de lo irreparable y, sobre todo, de lo irrecuperable. En este sentido, “El cuervo” guarda semejanzas con “Único poema”: en ambos un pájaro funerario hila la narración poética, sólo que en uno lo hace por medio de una frase alegórica (Nunca más) y en el otro, mediante una onomatopeya (Chojé); sin embargo, en los dos, la carga dramática reposa en lo que enuncia y representa el ave. También hay diferencias; la principal tiene que ver con la relación entre el pájaro y el yo. En el poema de Poe, el cuervo es un ser externo, una presencia, una sombra que tiene poseída al alma de ese hombre melancólico. En el de Vaz Ferreira, el yo se desdobla para convertirse en el pájaro mismo. Por otra parte, mientras que conocemos el por qué de la tristeza expresada en “El cuervo” (un hombre que sufre la muerte de su amada), la poeta uruguaya no se refiere directamente a la fuente de su dolor. Es obvio que tiene que ver con el estar consciente de un vacío interior insondable. Por lo tanto, el dolor ya no es expresable en palabras y de ahí que lo condense en el simple grito del pájaro.


Los dos poemas anteriores ponen de manifiesto personalidades marcadas por una fuerte atracción por lo desconocido, por lo indescifrado, algo que selló sus vivencias solitarias y trágicas. Vaz Ferreria pasó los últimos años de su vida encerrada, sin querer ver a nadie. Poe murió en una calle de Baltimore a los cuarenta años de edad, algunos dicen que debido a su alcoholismo. La tragedia de ambos, me parece, se condensa en “El regreso”, un poema de la uruguaya, donde se resume su única ambición, que bien pudiera haber sido también la de Poe:



Y yo no tengo camino;

Mis pasos van a la salvaje selva

En un perpetuo afán contradictorio.





BIBLIOGRAFÍA:



Edgar Allan Poe, “El cuervo”, en Poesía completa (edición bilingüe), Barcelona, Ediciones 29, 1998 (décima edición), pp.146-155.


María Eugenia Vaz Ferreira, “Único poema”, en La isla de los cánticos, Montevideo, Biblioteca Artigas, 1956, p. 85.


----------------------------------, “El regreso”, en La isla de los cánticos, Ob.cit., p. 65.